Los espantos no asombran


Los espantos de Guaca.
Luis Fernando Solórzano Sánchez.
Textos de Cultura Popular 1, Ediciones Otras Palabras, Medellín, 1986, 52 págs.


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Los espantos de Guaca de Luis Fernando Solórzano es un pequeño texto, en papel periódico, con pasta de cartulina azul y letra grande. Cita de Borges. Trae catorce lecturas breves, en promedio no más de tres o cuatro páginas, simples, muy simples en el sentido de pocos adornos, que cuentan historias de los espantos, las almas en pena, los aparecidos, o fantasmas. Esas historias que en el territorio de la Antioquia de antes, de la grande, narran en noches especiales, estrelladas o de luna nueva, en vacaciones, con ocasión de visitas, o en secreto, entre susurros, a escondidas, con la luz de una vela y el corazón a punto de hacer tac-tac.

Hasta ahí todo muy interesante. Pero estas leyendas del asombro son para ser narradas con buena literatura escrita, porque se lo merecen; han pasado de boca en boca, y palabra por palabra han construido la historia fabulada de El jinete decapitado o El ternero sin cabeza o El bulto blanco o tantas más. No importa, pues, que sea un texto de una colección de Cultura Popular, porque popular es relativo al pueblo, y el pueblo somos todas las personas, posibles lectoras.

Los hechos que han constituido estas leyendas ocurren en Heliconia, esa población antioqueña conocida como Guaca, precisamente por las muchas guacas encontradas, cementerios de nuestros antepasados. Los textos nos meten un poco en la geografía del pueblo, nos hablan de nombres de calles, de espacios; hay, pues, un reconocimiento del lugar y quizá de los personajes, aunque un poco acartonados, para quienes los conocen. También incorporan algo de la vida del pueblo, dichos y costumbres, pero se quedan cortas, quizá por lo breves; no logran meternos ni en el ambiente ni en el ritmo ni en el tiempo, aunque está la constante de las salinas, del trabajo de la sal, y de los arrieros.

Las historias, como decía atrás, narran extrañas apariciones: El Caballo Negro, que se le aparece a don Afanador en un callejón cercano a la salina y lo ataca, llenándolo de un pánico que no se comunica; o hablan de tesoros escondidos llenos de riquezas incalculables, enterrados por los indígenas, como en Simón de Murga y su tesoro, o apariciones de luces y el escuchar de sonidos debido a entierros de objetos religiosos católicos, o de fantasmas de almas en pena que todavía deambulan por esta dimensión a causa de sus múltiples pecados cometidos en esa otra vida terrena. Y no podían faltar, por supuesto, la conseja de la mujer mala, siempre vuelta mito: "coquetamente se les va acercando, envuelta en perfume extraño; alta, de atractiva figura y vistiendo un traje antiguo nunca visto en ese pueblo, de color rojizo encendido. Como detalle curioso estaba fumando. Con altanería les tira el humo a la cara" (pág. 26). Entonces ellos se santiguan y ella "como una autómata retrocede en medio de un gruñido infernal, comenzando una veloz retirada" (pág. 27, en La muchacha de la calle).

Algunas —El bulto blanco, El automóvil negro, El monje— están narradas en primera persona, como si el autor fuera el protagonista. Otra —Que las hay las hay— la narra a trozos en primera persona una mujer. En otras, el narrador mismo escucha lo que alguien le cuenta. En Ahí viene el Santísimo, el autor intenta el diálogo pero es como a pedazos, a mordiscos, en parrafitos sueltos. En fin, estas leyendas están narradas sin mucho hilo, sin el hilo conductor que nos lleve al asombro o a la emoción que produce más ganas de leer. Las leí y me quedé con los deseos de saberlo todo, como si poco hubiera leído. Historias que, desafortunadamente, trata con insistencia de unir con un último párrafo a manera de explicación que a nada conduce y que me dejan el sabor de que se daña la historia. "Muchos salineros, demasiado viejos ahora, aseguran haberlas visto y confiesan que realmente les infundían pavor aquellas bolas de fuego saltarinas, resultando final del ternero sin cabeza" (pág. 15).

La cultura popular no podemos decir que tenga que ser papel periódico, pocas páginas con errores de ortografía y de impresión, aunque sí letras grandes para leer mejor. Tampoco que esas páginas carezcan de una pequeña introducción que nos permita a los lectores y lectoras meternos también un poco en la vida de Guaca o saber cómo han sido recogidas las leyendas, si son testimonios o de dónde salen estas historias que nos presenta el escritor y recopilador Luis Fernando Solórzano, quien se ha puesto en la tarea valiosa, no solo de recogerlas, sino también de adentrarse en toda la burocracia que implica darle y darle hasta sacar al aire palabras impresas y que circulen para ser leídas.

DORA CECILIA RAMIREZ.