Surgen más voces


Voces insurgentes
María Cristina Laverde Toscano y Luz Helena Sánchez Gómez (Compiladoras)
Editora Guadalupe, Bogotá, 1986, 350 páginas.


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A Voces Insurgentes, compilado y dirigido por María Cristina Laverde y Luz Helena Sánchez, lo patrocinaron la Fundación Universidad Central y el Servicio Colombiano de Comunicación Social de Bogotá, para que finalmente las mujeres hablaran, porque lo que las mujeres hemos hecho a lo largo de los siglos es hablar el silencio.

El libro, con cubierta color lila, color del feminismo, trae las voces de dieciocho mujeres insurgentes, entre ellas dos entrevistadas, acaso las más insurgentes de todas, quizá porque pertenecen a esa época, medio siglo atrás, cuando la situación para la mujer que transgredía la norma era realmente dura y solitaria. Una de estas dos mujeres es nada menos que Ofelia Uribe de Acosta, quien nos abrió el camino. Ella le cuenta a Anabel Torres, la poeta, cómo fue. La otra, la más proscrita de todas por ensuciar lienzos con pieles de mujeres, es Débora Arango, que rompe el silencio hablando desde muy adentro con María Cristina Laverde.

El libro trae una breve presentación, hecha por los varones que dirigen las instituciones que lo patrocinan, y una introducción a manera de recuento. Su impresión y terminado están muy bien, diría que son impecables, tanto en la edición empastada en tela, como en la edición en rústica, así como por la bellísima ilustración de la cubierta: Mujer 1, de María de la Paz Jaramillo.

Mujeres que citan palabras de mujeres, mujeres que pintan mujeres, mujeres que pintan el amor y el dolor. Cada capítulo trae una reproducción muy bien impresa de algún trabajo de mujer. Las monjas o las mujeres "pecaminosas" de Débora Arango. La colorida ironía, escenas cotidianas de Beatriz González. Tú eres mío o esos sabores de María de la Paz Jaramillo, y esa Mujeres sin hacer nada u otras de Lucy Tejada.

Voces insurgentes, decía, trae las voces de dieciséis mujeres que escriben con palabras de mujeres lo que tienen que decir. Dieciséis mujeres con los más variados estudios y profesiones tocan diferentes temas desde diversos ángulos: la política, la vida doméstica, el trabajo, la familia, la sexualidad ligada a la salud física y mental como punto de partida o de llegada a la negación de la mujer, la literatura, la democracia, la paz, la ecología, la historia donde la mujer ha sido siempre esa presencia-ausencia, lo jurídico, la cultura, lo femenino como ese silencio-coraza para defenderse del peligro amenazante, la Iglesia, el arte, la creatividad, el cine y la maternidad, en fin, mejor dicho: todo.

Insurgente, dice María Moliner en su Diccionario de uso del español, "se aplica a los que se han declarado colectivamente contra las autoridades y están en lucha contra ellas". Aquí estas mujeres han levantado su voz contra el patriarcado; la primera, Ofelia Uribe de Acosta, la más de las más, quien con sus 86 años y su aguerrido Capricornio sale a decir que la historia no se puede borrar con borrador, como pretenden hacerlo ahora los partidos políticos. "A mí que me llegaran con la afirmación de que a las mujeres en Colombia nos dieron el voto ‘en bandeja de plata’, sin haber sido precedido de ninguna lucha, siempre me soltaba la lengua" (pág. 41).

Es así como, voz tras voz, estas palabras de mujeres nos van contando la historia, la otra mitad de la historia, la hecha por las mujeres, la que no existe en los anales: "hasta de los diccionarios de artistas colombianos desapareció el nombre de Débora Arango" (pág 73), nos cuenta María Cristina Laverde. Débora, "la pecadora", se morirá con su sueño de pintar un mural, porque ya está vieja, con reumatismo y anemia aguda; ninguna pared de Medellín fue digna de ser pintada por "la impúdica". "Y a pesar de la avalancha de críticas y de la oposición a mi obra nunca dejé de pintar. No lograron impedírmelo. Lo único que me prohibieron y contra lo cual nada pude hacer frente fue realizar mis murales. La sociedad no me lo permitió por haber cometido el delito, como te decía, de pintar desnudos" (Pág. 82). Mientras Pedro Nel Gómez sí pintaba desnudos ("pero él es hombre", dijo el arzobispo).

