Un conocido poema de Los
trabajos perdidos trata de una ciudad en la que oímos el llanto de una mujer en un
cuarto vecino. Es una palabra que va inundando un espacio tras otro, seduciendo en su
camino a una pequeña legión de sucesos. El destino, que parece dejado al arbitrio del
lector, se cumple en el poema mismo que leemos. Y la noche es una sola para todos los
poemas de Alvaro Mutis, quien acaba de publicar Un homenaje y siete nocturnos 1 en una edición apropiada: más que bella, albina;
marfil cuando el marfil tiene color cera.
Si Mutis no ha cesado de escribir nocturnos desde sus primeras estocadas a la poesía,
bien podemos concluir leyendo estos ocho espléndidos poemas que esta vaina de
la poesía consiste en plantar los pies en la tierra, apoyarse en los talones y jugar a
moverse de un lado a otro esperando que se produzca la ascensión. Y en cualquier momento
se produce. He aquí estas noches para corroborarlo.
¿Cuáles son, pues, los momentos que esta poesía incesantemente reclama? El plan de
un sueño vigilado no puede ser más sencillo, lo cual demuestra que importa poco el
concepto de repetición; en cambio es determinante una insistencia asentada
en un tipo especial de imágenes. Viajar por estos poemas es también asistir a su
escritura.
Hay un espacio "real" donde se sitúan las acciones que son principalmente
palabras que se refieren a sucesos imaginarios. Por eso los personajes de Mutis (sean
Santiago el Apóstol, Luis de Francia o Chopin) actúan en los intersticios de ese
espacio, ahí donde se respira la noción de nada: ". . . zonas donde la muerte /
acecha con su ciega jauría" (Después de escuchar la música de Mario Lavista, pág.
1). Las palabras equivalen a sonidos en el tiempo, transcritos en el espacio de una
página que agotamos con una mezcla de excitación y miedo: "Así las palabras
buscando / presintiendo el exacto lugar / que las espera en el frágil / maderamen del
poema / por designio inefable de los dioses" (Nocturno I, pág. 9).
El instante o el designio son productos de un orden que se impone con naturalidad sobre
las formas del laberinto: "porque la noche reserva / esas sorpresas destinadas a
quienes saben negociar / con sus poderes y perderse en sus corredores" (Nocturno III,
pág. 21). Sin embargo, el valor humano frente a estas argucias ya tramadas por
entidades de lo absoluto reside en su cualidad trágica. Y una manera de lucha consiste en
aprender a entregarse: "Regresar a la nada se le antoja / un alivio, un bálsamo
oscuro y eficaz / que los dioses ofrecen compasivos. / La voz del viento trae / la llamada
febril que lo procura / desde esa otra orilla donde el tiempo/ no reina ni ejerce ya poder
alguno / con la hiel de sus conjuras y maquinaciones" (IV, Nocturno en Valdemosa, pág.
28). Esta sumisión resulta esclarecedora en el Nocturno V, en el que un río, que
no concluye en el mar, da cuenta de la memoria del sujeto: "Me pregunto por qué el
río, observado desde la ventana de un hotel cuyo nombre he de olvidar en breve, / me
concede esta resignación, esta obediente melancolía en la que todo lo sucedido o por
suceder es acogido con gozo / y me deja dueño de un cierto orden, de una cierta serena
sumisión tan parecidos a la felicidad" (Pág. 37). Cambian los nombres y las
circunstancias porque madura y crece hacia adentro el protagonista de sus hechos: "Le
dicen Old Man River. / Sólo así podía llamarse. / Todo así está en orden" (Pág.
39).
La poesía de Alvaro Mutis pone sobre el tapete, una y otra vez, los anhelos que
recónditamente hacen menos tediosa la cotidianidad: deseo de un orden que anteceda al de
imperfecciones que conocemos; deseo de unos cuantos instantes que nos revelen el sentido
previo y último de cada existencia; deseo, en suma, de una trascendencia. Pero tal
arquitectura, renovada en cada libro, representa una minuciosa excavación en el vacío
que es la porción de palabras de cada poema. La poesía no da respuestas ni podrá
prometerlas, si es que por respuestas entendemos esas claves tejidas por una lengua que se
autoconsume a la par que tiende sus puentes a una gran ilusión. Estos nocturnos son el
pasto de la muerte pero también el paisaje de una esperanza: la coincidencia de los
sueños y la silvestre materia que los niega. Alvaro Mutis se coloca en un tira y afloja
descomunal que no dejará de animarnos. Por lo mismo, sus propias revelaciones consisten
en la exactitud con que el poema se enreda y desenrolla. Y en este sentido sabemos cuándo
es que Mutis se ha agarrado a golpes rotundos con el lenguaje. El Nocturno III, por
ejemplo, pudo muy bien ser un poema en prosa: el comienzo y el final posibilitan semejante
sospecha: "Había avanzado la noche hasta establecer sus dominios [. . .] Por eso lo
indicado es dejar una delgada zona de la conciencia. . ." (Págs. 19 y 23). El poema
no tiene puntuación y es un solo fluir; pero marca una frontera demasiado racional para
el verso, algo que la prosa he habría brindado por añadidura. Aquí, si esta sospecha
fuera desvelada como verídica, se cumple otra duplicidad: la del texto consigo mismo, es
decir, con sus posibilidades. En otro nivel la observamos a través del Nocturno en
Al-Mansurah, donde el poema se convierte en mecenas del poder gracias a la metáfora
establecida: "Un servidor de la escritura, Dios lo bendiga, / ha dado asilo al más
grande Rey de Occidente" (Pág. 45). Este asilo, siendo ficticio, deviene
real: sólo por medio del lenguaje los caprichos de la autoridad son doblegados. La
imaginación no sólo es omnipotente; también tiene sus reglas y excepciones. Y, por
supuesto, sus límites: "Justo es hablar así sea por una sola vez / de la noche de
los asesinos la noche cómplice / porque también ella entra en el orden de nuestros días
/ y de nada valdría pretender renegar de sus poderes" (Nocturno VII, pág. 51).
¿Qué puede haber más allá del crimen? Un silencio se llena de significados. Porque
lo conocen ("el gozo y su ceniza voladora"), Mutis y la noche callan.
EDGAR OHARA