Muchachas
picantes
De ciertas damas
Carlos Lleras Restrepo.
Fundación Simón y Lola Guberek, Bogotá, 1986, dos vols. 360 y 385 págs.
Si el lector quiere unas lecturas amenas,
poco extensas, deliciosamente informativas e incluso capaces de volver a despertarle el
interés por la historia, la mejor obra para sus vacaciones será De ciertas damas. Su
publicación es otro acierto de la Fundación Simón y Lola Guberek.
Estas reseñas de Lleras ofrecen una
prosa correcta y no por ello tiesa. Al contrario, se trata de páginas mucho más fluidas
y brillantes que no pocos de los editoriales políticos y económicos del expresidente, a
menudo demasiado densos para la generalidad.
En De ciertas damas se
recoge una buena muestra de los compendios de biografías de mujeres famosas que Lleras ha
publicado en el semanario Nueva Frontera desde el decenio pasado. Y constituye buen
ejemplo de lo que se puede hacer en el campo del periodismo cultural en Colombia. Frente a
la odiosa invasión de chismes sobre femeninos personajones de hoy, tan característica de
otras revistas que circulan entre nosotros, Nueva Frontera ha optado por tratar, con
gracia, tacto y altura, de la vida y milagros de mujeres en verdad interesantes. Cumple
así con la misión de divulgar temas con frecuencia desconocidos, al tiempo que presenta
un cuadro de lo que se produce entre escritores, periodistas e historiadores de Italia y
Francia.
¿Quién se oculta tras las reseñas de
Lleras? Un periodista que lo es airoso y velloso, como quiera que en su producción ha
tratado tanto del déficit fiscal como de las intimidades de Clara Petacci y Benito
Mussolini. Se muestra, además, un liberal colombiano, de los formados a comienzos del
siglo, educado, sí, en un liceo de sacerdotes, pero franco, realista y dispuesto a
reconocer, por ejemplo, los desvío que abundan durante algunos pasajes de la historia de
las jerarquías católicas, en especial durante los siglos XV y XVI. Se muestra, en fin,
un liberal en su actitud con respecto a la mujer: delicado, admirador, enamorado, incluso
devoto, pero siempre con un dejo de paternalismo, una diáfana cortesía y mucha sensatez.
Destaca la preferencia del expresidente
por la condesa de Castiglione 1. La reseña de su biografía
es la más extensa y detallada, tal vez porque la Castiglione participó de manera activa
y decisiva, como ninguna otra de las mujeres cuya vida se escudriña en De ciertas
damas, en una de las pasiones de quien reseña: la política. La beldad florentina
desempeñó papel fundamental en el proceso de unificación de Italia, así como en las
conversaciones que se adelantaron para dar fin a la guerra franco-prusiana. Nacida para
brillar, Virginia, de corazón duro hasta para con su hijo, y de fría mirada, comenzó a
hacer noticia en su mundo desde los diecisiete años, cuando empieza a centrar sobre sí
la atención de los hombres de Estado de Europa; y la de sus pueblos. Y esa vida
llamativa, frenética y pródiga sólo menguará al llegar los años difíciles.
No exagera quien reconoce que ella
aportó casi tanto a la causa de su nación como el célebre conde Camillo di Cavour.
Lleras escribe esta reseña con admiración, sí, pero con alguna distancia; y hasta con
pavor, si se compara su idea de la Castiglione con lo que expresa luego sobre Clara
Petacci, su Claretta 2.
La vida de la amante de Mussolini resulta
otra cadena de hechos en el tenebroso intento por retornar a una Roma de hace más de dos
mil años. La abnegadísima Claretta aviva la ternura en el periodista y le arranca
elogios que son, en efecto, muy propios de un liberal. Su entrega incondicional
mejor: ciega, servil y morbosa resume uno de los casos más patéticos que
haya registrado la historia de la política. Sin embargo, ni el autor de la biografía ni
el de la reseña dan muestras de haber profundizado en torno a la condición morbosa que
se apodera del alma de la protagonista. Simplemente la ven deambular por los corredores de
su propia historia de amor (tan parecida, en ocasiones, a la historia contemporánea de
Italia); la ven, como quien ve pasar a un autómata, y ella los deja asombrados pero
acríticos; lo extraño es que la personalidad de Clara los maravilla, en el mejor sentido
de la palabra. Y poco se ahonda, así mismo, en el tremendo efecto que la propaganda
debió de haber ejercido sobre la imagen que la loca de amor se forjó de su hombre, su
tirano.
No sucede otro tanto con la biografía de
Beatrice Cenci 3 En la reseña se va creando el clima
espiritual preciso que llevará a la desgraciada Cenci al parricidio. Se muestra de la
muchacha su amor por la vida y la libertad que triunfa sobre la represión, el terror y
los abusos a los que Francesco Cenci ha sometido a su propia familia. Se muestra también
la integridad de Beatrice, que no delata a sus cómplices sino cuando se le hace evidente
que los van a torturar en su presencia para indagar la verdad; entonces la noble mujer
hace lo posible por salvarlos. Beatrice es, con mucho, el alma más pura que pasa
por los dos tomos de la obra: es la vida que se defiende con una nobleza pasmosa, una
mujer asaz diferente de la Bella Otero 4 y de la meretriz
augusta 5.