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De la historia oficial también es rescatada la literatura para hacerla existir. Entonces Montserrat Ordóñez recupera a Catalina, novela de la prolífica escritora Elisa Mújica. Novela que fuera premio Esso en 1962, y aquí vale la pena anotar que este premio fue otorgado a esta novela "como tributo de admiración a la mujer colombiana y con el fin de estimular. . ." etc. (pág. 56). Sin comentarios. No obstante, la crítica de ese momento —toda ella proveniente de los varones, por supuesto—, opinó sorprendida sobre la narrativa de Elisa Mújica.

Para continuar con el borrador que han echado sobre la historia, no es sino ver cómo de las estadísticas también ha desaparecido el trabajo de la mujer, ese trabajo invisible. El de la casa nadie lo ve, desde afuera nadie lo cuenta, para el país tampoco importa; y ahí siguen las mujeres trabajando dieciocho horas diarias, y nadie sabe muy bien cómo es que las van a encajar en el proceso de desarrollo. "Si todo ese vital trabajo realizado en los hogares fuese valorado por su costo de substitución, el PIB (Producto Interno Bruto) se elevaría, aun en países desarrollados, entre un 25% y un 40%" (pág. 150), dice Helena Páez de Tavera, y se refiere también a esa difícil relación de la mujer trabajadora con su familia y con el Estado patrono.

Por eso Ana María Bidegaín escribe, a partir de su experiencia y desde muy adentro de su corazón, sobre la necesidad de contar otra historia que incluya a hombres y mujeres blancos, a los indígenas y a las indígenas, a las negras y a los negros, a toda la América Latina, y es que por allá escondida, en lugares de segunda, detrás de cada varón, la mujer ha estado participando activamente en toda forma de organización social. Increíble, porque a pesar de que no parece haber contado para nadie, ni para nosotras mismas, las mujeres han realizado a lo largo de la historia no sólo la reproducción biológica de la especie sino la reproducción y reposición de la fuerza de trabajo y la socialización de niños y niñas. "Porque son ‘cosas de mujeres’ sus labores productivas, remuneradas o no y realizadas en el hogar, no aparecen en los anales de nuestra historia económica" (pág. 186), escribe la historiadora y abogada Magdala Velásquez.

Es así como estas voces insurgentes van hablando de pedazos de la historia, de la historia desconocida, de la historia nuestra, de la historia "yin", par a ponerlo en esos términos, o como lo plantea Marta Cecilia Vélez: ". . . si fuéramos más rigurosas en un análisis no sólo de la historia y el pensamiento, sino también de la vida cotidiana, podríamos decir que ésta es una cultura homosexual —no en el sentido del amor, sino como odio y desprecio a— donde los varones sólo admiran y respetan y asimilan como científico, asumen como bello, bueno y verdadero, lo que han dicho otros varones, allí por lo tanto, toda palabra de mujer ha sido ignorada" (pág. 112).

A la mujer se la ha desposeído de su propia sexualidad, como lo plantea Cecilia Cardinal, con cierto humorcito, cuando dice: "la sexualidad femenina es una pariente pobre, pasiva, disminuida, dependiente y que espera todo del pariente aparentemente rico, de la sexualidad masculina activa, segura, poderosa y dadivosa" (pág. 171). Es que la sexualidad de la mujer es la eterna subordinada en todos los espacios, y sólo para citar algo así, casi que al azar, de entre todas las ideas que enrollan y desenrollan estas palabras de mujeres, he aquí lo expuesto por Magdala Velásquez en el orden de la legislación y relativo a la violencia carnal: "La norma estipulada que si el violador contraía matrimonio con su víctima, quedaba exonerado de la pena. No era la libertad sexual de la mujer el bien jurídico protegido, sino el derecho de propiedad del marido sobre el cuerpo de la mujer y la certeza de la paternidad" (pág. 190). Esta norma fue derogada hace sólo seis años.

Y las mujeres escriben sobre sexualidad y también escriben sobre el mito. Milagros Palma narra de manera muy bella cómo los cuentos que se escuchan en los pueblos campesinos y en las comunidades indígenas revelan el fondo sobre el cual se construye y se mantiene la superioridad masculina: "con la expresión campesina ‘la mujer es puro cuento’ la sabiduría popular colombiana quiere decir que la mujer es simplemente un cuento inventado por los hombres, es decir, un ser sin historia, sin identidad propia" (Pág. 244).

