Del crepé y la muselina
a las acciones heroicas
Crónicas de José María Cordovez Moure

TABLA DE CONTENIDO:

INTRODUCCION

EL CONTADOR DE COMO SE BAILABA, SE VESTIA, SE COMIA Y OTROS ACONTECERES PROSAICOS

MORALISTA DE BUEN HUMOR

"LOS CRIMENES DE DON PEPE CORDOVEZ"

SU VIDA, SU MEJOR ESCUELA

DE LAS GRANDEZAS Y FLAQUEZAS

UNA OBRA PARA LA HISTORIA

 

SU VIDA, SU MEJOR ESCUELA

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Ediciones de las Reminiscencias de José María Cordovez Moure.

Como escritor costumbrista, se moldeó Cordovez Moure en el movimiento de El Mosaico, cuyo periódico fue la expresión de aquellos intelectuales que se decidieron a escribir lo más fielmente posible acerca de las costumbres resultantes del proceso de mestizaje en estos territorios. Animaba este esfuerzo la intención de hacer resaltar lo propio frente a lo que se leía aquí sobre las costumbres de otras latitudes, particularmente de Inglaterra y Francia.

Antes de Cordovez Moure habíanse distinguido retratistas de costumbres como Caicedo Rojas y Guarín, José Joaquín Borda, Ricardo Silva, Emiro Kastos, Eugenio Díaz, José María Vergara y Vergara y Luis Segundo de Silvestre, entre otros. Las crónicas de todos ellos y las de quienes escribieron hasta los primeros decenios de este siglo, son bien diferentes de la crónica moderna, que ha convivido con el cine primero, y después con la televisión.

Además, porque los escritores de antaño se ocupaban en pequeñas cosas. Para ser fieles, no podía ser de otra manera. No podían registrar más que el acontecer provinciano de una sociedad que aún conservaba casi intactas las estructuras coloniales del dominio latifundista y clerical, del estancamiento que hacía que todas las manifestaciones sociales tuvieran la dimensión de lo pequeño y parroquial.

A pesar de todas las crisis políticas y de ciertos avances, la rutina y el tedio eran signo de la época, de lo que resultaba que muchos de los sucesos fueran poco menos que pintorescos. Y no era que los escritores escogieran situaciones triviales y asuntos insignificantes sobre los cuales escribir: la vida transcurría en un estrecho universo en el que la mitad de su gente gastaba casi toda su vida comiéndose a la otra mitad. Este ambiente lo plasmó José María Cordovez con singular maestría a lo largo de su obra, tan llena de minucias y anécdotas sobre sucesos cotidianos.

No se contaba Cordovez Moure entre los que miraban el mundo desde una miope perspectiva, derivada de una holgada posición sedentaria. Por el contrario, tuvo que luchar de muchas maneras por el sustento, incluso laborando en el campo. Fue su padre, Manuel Antonio Cordovez, un inmigrante chileno y acaudalado comerciante, patrocinador del arte. Cuando José María contaba tres años de edad, decidió su padre trasladarse con toda la familia a Santafé en busca de un mejor futuro para su negocio, después que la quiebra de la casa de Judas Tadeo Landínez, intermediario financiero de aquellos tiempos y precursor de los escándalos de nuestros días, ocasionara la ruina de don Manuel Antonio.

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Firma de José María Cordovez Moure.

Años más tarde fue cuando el joven José María, de diecisiete años, debió hacerse cargo del sostenimiento de su familia que, además de sus padres, la integraban once hermanas. Primero, se aventuró en el negocio de la quina, que lo llevó a inhóspitas selvas. Fracasado en esta aventura, llegó hasta Quito en plan de comerciante, pero tampoco tuvo suerte. De regreso al país ingresó en la burocracia oficial, en la que permaneció durante 45 años, muy a su pesar, según se desprende de lo dicho a alguien que le sugirió trabajar con un pariente rico:

Vamos por partes, señor Sáenz, nos apresuramos a contestar. Me cree usted tan estúpido que yo prefiera permanecer, no digo en el empleo actual, pero ni en la presidencia de la república, si tuviera medios de ganar la vida sin correr las contingencias anexas a los que se convierten en fósiles y se consumen en las oficinas públicas 17.

