Crónica
desigual, buenas fotos
Barrancabermeja, nacimiento de la
clase obrera
José Yunis y Carlos Nicolás Hernández
Tres Culturas Editores, Bogotá 1986, 103 páginas.
Esta obra debía llevar por
subtítulo "Una aproximación biográfica a Raúl Eduardo Mahecha", pues es en
realidad él su figura central. Ese escudriñar la vida de este singular dirigente del
socialismo de los años veinte, junto con el increíble acervo de fotografías
históricas, constituyen los grandes méritos del libro de José Yunis y Carlos Nicolás
Hernández. Tanto de la biografía de Mahecha, acompañada de pincelazos sobre la vida de
los obreros con los que él trabajó, como de las fotografías, se extrae un llamativo
cuadro de la vida de los luchadores sociales del decenio del veinte. Y ya que decimos
luchadores, debemos mencionar otro nombre que sale impreso en la mayoría de las esquinas
de las fotografías: Floro Piedrahíta. Se trata de un paisa dedicado a la fotografía en
la calurosa Barranca de los años veinte, con una gran sensibilidad social que le
permitió dejar plasmadas para la posteridad escenas de la cotidianidad obrera, así como
momentos dramáticos de la lucha social en el puerto petrolero. Como dicen justamente los
autores, "Floro Piedrahíta es conciencia conciente [sic] de su oficio de reportero
gráfico de las luchas obreras modernas y allí reside su gran mérito para la Historia de
la Fotografía en Colombia" (Pág. 73). En hora buena Yunis y Hernández rescatan
para el amplio público colecciones de fotos que reposaban en álbumes personales. Luego
de una introducción sobre el papel de los bastardos Mahecha uno de ellos en
la modernización del país, Yunis y Hernández abordan una desigual descripción de la
Barranca de los años veinte. La crónica se acompaña, como ya se ha dicho, con
asombrosas fotos históricas, con breves comentarios de los autores, y con artículos de
prensa redactados por el mismo Mahecha. Los autores prácticamente se limitan a que las
fotos o los escritos periodísticos hablen por sí mismos. Sin embargo, no escapa a Yunis
y Hernández la importancia de la multinacional petrolera, el peso de la actividad
portuaria en la vida de Barranca y en la creación de una fuerza laboral dedicada a esa
actividad.
Cuando le toca el turno a las luchas
petroleras de los años veinte, de nuevo la crónica de los autores se estructura sobre
las fotografías, que aquí son huellas del pasado suspendidas en el tiempo por la magia
de la química. De las páginas del libro irrumpen corridas de toros, similares a las
corralejas de las sabanas de Bolívar; calles que se van transformando a medida que el
sensible fotógrafo imprime nuevas placas; almacenes con letreros desdibujados; cinemas al
aire libre; orgullosos barcos de vapor y novedosos trenes y mil imágenes más que aún
viven en la memoria de los barranqueños. Por supuesto que estas escenas de la vida
cotidiana se acompañan con placas en donde queda plasmada la violencia con que la
hegemonía conservadora respondió al estallido de rebeldía de los obreros. Como en una
lenta película, se ven obreros desfilando con banderas que llevan estampados los tres
ochos 8 horas de trabajo, 8 de estudio y 8 de descanso, nutridas
manifestaciones que rodeaban a los dirigentes socialistas del momento, y tomas con poses
agresivas de los obreros blandiendo machetes y viejas armas de fuego.
La narración sigue y del libro brotan
paralelamente retratos de otros dirigentes socialistas, y de nuevo la protesta y de nuevo
el piquete de policía y el desenlace que ya conocemos, con la huelga de enero del 27.
Súbitamente el texto da un salto a la
zona bananera hacia el año 28. Por supuesto que allí estaba ya Mahecha en su labor de
agitación. De la masacre se dice poco, tal vez porque los autores juzgan que ya se ha
dicho mucho.
Después, el libro acompaña a Mahecha en
su peregrinación posterior a la derrota de las bananeras (México, Chile, Uruguay,
Portugal, Francia y la URSS). Finalmente los autores sintetizan datos biográficos de
Mahecha para concluir con la cómica nota aparecida en la prensa el 27 de julio de 1940 en
la que se daba cuenta de la muerte del líder socialista.
Como se ve por la sinopsis hecha, el
libro de Yunis y Hernández es una desigual crónica articulada alrededor de trazos de la
vida de Mahecha. Por supuesto que no es una investigación fácil la que ellos se
propusieron, especialmente por la escasez de fuentes. Pero tal vez una ojeada a lo que se
viene recientemente produciendo sobre historia de la clase obrera, sobre el pasado de los
dirigentes socialistas y sobre sucesos de la lucha social en los años veinte y treinta,
hubiera enriquecido más el texto. Incluso pensamos que lo visual se hubiera podido
explotar más.
Aunque es materia de controversia entre
los historiadores el papel que cumplen las biografías, en la historiografía nacional no
deja de ser novedoso rescatar las vidas de dirigentes de las clases populares. En medio de
la prolífica historiografía sobre presidentes, arzobispos y generales, es oxigenador
encontrar biografías de María Cano y Mahecha, por ejemplo, o autobiografías como la del
luchador antioqueño Gilberto Mejía. No se trata de crear nuevos héroes o santos, sino
de colocar a cada quien en el sitio que ocupó en la historia. La investigación
histórica debe dejar de lado el juego de buenos y malos, y estudiar a los hombres y
mujeres como realmente fueron en el momento en que vivieron.
La biografía, y en ello la de Mahecha
que reseñamos no es excepción, tiene sus puntos críticos: la mitificación del
personaje, la inclusión acrítica de testimonios dudosos, y la pérdida de contexto por
seguir cronológicamente una vida. Por ejemplo, el lector no digiere suficientemente el
brusco salto que dan los autores de Barranca a la zona bananera. La historia del puerto
petrolero, anunciada en el título, parece desaparecer en 1927 con el traslado de Mahecha
al Magdalena. Y lo mismo sucederá con la de la zona bananera cuando Mahecha inicie su
exilio.
De todas formas, los límites de una
biografía no son insalvables, como Yunis y Hernández lo demuestran en este libro. A
pesar de los puntos críticos, la investigación por ellos adelantada debe ser estimulada,
pues nos trae nuevas voces y nuevas imágenes de un pasado siempre inagotable. De esta
manera enriquecemos el conocimiento del pasado, al considerar no sólo a los vencedores
sino también a los vencidos. No otra cosa se quiere decir cuando los historiadores, desde
Marc Bloch hasta nuestros días, proclaman que la historia debe ser síntesis.
MAURICIO ARCHILA NEIRA |