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El joven José María Cordovez Moure.

Del crepé y la muselina
a las acciones heroicas
Crónicas de José María Cordovez Moure

EMMA ARCILLA Y AMPARO LOTERO
Reproducciones: William Núñez, Liana Trujillo y archivo Fondo Cultural Cafetero

 

TABLA DE CONTENIDO:

INTRODUCCION

EL CONTADOR DE COMO SE BAILABA, SE VESTIA, SE COMIA Y OTROS ACONTECERES PROSAICOS

MORALISTA DE BUEN HUMOR

"LOS CRIMENES DE DON PEPE CORDOVEZ"

SU VIDA, SU MEJOR ESCUELA

DE LAS GRANDEZAS Y FLAQUEZAS

UNA OBRA PARA LA HISTORIA

 

Las viejas casonas y calles empedradas que reposan como frías reliquias en la Bogotá de hoy reviven a través de personas y sucesos, al leer los amenos relatos de ese prolífico escritor del siglo pasado que fue José María Cordovez Moure.

El territorio comprendido entre los fenecidos ríos de San Francisco y San Agustín, La Candelaria y el puente de San Victorino, y los arrabales de Egipto, Las Cruces y Las Nieves, constituye el escenario principal de grandes acontecimientos políticos y menudos hechos domésticos, de las flaquezas y grandezas que forman parte de la historia capitalina que transcurre por las páginas de las Reminiscencias de Santafé y Bogotá.

Si Cordovez Moure fue un cronista, un historiador, un periodista o un literato o a qué género pertenecen sus escritos, aspectos en los cuales se han ocupado sus estudiosos y críticos, es cuestión que queda transcendida al considerar la verdadera dimensión de sus relatos, como se verá a lo largo de este trabajo. Porque don Pepe, como lo llamaban sus coetáneos, fue de todo un poco en su recorrida y agitada existencia. Su obra es, ni más ni menos, el producto de una época marcada por las más variadas contradicciones, y en ello radica buena parte de la riqueza de sus escritos, a la que se suman sus cualidades de observador y su curiosidad a veces morbosa, unidas, si no a un depurado estilo literario, sí a una agradable y deliciosa manera de escribir y de contar.

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Colegio San Bartolomé en la Calle de la Academia en 1840.
José María Cordovez Moure hizo parte de los 40 liberales
voluntarios que el 4 de febrero de 1862 defendieron este edificio
del ataque de la conservadora guerrilla de Guasca.

Sin lugar a dudas fue don Pepe un excelente conversador, para escribir como lo hizo. Participó asiduamente en las tertulias de la librería Americana, adonde se dirigía cada tarde al salir de su oficina. De este buen conversador dijo el historiador Luis Augusto Cuervo: "Todo lo averiguaba, a todo le buscaba causa y efecto, y luego su imaginación se soltaba en corrillos y visitas, exageraba lo sabido, inventaba lo poco que ignoraba y nadie se quedaba sin gozar de su admirable dicción, del comentario irónico y de la sugestión casi siempre acertada" 1.

Fue don Pepe un escritor tardío. En 1891, a la edad de 56 años, publicó su primer artículo en el periódico El Telegrama. Hasta entonces no se le había ocurrido escribir para el público. Esta incursión periodística, tan inesperada como fructífera, la cuenta así don Pepe:

El 17 de julio de 1891 se presentó [Jerónimo] Argáez con aire afanoso en el Capitolio, en busca de noticias para El Telegrama, que debía salir al día siguiente.

—Hoy hace 40 años —le dijimos— que al frente de este edificio fusilaron a Russi y demás compañeros.

—Escribanos esa historia —nos replicó; pero como le objetáramos nuestra incompetencia a la vez que nuestra dificultad para escribir de una manera legible, aceptó la galante oferta que le hizo el inteligente joven Alejandro Vega para escribir lo que le dictáramos.

