Historia sobre los cuentos


La literatura infantil (Crítica de una nueva lectura)
Rafael Díaz Borbón
Tres Culturas Editores, Bogotá, 1986, 173 páginas.


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El profesor Rafael Díaz Borbón presenta un libro serio por el tema, la manera de enfocarlo y la erudición de sus informaciones; una obra interesante —sobre todo para los que previamente lean a Bruno Bettelheim—. Utiliza una manera de argumentar, intercalando entre la iniciación y la conclusión de las ideas largos párrafos intermedios, y una puntuación inusual, que dificultan la lectura en el primer momento; por todo ello no es una obra para el profesor de aula de escuela popular, sino más bien para estudiosos de la literatura infantil, diestros en el análisis concienzudo de sus posibles interpretaciones. El autor destaca el valor literario de la literatura infantil clásica y hace una excelente crítica (pág. 85) a los textos adulterados y a los destrozos e influencia de mal gusto a que nos somete "ese vaivén del mercado descomunal e incontrolable" que afecta el gusto del infante.

Durante una estadía en Londres, el autor descubrió una nueva perspectiva para analizar la literatura infantil, y estos nuevos enfoques son la razón de ser de la obra.

Comienza por hacer una defensa del cuento como elemento integrado a la cultura latinoamericana; obras "consideradas alguna vez extranjeras ingresaron con carta de naturaleza tan fácilmente a nuestra educación, a nuestra familia, a nuestro aprendizaje y a nuestras formas de representación y de referencia de nuestra vida [que] hoy resultaría insensato impugnar su origen extranjerizante. Reafirma además "la solidez y la validez de su calidad literaria". Su tesis fundamental es que el texto original, sin retoques, varía en significado según el tiempo y el lector; "posiblemente aspectos considerados anteriormente esenciales, queden ahora arrinconados en el cuarto de sanalejo y otros, quizá antes inintuidos, se disputen el lugar de las preferencias"; la comprensión se ve afectada por la "línea de fluctuaciones culturales y espirituales" a punto tal que un personaje de Shakespeare, por ejemplo, no "dice el mismo mensaje a un británico que a un latinoamericano" aun cuando presencien la obra" en la misma sala a la misma hora".

Partiendo de "un tratamiento estrictamente literario" con los recursos y conocimientos que hoy se tiene para ello, pasa a analizar el contenido de fondo, el "otro texto" subyacente en El patito feo de Andersen, La cenicienta, tanto en la versión de los hermanos Grimm como en la de Perrault y El gato con botas de Perrault.

Hay dos aspectos discutibles en la argumentación de Díaz Borbón para respaldar sus tesis. El primero, relacionado con la supuesta asimilación de los cuentos clásicos europeos por el niño latinoamericano. El autor es enfático al asegurar que esa literatura "ya nos pertenece" y ejerce una influencia por medio de su interpretación con parámetros de una cultura dominante.

Cuando por mito entiende los fundamentos religiosos de la fe católica, ello es absolutamente cierto: nuestra cultura está impregnada hasta la medula de religiosidad; pero cuando por mito se entienden los contenidos de los cuentos como se consolidaron en Europa durante la Edad Media, la realidad, en Colombia, es otra.

El cuento popular europeo ha sido ignorado por nuestros niños en general. Se les conocía —no más de una decena— en círculos tan reducidos, elitistas, que cabe dudar de su poder real de influir mediante sus subentendidos culturales. Es cierto que hace cincuenta años circulaban los diminutos cuadernillos de Calleja, pero, sobre todo en las zonas urbanas, fueron más populares las obras para adolescentes, con personajes como Robinson Crusoe y Sherlock Holmes, los libros de Verne y Salgan o los cuentos de Las mil y una noches. Nuestro cuento de verdadera circulación e influencia —hasta la electrificación de los campos— fue el cuento de espantos, ese sí con fuerte dosis, evidente, no disimulada, de religión desfigurada, adaptada, tropicalizada.

Hace medio siglo Walt Disney le dio popularidad universal a media docena de cuentos: dejó una huella visual, no literaria. La sorpresa. que se llevan los que inician un estudio sobre cuentos clásicos entre nosotros, es que nuestros niños casi no saben cuentos. La verdadera gran influencia, desde hace varios años, es la de las tiras cómicas que, más que relatar enfrentamientos con los problemas infantiles y su posible solución, crean personajes, prototipos, o simplemente tipos: no se "cuentan" tiras cómicas. Nuestros niños ignoran inclusive cuentos tan adaptados al medio que podemos considerarlos como nuestros: de no ser por Carrasquilla, las aventuras de Peralta (variación del cuento número 82 de la recopilación de los hermanos Grimm Gambling Hansel) hubieran desaparecido.