El primer cargo en la administración lo obtuvo mediante el apoyo del general José María Obando, pariente de su madre, Josefina Moure. Entre otros cargos, fue agente fiscal de la nación e inspector de ferrocarriles, reconocedor bancario y custodio de las minas de Muzo, visitador de los consulados colombianos en Europa y América, subsecretario del ministerio del Tesoro y, después, ministro del ramo. Simultáneamente, desempeñó ad honórem las sindicaturas del hospital de San Juan de Dios y del convento del Buen Pastor. También fue cónsul general de Chile en Bogotá y enviado diplomático a Lima y uno de los fundadores de la Academia Colombiana de Historia, en 1903.

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Retrato de José María Cordovez
Moure.

 

Buena parte de sus avatares en la burocracia quedaron consignados en sus Recuerdos autobiográficos. De la misma manera, sus andanzas en el negocio de la quina y sus viajes a Quito y a Lima fueron registrados en interesantes relatos donde cuenta acerca de la brega de la extracción de lo que era el oro de la época, y sobre la vida y la gente de aquellas dos capitales. En su autobiografía se aprecian además otros recorridos y peripecias en la vida de este escritor que tampoco escapó a la curiosidad de formar parte de la masonería, bastante mal vista en esos días. Sus viajes como cónsul los refiere en la sección de las Reminiscencias que tituló Un viaje a Europa, en el que presenta al lector una detallada visión de los lugares por donde pasó y donde residió. Están aquí presentados Nueva York, Londres, París y otras ciudades de Bélgica, Holanda, Alemania, Suiza, Italia, España y Haití. Es ésta una crónica de viaje detallada y vivaz, que debió de reemplazar bien al cinematógrafo en los días en que este medio apenas comenzaba.

Del autor de las Reminiscencias se ha dicho que no poseía vasta cultura intelectual. De esa que se regodeaba en el cultivo y contemplación del espíritu aprisionado en métricos versos, parece que no la tuvo. En cambio, se compenetró como pocos con el alma de su época y participó de todos los sucesos grandes y pequeños de su tiempo. Conoció de la vida que llevaban no sólo las clases con poder, sino también los labriegos, los artesanos y todos aquellos sectores que conformaban el pueblo raso.

En cuanto a su erudición, no puede considerarse poca, a juzgar por las referencias históricas universales y de los escritores clásicos, que hace reiteradamente en sus escritos. Cordovez Moure tenía una de las más amplias visiones que posibilitaba la época.

Aspecto curioso del escritor de los recuerdos de Santafé y Bogotá es el hecho de que en toda su obra poco devela de su propia vida personal. Ni siquiera en sus Recuerdos autobiográficos ofrece al lector detalles de su existencia familiar, ese don Pepe que en todas las ocurrencias y vidas se entremetía, inclusive en la de quienes hicieron nuestra historia patria.

DE LAS GRANDEZAS Y FLAQUEZAS

Las crónicas de carácter histórico ocupan amplio espacio de las Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Allí discurren aparejados hechos importantes con extravagancias y sorprendentes pequeñeces. Por ejemplo, de José María Melo registra una de sus excentricidades, en donde se ve que las manías de los dictadores americanos se remontan al siglo pasado:

Melo tenía dos magníficos caballos: uno zaino retinto y otro bayo overo, y una preciosa vaca que tenía la rareza de la piel flotante, que le arrancaba del cuello hasta la ubre. Estos tres animales puede decirse que constituían la pasión favorita del futuro dictador, quien gozaba al verlos en su salón de recibo, cuando se miraban reproducidos en los espejos, haciendo genuflexiones y otros movimientos para cerciorarse de que eran ellos mismos los que se veían 18.

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Miniaturas de José María
Domínguez 1830 aprox.

Los aspectos pintorescos de nuestra historia, que tanto se complacía Cordovez Moure en contar, no solamente eran elementos de aquellos sucesos de poca monta, sino que también fueron característica de hechos relacionados con las grandes transformaciones económicas y políticas. Estos detalles pintorescos constituyen la otra cara de las grandes acciones progresistas de los estadistas de entonces; faceta que mostró el autor de las Reminiscencias en sus escritos sobre los grandes personajes del siglo pasado y los avatares de las numerosas guerras civiles.

