Abriles
de más y de menos
Poetas en abril. Volumen cinco.
Recopilación de Luz E. Sierra y J. Mattos O.
Fundación Talleres-Sociedad de la Imaginación, Medellín, 1987. 267 págs.
Esta nueva antología de poetas
colombianos (vivos y catorce en total: el primero es Vidales y el último Cobo Borda) me
permitirá hacer una pesquisa respecto al lenguaje poético colombiano. Aceptemos, pues,
que una tradición "nacional" es lo que es por obra, gracia y peso de un
lenguaje al que podemos filetear como una corvina.
Podría hablar de las bondades de la
presente edición. Diré de arrancancán lo que entiendo por una buena selección de
poemas: simplemente la que motiva a empezar la lectura y continuarla. Ahora señalemos los
descuidos, principalmente bibliográficos. En algunas secciones de poemas se citan fuentes
que no figuran en los datos de sus autores. (Para muestra, dos botones: ver los apartados
de M. M. Carranza y J. M. Roca). Y una mera mera quisquilla: la foto de G. Quessep nada
como el salmón, a contracorriente.
En lugar de seguir hablando de estas
cosas, me interesa (porque la edición lo permite) un rastreo subjetivo pero no por eso
menos riguroso en la intención. ¿O debería decir ficticio, como la propia
poesía? Quisiera partir de un concepto establecido en ciertos sectores de la crítica
hispanoamericana y referido a la valoración de los escritores por su "aproximación
a la realidad mediante la fantasía" (no estoy citando a ningún crítico en
especial). Y empiezo, sí, con unos versos de A. Mutis: "La poesía substituye, /
la palabra substituye, / el hombre substituye, / los vientos y las aguas
substituyen... / la derrota se repite a través de los tiempos" (LOS
TRABAJOS PERDIDOS). Permutación, arte combinatoria. Y la sabiduría de ganarle por puesta
de mano a la poesía. Es la condena del tiempo (mismo Eclesiastés) tomada en serio pero
arqueando las cejas a lo Marx (Groucho). Y para poner más suspenso a esta reseña,
traeré a la jarana a un narrador.
¿Cuál es el atractivo de la poesía de
Mutis, siempre relacionado al de la prosa de García Márquez? En primer lugar,
impajaritablemente, un dominio del lenguaje narrativo y poético en ambos
casos de la gran flauta. En segundo lugar, la noción tan sencilla de que con,
por y a través de un lenguaje se puede decir lo que se nos antoje. De ahí que tanto
en la obra de G. M. como en la de Mutis "sucedan cosas" que crispan la lógica
más testaruda. Y no es que García Márquez (en la bella lectura que hizo E.
Volkening) haya desembrujado ningún trópico. Más bien puso a circular una imagen
verbal en la que cualquier acción es posible. Y esa imagen se amoldaría mejor a los
conceptos más generalizados acerca del "trópico". (Aclaro, por si las moscas,
que Volkening sí tenía razón en cuanto al desplazamiento sufrido por otras imágenes
verbales frente al nuevo producto literario).
Lo mismo vale para Mutis y por ello su
poesía puede hablar del Gaviero en una selva sudamericana y a la vez de un Zar o una
caravana de beduinos. Y nunca "suena" mal y nunca necesitaremos apelar a un
concepto (tan idiota a estas alturas del partido) como el de verosimilitud. Entonces,
ni el trópico de García Márquez es otro que el que se cobija en sus obras, ni las
tribulaciones del Gaviero serán más que las de su pellejo de palabras. A esto se le
llama literatura.
Pero los caminos de esta disciplina
(empedrados de buenas intenciones) son anchos y de todos. Pero restringirse sólo a echar
a volar la fantasía (como cuenta G. M. que él lo aprendió de Kafka y de su abuela)
equivale a repetir algún plato y por eso uno detecta Macondos bajo una piedra y se topa
con Hospitales de ultramar a la vuelta de la esquina. ¿Significa eso que el escritor debe
rechazar su fantasía? De ninguna manera. Porque la literatura es y seguirá siendo una
cuestión de lenguaje. Habrá, pues, poesía hasta que nos quedemos definitivamente mudos.
