Rehén
de la nada
La nieve del almirante
Alvaro Mutis.
Alianza Tres, Madrid, 1986, 145 págs.
Se concreta en este libro una
alegoría que Alvaro Mutis propone en textos anteriores, la cual resume aquellos
consabidos versos:
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar
que es el morir.
Esa alegoría, encarnada en un
personaje mítico llamado Maqroll el Gaviero, comienza en las primeras páginas de Los
elementos del desastre (1953) y se amplía en sucesivos libros hasta culminar en La
nieve del Almirante, novela poemática cuya gestación dura más de treinta años.
Los principales textos en los que aparece
explícitamente el fantasma del Gaviero son los siguientes: Oración de Maqroll (1953);
Reseña de los hospitales de ultramar, publicada por primera vez en la revista Mito; Recuento
de ciertas visiones, incluido en la Summa de Maqroll (1973); En los esteros,
Cocora y La nieve del Almirante, en Caravansary (1951); El cañón de
Aracuriare y La visita del Gaviero, en Los emisarios (1984). Los
últimos cuatro relatos se incorporan al final de la novela.
La figura indeterminada de Maqroll
resulta necesaria como expresión del destino individual. El Gaviero se mueve en un clima
asfixiante, en medio de los más desesperanzadores signos.
La novedad no está en su concepción del
azar no es el del Gaviero un destino menos extraño que cualquiera otro sino
en que nos lo pone de presente de un modo estremecedor.
La aventurera selva no había tenido un
visitante tan extraviado como este lastimoso Gaviero que se empeña en descifrar los
misterios de la muerte del Duque de Orleans mientras va remontando la corriente de un río
que ni siquiera existe.
Compuesto con elementos lingüísticos de
la Amazonia y de la selva occidental colombiana, el nombre de ese río, con sus
quiméricos aserraderos al pie de la cordillera, por donde regresa finalmente el Gaviero
hasta la Cañada de la Osa, reivindica para la literatura un territorio caro al autor.
Si suponemos en costas chocoanas la
desembocadura del Xurandó, parecería ser así y no faltaría quien poseyera un mapa
antiguo como prueba. Verosimilitud literaria que acompaña al texto, sobre todo si se ha
viajado antes con el Gaviero en sus imprevisibles travesías.
Además de la selva (que ya no existe,
según algunos), trae también este libro otra sorpresa para los esnobistas en
la estructura del relato, preservada por encima de efímeros experimentos y de la
truculencia decadente.
Alvaro Mutis es el escritor de
especialísima sensibilidad que reúne poco a poco en torno suyo a lectores afines. Los
que manifiestan considerarlo "artificioso, inventado y falso, a más de
repetitivo", pertenecen al mundo antagónico de la antimateria.
Es una lástima que la gente no tenga
tiempo, por estar tan ocupada "luchando". En medio de la lucha la Muerte les da
tres vueltas y desaparecen viendo un chispero. Contra esa inconsciencia previene el
Gaviero por medio de conjuros y admoniciones, en una prosa hermosa, de sentido
trascendental.
Gozan de sí mismos la prosa y el verso
cuando Alvaro Mutis se pone a escribir, porque pocas veces tan hábil mano da sentido a
las palabras y utiliza el arte encantador del poeta con el acierto y la eficacia caros al
lenguaje.
Literatura insana, sin embargo, para el
común. Pero la gratuidad e inutilidad del juego no caben en su lectura contextual. Debe
ser interpretado con las claves del autor, cada una de cuyas páginas está escrita como
un legado. El poeta nos tiende la mano en medio de la Nada. Por ahí se va a un agujero
negro.
El lento pensamiento tiene aquí su
remanso, un lugar para detenerse en cada párrafo donde estará escondido el diostedé.
Tedé. Tedé. Tedé.
La minuciosidad con que Alvaro Mútis
eleva su construcción indica un gran respeto por el lector (aparte del que ya guarda por
sí mismo) y a la vez un gran desprecio. Puede decirse que selecciona a sus víctimas con
premeditación científica, en un angosto margen de posibilidades.
Observaciones especiales realizadas
durante los últimos cuatro años acerca de la lectura de poesía en Colombia conducen a
una conclusión desoladora. En tan precarias condiciones, Alvaro Mutis resulta extraño.