Para mediados de siglo, las fuerzas antagónicas habían madurado hasta fundar sus respectivos partidos políticos. Los adversarios del estancamiento colonial se agrupaban en el partido liberal, aunque muy pronto éste se vería escindido en dos fracciones principales: los gólgotas o radicales, aferrados a la defensa del libre cambio, y los draconianos, voceros de los gremios artesanales. Por su parte, la Iglesia y los latifundistas cerraron filas en torno al partido conservador, el que tampoco escaparía a la división, esta vez entre históricos y nacionalistas. El debate sobre los grandes temas del porvenir no se dio únicamente en los recintos del Congreso, sino que se agudizó frecuentemente hasta producir las numerosas guerras civiles de envergadura nacional y de carácter regional que ensangrentaron al país hasta 1902.

A don Pepe Cordovez le tocaron los primeros destellos del progreso propiciado por el desarrollo comercial: una gran actividad ferroviaria empezaba a reemplazar los otrora escabrosos caminos para bestias, se regularizó la navegación en barcos de vapor por el río Magdalena, se levantó una ferrería en la población de Samacá, se inició la excavación del canal de Panamá por la compañía francesa, se terminó el tendido de un tranvía de mulas entre Bogotá y Chapinero, se inauguró en la capital una pequeña central telefónica dotada de veinte líneas, y un cable submarino había enlazado el país con el mundo. Cordovez Moure se mostró partidario entusiasta de estos progresos. No obstante, su actitud frente a otros cambios que se operaban por esos años tiene varias facetas. Acerca de su filiación política no existe mucha claridad, por su proceder contradictorio frente a ciertos sucesos. No estaba ligado directamente a los intereses de la tierra o del comercio, y aunque no perteneció en ningún momento al partido conservador, tampoco fue un decidido partidario de los cambios radicales impulsados por los liberales, especialmente aquellos que involucraron a la Iglesia y sus clérigos.

Fue así como Cordovez Moure se pronunció en contra de las medidas liberales que tendían a contrarrestar la enorme influencia ideológica y política de los curas, educadores de las conciencias no solamente desde el púlpito sino también en la educación pública secundaria y profesional, y predicadores muchas veces en contra de las reformas.

En la parte de sus Reminiscencias llamada Mártires de ogaño, Cordovez Moure opina:

Desde el año de 1843 empezó la hostilidad a la Iglesia Granadina por medio de leyes arbitrariamente contrarias al espíritu y letra del Concordato que regía entonces. […] A no dejar duda, [estas medidas revelan] el principio de la tendencia de la fracción liberal conocido con el calificativo de gólgota, primero, y después radical, a tomar por la vía peligrosa del sectarismo religioso en abierta oposición con el antiguo liberalismo que siempre fue creyente católico 19.

En cuanto a las disposiciones sobre el poder económico de la Iglesia, principal terrateniente de la época, Cordovez Moure también se muestra en desacuerdo. Los decretos expedidos por el gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera sobre tuición, en el que se exigía previo juramento de sumisión al poder civil para ejercer el sacerdocio, y el de desamortización de los bienes de manos muertas, que disponía la expropiación sin indemnización de los latifundios de la Iglesia, agudizaron la guerra civil de 1860, en la que el clero tuvo participación muy activa. Cordovez Moure comenta sobre las repercusiones de dichos decretos, no sin un toque de humor irreverente:

Pasado el estupor del primer momento, no quedó al clero otro recurso que el oponer fuerza de inercia hasta donde lo permitieran las circunstancias; pero como el general Mosquera sostenía que su misión era la de reformar prácticas añejas y corregir abusos, convocó a su casa de habitación al arzobispo de Bogotá, al bondadoso señor Herrán, y a los prelados de los conventos de esta ciudad, con el fin de discutir el medio de hallar un avenimiento con las dos potestades […] En el salón principal de la casa, perteneciente en la actualidad al Banco de Bogotá, recibió el general Mosquera, vestido de gran uniforme militar y rodeado de sus principales tenientes, al Ilustrísimo señor Herrán y a los prelados de los conventos, quienes, como es de presumirse, hacían la figura de tímidos corderos en medio de Lobos 20.

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"Personajes de antaño", última crónica de
Cordovez Moure aparecida en Cromos
el 29 de junio de 1918.

