Crónica del XXXI Salón de Artistas Colombianos


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En octubre, Medellín es escenario de diversos eventos artísticos, tales como el Salón de Arte Joven, organizado por el Museo de Antioquia; el Salón Arturo Rabinovich, en el Museo de Arte Moderno, y el Salón de Arte Fotográfico, de la Universidad Pontificia Bolivariana. A estos se agrega, por segunda vez, la realización del XXXI Salón de artistas colombianos, en el antiguo aeropuerto Olaya Herrera.

Ya en 1944 se celebró el Salón en Medellín. Su organización fue infortunada y polémica, y dio pie para que un grupo de artistas encabezados por Pedro Nel Gómez, abrieran una exposición aparte y lanzaran el "Manifiesto de los artistas independientes".

Las condiciones ahora son más favorables, y las diversas instituciones antioqueñas, encabezadas por el Museo de Arte Moderno, planearon y ejecutaron con eficacia la realización de esta versión.

El jurado de premiación estuvo conformado por los críticos extranjeros Hug Adams, Lucy Lippard, y los artistas Antonio Seguí, Juan Cárdenas y Eduardo Ramírez Villamizar. El primer premio fue adjudicado a dos artistas: el arquitecto antioqueño Luis Fernando Peláez, por su obra en técnica mixta, y a Doris Salcedo, de Bogotá, quien presentó una instalación en metal y madera.

Los segundos premios fueron asignados a: Edith Arbeláez Jaramillo de Medellín, por un performance titulado "Cien personas en fila"; Carlos E. Serrano de Bucaramanga, por su obra "Víctor", un tríptico al óleo; Ofelia Rodríguez de Barranquilla por el trabajo en acrílico y técnica mixta titulado "Corset volador"; y a Elena Vargas, por las serigrafías "Próceres, héroes y guerreros" . Así mismo recibieron menciones: María Fernanda Cardoso, por sus ensamblajes; Antonio Caro por el "Proyecto 500"; María Cristina Torres, por "El triángulo rojo" y "Lodazal"; Liliana González por el óleo "Dos... de dos en dos"; Alvaro Henao por la escultura "Stella matutina ora pronobis" y "Tríptico"; y José Urbach por la obra "Memoria".

El montaje estuvo a cargo de Alberto Sierra, quien como en otras ocasiones, muestra muy buen sentido en la disposición de las obras y en el manejo de los espacios. Un continuo programa de visitas guiadas, por parte de egresados de Artes de la Universidad Nacional de Medellín, aporta al visitante elementos para la apreciación de las obras, lo cual cobra gran importancia si se tiene en cuenta que el catálogo no está disponible para el público corriente porque se imprimieron pocos ejemplares, lo cual no deja de parecer inaudito.

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Hoy están muy lejos los ecos de los anteriores certámenes; por eso mismo cabe recordar algunos de los hitos más notables del evento iniciado en 1940. La obra de Carlos Correa, presentada en 1942 con el título "Anunciación", despertó polémicas religiosas y políticas y hubo de ser retirada. En 1958 Fernando Botero, a los 26 años, recibió el primer premio en pintura por "La camera degli sposi", cuadro considerado por el crítico Walter Engel como uno de los más discutidos que se habían exhibido en Bogotá. En el Salón de 1962 obtuvieron premios Alejandro Obregón por su famoso cuadro "violencia", y Edgar Negret en escultura. Norman Mejía en 1965 presentó y fue premiado por "La horrible mujer castigadora", de un descompuesto y brutal aspecto.

La actual versión del Salón parece lejos de las encendidas polémicas de antes, a pesar de que ofrece una sala en homenaje merecido a la artista Débora Arango, cuya obra creó grandes disputas hace casi medio siglo. El sistema de selección, previo envío de diapositivas y hojas de vida, en manos de un jurado plural, y la premiación por parte de otro jurado con miembros internacionales, parece asentar la paz, que se aclimata cuando las distintas tendencias e intereses regionales y personales reciben, de algún modo, su parte del pastel.

Es un sistema democrático, al igual que en la escogencia de directorios políticos o candidatos para alcaldías. En este caso, los jurados de selección tuvieron derecho a llevar un artista, sin que los demás pudieran objetarlo.

En cuanto al impacto de las obras en el público, opera una anestesia que crea la costumbre. El ciudadano de hoy posee la sordina que la diaria tragedia, grande o pequeña produce, facilitando la "digestión" de una obra, por más incómoda que pueda parecer. Así, todo se transforma en un asunto didáctico: hay que enseñarle al público a ver, a apreciar, a entender qué quiso decir el artista, cuál fue su propuesta, cuál es su marca registrada. Si ayer no se pudieron realizar los Salones de 1943, 1947 a 1951, y hubo que suspenderlos de nuevo entre 1953 y 1957 por razones de orden público, hoy esto ya no sucede. La gravedad política y el discurso artístico no se interfiere. El actual gobierno no puede darse además el lujo de quedar en deuda con los artistas, dadas las continuas y fuertes críticas a su política cultural. Los problemas que retrasaron la realización del Salón de 1981 a 1986, se resolvieron eficazmente esta vez descentralizando la sede y dejando en manos de personas capaces y con fondos su gestión.

