Evocación
de Gonzálo Arango
En 1931 nació un precioso niño en
el hogar formado por don Francisco Arango y doña Magdalena Arias. Lo mecieron en su
cunita. Le dieron biberón. Nadie sospechaba nada.
Lo conocí en 1946. Era entonces un chico
de aspecto delicado, lo más inofensivo del mundo, siempre con un libro bajo el brazo. No
servía para jugar al fútbol.
Le gustaba mucho quedarse haraganeando en
el río, disputándoles las guayabas a los pájaros, leyendo a Platón. Le reproché
porque no iba a clase. Me contestó: Vos sos pendejo. Platón es mucho mejor maestro
que don Sonfonías Arcila.
Me dolió por don Sofonías. Me gustaba
más el nombre de Sofonías que el de Platón, que parecía un apodo; y además don
Sofonías era el profesor de ciencias naturales, mi materia preferida. Hacer herbarios,
embalsamar animales: no hay una cosa más linda en la vida. Empecé a cogerle fastidio al
tal Platón.
Nos hicimos muy amigos, Gonzálo y yo.
Ustedes saben cómo es cuando dos chicos en el colegio se hacen amigos: los profesores
creen que son maricas. Si no fuera por los profesores, los muchachos podrían ser felices.
En ese tiempo la filosofía estaba de
moda entre los estudiantes del liceo Juan de Dios Uribe, en Andes, a la orilla del
torrentoso río San Juan, que se ha tragado carros con toda la gente adentro; y se cansan
de buscar a los ahogados, y no los encuentran sino cuando ya van llegando al río Cauca,
con ese modo de nadar, tan calmado e indiferente, que tienen los ahogados.
Y además de la filosofía, también
estaba de moda entre nosotros la oratoria, y los más aficionados se iban a gritar
improvisados discursos al río, y yo sé que el río los grabó, pero se los llevó hasta
el mar, y ahora esos discursos andarán asustando a la gente en el mar. Porque entre ellos
estaban los de Luis Aníbal Tascón, indígena que llegó a ser abogado para defender a su
tribu, y entonces lo asesinaron; y estaban los de Gonzalo Arango, que quería ser orador y
filósofo, y muchas otras cosas, algunas de las cuales eran incompatibles entre sí, por
lo cual tuvo que escoger, y escogió, y no sabíamos que el escogido era él.
Yo cursaba el primero de bachillerato,
Gonzálo el segundo, pues él en ese entonces iba adelante de mí, y ahora yo voy detrás
de él.
Procuraba siempre apartarse a leer, y
construyó un refugio en el solar de su casa, con ayuda de Bernardo Salazar, un compañero
de Betulia, interno como yo. Los sábados y los domingos iban a trabajar. Pusieron piso de
tablas, y paredes de tablas, y las ventanas no las pusieron de nada, sino de ventana, con
un techo, para que, si llovía, la lluvia pudiera hacer ese ruidito tan sabroso que a la
lluvia le gusta hacer en los techos de las casas para que la gente que está debajo se
quede quieta y empiece a bostezar y se vaya durmiendo con un libro en la mano.
Aquél refugio que Gonzálo construyó en
el patio de su casa pasó a llamarse la isla, y Gonzálo y yo tuvimos desde entonces la
obsesión por la isla. Como nunca pudimos tener esa isla, terminamos construyéndola
dentro de nosotros mismos, y esa fue la razón por la que más tarde Gonzálo se apasionó
por San Andrés y Providencia, y allá encontró a Angelita, que lo estaba esperando desde
1946, o quizá desde antes, desde el comienzo del mundo.
Como nadie sabe el modo como las cosas se
entrelazan acá en la tierra, Gonzálo le transmitiría mucho después a Simón González
Restrepo aquella idea de la isla, y por eso Simón fue a parar a San Andrés, y San
Andrés tuvo un buen gobernador por primera vez en toda su historia.
Como yo tenía un periódico, convencí a
Gonzálo de que escribiera un artículo, y lo escribió sobre el Quijote, en el cuarto
centenario de Cervantes. Ese es el primer artículo que Gonzálo escribe, sin saber que
después iría a parecerse un poco al Quijote, porque así es el modo como las cosas
tienen de entrelazarse en este mundo.
También organizamos un centro literario,
el Centro Indio Uribe, que era más o menos como los talleres de hoy.
Después al colegio le cambiaron la teja
de barro cocido por páginas de Eternit y dejaron sembrar casas en los terrenos a su
alrededor. Pero en los años cuarenta era un bello e imponente edificio solitario en un
recodo del río, sobre una breve meseta. Enfrente estaba el campo de fútbol, presidido
por el busto del Indio Uribe.
Una mañana encontramos con sorpresa que
durante la noche unas fuerzas que no sospechábamos, pero que debían ser las más negras
y sangrientas de la historia, habían derribado el busto y le habían separado la cabeza.
Era 1948. Empezaba la violencia en Colombia.
Por eso, una novela de Amílcar Osorio
acerca de aquella época se titula La ejecución de la estatua, novela inédita,
como la mayor parte de la obra nadaísta, que a pesar de estar inédita tánto ha influido
en la nueva literatura colombiana, desde sus solos títulos: Súbete en todo mí, o
La frente cubierta por el cabello, son títulos que por sí solos transforman una
literatura. La obra poética de Amílcar U., o la de Darío Lemos, tuvieron reconocida
influencia en la poesía joven, aún sin haber sido publicadas en libro. Y el que más
libros ha publicado, Eduardo Escobar, que ha publicado trece, los sigue considerando
inéditos, con toda la razón. En 1970 Amílcar Osorio escribió: "Hace doce años
que Eduardo Escobar es el mejor poeta de Colombia y poca gente lo sabe". Estamos en
el 86 y lo único que ha cambiado es que ya hace veintiocho años.
En 1949, Gonzálo viaja a terminar el
bachillerato en el liceo Antioqueño. Cuando lo vuelvo a ver es redactor de la revista de
la universidad y secretario de la biblioteca y me deja leer los libros que se encuentran
prohibidos, en una sala llamada "el infierno", de donde saco algo chamuscados a
Thomas Mann, a Hermann Hesse y a muchos otros grandes maestros que Abel Naranjo Villegas
tenía condenados allí.
Muy pronto Gonzálo renunció a la
universidad, porque dijo que lo querían graduar de imbécil, y se retiró a una casita de
campo de donde sacaba bultos de naranjas que vendía él mismo en la plaza de mercado para
poder comprarle papel y cinta a su devoradora máquina de escribir, esa máquina de
Gonzálo que masticaba cintas sin parar. Escribió Después del hombre y Adiós
al paraíso novelas que no se publicaron, pero otros aprovecharían sus títulos.
Poco a poco se fue volviendo agresivo y
sombrío, y una noche que me lo encontré en la plazuela Nutibara estaba completamente
transformado. Se subió en una banca, gritó como un poseso: ¡Yo soy Dios; huid de
mí! y salió corriendo, o volando, no lo pude ver bien.
En 1958 Gonzálo fue a Cali para fundar
el nadaísmo vallecaucano, que resultó ser distinto del nadaísmo antioqueño, porque el
nadaísmo antioqueño no conoció el humor. Después de una de esas conferencias iniciales
que se convertían en casos de orden público, con cargas de la caballería, nos
encontramos en un café de la calle doce, y allí conocí a Jotamario. Era un chico de
aspecto delicado, aparentemente inofensivo, con un libro en la mano. Nadie sospechaba
nada.
JAIME JARAMILLO ESCOBAR |