Pese a que Cordovez Moure se mostró opositor a las medidas contra el poder clerical dictadas por el gobierno de Mosquera, en la práctica lo apoyó al colaborar en la defensa de Bogotá cuando ésta fue atacada por la conservadora guerrilla de Guasca, el 4 de febrero de 1862. Cordovez justifica su participación en esta acción armada en defensa del gobierno liberal, en sus Recuerdos autobiográficos:

Entre los diversos actos de la vida que nos han causado remordimiento se cuenta el de haber tomado parte activa en aquella emergencia, en la que nada nos iba ni venía, y, antes bien, mediaban poderosas razones para alejarnos de toda contienda que acarreara peligro de muerte: éramos el único apoyo de nuestros padres y hermanos, nos ocupábamos en trabajo de campo que nos proporcionaba los recursos apenas suficientes para atender las necesidades de nuestra familia, y, en consecuencia, no nos pertenecíamos; pero pudo más el deseo egoísta de figurar como patriotas de ocasión, y nos presentamos en el edificio de San Bartolomé a correr con las contingencias de aquella aventura 21.

El remordimiento de Cordovez Moure parece deberse a lo que cuenta más adelante en este relato de la toma de Bogotá por los conservadores:

Expuestos a los proyectiles que el enemigo nos enviaba de la casa consistorial y de la esquina del palacio de San Carlos, pronunciamos la fatídica palabra equivalente a una sentencia de muerte, porque tuvimos la desgracia de herir a uno de los del grupo indicado, que cayó del alto andén de las galerías al piso de la plaza, debatiéndose en las convulsiones de la agonía, en tanto que los compañeros huyeron dejándolo abandonado. En vista de aquella escena de horror, experimentamos la sensación de remordimiento que debe atormentar al homicida enfrentado a su víctima. Arrojamos el maldito fusil que nos había servido de medio para dar muerte a ese infeliz, y no volvimos a ejecutar ningún otro acto ofensivo en aquel combate 22.

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Miniatura de José María
Domínguez 1830 aprox.

 

 

 

Al final, Cordovez Moure no permitió que en el parte de los liberales triunfantes lo registraran como uno de los patriotas de la batalla, para evitar, según él, las represalias a las que estaba expuesto en su trabajo de campo.

En la parte de su obra titulada Una epopeya militar, acerca de la campaña militar de 1862, quedan plasmados, al mismo tiempo, las grandezas y flaquezas de este importante acontecimiento y de quienes lo protagonizaron. Al comienzo de este relato, Cordovez Moure muestra la talla de estadista de Tomás Cipriano de Mosquera:

Con la actividad que caracterizaba al general Mosquera en todos sus actos, lanzó ejércitos al norte, sur y occidente de la República en persecución de las huestes legitimistas, "quemó las naves" al promulgar los decretos sobre tuición (20 de julio); expulsión de los jesuitas (21 de julio); desamortización de los bienes de manos muertas (9 de septiembre); afrontó una de las situaciones más difíciles y complejas que se ha dado en impulsar un hombre de Estado: adoptó el glorioso nombre de Colombia en vez del de Confederación Granadina, que llevó la República hasta el 24 de septiembre de 1861, y extinguió las comunidades religiosas (5 de noviembre del mismo año) 23.

En Una epopeya militar, Cordovez Moure también destaca el valor de los liberales de la capital, quienes, inferiores numéricamente en una tercera parte a los conservadores, se batieron durante casi tres días en condiciones desventajosas, atrincherados en el convento de San Agustín, donde resistieron hasta la llegada del general Mosquera.

Compaginados con estas acciones heroicas, sucedían otros hechos sorprendentes de improvisación, como el siguiente contado por Cordovez Moure:

No transcurrieron muchos días sin que toda la parte oriental de Cundinamarca fuera el territorio que dominaba la guerrilla, por lo cual resolvió el general Mosquera enviar dos expediciones, por el norte y por el sur, a batirla entre dos fuegos; pero el supremo dictador de la guerra "no contaba con la huéspeda". […] De las Antillas, a su paso por Europa, envió el doctor Manuel Murillo Toro el primer armamento que pudo comprar, y que se componía de dos mil fusiles de piedra y caja amarilla. Apenas llegó a Facatativá se armó el ejército con ellos.