Terminada la tarea llegó el momento de poner título al escrito hecho "a la diabla"; pero como vaciláramos en ello, Vega puso el encabezamiento de Reminiscencias. De manera que, concretando la cuestión, diremos que Argáez "inventó el instrumento"; nosotros soplamos la flauta, que sonó por casualidad; Vega bautizó el escrito, y Marroquín Fallon y Pombo declararon que "la bacía de barbero era yelmo de Mambrino".

Al pregonar los muchachos en las calles El Telegrama, anunciaban los crímenes de don Pepe Cordovez! 2

Cordovez Moure empezó a escribir regularmente en El Telegrama, y dos años más tarde, en 1893, se publicó el primer tomo de los ocho que constituyen el total de las Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Allí no solamente se recogen las crónicas publicadas en ese periódico, sino muchas otras escritas exclusivamente para los volúmenes de su obra.

Y así, sin habérselo propuesto, no paró de escribir durante los últimos veintisiete años de su vida. Tres días antes de su muerte, el primero de julio de 1918, la revista Cromos publicó un trabajo suyo titulado "Los personajes de antaño", dedicado a cuatro locos de Bogotá: Susunaga, Chepecillo, Lasso de la Vega y Gonzalón.

Había nacido don Pepe en Popayán el 13 de mayo de 1835, en circunstancias que le ganaron el calificativo de "inoportuno", según él mismo cuenta en sus Recuerdos autobiográficos:

Nuestro excelente padre fue asaz aficionado a la música […] Consecuente con esta pasión, emprendió la temeraria labor de hacer cantar algunos coros de la grandiosa ópera Roberto el diablo, de Meyerbeer […] terminada la ejecución del primer acto en medio de frenéticos y prolongados aplausos, permanecían los espectadores ansiosos de que la función ofrecida siguiera su curso regular; pero cuál no sería el asombro de éstos cuando al levantar el telón apareció en la escena don Francisco Villalba, y con viva emoción espetó el siguiente discurso: "Muy respetable público: Un inesperado cuanto inoportuno asunto íntimo de la familia obliga al anfitrión de esta hermosa fiesta a suspenderla hasta mejor ocasión, que se presentará pronto, con motivo del bautizo del hermoso niño que en estos instantes acaba de nacer!". De manera que desde la una de la mañana del martes 13 de mayo del citado año de 1835, en que nació el autor de este relato, fue calificado de inoportuno e intruso en donde no se le había invitado 3.

EL CONTADOR DE COMO SE BAILABA, SE VESTIA,
SE COMIA Y OTROS ACONTECERES PROSAICOS

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Facsímil del prólogo que escribió Roberto Mc Douall para la 3a. edición de las Reminiscencias.

Aunque José María Cordovez comenzó a escribir tardíamente, debió de adelantar apuntes en años anteriores, algo así como un diario en el que estampara recuerdos de los hechos de los que fue testigo presencial o que le contaban personas mayores, y los cuales seguramente matizaba con su grandiosa imaginación. De otra manera, resulta sorprendente la exposición de tanto detalle minucioso que caracteriza su obra, pormenores que recrea con admirable realce, particularmente en sus crónicas costumbristas.

En este tipo de relatos, Cordovez Moure presenta coloridos retratos no sólo del ambiente de su época, sino también de años pasados, utilizando el sistema de comparar lo que fue con lo que era entonces Bogotá. Con su admirable imaginación, utilizaba los recuerdos de los más viejos para escribirlos como propios, diferenciándose poco estas narraciones de sus vivencias, que contaba con el peculiar recurso de la primera persona del plural. Aún más: este autor se remontó a revivir, como si hubiera estado presente, escenas de siglos anteriores, auxiliado en buena parte de la tradición oral.