La sensibilidad poética está muy escasa. Si hablamos de ametralladoras todo el mundo
entiende, pero nadie sabe cómo se dispara un dístico.
"La gente palabra de
Mutis se caracteriza y define por su absoluta incapacidad de entender, es
decir, de ver, en el sentido en que lo entendían los neoplatónicos".
Con unas páginas de papel de arroz en
sus finas manos de poeta, vino a casa mi amigo Jotamario para relatarme su paso por un
libro chino. Estaba tan conmovido a causa de ese libro que ni se podía sentar ni se
podía tener en pie, ni se le podía tocar ni había lugar para él en el mundo, y su
garganta no soportaba ni la miel de rosas ni el licor de azahar que por casualidad tenía.
Otros, muchos, han pasado por encima del mismo libro sin la mínima emoción, sin
comprensión ninguna, con total indiferencia. El libro siempre es el mismo, pero los
lectores no son los mismos.
Si eres alguien que sabe lo que hace, no
te lo perdonarán. Ahora empezamos a escuchar acusaciones contra Alvaro Mutis. Dicen, por
ejemplo, que tiene tendencia a desaparecer; o le critican que escribe sobre la selva desde
un jet que vuela sobre la selva. También dicen que se mete en hoteles de siete
estrellas. Pero qué son siete estrellas para Alvaro Mutis, ¡hágame el favor!
He visto en plena selva libros cuya
presencia allí resulta asombrosa. Y he visto llevar unos y regresar otros, con las
huellas del clima en la cubierta, como el Shakespeare de Verano Brisas. Verano Brisas se
fue a vivir en un islote del Pacífico, lleno de serpientes. ¿Y con quién vivía allí?
iCon Shakespeare! En la oficina del correo de Buenaventura encontré a un joven que hacía
cola para las estampillas. Deseaba colocar una carta de despedida, porque partía en
seguida para la selva. ¡Y el único equipaje que llevaba era su Whitman! Me gusta mucho
preguntar a las gentes para dónde van y qué llevan en ese paquete. Van para los lugares
más insólitos y llevan las cosas más inauditas. Es en exceso emocionante.
Los que juzgan anacrónica la selva de
Mutis, que se queden un rato ahí parados y cuando yo vuelva a pasar los encontraré
semicubiertos por lianas y bejucos.
Si leo un libro y puedo después escribir
otro libro sobre ese libro, entonces he leído el libro. No pido a los libros que me
ayuden a pasar el rato, sino que me ayuden a pasar la vida. El rato, ése lo paso de
cualquier manera.
El único modo de leer un libro es
dejarse llevar por él. El que se mete en un libro a contracorriente hace un esfuerzo tan
vano como el que toma una droga con predisposición contraria. Me he vuelto loco varias
veces leyendo a Alvaro Mutis.
Menospreciable tipo de reseña aquél que
en este caso diría que el viaje del Gaviero por el río Xurandó está narrado a través
de tantos meses y tantos días, desde marzo 15 hasta junio 29, con una interrupción del
20 de abril al 25 de mayo por enfermedad del personaje principal. Considero tal clase de
lectura completamente estúpida y de ningún provecho.
Sale el Gaviero de una tienda llamada
"La nieve del Almirante", en donde vive con Flor Estévez, para efectuar un
largo recorrido de ida y regreso por un río, tornando meses después a "La nieve del
Almirante", en el páramo, donde encuentra el rastro frío de Flor Estévez. Sale
Flor Estévez del páramo y va con sus cosas a instalarse en un sueño. Buscar aquel
sueño y tener la habilidad de meterse en él hubiera sido una solución. Pero es incierto
ponerse a andar por los sueños. Un amigo mío soñó que se abría la puerta del sueño y
entraba un caballero. El caballero se detiene, mira al soñador y le dice:
"Tenga usted la bondad de excusarme, caballero. Me equivoqué de sueño".
Empezamos el viaje engañados, y así
continúa, un engaño tras otro. El Gaviero se embarca sin saber muy bien por qué, como
hacemos muchas cosas en la vida. Tal vez alguien lo sabe. Pero vive en otro mundo.