Ya hacía dos días que había salido la fuerza en persecución de la guerrilla cuando se le ocurrió al general Mosquera foguear la tropa con el nuevo armamento en una gran parada. A la voz de "fuego por los batallones", no estalló ni un solo tiro; los jefes creyeron que los soldados sólo habían hecho el ademán de cargar; pero pronto salieron del error. Examinados, aunque tarde, los fusiles, se vio que los eslabones eran de estaño. Dejamos al lector la consideración de la sorpresa y disgusto del general Mosquera al ver que el deseado armamento era inservible, a menos de reponer en acero la pieza indispensable para hacer fuego, y lo más grave aún: que ya no había tiempo de prevenir a las fuerzas que, con dichos fusiles, creían que llevaban buenas armas para combatir y que, llegado el caso, serían derrotados, como en realidad lo fueron en el primer encuentro que tuvieron con la guerrilla en el puente del Ají 24.

Una escena menos grave, pero que muestra bien la condición de indigencia que se daba al lado de la valentía en estos ejércitos, lo registra el cronista en el siguiente fragmento:

El general Mendoza pernoctó en Guasca con su fuerza. Entre los soldados liberales iba un mulato caucano, que empezó a merodear y tomó una olleta de cobre en una casa. Sabedor de esto el general, ordenó que devolviera el utensilio a su dueño; pero el ratero resistió con insolencia, alegando que el Manco Mendoza quería apropiarse la olleta. Semejante ultraje, inferido al frente de la tropa y del enemigo, hizo necesaria una pronta y ejemplar reparación. El general Mendoza era hombre humanitario, enemigo del derramamiento de sangre, y mandó decir al mulato que, si no daba pública satisfacción, lo haría fusilar; pero éste era uno de los democráticos perreristas * del Cauca, díscolo e intratable, y recibió la intimidación con soberano desprecio, manifestando que, mientras viviera, no devolvería la olleta.

Por la disciplina del ejército se ejecutó a aquel desgraciado, que no quiso morir como cristiano. Lo fusilaron sentado en una silleta […] después de gritar, endemoniado, que dejaba la olleta al Manco canalla 25.

No deja de llamar la atención que estadistas de la talla de José Hilario López y Tomás Cipriano de Mosquera se hubieran visto envueltos en rencillas poco menos que ridículas en aquellos momentos que reclamaban su unidad. Cordovez Moure cuenta acerca de estas enemistades, a propósito de una escala del general López en Pitayó (Cauca), donde acampaba con sus tropas, situación que presenció el autor de las Reminiscencias por aquellos días de su trabajo en la quina:

[…] el general López invitó a los jefes que lo acompañaban a la frugal comida […] Despachados los manjares […] alguien empezó a leer los versos publicados por José María Vergara y Vergara […] La lectura marchó bien hasta que el lector pronunció estas frases alusivas al general Tomás C. de Mosquera: "Dos veces héroe y tres Libertador". ¡Quién dijo tal! Un cañonazo no habría repercutido como el monumental viscaíno que soltó el general López, seguido de formidable puñetazo, que desvencijó la mesa […] —Sólo un miserable poetastro puede atreverse a calificar de héroe y libertador al fanfarrón de "Mascachochas"gritó fuera de sí el general López. […] Siete años después, el general López se puso a las órdenes del aborrecido Mascachochas 26.

Muestra de que Cordovez Moure no perteneció a la corriente radical del liberalismo, la constituye también el hecho de que, luego de la derrota de esta fuerza, continuara en la administración pública, donde permaneció hasta finalizar el quinquenio del general Rafael Reyes. Durante el gobierno de Carlos E. Restrepo fue destituido, en circunstancias que lo llenaron de decepción, según lo refiere en sus Recuerdos autobiográficos:

Queda referido en estas memorias que, permitiéndose las reglas de cortesía que rigen hasta con las cocineras cuando no se las necesita, apareció publicado en el Diario Oficial el decreto que nos arrojó a la calle después de cuarenta y cinco años de servicios continuos a la República 27.

