Para
prender polémicas
Labor in Latin America
(Comparative Essays on Chile, Argentina, Venezuela and Colombia)
Charles Bergquist
Stanford University Press, Stanford, 1986, 397 páginas.
Charles Bergquist, historiador
estadounidense ya conocido en Colombia por su libro Café y conflicto (1981), nos
entrega su reciente trabajo comparativo sobre los movimientos laborales en algunos países
latinoamericanos, entre ellos Colombia. Aunque hasta el momento sólo contamos con la
edición en inglés, ya una prestigiosa editorial colombiana anuncia su publicación en
español.
Lo primero que llama la atención al
lector del libro de Bergquist es la magnitud del trabajo emprendido: la comparación de
los movimientos obreros en cuatro países. Ahora bien: no se trata de todos los
movimientos laborales, sino de aquellos ligados a la economía de exportación. Esta es la
medula del libro: el impacto de los trabajadores de las principales actividades
exportadoras en la vida nacional de los cuatro países estudiados. De esta forma
Bergquist, en una impresionante revisión de bibliografía secundaria posible sólo
si se cuenta con un magnífico sistema bibliotecario, y con la utilización de
algunas fuentes primarias especialmente en el caso colombiano, nos va
describiendo el papel desempeñado históricamente por los petroleros venezolanos, los
trabajadores de los frigoríficos en Argentina, los de las salitreras en Chile y los
cafeteros en Colombia. Desde una perspectiva que combina un renovado análisis
dependentista, alimentado por la sociología de Wallerstein, con los aportes de la llamada
"nueva historia social", iluminada a su vez por los historiadores ingleses,
Bergquist intenta demostrar su hipótesis: los trabajadores de las actividades
exportadoras constituyen el corazón de la clase obrera de cada país, y por esa vía
tienen participación decisiva en las respectivas vidas nacionales.
Si la magnitud del estudio llamaba la
atención, la posibilidad de comparación planteada por Bergquist causa admiración. En
realidad, aunque se ha dicho continuamente que la historia, al menos desde los tiempos de
Marc Bloch, debía utilizar el método comparativo, sólo pocos historiadores se han
atrevido a emplearlo. El libro que comentamos demuestra que la comparación es posible y
necesaria. Este éxito se logra por el punto de partida la controvertida teoría de
la existencia de un "sistema económico mundial" y no sin el riesgo de
algunas simplificaciones. Afirmaciones como las hechas en la Introducción, acerca de la
relación entre control de la economía exportadora y posibles alianzas políticas
que se podría resumir en una cuasicorrelación de a mayor participación
imperialista en las-economías nacionales, mayor posibilidad de alianzas
anticapitalistas, son, por decir lo menos, bastante simples. La misma posibilidad
real de comparación se cuestiona al considerar los distintos sectores estudiados:
trabajadores cafeteros (que abarcan desde campesinos hasta casos de peonaje a deuda) y,
por ejemplo, trabajadores de frigoríficos de Buenos Aires (más cercanos al clásico
concepto de "proletariado") ¿Con sectores sociales tan diferentes es posible
establecer una comparación? Y, en caso de ser afirmativa la respuesta, ¿hasta dónde
puede llegar esa comparación?
En realidad, Bergquist tiene su propia
respuesta a las anteriores preguntas. Simplemente su concepto de proletariado
es mucho más amplio que el tradicional. El autor no sólo agrupa acertadamente a
trabajadores asalariados del campo y la ciudad, sino que incluye trabajadores no
asalariados que resisten a la proletarización. Por esa vía un campesino puede ser
considerado como proletario, o simplemente trabajador, que es el
concepto que más usa Bergquist. Aunque no hay duda de la importancia de cuestionar
conceptos dogmáticamente preservados por los investigadores sociales, como el de
proletariado, es posible que se haya ido no sólo un poco lejos, sino, lo que
es peor, demasiado rápido. No encontramos en el voluminoso libro una justificación
teórica clara de su generosidad en la ampliación de ciertas categorias.
Ya que discutimos este punto de los
trabajadores rurales, vale la pena señalar más en detalle el análisis del caso
colombiano, que es el país donde más investigación de primera mano hizo el autor. El
extenso capítulo dedicado a Colombia se inicia con un pobre análisis historiográfico
sobre el café. Se opone una historiografía "tradicional" que rescata la
importancia del café en la vida nacional a una "izquierdista" que
destacaría las contradicciones sociales de ese proceso, ambas, por supuesto,
consideradas incompletas por el autor. La utilidad del balance historiográfico radica en
sustentar la propuesta de Bergquist: ¡hay que integrar las dos perspectivas!
