Tambores en la noche
Jorge Artel
Plaza y Janés, Bogotá, 1986
En su expresión hispánica, la llamada poesía afroamericana tuvo en los
años treinta su época de mayor apogeo, sus "días de gloria". A todo lo largo
de ese decenio, los principales exponentes de la corriente (todos poetas de la región del
Caribe) dieron a conocer sus respectivos y, en su conjunto, numerosos
"cuadernos de poesía negra" (para decirlo justamente con el título de uno de
éstos mismos, el del dominicano Manuel del Cabral).
Formando parte de esa "ola", en Colombia apareció, en 1940, Tambores en
la noche, del cartagenero Jorge Artel (1909), volumen que, incluso, ganó el consenso
de los pontífices antillanos de esta modalidad literaria. En 1955, la Universidad
de Guanajuato, en México, hizo una segunda edición, ya algo aumentada. Y ahora ha sido
publicado por tercera vez, con el auspicio de otra universidad, la Simón Bolívar de
Barranquilla, y bajo el sello editorial de Plaza y Janés. Esta nueva edición ha sido
motivada por un hecho: el Premio Nacional de Reconocimiento que una tercera universidad,
la de Antioquia, otorgó el año pasado a la obra poética de Artel, que prácticamente se
reduce a este solo libro 1. A propósito: por virtud de ese
galardón, "ahora Artel es el Poeta Nacional de Colombia", como nos lo recalca,
no sin alborozo, el prologuista de esta reciente edición; sólo que la Universidad de
Antioquia concede anualmente ese título. Así, pues, le produce al país un poeta
nacional cada año. ¡Y pensar que Alvaro Mutis se alarmaba años atrás de que
pretendiéramos tenerlos. . . cada veinticinco años!
En términos generales, Tambores en la noche, colección de sesenta y siete
poemas, participa de los tópicos temáticos y formales de la poesía negra hispanoamericana.
El lector hallará, pues, que en ellos se postula el asunto del dolor de la raza
("Poeta de mi raza, heredé su dolor"); que se describen costumbres típicas;
que se vindican los valores culturales específicos (sobre todo los folclóricos); que se
hace una afirmación orgullosa de conciencia racial ("Negro soy desde hace muchos
siglos"; ". . . el alma dulcemente salvaje/ de mi vibrante raza"); que se
exalta la sensualidad de la mujer negra o mulata (". . . las caderas ágiles/ de las
sensuales hembras"); y que se evocan, en fin, los antepasados africanos. Así mismo,
hallará allí el empleo del español bozal (en Bullerengue, en El líder
negro), el empleo de estribillos y otras reiteraciones; el empleo del romance (pero
con más de una "insubordinación" métrica) y, en general, la tendencia a
imprimirle al poema un ritmo vivo, bailable, si bien en comparación con los otros poetas
del movimiento Nicolás Guillén, por ejemplo), no resulta este último rasgo muy acusado
en Artel.
Artel ejerce su "negrismo poético" tomando como "objeto de
inspiración" la población de bogas y pescadores de Cartagena de Indias, cuyo
folclor, como ya anotábamos, se ocupa en celebrar: la cumbia que se toca y se baila a la
orilla del mar, la juerga, las "tardes de décimas". . . Casi que la vida de
estos hombres se nos presenta reducida a la exclusiva celebración de tales ritos y usos;
todo sugiere que ello conforma su "quintaesencia cultural". Desde luego que el
autor quiere decirnos que ese destino orgiástico no es gratuito, y nos lo muestra como
una vía que pone en contacto a sus protagonistas con "los abuelos negros", con
la densa tradición que éstos fundaron. Así, un motivo frecuente a lo largo del poemario
es, como lo destaca su título, el repiqueteo de "tambores en la noche",
presentado como una expresión de nostalgia atávica, como un modo de ejercer la memoria
de las raíces africanas; un modo, en fin, de comunicarse con ellas. En el fondo de todo
esto, se sugiere un íntimo ideal de volver a la Madre Africa, de recuperar su
mundo mágico y primitivo.
Leamos:
Trota una añoranza de selvas
y de hogueras encendidas,
que trae de los tiempos muertos
un coro de voces vivas.
Late un recuerdo aborigen,
una africana aspereza,
sobre el cuero curtido donde los tamborileros [
]
aprendieron a hacer el trueno
con sus manos nudosas
(La cumbia)
Otra tarea que Artel le asigna a su poesía y a lo cual nos referimos antes
es cantar el dolor de su raza; él se declara heredero de ese dolor, pero he aquí que
algún "hado maligno" (o benigno, según otro punto de vista) le impidió que lo
trasladara a sus poemas. Estos no crean en absoluto un clima melancólico o desolado;
resultan ajenos al acento grave y envolvente de lo elegíaco. En rigor, son más bien
festivos y llenos de mucho colorido. Hablan, sí, de una nostalgia por Africa, llegan a
recordar el horroroso pasado de esclavitud, pero no se impone, como un tono que los
defina, el sentimiento de duelo o de destierro. Por el contrario, en uno de ellos el autor
nos confiesa (hiperbólicamente) el abril perenne de su alma. Perenne o no, ese
estado abrileño sí alcanza, de todos modos, a contaminar estos poemas: No es raro, pues,
que nos den cuenta de "quimeras", de esperanzas y de entusiasmos juveniles.