Quizá por esta razón es que la poesía es el reverso, la otra cara del silencio. La
página en blanco que anunciaba Mallarmé sería poesía si es que más allá se desplaza
también el silencio o la deidad contemporánea: el sin sentido.
En la tradición colombiana existe un uso
del lenguaje contra el que bien podrían lanzar sus perdigones los poetas. Ese uso ha
saltado olímpicamente las vanguardias. (Si Suenan timbres es el único ejemplo de
lenguaje vanguardista en Colombia, que la Virgen de la Candelaria los proteja,
compañeros). Y se ha adueñado de un espacio en el que la actividad poética podría
resumirse como la pugna entre el decoro y la oralidad. Ninguno de estos
términos es ni superior ni inferior al otro. Designan operaciones del lenguaje. Ambas
formas se oponen sólo funcionalmente pero nunca llegan a excluirse. Se trata de una
tradición en la que la coexistencia ha sido el quid de la vida. (Esto se palpa de
inmediato en el terreno político).
Frente al decoro, las poéticas de
Mario Rivero y J. J. Escobar estarían en el otro extremo. Sobre el tapete reluce una
voluntad más que expresiva. Dice Rivero: "La cosa es que uno tarda mucho en darse
cuenta/ de cómo es el mundo en realidad pensando bien/ todos tenemos bastante tango
adentro a veces/ y la única que gana siempre es la muerte como una madre agachada sobre
uno "(BALADA DE JUANITO GOEZ). Y el ganador del premio "Cassius Clay"
del 67 (uno boxea contra alguien, ¿verdad?) explica: .... . nos reímos como dos
amigos/ la ballena, bus de los mares, y yo que recibo su visita a la entrada de mi cueva, /
y charlamos hasta el amanecer, descansando sobre el brillante tapiz de las arenas
penetradas de luz. / Ella me cuenta lo que ha visto en las profundidades de los
océanos, / los náufragos viviendo en los barcos sumergidos y sus extrañas
costumbres, / y lo que sucede en el mar durante la noche" (VISITA DE LA
BALLENA). Las metáforas están claras: el tango o lo que se va a "cantar"; la
ballena o el trasporte (bus) de palabras. No me parece gratuito, pues, que en 1968 un
libro de título Bla, bla, bla ganara el premio "Vanguardia". Gran parte
de la obra de E. Restrepo nos llama desde los aposentos de la oralidad. En un poema de ese
libro, la novia es de hecho la poesía: "A la larga se terminaría hablando de
malas noticias a los tíos del norte, de afiches horrendos, de brutales insultos, o
contando cabezas en manifestaciones públicas. Mejor las observaciones abajo de la
página, la inocencia que supone remontarse a un episodio de la guerra de los mil días. Y
nunca colocar el anillo de bodas en dedos ajenos a los de la novia. Nunca" ("Al
fin y al cabo ... "). Acá se trata de un compromiso poético, pero ciertamente a
espaldas del registro civil.
En Juan Manuel Roca la imagen del
pajarero es más que un azar. Alude al vuelo de la imaginación. Muy cerca de las
composiciones de E. Restrepo sobre artistas, un poema de J. M. R. pone en tela de juicio
el verbo interpretar: "Los profesores, estoy seguro, los acuciosos profesores
dirían de mis versos: la capa simboliza la noche, la rosa, la sangre derramada en
Transilvania "(CARTA AL SEÑOR DE TRANSILVANIA). ¿Se trata de un conjuro para
evitar que el Conde le chupe la inspiración? Drácula es la metáfora de la inmortalidad,
siempre y cuando beba todas las noches lo que ya sabemos. En realidad aquí le habla el
poema al tiempo que marca las horas de la poesía. Si bien vuela la imaginación, hace
falta que haga lo mismo el lenguaje. Esa es la búsqueda de Roca, la misma de los niños
ciegos de su poema que corren tras el sonido de una lata al ser pateada.