Entre sus más afamados escritos costumbristas se encuentran
Los bailes a lo largo de diferentes épocas:

En la época a que nos referimos [1849], todo sarao, baile o tertulia tenía, lo mismo que las comedias, tres actos que podemos clasificar así: 1. Preparación; 2. Ejecución; y 3. Consecuencias. […] Fijado el día para la fiesta se enviaba con la vieja sirvienta un recado […]: "Recado manda a sumercé mi señá Mercedes y mi amo Pedro: que el día de su santo los esperan por la noche con las niñas y los niños, sin falta. Que le mande sumercé los canapés, las sillas, los candelabros, los floreros de la sala (a cada familia se le pedía lo que hacía falta, pues por lo regular nadie tenía más de lo estrictamente necesario). Que aquí vendrá mi amo Pedro a convidarlos y que manden las niñas para que le ayuden "[…] Las piezas de la casa que daban al frente de la calle […] se arreglaban para bailar; el corredor principal se cubría con percalina para evitar el frío, porque los cristales no estaban al alcance de los santafereños […] Entonces se creía que para calmar la agitación que produce el baile debían tomarse bebidas frescas […] se ostentaban sobre la mesa del comedor, botellones de vidrio repletos de horchata de ajonjolí […], agua de moras, naranjada, aloja […] las muchachas [. . - ] consultaban entre ellas la manera como irían a la fiesta, y las amigas íntimas se consideraban obligadas a vestirse de la misma manera como prueba de mutuo cariño. ... . ] El valse colombiano y la contradanza española constituían el repertorio de los danzantes. El colombiano se bailaba tomándose las parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas académicas […] La segunda convertía a los danzantes en verdaderos energúmenos o poseídos […] el dueño de la casa quedaba muy gozoso de que todos se hubieran divertido a su modo, sin preocuparse de los daños causados, porque entonces no pagaba el monigote quien lo tenía sino quien lo daba a préstamo 4.

Pero aparte de generalidades sobre los bailes de antaño, Cordovez Moure cuenta casos particulares, como el de un baile memorable ofrecido, en 1860, por el "distinguido cuanto ilustre caballero" don Nicolás Tanco Armero:

A las nueve de la noche empezaron a llegar los invitados, desde el Presidente de la República, lo más notable y florido de nuestra sociedad, así de nacionales como de extranjeros; […] A las once de la noche […] los danzantes se entraron a las piezas destinadas al efecto y cambiaron el vestido que tenían, por otro de fantasía. A una señal convenida de antemano, la orquesta interrumpió el silencio […] y como por encanto, tomó la fiesta el aspecto más brillante y fantástico imaginable. De todas partes iban saliendo personajes históricos entre quienes resultaban los anacronismos más curiosos […] 5.

Sin embargo, Cordovez Moure no se limitó a describir los bailes y las diversiones de los de alta prosapia. También fueron motivo de su curiosidad y atención las fiestas populares, en algunas de las cuales se confiesa espectador de cuerpo presente, a pesar de contarse entre lo más granado de la sociedad santafereña. El siguiente es un fragmento de su crónica sobre una de las fiestas religiosas populares en el barrio de Las Nieves, "entonces tenebroso arrabal":

Luego venían las octavas de los barrios, empezando por las de las Nieves, por ser ésta la parroquia más antigua de Santafé […] Al aproximarse la fiesta se advertía movimiento desusado en aquellas regiones, producido por el resane y blanquimento de las casas, en que se notaba que los artífices no pecaban por habilidad en el oficio, porque, por lo general, quedaba más blanco el suelo que las paredes; se retocaban los letreros de las ventas y chicherías. […] todas las casas del barrio carecían de alar, las puertas y ventanas eran contemporáneas del Conquistador de los Muiscas, no existía camellón sino un tremendo y desigual empedrado con altibajos. […] Desde la iglesia de la Tercera se empezaba a gozar de los perfumes y vapores de aquel barrio en verdadera combustión: los ajiacos, empanadas, longanizas, morcillas, cuchucos, […] pólvora, aguardiente, trementina, etc., etc., etc., con todo lo demás que no podemos referir. […] La procesión tenía lugar por la tarde. […] por la noche el barrio era un encanto, aun en los sitios más recónditos. Se armaban bailes y parrandas en casi todas las casas donde había sílfides, al compás de guitarras y bandolas. […] El lunes tomaba el barrio el aspecto de un lugar amenazado de próximo asalto […] se cercaban las calles y en todas las puertas se ponían trincheras. […] Se preparaban para los tres días de corridas de toros 6.

