Disección
de la sociedad
¿La sociedad de
la mentira?
María Teresa Herrán
Cerec-Oveja Negra, Bogotá, 1986, 248 págs.
La primera pregunta
que nos asalta tras la lectura de este inquietante libro, sugerida por la necesidad
inapelable de enmarcarlo dentro de algún molde, sería: ¿Qué tipo de obra es esta?
¿Sociológica? ¿Periodística? ¿Política? ¿Jurídica? ¿Económica? Nos quedamos un
tanto perplejos ante la duda. Y es que la respuesta no es simple, pues el libro trata de
todo un poco.
Frente a la misma
cuestión, la autora, la conocida abogada y periodista María Teresa Hernán, ha vacilado.
Cuando el historiador o el sociólogo del futuro quieran saber qué caracterizaba hacia
1985, hacia fines del siglo XX, a la sociedad colombiana, podrá formarse una imagen muy
acertada sí consulta La sociedad de la mentira. Este es un claro argumento en
favor de un encuadre "sociológico". Por otra parte, un tratamiento ágil y un
lenguaje un tanto popular tienden más hacia el lado del periodismo. Si, como lo ha dicho
Borges, con acierto o sin él, el periodismo es literatura para el olvido, en este caso en
particular la periodista ha desbordado los límites estrechos de su oficio, adentrándose
en algo acaso más serio, vale decir, perdurable como testimonio para el futuro. El tema
tal vez justifica un tratamiento más científico en otra oportunidad, ganando con ello en
profundidad, como es el deseo de la autora para próximos trabajos, aunque quizá se
pierda un poco de la frescura que conlleva un enfoque como el presente.
El libro, como todos los
que señalan una nueva ruta, puede parecer superficial. Intenta abarcar, con miras a
probar una tesis, tantos aspectos de nuestra vida cotidiana, que no alcanza a profundizar
en ninguno de ellos, diluyéndose en una vasta amplitud que tan sólo aspira a trazar
algunas pautas. Pero debe reconocerse que el mérito de comenzar es por sí solo un fin
cumplido. A otros queda el ahondar, y a la opinión pública queda, para que reflexione,
su mensaje prístino.
Todas estas precisiones
no tratan de demeritar sus eminentes calidades. Terminamos por catalogar la obra, acaso
artificialmente, como periodística. No debemos olvidar que se trata de una recopilación,
con algunas adiciones y replanteamientos, de una serie de crónicas publicadas
originalmente en el diario El Espectador. Y cabe destacar que, dentro de su tratamiento
periodístico, nos regala dos grandes virtudes que de otra manera hubiera perdido y que la
autora sabe utilizar como pocos en Colombia:
Primera: Se trata siempre
de información de primera mano. Se recurre a entrevistas directas o a obras de reciente
publicación y no siempre debidamente publicitados. De ahí su gran lista de
colaboradores, que dan vida y dinamismo a la exposición. Además, se dicen las cosas por
su nombre, sin cortapisas, tal como las conoce la opinión pública, sin omitir citar a
las personas por sus nombres propios cuando debe hacerse, desechando el "chisme"
impersonal. En este sentido, hay que abonarle otra virtud. Es un libro valiente, como solo
podría haberlo escrito una mujer.
Segunda gran virtud:
Encontramos en sus páginas una saludable buena dosis de la tan útil y olvidada
estadística, aplicando una visión que, debemos confesarlo, ha sido desarrollada
admirablemente dentro del periodismo norteamericano.
La tesis es que somos una
sociedad inauténtica, en la que hemos ido construyendo justificaciones
"lógicas" a una serie de actitudes inmorales, convírtiéndolas poco a poco en
actitudes morales. Esta tesis, en medio de su casi natural obviedad, es novedosa. Todos lo
sabíamos, o acaso lo sospechábamos, pero nadie había tenido el valor o la conciencia de
denunciarlo. A partir de su enunciación, la autora se esfuerza en ilustrar con ejemplos,
de forma lineal, su enfoque unitario, a la manera de un Freud o de un Marx, empeñados en
abundar en ejemplos de que cierta característica es el motor de nuestra vida. En el caso
colombiano, la inautenticidad, la mentira. Nuestra vida diaria resulta ocupada por un
sartal de mentiras que terminan siendo tantas, como las pinturas de un museo, que acaban
por diluirse unas y otras hasta que no las volvemos a advertir.