Del lado del decoro hallamos un
ejemplo de lo más pertinente. En el poema de R. Echavarría la luz tiene un valor
negativo: ",¿Qué es poesía? preguntas. / Hago luz y discreta / y
sorprendida huye / la poesía... ¡esa sombra!"(POETICA). El sol da vida,
pero también achicharra. Desde este punto de vista, el decoro tiene tantas modalidades
como la oralidad; es decir, modalidades que tienen que ver con el exceso y la contención.
En el exceso del decoro estarían las composiciones que hablan desde la tribuna, el
estrado o el podio. En el exceso de la oralidad bien podrían situarse algunos
poemas-manifiestos nadaístas que parecen conversaciones de bar: el ron o las
chelas funcionan como combustible para "soltar la lengua". (Felizmente ninguno
de estos excesos figuran en la antología).
Hay un ala del decoro integrada por J. M.
Arango y G. Quessep. Ambos intentan perforar el decir, pero sin dañar los
cimientos del edificio poético. Ese edificio podría ser, en el caso de Arango, el
progenitor: "a veces / veo en mis manos las manos / de mi padre y mi voz / es la
suya / un oscuro terror / me toca" (ESTE LUGAR DE LA NOCHE, xxxvi). Y por
eso esa exactitud en la expresión (máscara de la cautela) y el cuidado con que el poema repasa
la realidad exterior: "la ciudad: un desierto dorado / por la luna: las calle
/ son las líneas de una mano / abierta // en algún lugar alguien lee / un libro extraño
como el silencio "(TEXTO).
En Quessep la misma extrañeza se torna
canto, porque su poesía quiere ser volátil como las palabras que conforman los títulos
de sus libros: fábula, leyenda, encantamiento. Paradójicamente, gracias a la
materialidad del lenguaje, nos enteramos de los avatares de su verbo: "Escucho un
canto cerca, hada o demonio,/ entre las hojas, por el insomnio destruidos;/ ¿no será lo
que viene para siempre/ de la desgracia de los cielos?// Tan solo un reino o cántico/ y
una quietud del aire donde morar, entre azucenas, mientras pasa/ la noche que me nombra el
fin, lo imperdonable" (MEMORIA). En la palabra encantamiento está contenido el
canto, fonética y semánticamente. ¿Dónde reside el nombrar? En la oscuridad de la
página se borran lentamente los signos.
Y es el momento oportuno para pedir las
disculpas del caso: (1) porque estoy leyendo una antología y puedo hacerme una idea
bastante deformada de las obras de algunos poetas, y (2) porque me doy cuenta que con
conceptos como decoro y oralidad se puede decir lo que se le ocurra a uno.
Concédame el lector el beneficio de la duda, mi honestidad.
El interés se asienta en la exploración
de una simple sospecha. La tradición colombiana de este siglo posee muy buenos poetas, en
eso estamos de acuerdo. Pero no ha contado con el tajo decisivo de la vanguardia y
por lo tanto carece de una zona en la que sería posible buscar nuevas expresiones, si de
eso se tratara. De repente todos están chinos de risa y aquí no pasa nada. Y yo
buscándole la quinta pata a este gato poético. No lo sé. En todo caso el vacilón de la
crítica es inventar problemas donde aparentemente no existen. Especulemos, pues.
En la tradición hispanoamericana hay
libros que han quebrado los códigos poético-lingüísticos. Para no entrar en las
encuestas nacionales digamos solamente que Trilce de Vallejo, Altazor de
Huidobro y En la masmédula de Girondo propusieron, cada uno en su momento, un
hiato del tipo "a partir de ahora. . Claro, muy pocos de los que intentaron seguir
después tales caminos lograron despegarse de la barrabasada. Pero esa es otra película
que pasan en otro cinema.