El segundo punto discutible está en la mentalidad en la cual se sitúa Díaz Brobón para analizar el "otro texto". Después de decir que "lo polémico de los análisis de los cuentos" se debe a una interpretación de obras "escritas hace ya varios siglos" con la mentalidad de nuestro tiempo y que, en vez de rechazarlos, debe dárseles una nueva y correcta lectura, de acuerdo con nuestro tiempo" y nuestra específica autenticidad", cae en el mismo error que crítica: a finales del siglo XX, con una niñez influida por el constante bombardeo de medios de comunicación que integran inclusive a niños rurales muy aislados con las pulsaciones del mundo de hoy, el autor interpreta el "otro texto" de los cuentos con puntos de vista de hace treinta años, cuando aún no había sido depurada la doctrina marxista los suficiente para aceptar que existen focos de miseria que no se originan ni dependen del capitalismo; algo que Marx, desde Europa, sin conocimientos sobre las características especialísimas del tercer mundo, no podía escudriñar: no estaba contemplado en los libros que estudiaba en las bibliotecas inglesas.

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Si nos empeñáramos en imaginar el "otro-texto" que un niño colombiano de hoy inconscientemente descubriría —oculto— en los cuentos El patito feo y La Cenicienta, encontraríamos sorpresas. A la luz de los valores y la cultura de hoy, "con la mentalidad de nuestro tiempo", cualquier niña se identifica entusiasmada con la lucha de Cenicienta por salir de la cocina. El consejo materno —de la versión de los Grimm; Perrault deja morir a la madre sin hacer recomendaciones morales— de que permaneciera buena y piadosa, no estaría hoy automáticamente asociada con humildad, castidad, candor. Perrault dice que "sufría con paciencia", no con gusto ni resignación; para la niña de hoy eso reafirma el carácter de Cenicienta, que supo esperar y aprovechar, sin vacilación, el momento de liberarse de los oficios domésticos, independizarse de su familia y —en una sola movida conseguir su realización en el amor; que para ello utilizó cuantos recursos encontró a su alcance, incluida su belleza, la posibilidad de lucirla y las ayudas que podía conseguir: ¿cuándo no ha sido así? Perrault en su segunda moraleja —actual. . . — es casi cínico: ¡ni la inteligencia ni el valor ni la alcurnia ni el sentido común, sirven para nada si no se tiene, para hacerlos destacar, padrinos o madrinas! ("Pour votre avancement ce seront choses vaines, si vous n’avez, pour les faire valoir, ou des parrains, ou des marraines").

Con el análisis de El patito feo ocurriría otro tanto. Después de estar bajo la presión constante de una propaganda en pro del equilibrio ecológico y la conservación de las especies, el niño colombiano de hoy posiblemente nunca asociaría un cisne nadando apaciblemente en un lago, sin otra finalidad que ser bello y mostrar su belleza, con una imagen ofensiva del ocio. Para nuestros niños, que han leído reiteradamente —y visto por la televisión— los esfuerzos que se hacen, las cantidades de dinero que se invierten en la conservación del oso panda, inútil y glotón como el que más, el cisne de Andersen no sugiere un ocioso altivo, sino el ejemplar maravilloso de una especie que debe cuidarse aun cuando no haga nada, ni sea útil al hombre, ni siquiera por ser bello: simplemente por estar vivo, por ser individuos de una especie que, como todas, es única. No hay razón para creer que los textos sugeridos por culturas elitistas del siglo pasado se incrustaban en las interpretaciones de los cuentos, y no ocurre lo mismo con las influencias culturales recientes.

El cuento popular tradicional, el clásico —y muy bien lo destaca Díaz Borbón—, tiene un valor literario que le permite presentarse escueto, sin interpretaciones adicionales. El adulto — el niño de ayer.. .— debe aceptar que en ese bellísimo texto el niño de hoy y de aquí, ya casi en el siglo XXI, encuentra un "otro-texto" conforme a los grandes cambios de mentalidad tanto local como universal que se han dado, forzosamente diferente del que "leían" los que estaban más cerca del XIX. Tal vez será preciso esperar medio siglo para que nos digan realmente qué entendieron: y estarán, nuevamente, desubicados...

ROCIO VELEZ DE PIEDRAHITA