Y no es que la mentira
sea mala de por sí. La mentira es un medio de defensa, necesario para la vida en
sociedad. "Está demostrado psicológicamente que el hombre necesita, para sobrevivir
y defenderse, cierta dosis de mentira. Esta se convierte en un bumerán individual y
social cuando sobrepasa límites indefinibles cuantitativamente pero detectables
cualitativamente". Simplemente, nos excedimos. Nuestra deshonestidad estructural
causa malestar. Somos deshonestos. Y cómplices. La honestidad en rigor no admite grados.
O somos o no somos. Y el que, tras la lectura de este libro, se halle libre de
culpa
.
Lo más grave es nuestra
creciente incapacidad para siquiera advertir el mal. Estamos enfermos del "como si el
mal fuera de otro". Y así, sin darnos cuenta, vamos rodando hacia el abismo.
En la introducción se
lee: "El propósito de este libro es detectar las inautenticidades, no con el fin de
demostrar que toda la sociedad colombiana o todos sus miembros son inauténticos, sino que
en el momento actual ciertas tendencias preocupantes impiden su plena realización".
Pero al final del libro quedamos con la sensación de que las "tendencias
preocupantes" son en realidad gruesos problemas que carcomen a toda Colombia. Estos
son algunos de los aspectos en los que con mayor énfasis se insiste en la inautenticidad:
La familia: En
ella, verdades a medias y reticencias en aceptar la realidad cambiante son
características. Como dice un especialista: La familia está bajando de estatus. Algunos
síntomas son: el auge de la unión libre y de las separaciones matrimoniales (más de un
millón de colombianos separados había en 1980); un matrimonio civil que no se utiliza
por considerarse "de segunda"; un divorcio, con el que se hizo populismo y que
al final resultó inocuo, puesto que sólo opera para los matrimonios civiles; la ausencia
de un registro sistemático (debe advertirse que con posterioridad a la publicación de
este libro la Cámara de Comercio ha dado importantes pasos hacia una solución). Estos
son sólo algunos de los aspectos del problema.
La mujer y la
sexualidad. La apatía ha llevado a la sociedad, primero, a no reconocer que existen
los conflictos anotados, y segundo, a no hablar nunca de ellos. Algunos de ellos son: la
persistencia del mito machista; la del mito neorromántico de que en todo lo puro y bello
está ausente lo sexual; la mentira de que a los hombres no les importa la virginidad
femenina; el crecimiento de las cifras respecto al aborto; la liberación moral en cuanto
al control de la natalidad, acompañada por una pérdida de control ético de la Iglesia,
la que es renuente a aceptar y analizar esa pérdida; el catolicismo tan sólo de palabra
de muchos colombianos; la falta de comunicación acerca del sexo, con la insistente
tendencia a no plantear jamás temas tabúes como la masturbación; la dualidad de
comportamientos de los padres para con sus hijos (como adultos frente al rendimiento
escolar y como niños frente a las relaciones amorosas); la continuada creencia de que en
las niñas la ignorancia sexual equivale a la más excelsa virtud; el habitual abandono de
mujeres embarazadas; la toma de anticonceptivos a escondidas; la jactancia del hombre ante
sus innumerables "conquistas" amorosas; la proliferación de textos escolares
que insisten en la suciedad del amor.