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Edición de El Telegrama, en la que
apareció el primer artículo de José
María Cordovez Moure.

 En los relatos de Cordovez Moure que presentan enumeración de detalles minuciosos y cuadros de costumbres se aprecia una completa ambientación que enmarca las circunstancias en las cuales se desenvolvieron los grandes sucesos económicos y políticos de nuestra historia. Algunas muestras de estas ambientaciones son:

Hasta el año de 1849, época en que puede decirse que empezó la transformación política y social de este país, se vivía en plena Colonia. Es cierto que no había Nuevo Reino de Granada, ni virrey, ni oidores; pero si hubiera vuelto alguno de los que emigraron en el año de 1819, después de la Batalla de Boyacá, no habría encontrado cambio en la ciudad, fuera de la destrucción de los escudos de las armas reales; la erección de la estatua del Libertador; la prolongación del atrio de La Catedral y la traslación del Mono de la pila, con la pila misma, de la plaza mayor a la plazuela de San Carlos, de donde, en definitiva se le ha confinado al Museo Nacional como objeto arqueológico. […] En Santafé se vivía modesta pero confortablemente. Las casas eran de un solo piso, en lo general; todas las piezas estaban esteradas, pues el lujo de la alfombra sólo se conocía en las iglesias, en donde aún se conservan vestigios de tapices descoloridos, y de tanto cuerpo, como dicen los comerciantes, que parecen colchones. El mobiliario de las salas no podía ser más modesto: canapés de dos brazos en forma de S, sin resortes, y forrados en Filipichin de Murcia (hoy tripe); mesitas de nogal estilo de Luis XV, en que se ponían floreros de yeso bronceado, con frutas imitadas de los colores naturales; estatuas de la misma materia, […] cajones del Niño Dios, de Nuestra Señora de Los Dolores o de algún santo, llenos de todas las chucherías y baratijas imaginables. […] En los rincones se colocaban pirámides de papayas, que embalsamaban la atmósfera con su aroma, y ahuyentaban las pulgas; vitelas en las paredes (hoy cuadros o láminas) de asuntos mitológicos o episodios de la historia…7.

Dentro de estas crónicas costumbristas, Cordovez Moure también describe El hogar doméstico, los Espectáculos públicos, los Asuntos religiosos y Los colegios y los estudiantes; le dedicó líneas al vicio del aguardiente y al de la chicha, y al morfinismo, con casos ejemplarizantes en su Delirium tremens. Además, escribió sobre obras de Beneficencia y cárceles, amén del anfiteatro; sobre distintas Anécdotas acerca de La vida regalona de los santafereños, Crónicas de las beatas y otras como la de Un canónigo reventó las narices del señor Hernando Arias de Ugarte o El arzobispo Loboguerrero dice dos misas en el mismo día. En su capitulo Pot-pourrí, en el que debió acomodar aquellas pequeñas crónicas que se le quedaban sin contar, se encuentran temas tan diversos como La locomoción santafereña, El servicio doméstico, Los entierros en Santafé, La guerra civil del 40, Anécdotas sobre muertes aparentes y otras cosillas como ésta:

Una india ladina hizo confesión de año grande, y empezó:

—Acúsome, padre, que he tenido mis cositas.

—¿Qué cositas? —preguntó Su Señoría.

—Pues mis cositas —replicó la penitente.

—No entiendo, mujer —añadió el padre Plata.

—¡Aja!, hágase sumercé el pendejito —repuso maliciosamente la india.