UNA OBRA PARA LA HISTORIA

La narración de sucesos históricos integra buena parte de la obra de Cordovez Moure, muchos de los cuales remontan la historia propiamente dicha de Santafé y Bogotá. Es así como dedica bastantes páginas a las idas y venidas, públicas y privadas, de los generales Mosquera y Obando; por ejemplo, las de La conspiración del 23 de mayo de 1867, que ocupan un volumen completo y buena parte de otro. También por su pluma pasaron muchos episodios de las guerras civiles, como la cautividad de Mariano Ospina Rodríguez en 1861 y las elecciones presidenciales del 7 de marzo. Con igual propiedad relató hechos que no le eran contemporáneos, como la Batalla de Ayacucho, a propósito de cumplirse cien años de este suceso; la conspiración septembrina de 1828; y el capítulo que llamó Represalias, en el que describe el período de "pacificación" de Pablo Morillo, el gobierno del virrey Sámano, el fusilamiento de numerosos patriotas, como Policarpa Salavarrieta, y el de los oficiales del ejército realista.

La validez de los escritos de Cordovez Moure como fuente histórica ha sido muy cuestionada. Acerca de la exactitud, existen testimonios que destacan este aspecto, como los de las dos cartas que se citan a continuación.

Tengo que agradecerle el envío del libro de Cordovez —escribía desde Londres don Bendix Koppel a un amigo que le había remitido el primer volumen—; he gozado mucho con su lectura. Son extraordinarias su memoria y su exactitud. Durante la revolución de Mosquera, recordará usted, estuve todo el tiempo entre los dos ejércitos beligerantes en la Sabana, y su descripción es exacta en todo 28.

Y la otra, enviada por Agustín Mercado al propio Cordovez Moure:

Como testigo presencial en la reconciliación entre el general Tomás Cipriano de Mosquera y José María Obando, que tuvo lugar en Popayán en agosto de 1859, en casa de mi padre Ramón Mercado, puedo asegurar que es perfectamente exacta la relación que de tal suceso haces en el capítulo de tus Reminiscencias que lleva por título La conspiración del 23 de mayo de 1867 29.

En cambio, su fidelidad histórica ha sido cuestionada, por ejemplo, en el capítulo Juicio y ejecución de José Raimundo Russi y demás compañeros, en el que Cordovez Moure condena a este personaje, sin que su culpabilidad hubiera podido ser comprobada en el juicio. En su libro Procesos célebres y acontecimientos varios, su autor, Manuel José Esguerra Robles, dice acerca de lo escrito por Cordovez Moure sobre este caso:

No pretendemos, bajo ningún aspecto, hacer defensa alguna a un reo que fue sentenciado y condenado a muerte hace ya el espacio de 96 años. Unicamente aclaramos puntos importantes
de una célebre causa histórica, fallada, al parecer, sin el estudio debido. Como también hemos de rectificar, en el curso de nuestra narración, ciertas aseveraciones que hace en sus
Reminiscencias el señor Cordovez Moure, relativas al proceso que nos ocupa, y que son perfectamente contrarias a la realidad de los hechos 30.

En cuanto a la historia menuda y sus cuadros de costumbres, la discrepancia es menor. Pudiera parecer que esta crónica detallada, sobre cosas triviales, estuviera de más como documento histórico. Pero si se piensa que aparte de la pluma de los escritores costumbristas no existe otra manera de conocer los pormenores de la forma como transcurría la vida de nuestros antepasados, habida cuenta de que las imágenes de la fotografía y el cine son posteriores, resulta entonces que estos relatos de trivialidades representan la única fuente para apreciar el marco social de los sucesos importantes de la Colombia aldeana del siglo pasado. Proporcionan estas obras literarias la carne y el nervio al esqueleto histórico de los documentos oficiales, periódicos y memorias de los estadistas de la época. Los escritos costumbristas han sido fuente de primera mano en la admirable labor de revivir la historia en la televisión o el cine.

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Miniatura de José María Domínguez 1830 aprox.

Su obra, de calidad desigual, aunque en general de un estilo moderno y fresco, opuesto al formalismo imperante por aquellos días y que en sus mejores páginas recuerda la prosa cervantina, posee innegable valor. De Cordovez Moure dice Elisa Mújica que se halla entre los principales historiadores de la Bogotá del siglo pasado, junto con Pedro María Ibáñez y Eduardo Posada.