La educación. Se
recalca la notoria diferencia cultural que separa a padres e hijos, productora de
conflictos familiares difícilmente salvables. Otros aspectos de la educación en los que
se nota la inautenticidad son: la proliferación de centros de educación superior de mala
calidad (educación-negocio); la ausencia de trabajo investigativo en la universidad
privada, que se considera la mejor; la frustrante realidad con la que se enfrenta el que
ha culminado sus estudios, por la desaparición de las relaciones educación-empleo y
movilidad social-educación; la falta de adaptación para el "rebusque"; la
tendencia a ser empleado de alguien como condición para triunfar en la vida; las
"palancas", que falsean una sociedad democrática igualitaria. La autora recalca
en especial la ausencia de una adecuada recreación. La única diversión de la gente es
ver televisión. El deporte bienestar casi no existe, salvo la feliz iniciativa de las
ciclovías. Las organizaciones juveniles serían un principio de solución, pero ante todo
se observa la necesidad de retornar a la iniciativa propia, la más eficaz de las
soluciones.
La droga. "La
peor mentira que se dicen los colombianos es que la droga es problema de otro".
Algunas inautenticidades son: la creencia de que la droga penetra solamente en ambientes
con problemas familiares; el doble filo que tienen las campañas de prevención; la
ignorancia de que tres millones de colombianos son drogadictos crónicos, sin contar los
alcohólicos; la firme creencia de que el dinero da la felicidad y el poco tiempo libre
que los padres dispensan a sus hijos; la aceptación social de drogas como el alcohol y el
tabaco; la existencia de un Estado cantinero que nutre su presupuesto con venta de
licores.
La otra cara de la droga,
el narcotráfico, recalca aun con mayor fuerza la inautentícidad colombiana. Hipocresía,
verdades a medias y tolerancia muestran un cuadro "espeluznante". Frente a un
lenguaje y actitudes de repudio de dientes para afuera, el narcotraficante es, hoy por
hoy, el símbolo del éxito social en un país donde el dinero es el mayor de los valores.
Se repudian los asesinatos que cometen, pero se negocia con sus miembros mediante
asesorías y servicios profesionales.
La incredibilidad. Otra
inautenticidad patente. Dos ejemplos: las grandes tragedias de 1985. Palabras como crisis
y riesgo se incorporaron al léxico corriente como lo más normal y, ocurridas
las tragedias, la solución es echarse la culpa unos a otros.
Los reinados. Imagen
viva de lo que es Colombia, son en parte magnificación para esconder realidades y, en sí
mismos, una de las más vergonzosas mentiras. En ellos aflora el racismo y una
presentación artificial de la mujer. En un intento por desvirtuar lo que en realidad es
una reina como arquetipo sexual en la cual se mira un vago elemento estético y se adivina
un marcado aspecto erótico, se ha intentado explorar el aspecto intelectual de las
candidatas, haciendo aún más grotesco el espectáculo.
El proceso de
paz. Advirtiendo que no se trata de negar los aspectos positivos de la paz, éste es y
ha sido otro claro ejemplo de la sociedad mentirosa en que vivimos. La situación puede
resumirse en la frase de Olga Behar: La principal mentira del proceso de paz fue decir que
había paz. Hay que destacar que todas las posiciones han sido falsas. La del gobierno,,
que buscaba en el fondo deteriorar la imagen de la guerrilla adoptando una solución
eminentemente formalista; la de la guerrilla (M-19), al proponer un diálogo nacional en
condiciones imposibles de llevar a cabo; las fuerzas armadas que, a pesar de decir lo
contrario, fueron recalcitrantes adversarias del proceso. Y sólo hemos citado a los más
importantes de los implicados. El problema de la violencia está en el fondo de todo esto.
Vale mencionar el enfoque que se da a la violencia como reacción biológica constructiva
ante los ataques de la naturaleza. La única solución, termina diciendo la autora, está
en "la satisfacción de las necesidades básicas, personales y sociales, del
individuo". Entre tanto, la violencia persistirá.
La información. La
mentira en la prensa ha llevado a la apatía a los colombianos. El periodista es cada vez
menos independiente, forzado por la presión de los dueños de los medios. Titulares
tendenciosos o con mensaje implícito, una televisión que es campo de batalla comercial y
en la que el Estado es un competidor menor, son síntomas notables de inautenticidad.