El pueblo me lo conto,/ y yo al pueblo se lo cuento,/ y pues la historia no invento,/ responda el pueblo y no yo 8.

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Parque de San Francisco en 1886.


MORALISTA DE BUEN HUMOR

Los relatos de Cordovez Moure se hallan salpicados de numerosas acotaciones reprobatorias, aunque en justicia no podría calificarse a este autor de moralista. Antes bien, si se tiene en cuenta lo pacata que era la sociedad de Santafé, se comprenderá que en realidad no lo fue tanto. Por el contrario, señalaba la doble moral de muchos y las componendas e intrigas que ocasiona don Dinero.

A la faceta predicadora de don Pepe se agrega el humor, que es casi una constante en su obra. He aquí sólo un botón para la muestra:

Las muchachas bailan por bailar, por no comer pavo, o por cualquier otra razón que nada tiene qué ver con asuntos morales o filosóficos. Si se nos exigiera respuesta categórica sobre si es bueno o malo bailar, contestaríamos como lo hizo en el examen un seminarista que en toda ocasión ensartaba la palabra distingo. Fastidiado el obispo que lo examinaba con tan extraña manera de argumentar, le preguntó si se podía bautizar con caldo: distingo, le respondió nuestro polemista: con el que toma su señoría, no; con el que nos dan en el seminario, si.

Bailar moderadamente, consultando las conveniencias sociales, sin olvidar el respeto debido a una señorita, que en esos momentos se confía a nuestra hidalguía, es bueno; bailar oprimiendo a la pareja, como hace el boa constrictor que ahoga a la gacela que va a devorar, o hacer del baile un acto de preparación para comulgar al día siguiente, es malo 9.

En Cordovez Moure el humor es sutil, bien ensartado en su estilo desenvuelto, incluso irreverente, como se verá más adelante en la descripción del famoso encuentro entre el general Tomás Cipriano de Mosquera y los prelados de la Iglesia. Este genial sentido del humor de Cordovez Moure hace que en ocasiones él mismo sea el blanco. Así, refiriéndose a una fiesta que daban los tipógrafos de El Telegrama en las afueras de la ciudad, dice Cordovez Moure del don Pepe entrado en años:

Pero los ladinos debieron sospechar que nos excusaríamos de asistir al piquete por razones de incompetencia, y apelaron al engaño para llevarnos por andurriales solitarios con detrimento de la gravedad anexa al que ya peina abundantes canas 10.

Otras veces, lo humorístico está presente en la anécdota misma, a la que el cronista le agrega un poco de picante para completar el cuadro de lo que de suyo es curioso y simpático. En tal sentido apunta el fragmento siguiente, en el que Cordovez Moure narra una función popular de teatro:

En la gallera vieja representaban algunos artesanos aficionados la tragedia de Policarpa Salavarrieta. Todo marchaba muy bien hasta el momento en que introdujeron el cadáver de Sabaraín a la capilla en que estaba la Pola preparándose para morir; pero al llegar a esta escena se desencadenó la más terrible borrasca contra Sámano y los verdugos españoles: unos pedían la cabeza de los tiranos; otros, que los apedrearan, y los más, que se pusiera fuego a la casa, que era de techo pajizo. La situación se puso crespa, y ya parecía inminente un conflicto, cuando se le ocurrió al empresario la estratagema más oportuna: se presentó en el proscenio y dirigió a los enfurecidos espectadores el siguiente discurso: "Respetable público: En atención al justo desagrado con que se ha recibido la sentencia que condena a Policarpa Salavarrieta a sufrir pena de muerte, el excelentísimo señor virrey don Juan Sámano ha tenido a bien conmutarla por la de destierro a los Llanos". Nutrida salva de aplausos acogió tan humanitaria resolución, y todos quedaron contentos y convencidos 11.

 De igual manera narró otras situaciones a las que más bien les cabe el calificativo de tragicómicas como aquella que desencadenó un duelo:

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Plaza de las Nieves.