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iAh!, lo olvidaba, y sobre el amor también escriben, por supuesto. En él hurga Carmenza Vélez para encontrar las trampas tendidas al momento del amor y para rescatar los espacios que lo perturban porque, como escribe Marta Cecilia Vélez, "en esa dedicación al ‘yo te amo’, se ha anulado nuestro ser social, político, cultural, es decir, no sólo la determinación de nuestra vida y nuestro cuerpo, sino la capacidad decisoria acerca del mundo en el cual queremos vivir"(Pág. 112).

Y con el amor llegamos a la pareja y a la familia, la gran institución en crisis, crisis que le han adjudicado directamente y sin más a la mujer que se ha "liberado", se ha puesto a tomar pastillas y se ha ido a la calle, espacio que no le pertenece. La abogada Ligia Galvis analiza el estado de tensión de la pareja moderna, que ha llegado a adquirir con la conciencia individual los deseos de autonomía, igualdad y libertad. "En la pareja se encuentra la realidad de un yo incapaz de incorporar al otro en su autonomía, porque en la relación tradicional la afirmación del poder paternalista implicaba la negación de la otra a través de la sumisión" (Pág. 266). Pero el problema de la familia no es solo ése; son múltiples a tal punto que, como bien lo plantea Sonia Martínez, el Estado se ha quedado paralizado, sigue rigiendo con una legislación incompleta, no se ha adecuado a las nuevas realidades de la sociedad en movimiento, a las profundas modificaciones que plantean la mujer y la familia. Le toca, pues, a la mujer, como siempre, trascender los estrechos marcos en los que hasta ahora nos hemos visto determinadas a actuar.

Y es que "la construcción de un proceso de socialización democrática debe pasar por un cambio de actitudes y valores de todas (os) aquellas (os) que tienen que ver con la socialización. Porque mientras padres, madres, maestras (os), iglesia, Estado sigan conservando prejuicios y estereotipos sobre el papel ‘adecuado’ que la mujer debe desempeñar, la educación y la igualdad para ambos sexos será una burla y seguiremos produciendo mujeres atrapadas en la cultura de la subordinación" (Pág. 244), escribe Olga Amparo Sánchez.

Así van hablando las mujeres —análisis, planteamientos, pensamientos, reflexiones, ideas—, van hablando del proceso de socialización y de cómo las mujeres viven en su interior y en lo social la inferioridad tallada por la cultura patriarcal, que las ha convertido en reproductoras de las mismas relaciones de opresión, en la eterna cadena, al parecer, sin fin; al parecer, digo, porque con los análisis surgen propuestas diversas y distintas maneras de lograr, a partir de su ser mujer, el alcance de una conciencia que las lleve a la autonomía, paso fundamental. Y al hablar de autonomía, recuerdo el texto de Patricia Restrepo, donde, a la manera de una entrevista imaginaria, mezcla el cine como profesión y la maternidad como opción libre desde la autonomía de la mujer.

Y estas voces insurgentes también cuentan de los peligros que pueden aguardar a las mujeres a la salida del laberinto. "La ausencia de proyectos amplios y generalizados, la desconfianza con la ‘otra’ obran desde mi perspectiva como peligrosos detonantes de una masculinización de lo femenino, con consecuencias que se convierten en obstáculos para que la ideología de lo femenino, hasta ahora devaluada e inferiorizada, pueda hacer una contribución básica a la transformación de las relaciones sociales" (Pág. 329), es una de las preocupaciones, de las múltiples que plantea la médica Luz Helena Sánchez.

Y a pesar del patriarca, las silenciosas acciones de las mujeres silenciosas siempre están lloviendo. Han hecho las grandes denuncias y rebeldes acciones para defender la vida, para defender la paz y para defender la democracia, dice Socorro Ramírez, además de muchas otras tareas de las mujeres que se han unido en los espacios que los varones han tratado de dividir para poder reinar.

Voces insurgentes es un homenaje a Ofelia Uribe de Acosta, quien en 1960 escribió Una voz insurgente. Aquí está, pues, la reflexión de todas estas mujeres, hecha años más tarde, desde muy adentro, no sólo desde la piel, para ayudarnos a todas y todos a recuperar el goce por la vida y por la creación.

DORA CECILIA RAMIREZ