Heredero de una tradición española que cultivaron de manera maestra Cervantes, Quevedo y Lope de Vega, don Pepe maneja un magnífico sentido del humor que lo coloca en primera fila entre los cultores de la llamada "chispa de los cachacos", al lado de personajes como Fray Lejón y Klim.

Pero la fidelidad histórica y la calidad formal no son los únicos aspectos controvertidos de los escritos de don Pepe. Es la suya una obra contradictoria, producto de un carácter también contradictorio. Este autor no vacila en mezclar hechos menudos con sucesos importantes, temas agradables con cuadros rayanos en lo macabro.

Juzgar históricamente a Cordovez Moure es complicado. Si se pretende situarlo en alguna de las corrientes políticas de su convulsionada época, a juzgar por su obra, el resultado es complejo. Se declara decidido partidario del progreso, pero a renglón seguido se lamenta de la situación que este progreso ha producido; al hacer un balance entre Santafé y Bogotá, el autor se queda con la primera. Masón y mosquerista, pero poco amigo de los idearios liberales franceses, retomados por los radicales criollos, a la vez que ferviente católico y clerical. Burócrata de larga data, pero de espíritu abierto y aventurero. Es el tipo de personaje que reúne en sí los más disímiles adjetivos. En fin de cuentas, lleno de virtudes y de flaquezas, con una aguda curiosidad y un gran sentido del humor, que le impide incluso tomarse a sí mismo en serio, Cordovez Moure es fuente obligada de todos aquellos que quieran acercarse a la historia de Santafé y Bogotá en el siglo pasado.

 

NOTAS:

1 Luis Augusto Cuervo, Boletín de Historia y Antigüedades, julio-agosto, 1944, pág. 667.

2  José María Cordovez Moure, Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946, vol. X., págs. 221-222.

3  José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, "Recuerdos autobiográficos", Bogotá, Librería Americana, 1913, serie VIII, pág. 8.

4 José María Cordovez Moure, Reminiscencias Bogotá, Librería Americana, 1899, serie I, págs. 3-10.

5 Ibid., págs. 26-27.

6 Ibid., págs. 99-104.

7 Ibid., págs. 61-62.

8 José María Cordovez Moure, Reminiscencias. . . Bogotá, Librería Americana. 1900, serie II, págs. 389-391.

9 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Librería Americana, 1899, serie 1, págs. 65-69.

10 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, "Recuerdos autobiográficos", Bogotá, Librería Americana, 1913, serie VIII, pág. 446.

11 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Librería Americana, 1899, serie 1, págs. 61-62.

12 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura, 1941,Tercera edición, págs. 19-21.

13 José María Cordovez Moure, Reminiscencias..., Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura, 1942, vol. II, sexta edición, págs. 276-278.

14 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Librería Americana, 1899, serie 1, pág. 215.

15 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, "Recuerdos autobiográficos", Bogotá, Librería Americana, 1913, serie VIII, pág. 64.

16 Juan Luis Panero, Prólogo de Reminiscencias…, Bogotá, Círculo de Lectores, 1985, pág. 5.

17 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Círculo de Lectores, 1985, pág. 432.

18 Ibíd., págs. 146-147.

19 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura, 1942, vol. II, pág. 40.

20 Ibíd., págs. 46-47.

21 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, "Recuerdos autobiográficos", Bogotá, Librería Americana, 1913, serie VIII, págs. 297-298.

22 Ibid., pág. 303.

23 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, Bogotá, Círculo de Lectores, 1985, págs. 261-265.

24 Ibíd., pág. 264.

25 Ibíd., pág. 263.

26 José María Cordovez Moure, Reminiscencias…, "Recuerdos autobiográficos", Bogotá, Librería Americana, 1913, serie VIII, pág. 527.

27 Ibíd., pág. 586.

28 Daniel Samper Ortega, Senderos, núm. 20, septiembre de 1935, pág. 121.

29 Idem.

30 Manuel José Esguerra Robles, Procesos Célebres y acontecimientos varios, Bogotá, Editorial ABC, 1947, pág. 94. (Nota de pie de página de Reminiscencias de Santafé y Bogotá, Bogotá, Círculo de Lectores, 1985, pág. 145).

* Provino este término porque la gente levantisca del valle del Cauca solía usar el látigo llamado perrero.