En la actual versión es notable el predominio de la pintura de grandes formatos, seguida en importancia por la escultura no convencional. El dibujo, la fotografía y el grabado, con escasas excepciones está subrepresentado. Si en la anterior muestra la crítica coincidió en juzgar la calidad como muy baja, en el presente sorprende en buen nivel general de los participantes. Tan bueno como puede ser un conjunto de aplicados seguidores de tendencias internacionales, que trabajan adecuadamente dentro de las propias leyes de cada una de ellas. Es evidente que muchos artistas siguen como veletas el curso de los vientos internacionales del arte. Al igual como en el siglo XIX se seguía a los franceses o en los años treinta a los muralistas mejicanos, hoy los neo-expresionistas, los postmodernos, y la transvanguardia, tienen numerosos fieles y buenos practicantes en Colombia. Hay un Mimmo Paladino nacional, tenemos arquitectos utópicos, no falta quien se entretenga con un insípido juego por computador; hay también un Caravaggio y dos conceptuales, que el jurado rescató de un posible, pero tal vez merecido olvido. En el arte, también como en la acumulación de capital, parece darse una división internacional del trabajo, países creadores, países consumidores donde se adecúa y recicla un estilo y una tecnología que llega de los primeros. Para esto, entre otras cosas, sirve el Salón, una gran feria de tendencias e influencias. Tal como afirmó en 1961 Marta Traba, gran animadora del evento. "Su interés radica en comprobar la predominancia de ciertas tendencias sobre otras, en verificar la orientación de la gente joven, en descubrir vicios genéricos y buscar casi siempre sin éxito virtudes comunes".

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Aquí los pintores compiten con sus grandes formatos, los colores fuertes y la figuración expresiva. El ocaso del hiperrealismo y el renovado auge de la abstracción, son tendencias notorias. Los jurados optaron por una decisión salomónica en el primer premio. Resolvieron no elegir entre las tendencias pictóricas representadas, y premiaron dos conceptos opuestos, unidos entre sí sólo por su aversión a lo convencional. Se contraponen, acaso buscando un equilibrio, una obra personal, contemplativa y diríamos metafísica, presentada por Luis F. Peláez quien también había sido premiado en la Bienal de Artes Gráficas de Cali, con la obra de Doris Salcedo, más agresiva y "fea". En la primera, el espectador se encuentra con seis pequeñas cajas donde reina una suerte de desolación incontrolada, donde apenas hay un fondo de papel, blanco o teñido, alguna coordenada sugerida sobre el vidrio, un objeto tal como una pieza de relojería, un fragmento de vidrio, el rastro de un dibujo, o un muñequito de maqueta de arquitectura que no se integra del todo al paisaje, y amenaza con una sensación de falsedad por su escala y realismo prefabricado en plástico. Pienso que es una obra que camina peligrosamente entre la mudez de la reflexión profunda, y un minimalismo rayano en la pobreza, como si no lograra elaborar satisfactoriamente a Joseph Cornell, sumergido todo en la poética de la "obra blanca", con el problema adicional de un acabado a veces descuidado en el caso del pegante.

El otro primer premio otorgado a la instalación de Doris Salcedo, evoca un aparataje destinado al tormento, y posee unas sobrecogedoras figuras minúsculas, en cera, que hacen parte de los amarres. Alusión política que carece de un ambiente propicio: el exceso de luz, el espacio abierto, saca de contexto drásticamente a esta obra que, por cierta timidez, autocontrola más de la cuenta las referencias a ese espantoso lugar de sufrimientos, a no ser por ciertos filosos bordes y ese inquietante cepo proveniente de los restos de una mesa de maternidad.

Otras obras que no recibieron atención del jurado, pero que revelan una poderosa relación con el espacio, la forma, los materiales y el espectador, son las "Estructuras", de Rodrigo Correa, y los "Lentes" de Hugo Zapata. Ezequiel Alarcón presenta unos trabajos que juegan con las tensiones y contraposiciones de la piedra y el aire, la quietud y el movimiento. Estos artistas logran valores espaciales y táctiles significativos, así como en los ensamblajes extraños en materiales no convencionales de María Fernanda Cardoso.

Entre la policía fuertemente armada que recorre el Salón, el visitante encuentra dos esculturas de Galaor Carbonel instaladas sobre carretillas colmadas de basura. La mirada confunde estas piezas en verdad mediocres, con la absurda instalación, que parece querer ocultarlas. La presencia de los maestros (Obregón, Grau, Roda, Amaral, etc.) poco agrega. Sus obras son ya reconocidas, apreciadas y valoradas como parte indispensable de nuestro patrimonio visual. Asisten como ángeles de la guarda, discretos y buenos. Y presencian un relevo generacional lento pero firme, basado más en el dominio de los postulados de las vanguardias, que en obras personales y significativas. Con razón Germán Rubiano opinó (El Mundo Semanal, 31-X-87): "Las artes están repitiendo propuestas y conceptos, no hay arte revolucionario, y lo que estamos viviendo es la tradición del modernismo

El dibujo, con excepción de los trabajos en pequeño formato de José Antonio Suárez, parece atrapado en las influencias de los carboncillos de Oscar Muñoz. En fotografía destacan entre los demás trabajos de club fotográfico, de conceptualismo de revista y de experímentalismo a ultranza, los de Beatriz Jaramillo.

Solo explicable por el interés de los jurados en resaltar el arte político, supuesto reflejo de la realidad nacional, las serigrafías de Elena Vargas "Próceres, héroes y guerreros", no solo recuerdan una serie anterior de Augusto Rendón y el trabajo más refinado técnica y conceptualmente del extinto Taller Cuatro Rojo, sino que se convierte en un panfleto trivial, con poca convicción interna, que se transmite al espectador.

El Salón de este año es un logro administrativo y artístico. Las obras con sus vicios y virtudes, su contribución al esclarecimiento y a la confusión, al goce y al rechazo, contribuyen a dejar constancia de lo que ahora somos.

Santiago Londoño V.