A renglón seguido viene la parte
más rica del capítulo. El historiador estadounidense aborda los cambios sufridos en la
economía cafetera hacia los años treinta, de un predominio de la economía de hacienda
al de la pequeña propiedad. Esta transformación, según el autor, repercute en los
trabajadores cafeteros, pues de sentir contradicciones básicamente en la esfera
productiva, pasan a sentir contradicciones en la comercialización, consecuencia de la
nueva "lógica" cafetera. Por tanto, continúa Bergquist, los trabajadores
cafeteros pasarán de luchas colectivas (más ligadas a la economía de hacienda) a luchas
individualistas (más propias de la economía campesina). Los valores liberales
individuales tienden a ser la ideología de los trabajadores cafeteros, tenazmente
resistentes a la proletarización, por lo menos hasta los años cincuenta. Hasta aquí
encontramos uno de los análisis más lúcidos sobre el cambio de "mentalidad"
de un grupo de trabajadores. Sin embargo, Bergquist da luego un paso, consecuente con su
modelo teórico, que deja mucho que desear. Con una lógica coherente se afirma que así
como el café es el principal producto de exportación, y en ese sentido marca el
desarrollo del país, los trabajadores cafeteros son la medula de la clase obrera y en
consecuencia marcan (o "determinan") su historia. Da la impresión de que lo
lógico debe ser también histórico, y eso está por demostrarse. Por un lado, los
trabajadores cafeteros incluyen grupos sociales con distinta posición ante los medios
materiales y ante la propiedad. Pensamos que es más probable que un peón cafetero de una
hacienda de oriente se identifique con un trabajador ferroviario cercano, por ejemplo, que
con un campesino parcelario del viejo Caldas. La dispersión geográfica también cuenta,
pues no es lo mismo hablar de trabajadores de los frigoríficos o de los de las petroleras
allí funciona mejor el modelo de Bergquist que de un grupo tan heterogéneo
como los cafeteros. Si es difícil hablar de cohesión del grupo cafetero, cómo es
posible postular que su "ideología" como si fuera una sola marca la
vida de la clase obrera en su conjunto. Para el modelo de Bergquist sería mejor trabajar
con un sector más homogéneo, como el portuario, por ejemplo, que a su vez está muy
vinculado al auge exportador del café.
Ahora bien: es justo reconocer que la
hipótesis lógica de Bergquist tiene cierto apoyo empírico. Lo sucedido en los años 30
(el intento de huelga cafetera agitada por el partido comunista y secundada por algunos
trabajadores cafeteros), hace pensar en una incipiente cohesión de grupo (tal vez propia
de la fase de "luchas colectivas"), y de una fuerza como grupo de presión. Una
mayor investigación arrojará más luces a este debate, en el cual Bergquist se lleva el
mérito de iniciarlo.
En aras de superar algunos enfoques
historiográficos que han hecho carrera en nuestro medio, Charles Bergquist cae en otro
igualmente cuestionable. Si con justa razón cabe criticar el "voluntarismo" de
muchas explicaciones históricas los cambios en la clase obrera serían fruto de
traiciones o de aciertos de los dirigentes, o el pesimismo institucionalista
que atribuye al Estado y las clases dominantes poderes omnímodos de tal forma que la
clase obrera termina siendo manejada como una marioneta, no por ello se debe argüir
desde una visión cercana a un "determinismo" cafetero. Ya en Café y conflicto
le quedaba a uno esa idea de que el café es como el nuevo deus ex machina de
la vida nacional. Frases como ésta abundan en el texto: "La historia del movimiento
laboral colombiano obedece a una dinámica incrustada profundamente en la estructura de la
economía exportadora cafetera" (Pág. 311). Que el café es importante, no hay duda;
pero que lo es todo, resulta por lo menos exagerado.
Los anteriores comentarios críticos no
dementan el magnífico trabajo de síntesis emprendido cuidadosa e ingeniosamente por
Bergquist. Que tal vez su modelo sea débil en el caso colombiano, no quiere decir que sea
inválido. De hecho, los casos venezolano y argentino, especialmente el primero, son
buenos ejemplos de la aplicabilidad del esquema teórico.
No hay duda de que este libro
constituirá un punto ineludible de referencia para cualquier estudioso de los movimientos
sociales en Latinoamérica. Su repercusión puede llegar a tener las proporciones de lo
alcanzado por los trabajos iniciales de Gunder Frank o F. H. Cardoso, o, en el plano
laboral, el de otro estadoudinense, Hobart Spalding 1. En ese
sentido, la traducción española no es sólo plausible sino necesaria. Sólo pocos libros
motivan tanta controversia, y el de Bergquist tiene indudablemente ese mérito.
MAURICIO ARCHILA NEIRA
NOTAS:
1 Organized
Labor in Latin America, Nueva York, Harper and Row, 1977. Parece que hay traducción
española de este texto. |