Antes del memorable 25 de septiembre de 1828 dio un baile el Libertador. […] Entre el cuerpo diplomático y consular presente se contaba el cónsul general de Holanda, M. Stewart. Al sacar éste a bailar a una señorita, dejó ella, como era de costumbre, un frasquito que contenía esencia, y un abanico, sobre el asiento que abandonaba. Un joven oficial Miranda […] se sentó inadvertidamente sobre tales prendas y rompió el frasquito; visto lo cual el señor Dunda Logan le dijo en tono de burla: prevéngase para dar cuenta de este agravio al cónsul holandés. Miranda contestó que no tenía miedo a ese vejete, palabras que por desgracia oyó M. Stewart, y […] llenó de improperios a Miranda. A la mañana siguiente envió Miranda al norteamericano coronel Johnson a pedir una explicación al holandés, quien contestó que la daría por medio de las armas.

[…] El día después, muy temprano, […] se batieron a veinte pasos de distancia.[…] Miranda tendió el brazo, y sin apuntar, disparó. […] El doctor Ricardo Cheyne, que estaba presente, en su calidad de médico, exclamó al ver caer desplomado a Stewart: ¡Hombre muerto! 12.

Este sentido del humor desaparece por completo en algunos capítulos en los que Cordovez Moure presenta ciertos sucesos históricos. Se torna entonces grave y hasta solemne, como en aquella parte en la que narra el fusilamiento del general Barreiro y demás oficiales del ejército realista luego del triunfo definitivo del ejército libertador.

"LOS CRIMENES DE DON PEPE CORDOVEZ"

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Antiguo Camellón de las Nieves otrora "tenebroso arrabal"
como lo llamó Cordovez Moure en una crónica que escribió
sobre él.

Don Pepe se destacó en sus crónicas rojas, producto tal vez de "la tenaz y cruel curiosidad de presenciar ejecuciones capitales" en la plaza de Bolívar, según su propia confesión.

No fue mera casualidad que su primer trabajo, publicado en El Telegrama, hubiera sido el de Juicio y ejecución de José Raimundo Russi y demás compañeros. Tanto éxito tuvo este primer artículo que le abrió las puertas de El Telegrama y el apetito de escribir, y su afición a hacerlo sobre crímenes, robos, saqueos, asesinatos, asaltos, envenenamientos, Crímenes célebres y Episodios sangrientos, que profusamente mojan las páginas de sus ocho volúmenes y particularmente del primero, publicado en 1893, en el cual dieciséis de veinte capítulos se refieren a estos temas.

También en este tipo de crónicas, Cordovez Moure hace gala de sus cualidades de gran observador, transferidas a sus escritos en insignificantes detalles, como los que cuenta en la crónica del fusilamiento de Aguilar, Morales y Hernández, el 18 de julio de 1860 (escrita por lo menos veinticinco años después del suceso):

De repente se presentó a caballo el general Bohórquez, se acercó al coronel Piñeres y le dijo algo muy grave, porque éste hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de un gesto de horror. […] Al occidente de dicha plaza había una zanja de un metro de anchura, llena de agua cubierta de plantas acuáticas, a distancia de cuatro o cinco metros de la pared,[…] de manera que entre la zanja y la pared había un andén sin empedrar. Hacia este sitio condujeron a los prisioneros y los colocaron dando frente al oriente y la espalda a la zanja; pero por causas que no comprendimos, el oficial [...] invitó a los prisioneros para que saltaran la zanja. […] El doctor Aguilar se situó al norte: vestía gabán y pantalón de paño de color azul turquí y sombrero negro de fieltro; el señor Morales ocupó el centro: vestía levita y pantalón negros, chaleco de paño y sombrero de fieltro de color carmelita; el coronel Hernández se colocó al sur: vestía dolmán con alamares y pantalón gris y sombrero de suaza. [...] Vimos que Aguilar cayó de bruces y que pudo voltearse dando la espalda al suelo; Morales cayó de espaldas por el balazo que le destrozó la cabeza en la sien izquierda; Hernández se desplomó sobre el último; pero logró incorporarse por un instante para caer boca arriba con el brazo derecho extendido en ademán de imponente indiferencia. [... ] Aguilar fue el último que murió después de penosa agonía; le despedazaron la frente y la mano derecha, en la que le destruyeron los dedos pulgar, índice y cordial. Terminada la ejecución regresó el batallón [... ] dejando los tres cadáveres en la posición en que quedaron al expirar, bañados en su propia sangre y manchados con el lodo del sitio donde cayeron 13.