Intuyo que en la tradición colombiana
falta una obra que ponga patas arriba todas las operaciones del decoro y la oralidad, sea
por incorporación (al estilo de la "antropofagia" brasileña de Oswald de
Andrade) o por desintegración. Ese mesías verbal no pudo hacer su agosto durante
las vanguardias por razones que ahora no interesa discutir. Pero se hace esperar.
Volviendo a nuestra huella, digamos que
en el medio de ambos polos se situarían M. M. Carranza y D. Jaramillo. No pican de los
extremos sino del sentido de la escritura misma. (Obviamente sabemos que esto no es
más que la trampita para seguir escribiendo poemas, pero valoremos la postura). Un dato
adicional: sus obras no son muy abundantes. Dice Carranza: "Me he cansado! de mis
palabras./ Se las presto./ Para el caso, es lo mismo"(NUNCA ES TARDE). Y Darío
Jaramillo parece llevar el ritmo con un tambor del que reniega:".para investigar
los más hondos secretos/ del bien decir embelleciendo la expresión de los
concepto' ,/ del maldecir que es otra cosa,/ y pura y simplemente
del callarse,/ que es donde radica la necesidad de la poesía" (RETORICA).
Es curioso que no aparezca nadie más
después de Cobo Borda (nacido en el 48). La ironía de sus poemas viene a ser como el
humor negro del decoro. Más curioso aún es que el poeta que abre la antología sea
Vidales, en cuyo poema FILOSOFIA DE LOS ADEMANES leemos: "Mis versos han
descubierto/ que las gentes/ no valen por sí mismas ... .) Y que los ademanes/ son
los armazones maravillosos/ e invisibles/ de los seres humanos: El Vanguardismo
de Vidales resulta cosa de ingenio, observación de los detalles (algo que el Modernismo
introdujo con éxito), pero nunca el coctel molotov en el centro del Sistema poético. Los
timbres de Vidales son eso: llamadas de atención (a veces timbrazos, cosa que ha quedado
demostrada con una reincidencia poetico política nada exitosa). El buen humor del
principio se vuelve broma pesada al final. El ademán termina en Cobo Borda, que ya estaba
ironizando sobre la ironía (eso que los españoles llaman rizar el rizo). Pero Cobo Borda
habla desde ese sistema expresivo en que se ha formado. Ahora bien, lo impresionante del
último poema de la antología es que, además de ser excelente, da cuenta de todo el
proceso que yo percibo o que he inventado (¿importa la especificación?). Quizá la
estadía personal de Cobo Borda en Argentina le ha servido para advertir la necesidad de
tumbar poéticamente estos códigos. Creo que las baterías están puestas y sólo hace
falta el detonante. TIERRA DEL FUEGO (así se titula el poema que anuncia el límite) se
inscribe en la línea del mejor Cobo Borda, lejos esperamos que para siempre
de esos poemitas insultos de confitería macrobiótica. Este poema es todo un programa
poético: "También aquí,/ donde los castores desvían el curso de los ríos/ y
los guanacos miran con esbelta tristeza,/ ha surgido la vieja voz. . . ". Ya
sabemos a qué vieja voz se refiere el poema. En el punto más remoto del continente se le
cuela para significar metafóricamente la manera como se escribe a sí mismo el poema: "en
éste,/el lugar más austral del planeta / donde los continentes a la deriva / parecen
concluir su errante viaje por la Tierra,/ algo que aún no sé nombrar te advierte,/ sin
remedio./ Poesía, fatalidad del instinto...
La tierra del fuego lo es de la poesía.
El poeta es quien ilumina o enciende las señales para los navegantes (perdonésmosle al
poema estos tics romanticones). En cierta forma el poeta asume aquí las voces de su
tradición que anhelan tocar esa imagen: "voluble,frágil y sonámbula quimera /
tras la cual los hombres viajan / y luego desaparecen": ¿Quién ha de poner en
práctica este programa? Se dice el milagro pero no el santo, pues.
EDGAR OHARA |