"La angustia humana que exalto/ no es decorativa joya/ para turistas",
puede leerse, sin embargo, en algún pasaje del volumen. Sólo que esa "angustia
humana", insistimos nosotros, no es lo que exactamente se siente allí. Las
decorativas joyas para turistas, en cambio, sí se dejan ver. Nos referimos a la serie de
"postales" porteñas que pueblan estas páginas: los mástiles o las velas de
los barcos, ya resplandeciendo a la luz de la mañana contra "el diáfano azul del
horizonte", ya esfumándose entre las sombras de la noche; la salida del día que
inunda de colores la playa; el sol que se asoma y se derrama por los bordes de los
"jibosos montes"; el crepúsculo de la tarde incendiándose sobre el agua del
mar; "el perfil de un velero/ [que] se diluye a distancia"; y, desde luego,
cocoteros, palmeras. Estas estampas, hay que decirlo, traicionan cierto eco de los
"cromitos" y "viñetas" que Luis Carlos López, también en no poca
proporción, le había extraído años atrás al mismo paisaje (y creemos que con superior
técnica descriptiva). Estas estampas, además, recordémoslo, nos ofrecen un trópico
alegre, sensual, multicolor. . . ¿para turistas?
El libro registra otra amplia veta temática, que nos propone, por un lado, el mundillo
de los marinos en el puerto, su bohemia, la arquetípica imagen que también puede
hallarse en López de unos hombres hoscos, que fuman en pipa, beben, juegan, cuentan
las aventuras de sus viajes y cantan. Y por otro lado, nos propone también el sueño
frustrado del autor de ser él mismo uno de esos marinos, el sueño de echarse a navegar
en busca de lejanos horizontes. Es decir, se trata de otro marinero en tierra, al
que se le oye hablar de una "poderosa sed de itinerarios" y de un
"angustioso afán de huida", lo cual, sin embargo, marca aquí un contraste con
el insistente y fervoroso encarecimiento que también hace de la "tierra nativa"
y con el extendido llamado que formula a plegarse a los "ecos propios" en
contraposición con las "músicas extrañas".
La mayor debilidad de esta poesía reside, según nos tememos, en su solución verbal.
Es el suyo un lenguaje evidentemente anacrónico. Adolece de un gravoso tono exclamativo
(que está al servicio de una especie de aspaviento sentimental) y, sobre todo, de cierta
verbosidad y de cierta estridencia prosódica que nos hacen sospechar la presencia de un
lastre modernista. Sospecha que, retrospectivamente, vendría a refutar un desenfocado
ademán crítico de Juan Lozano y Lozano, quien en el prólogo de la primera edición de Tambores
en la noche saludaba en Artel "al primer frisson nouveau que nos da la
poesía colombiana, después del movimiento modernista de finales del siglo pasado"
(lo cual, además, prueba que su entusiasmo por el tamtam de aquellos tambores le hizo
olvidar los "timbres" que habían sonado en 1926, y que ya habían creado en la
poesía colombiana el verdadero frisson nouveau que ésta acusaba después del
modernismo). Nuestra sospecha se apoya en muestras como la siguiente:
El día niño cuelga de su invisible clámide los rumores crecientes, donde ululan
acentos retrasados,
vestigios de la noche misteriosa,
y en su claro itinerario
sobre el éter sonoro que amotina la luz,
dilata su unánime pupila.
(Canto nuevo para loar a Barranquilla).
O la siguiente:
Vibra la ciudad en el galope cautivo de las máquinas,
que impregnan de un aliento cósmico
el tremante bullicio de sus fábricas.
(Ibídem)
Pero hay también estas muestras sueltas: "La terca algarabía del férreo
cabestrante,/ el lúgubre silbido de la aguda sirena,/ la doliente quejumbre de la
grúa... "; "las multíparas manos de aquel viento"; "mi alma
multinávera/ se quedó sin hermana. . . "; "los marinos despetalan/ la
rosa virgínea de sus cantos. . . "; "cantas en la girándula sonora de
mis días"; "bajo el ardor de tu broncínea carne"; "las níveas
atarrayas/cuelgan de los cascos.
Las escasas felicidades que ofrece esta poesía se producen cuando el lenguaje asume el
tono ingenuo y espontáneo de la poesía popular. Por ejemplo:
Quién pudiera hacer un fardo
de todas sus tristezas
y arrojarlas cantando
al fondo del agua negra.
Se trata, sin duda, de una copla (que el maestro Guillermo Abadía clasificaría como
"filosófica"); la hemos entresacado de un poema (Muelles de media noche) cuyo
resto, por ser "culto", carece ya de toda gracia. Es el mismo caso de este otro
fragmento (de Puerto), una copla también:
Si de pronto se clavara
en cada mástil una estrella
la orilla parecería
un gran nido de luciérnagas.
Pensamos, por último, que acaso se deba reparar en el hecho de que un libro como éste
se haya vuelto a imprimir cuarenta y seis años después de su aparición y, más aún,
que haya sido proclamado como una "obra nacional". ¿No nos estará indicando
que la literatura colombiana precisa decantar mejor sus aguas?
JOAQUIN MATTOS OMAR