El conjunto de reseñas comienza con la
de la biografía de Mesalina, mujer del emperador Claudio, la cual llegó a competir en el
lecho con una prostituta, superándola. La aproximación a la vida anímica de la hetera
imperial se basa en la idea de que era demasiado joven cuando llegó a emperatriz y en la
conclusión de que el ambiente corrupto de la corte romana la lanzó a los excesos que la
hicieron famosa. Alguna participación, tal vez no la suficiente, se le reconoce a la
prosaica glotonería y a la repugnante rudeza de su imperial y cojo marido. Claudio
abandonó a Mesalina en una soledad creciente, en aras de su amor por la historia y los
asuntos de Estado. Aunque el personaje cobra vida, se nota alguna carencia de las
perspectivas con que se podría iluminar su vida íntima. Mesalina queda retratada,
incluso reanimada, pero poco explicada. La pobre, también del siglo XX recibirá juicios
e incomprensión. Tanto Lleras como los biógrafos sobresalen por la posesión de un
excelente acopio de información, pero no tanto por la de una intuición psicológica
aguda. En esto también se hace patente su formación liberal.
Carolina Carasson danza, por entre
las líneas que reseñan su biografía, sensual e irresistible, como siempre,
deslumbrándonos como deslumbraban en los salones de Europa y de América sus piernas, su
morenidad y su sangre mediterránea. Y a su lado se ve correr la de tantos hombres a
quienes desdeña con la volubilidad de su corazón. Algo de Remedios la bella se anuncia
en ella. Cuando no el río de sangre, fluye el de las joyas, los millones y. . . los
favores. No se puede ver en Lina a una mujer fría y calculadora, como la Castiglione,
sino un ser poseído por su cuerpo, y por la corrosiva admiración de los demás, casi sin
identidad mental, casi un animalillo al que no se podría enjaular jamás, en fin, una
mujer salvaje de tan elemental, pura y arcaica. Ese es el origen de la inconsciencia con
que afronta los suicidios de no pocos de sus adoradores. Y es ésa, también, la
diferencia principal con la Castiglione: carece, del todo, de una formación que le
permitiría pensar e instalarse a sus anchas en la historia, en el curso de los pueblos y
tomar posición ante asuntos que atañen al género humano. Reina de su mundo, en los
otros tuvo la prudencia de no entremeterse; tampoco le habría sido posible trascender su
evidente condición plebeya. La Castiglione reinó con su hermosura en la corte de
Napoleón III y con su habilidad y sus intrigas en la política interestatal europea;
cosas demasiado aburridas, tal vez, para la Bella Otero. Vale la pena conocer su vida, sin
embargo, porque ella contribuyó, a caso sin comprender del todo lo que hacía, en la
construcción de la nueva concepción del arte que nos ha dado este siglo. La magia
instintiva con que movía cada músculo de su cuerpo soberbio, con que cantaba, hizo
entender que la danza, clásica o moderna, más que academias y teorías lo que exige es
alma, pasión.
Pasión de española y de noble también
atribuyen Maria Bellonci y Lleras a Lucrezia Borgia 6, como la
explicación de su tolerancia para con las fechorías de su padre y sus hermanos. Pero
Lucrezia capitula una y otra vez no sólo porque se sabe Borgia, sino porque es mujer; y
como mujer de su siglo, nacida en una familia hispánica y residente en la península
itálica, se le hace clara su condición de apéndice de los varones de su casa. No
obstante, o acaso por esto mismo, la aproximación a la vida afectiva y mental de la
Borgia es la más completa y refinada de De ciertas damas. Apoyado en la obra de la
Bellonci, que elogia generosamente, Lleras llega en verdad cerca de un personaje de carne
y hueso, y su reseña tiene para nosotros la ventaja de deshacer unos cuantos mitos que
circulan aquí en torno a la imagen de la duquesa de Ferrara.
Menor atención merecen las otras tres
reseñas 7, que, en realidad, parecen un poco fuera de sitio
en los dos volúmenes de De ciertas damas. El primer devaneo sexual de Napoleón
resulta, como tema, poco concordante con el título. Por lo demás, la reseña de este
asunto y las dos restantes son demasiado breves y fugaces, por lo que rompen el ritmo que
establece la mayor parte del libro.
De ciertas damas vale, también, y
ante todo, como obra didáctica, que podrá catalogarse entre lo mejor de nuestro
periodismo formativo. Nada más útil para quienes no tenemos acceso a ediciones
extranjeras en otras lenguas o para quienes necesitan suplir con buenas reseñas las
lecturas que no podrán llevar a cabo por falta de tiempo.
ROBERTO PERRY C.
NOTAS:
1 Massimo
Grillandi. La Contessa di Castiglione, Rusconi, Milán.
2 Roberto
Gervaso. Claretta. La donna che mori per Mussolini, Rizzoli Editore, Milán, 1ª.
Edición, abril de 1982.
3 Norberto
Valentini, y Milena Bacchiani, Beatrice Cenci. Un intrigo del Cinquecento, Rusconi,
Milán, 1a. edición, marzo de 1981.
4 Massimo
Grillandi, La Bella Otero, Rusconi, Milán, la. edición, noviembre de 1980.
5 Francesco
Mazzei, Messalina, Rusconi, Milán, enero de 1983.
6 Maria
Bellonci, Lucrezia Borgia, Mondadori, octubre de 1974.
7 Se trata de
reseñas sobre las obras que se citan a continuación en el orden en que aparecen en De
ciertas damas:
a) Le cortigiane veneziane del Cinquecento, edición a cargo de Rita Casa-grande de
Villaviera.
b) Guy Breton, Historias de amor de la historia de Francia.
Maunice Rat, Aventurieres et intrigants du Grand Siecle.
Maunice Rat, Dames et bourgeoises amoureuses ou galantes du XVIe. siecle.
Les grandes favorites de toutes les époques et dans tous les pays, edición de
selecciones de varios autores a cargo de Alain Decaux. |