Una
errante luciérnaga
José A. Silva. Vida y creación
Compilación de Fernando Charry Lara
Nueva Biblioteca Colombiana de Cultura, Bogotá, 1985.
Hablarle a un lector colombiano de
las bondades literarias de José Asunción Silva es como querer explicarle a un limeño la
preparación del cebiche. Pero así es la vaina; nunca está de más. Y tal es la misión
de este libro que reúne artículos de escritores colombianos y extranjeros sobre
distintos aspectos de la vida de Silva y su obra. Por ser miradas críticas de diversas
épocas dialogando entre sí en esta selección de Charry Lara, hallamos indispensable la
lectura del presente libro. Más que necesaria, cautivante. Y la piedra de toque es, en
definitiva, la vuelta al modernismo como fenómeno cultural ligado al desarrollo
capitalista de la segunda mitad del siglo pasado. Sólo en el contexto finisecular es
posible percibir esa luz que es la obra de Silva, admirable luciérnaga en el ambiente
oscuro de aquella sociedad hispanoamericana. Y de nuestras letras. De ahí que represente la
tradición (sin olvidarnos de ese espléndido cordón umbilical entre el positivismo y
el discurso autoritario que es De sobremesa) en la poesía colombiana, aunque no
siempre los poetas de ayer y hoy hayan captado la onda creativa del genial bogotano.
Hay que empezar por la demarcación del
terreno. En algunos textos hispanoamericanos y no sólo de colegio el
modernismo figuraba como la respuesta (o devolución del golpe) de América a España por
los trescientos y pico de años de yugo cultural. Los escritores del llamado 98 español
(concepto que aceptaremos por razones metodológicas) caían vencidos por ese súper peso
pesado que fue Ruben Darío y su poesía. A la decadencia del eximperío le saltaba la
resplandeciente lozanía del continente hispanoamericano. La realidad era otra, por
supuesto. El modernismo oh cruel desilusión no había sido pensado por
Hispanoamérica sino que representaba la inserción de estas tierras al circuito de ideas
que se desplazaban tan rápido por el orbe al tiempo que renegaban del concepto de
progreso del capitalismo europeo. Digámoslo así: ni los españoles podían creer en
generaciones (a pesar de los esfuerzos de Ortega y Gasset) ni los hispanoamericanos
podíamos soñar con revanchas poéticas. El modernismo, como bien explicaba el viejo Juan
Ramón, "no es cosa de escuela ni de forma, sino de actitud". Pero hay algo
también importante. Es la llegada a los picos del fenómeno industrial europeo, con sus
banderas positivistas y su creencia en un paraíso armado por el Progreso (con Mayúscula
y armas de guerra). No en balde los primero brotes de lo que Jiménez aludía con la
palabra actitud se dieron en Alemania e Inglaterra (donde un siglo antes los
insurgentes románticos habían combatido el clasicismo y alentado las revoluciones
burguesas). En esos dos colosos capitalistas del XIX surgirían las reacciones que, grosso
modo, podemos llamar modernas y que ilustran esa intención o afán de teñir
artísticamente las relaciones interpersonales y la vida cotidiana segadas por la
automatización en boga. De un ambiente marcadamente puritano emigran en razón de
los nuevos medios de comunicación y transporte generados por ese desarrollismo a
otros de distinto signo cultural, "mediterraneístas". Es el París
"capital del siglo XIX", en palabras de Walter Benjamin.
Lo que nació como reacción se
torna moda. El desprecio al utilitarismo se transforma, pues, en tópico dentro de un
mundo absolutamente burgués. Son los primeros síntomas de un fenómeno que la crítica
política define como asimilación por parte del sistema. En verdad, términos como modern
style, belle époque, fin de siècle, crepuscularismo o decadentismo, designan una
circunstancia de amplios márgenes. Es también el ansia cosmopolita y su voracidad por
estilizar y combinar. (Ejemplo arquitectónico son las construcciones de Gaudí: mezclas
que fomentan la sorpresa. O el espanto). Y en términos generales la sorpresa no puede ser
codificada ni reproducida en serie. (He ahí la fórmula de las vanguardias que más tarde
detonaría en el surrealismo. Pero para llegar a esos límites había que pagar también
el precio exigido por las sociedades burguesas: los millones de muertos de la guerra del
14. Reparemos en que De sobremesa admite una lectura de la desarticulación de los
sistemas de pensamiento finiseculares para hacer más clara la tensión que antecede al
polvorín).
La belleza "sepultada durante el
siglo XIX" (al decir de Jiménez, nuevamente) no es más que la nostalgia por un
mundo elegante en medio de otro a punto de ser trozado. Dentro de una lectura que no puede
limitarse al fenómeno artístico, el modernismo se entiende como un signo que es
preámbulo de la dèbâcle social europea. La imagen de una gran cofradía
como lo fue la de los prerrafaelistas dependía de, estaba a merced de un
sistema de valores menos condescendiente y en extremo represivo.
Así como en el Nocturno II la
errante luciérnaga alumbra el beso de los amantes, también podemos decir que en la obra
de Silva uno puede hurgar o detectar los correlatos culturales de ese medio tan frágil
como la vida de quienes le dieron expresión. Un mundo de contradicciones extremas. La
repulsión a la naciente burguesía provinciana o capitalina empata con el
gusto por el ocultismo. La lucidez política terminaba en el remanso del silencio o en una
concepción aristocratizante de la realidad, incluso cuando el modernismo hispanoamericano
inauguraba aquello que llamamos profesionalización literaria. ¿Quién no escribía
crónicas en algún periódico, quién no formulaba declaraciones a propósito de
cualquier evento mundial? Rapto universalista y debilidad por la música de cámara: más
que publicar, a Silva le vacilaba como a nadie recitar sus versos en la tertulia de la
tienda de sedas y exotismos. A la tuberculosis romántica le sale un ahijado: el esplín
(como en Fernández, casi-casi un álter ego de Silva). Y la leyenda no falta: al
naufragio del Amérique con parte de la obra inédita. El interés por el pasado
(repugnancia por su presente "sin novedades") se alimenta con lo lejano: al
final de sus días y en plena indigencia, Silva seguía encargando té negro inglés.
¿Cómo procesa Silva su momento? Situado
biográficamente en varios límites (lo provinciano: Bogotá no era Ciudad de México ni
mucho menos Londres o París), Silva elabora una literatura que se sabe contraste,
apariencia de algo no trabajado aún con otra óptica. Un verso libre que es y no es; el
texto narrativo que quiere y no quiere ser novela; la obsesión por la muerte viviendo en
un estatismo cultural que bien podía ser otra forma del paraíso. De ahí que la crítica
antimodernista de la época renovara su afán por demostrar la "degeneración
mental" de esos dandis y de su recurso favorito y enigmático como las sopas chinas:
la sinestesia.
Por los artículos aquí recogidos, el
lector atento encontrará sutiles correspondencias para poder trazar el itinerario
cultural de esa época. El libro cumple con eso y mucho más: transmite al lector su
modelo de crítica, heterogénea y contrastiva: confrontación en pos de la semejanza.
Misión cumplida, pues.
EDGAR OHARA |