La informática. Con
ella se ha abierto un nuevo campo, no sólo a un mejoramiento de la vida, sino a la
sucesión de fraudes y abusos, aparte de ser un grave peligro contra el derecho de
intimidad de los particulares.
La evasión fiscal. Sin
ser propia de nuestra idiosincrasia, sino una enfermedad mundial, es una de las falsas
morales más aceptadas entre nosotros. El Estado es un enemigo que aplica una ilegalidad
fiscal, se dice. No sólo es ser bobo sino parecerlo que el vecino evada impuestos
mientras nosotros pagamos. El Estado colabora, poniendo todo tipo de trabas al buen
cumplimiento fiscal, sin hablar del ingenio creciente de los asesores tributarios.
Las aduanas. En
esta materia, se libra una lucha titánica contra lo que "ya no es corrupción sino
que llega a podredumbre". Hay una multitud de trampas toleradas, lo que lleva a
pensar que aquí, más que en ninguna otra mentira, solo "los otros" son
corruptos.
El sector privado. No
sólo el sector público es corrupto. Las sociedades comerciales son un claro ejemplo de
manipulación privada. Asambleas y balances manejados, acciones que se inflan
misteriosamente, inercia de los pequeños accionistas, revisores fiscales inoperantes y
gerentes omnipotentes, cuya única cortapisa es su honradez personal, dan un cuadro real
de lo que pasa en la empresa nacional privada. Los gremios, por su parte, se han vuelto
camaleones capaces de adaptarse a todos los cambios políticos. En cualquier caso, la
inautenticidad que al respecto cabe hacer resaltar es la del mismo sistema democrático,
carente de un sentido real y concreto dentro de la empresa colombiana.
El derecho laboral. Unas
son las normas y otra cosa lo que se aplica. La huelga, prohibida por la Constitución en
los servicios públicos, se repite todos los días; los convenios de la OIT, a los que
adhirió el país y que son ley de la república, jamás se han aplicado; patronos y
sindicatos hablan distintos lenguajes; hay un efecto de subasta cuando se discuten pliegos
de peticiones, los unos inflando hasta la exageración las prestaciones, los otros,
disminuyendo hasta el ridículo. La solución más fácil, una reforma laboral. El actual
estatuto no hace más que castigar el elemento más buscado: la estabilidad del
trabajador.
La política. En
Colombia, la inautenticidad es característica estructural del sistema. Estos son sólo
algunos ejemplos: Se habla de criterio patriótico cuando debajo sólo hay intereses
individuales; el ejercicio de la política ha llevado a ejercicios mentales con los cuales
"se acomodan, se justifican y se consideran normales las más inverosímiles
posiciones políticas". Palabras como cambio las utilizan todos los
candidatos, olvidando cifras y proyecciones concretas; en el fondo, nadie le da
importancia, porque se considera que el asunto es insoluble; los partidos tradicionales
perdieron por completo su poder como organizaciones, en aras de ambiciones individuales, y
el mito del poder omnímodo del Presidente es, en la realidad, limitado por muchos
factores.
La justicia. Para
terminar, la justicia, el sector más comprometido en una mentira que comenzó en la
institución básica, la familia. En Colombia, nada es prohibido, ni siquiera la dudosa
función de hacer justicia por propia mano. Congestión judicial, presupuesto irrisorio,
falta de instrumentos para la investigación, delitos que van y vuelven a la justicia
penal militar, desaparecidos y otros muchos problemas, han hecho que la sociedad de la
mentira haya "producido el total bloqueo del sistema que define lo justo y lo
injusto, lo legal y lo ilegal".
En resumen, los esquemas
de moralidad tradicional ya no son válidos. Se quiso mostrar cómo la mentira nuestra
tiene importantes consecuencias prácticas. Nos hemos acostumbrado a eliminar lo adverso,
absorbiéndolo o haciendo como si no existiera o como si fuera problema de otro.
LUIS H. ARISTIZABAL |