La factoría: destino final equivocado.
De vidrio y aluminio pulido como el cielo, pero guardada por gentes de armas, de
procedencia kafkiana, con quienes no es posible ningún trato, pues representan un poder
tan absoluto y tan lejano que despoja a los hombres de todo valor. Proseguir es imposible.
Devolverse, ir al encuentro de un seguro desastre.
Más que la obra del narrador, es la obra
del sabio y del poeta, así incluya ciertas fórmulas y algunos ingredientes calculados de
acuerdo con el arte actual de la novela.
Si todos los personajes hablan un mismo
lenguaje, el del Gaviero, es porque todos son facetas suyas. No sólo los personajes, sino
también lugares y cosas. Ese motor que lucha con asmática terquedad contra la corriente,
"que amenaza a cada instante con el colapso definitivo", podría ser el
corazón. Miralobién. Miralobién. El Gaviero tiene algo de hidroavión. Se le pegan los
líquenes de la selva y hasta un letrero colocado en la tienda del páramo pasa a ser
prolongación suya, como brazo o sombrero. A fuerza de intentarlo, ha logrado ser el otro,
el que no fue. Su biografía se compone de los fragmentos de otras biografías. El Gaviero
es multidimensional. Si lo lees pasas a ser parte suya y eres también un Gaviero. Gaviero
es como jugar chucha, que si lo tocan se la pegan y tiene que salir corriendo a pasársela
a otro y de este modo el contagio es inevitable. Ha de sobrevenir la peste del Gaviero,
algo para lo cual no podrán hacerse vacunas.
La maestría de la descripción en Alvaro
Mutis se debe a que es él un profundo observador, lo cual le permite esa adjetivación
insólita: "Malicia carnívora", "inocencia nauseabunda". Es la
descripción un género que se rehuye actualmente, por considerar que se ha abusado de
él. Pero Alvaro Mutis la utiliza para llevarnos en ese viaje cinematográfico al final
del cual la experiencia nos deja exhaustos. Esa noche en que terminamos de leerlo y nos
disponemos al sueño, al cerrar los ojos vuelve todo a empezar su desfile. Ya nos estamos
quedando dormidos, cuando el ruido del hidroavión nos despierta, o nos sobresalta la
caída en los rápidos. Y de pronto despertamos con el cuerpo del capitán ahorcado
balanceándose frente a nuestra cama, que creíamos era el lanchón navegando en la noche.
La descripción del viaje por el río, en
la selva, no la hará con tanta propiedad de detalle quien carezca de las experiencias
necesarias, aunque tal descripción no es más que un derroche, puesto que ese no es el
asunto de la novela.
Suele Alvaro Mutis darse escapadas al
monte, para consultar la naturaleza. "Me lanzo en caminatas de cuatro y cinco días
por la Huasteca hidalguense, por montes y veredas, cañadas y plantíos que en mucho me
recuerdan esa anticipación del Quindío que es la región de Coello en el Tolima. Duermo
bajo los árboles, me baño en pelota en los ríos, como bananos y naranjas y me pierdo
por entre los cafetales. El día que no pueda hacer, así sea una vez al año, esas
peregrinaciones, me moriría de tristeza y de fastidio. Detesto las ciudades, donde la
vida no vale nada".
Confiesa (pág. 57) que vive en un tiempo
por completo extraño a sus intereses y a sus gustos. De ahí que a menudo se siente
perdido y es entonces cuando recurre a la poesía, ese lugar desatinado donde buscan
salvación los que no la tienen. Exclama "¡Respeten la más alta miseria, la corona
de los insalvables!".
Esfuerzo perdido es tanto el viaje real
como el literario, y sin embargo, existe ese impulso ciego que es la vida. "En el
fondo de todo mi trabajo de escritor dice se levanta una sombra de derrota y
hastío que me está diciendo siempre ese fatal ¿para qué?, paralizante y escéptico.
Siento muy cercano y muy evidente el trabajo del tiempo y del olvido".
Pese a todo, Flor Estévez ya estaba en
la primera página de Los elementos del desastre, y el Gaviero prosigue todavía su
travesía interminable.
JAIME JARAMILLO ESCOBAR |