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Ediciones de las Reminiscencias de José María Cordovez Moure.

Pero si la exuberancia de detalles en algunos de sus relatos es el condimento preciso, en sus crónicas rojas llega, en muchas ocasiones, a la descripción morbosa, como se ve en este trozo de Custodia o la emparedada, sobre una criada a quien su ama, celosa por su belleza y mejor suerte, decidió emparedar viva en la misma casa, luego de someterla a numerosas torturas, que el autor se regodea en describir:

Cuando aquella nueva Medea creyó que la muchacha tendría más alientos para sufrir, se puso a sacarle uno a uno, todos los dientes y muelas, y para ello se sirvió de unas tenazas de las que usan los zapateros. No satisfecha aún aquella infame furia con el hecho, quemó a la infeliz con planchas calientes, todas las articulaciones, las costillas y la columna vertebral; y como si aún no fuera suficiente, le cortó las orejas y le abrió la boca hasta los oídos 14.

Pero a pesar de este tipo de abusos, las crónicas rojas de Cordovez Moure son interesantes y entretenidas, así no constituyan páginas literarias. En general, su prosa ha sido considerada desaliñada. Como dijera uno de sus críticos, Baldomero Sanín Cano: "A las virtudes de llaneza o claridad en el estilo, no se agregan las de distinción o elegancia". Por su parte, Elisa Mújica, estudiosa de Cordovez Moure, explica el ambiente literario de esa época: "En 1891, cuando empezaron a escribirse las Reminiscencias, los gustos habían cambiado en España y en América y la preocupación por las formas era la que se imponía. En Colombia, sobre todo, el purismo se exageró a la sombra del genio de Cuervo y llegó hasta crear un estéril fanatismo gramatical. De ahí que Cordovez, con su manera campechana que pocas veces se eleva, porque cuando lo intenta cae en ingenuidades que llevan a sonreír, fuera muy criticado en su época por algunas incorrecciones de estilo, no obstante el éxito y la popularidad indudables de su obra. Hoy, sin embargo, se le perdonan fácilmente esas pequeñas incorrecciones".

Por su parte, Cordovez Moure, en sus Recuerdos autobiográficos, se reconoció mal alumno de gramática, y con el mismo desenfado con que escribía sobre todo respondió a sus críticos gramaticales:

Sin pretensiones a constituirnos autoridad, sospechamos que el estudio de la gramática es de lo más difícil. Se necesita, como sucede con las matemáticas, tener decidida vocación para ello. Los grandes como Cervantes, Moliére, Shakespeare, Goethe, Dante, Camoens y muchos otros no se ajustaron a las reglas gramaticales en las producciones que los inmortalizaron. Los eruditos en la materia sacrifican la inspiración a la forma 15.

Porque no quiso serlo, o porque no pudo, don Pepe no fue "el memorable novelista de aquella Santafé decimonónica" 16, Tuvo en sus manos cientos de historias, sobre todo de la crónica roja, que le hubieran dado tema para escribir cuentos o novelas; y sin embargo, la acción de los capítulos que alcanzó a publicar de su novela Claro de luna, a principios de siglo en el periódico bogotano El Comercio, transcurre en Venecia y no en la Santafé que tan bien conocía, lo que constituye un gran desacierto como narrador de ficción.