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El joven José María
Cordovez Moure. |
Del crepé y
la muselina
a las acciones heroicas
Crónicas de José María Cordovez
Moure
EMMA ARCILLA Y AMPARO LOTERO
Reproducciones: William Núñez,
Liana Trujillo y archivo Fondo Cultural Cafetero
TABLA DE CONTENIDO:
INTRODUCCION
EL CONTADOR DE COMO SE BAILABA, SE VESTIA, SE COMIA Y OTROS
ACONTECERES PROSAICOS
MORALISTA
DE BUEN HUMOR
"LOS CRIMENES DE DON PEPE CORDOVEZ"
SU VIDA, SU MEJOR ESCUELA
DE LAS GRANDEZAS Y FLAQUEZAS
UNA OBRA PARA LA HISTORIA
Las viejas casonas y
calles empedradas que reposan como frías reliquias en la Bogotá de hoy reviven a través
de personas y sucesos, al leer los amenos relatos de ese prolífico escritor del siglo
pasado que fue José María Cordovez Moure.
El territorio comprendido entre los
fenecidos ríos de San Francisco y San Agustín, La Candelaria y el puente de San
Victorino, y los arrabales de Egipto, Las Cruces y Las Nieves, constituye el escenario
principal de grandes acontecimientos políticos y menudos hechos domésticos, de las
flaquezas y grandezas que forman parte de la historia capitalina que transcurre por las
páginas de las Reminiscencias de Santafé y Bogotá.
Si Cordovez Moure fue un cronista, un
historiador, un periodista o un literato o a qué género pertenecen sus escritos,
aspectos en los cuales se han ocupado sus estudiosos y críticos, es cuestión que queda
transcendida al considerar la verdadera dimensión de sus relatos, como se verá a lo
largo de este trabajo. Porque don Pepe, como lo llamaban sus coetáneos, fue de todo un
poco en su recorrida y agitada existencia. Su obra es, ni más ni menos, el producto de
una época marcada por las más variadas contradicciones, y en ello radica buena parte de
la riqueza de sus escritos, a la que se suman sus cualidades de observador y su curiosidad
a veces morbosa, unidas, si no a un depurado estilo literario, sí a una agradable y
deliciosa manera de escribir y de contar.
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Colegio San Bartolomé en
la Calle de la Academia en 1840.
José María Cordovez Moure hizo parte de los 40 liberales
voluntarios que el 4 de febrero de 1862 defendieron este edificio
del ataque de la conservadora guerrilla de Guasca.
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Sin lugar a dudas fue don Pepe un
excelente conversador, para escribir como lo hizo. Participó asiduamente en las tertulias
de la librería Americana, adonde se dirigía cada tarde al salir de su oficina. De este
buen conversador dijo el historiador Luis Augusto Cuervo: "Todo lo averiguaba, a todo
le buscaba causa y efecto, y luego su imaginación se soltaba en corrillos y visitas,
exageraba lo sabido, inventaba lo poco que ignoraba y nadie se quedaba sin gozar de su
admirable dicción, del comentario irónico y de la sugestión casi siempre acertada"
1.
Fue don Pepe un escritor tardío. En
1891, a la edad de 56 años, publicó su primer artículo en el periódico El
Telegrama. Hasta entonces no se le había ocurrido escribir para el público. Esta
incursión periodística, tan inesperada como fructífera, la cuenta así don Pepe:
El 17 de julio de 1891 se presentó
[Jerónimo] Argáez con aire afanoso en el Capitolio, en busca de noticias para El
Telegrama, que debía salir al día siguiente.
Hoy hace 40 años le
dijimos que al frente de este edificio fusilaron a Russi y demás compañeros.
Escribanos esa historia
nos replicó; pero como le objetáramos nuestra incompetencia a la vez que nuestra
dificultad para escribir de una manera legible, aceptó la galante oferta que le hizo el
inteligente joven Alejandro Vega para escribir lo que le dictáramos.
Terminada la tarea llegó el momento
de poner título al escrito hecho "a la diabla"; pero como vaciláramos en ello,
Vega puso el encabezamiento de Reminiscencias. De manera que, concretando la
cuestión, diremos que Argáez "inventó el instrumento"; nosotros soplamos la
flauta, que sonó por casualidad; Vega bautizó el escrito, y Marroquín Fallon y Pombo
declararon que "la bacía de barbero era yelmo de Mambrino".
Al pregonar los muchachos en las
calles El Telegrama, anunciaban los crímenes de don Pepe Cordovez! 2
Cordovez Moure empezó a escribir
regularmente en El Telegrama, y dos años más tarde, en 1893, se publicó el primer tomo
de los ocho que constituyen el total de las Reminiscencias de Santafé y Bogotá. Allí
no solamente se recogen las crónicas publicadas en ese periódico, sino muchas otras
escritas exclusivamente para los volúmenes de su obra.
Y así, sin habérselo propuesto, no
paró de escribir durante los últimos veintisiete años de su vida. Tres días antes de
su muerte, el primero de julio de 1918, la revista Cromos publicó un trabajo suyo
titulado "Los personajes de antaño", dedicado a cuatro locos de Bogotá:
Susunaga, Chepecillo, Lasso de la Vega y Gonzalón.
Había nacido don Pepe en Popayán el 13
de mayo de 1835, en circunstancias que le ganaron el calificativo de
"inoportuno", según él mismo cuenta en sus Recuerdos autobiográficos:
Nuestro excelente padre fue asaz
aficionado a la música [
] Consecuente con esta pasión, emprendió la temeraria
labor de hacer cantar algunos coros de la grandiosa ópera Roberto el diablo, de Meyerbeer
[
] terminada la ejecución del primer acto en medio de frenéticos y prolongados
aplausos, permanecían los espectadores ansiosos de que la función ofrecida siguiera su
curso regular; pero cuál no sería el asombro de éstos cuando al levantar el telón
apareció en la escena don Francisco Villalba, y con viva emoción espetó el siguiente
discurso: "Muy respetable público: Un inesperado cuanto inoportuno asunto íntimo de
la familia obliga al anfitrión de esta hermosa fiesta a suspenderla hasta mejor ocasión,
que se presentará pronto, con motivo del bautizo del hermoso niño que en estos instantes
acaba de nacer!". De manera que desde la una de la mañana del martes 13 de mayo del
citado año de 1835, en que nació el autor de este relato, fue calificado de inoportuno e
intruso en donde no se le había invitado 3.
EL CONTADOR DE COMO SE BAILABA, SE
VESTIA,
SE COMIA Y OTROS ACONTECERES PROSAICOS
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Facsímil del prólogo
que escribió Roberto Mc Douall para la 3a. edición de las Reminiscencias. |
Aunque José María Cordovez
comenzó a escribir tardíamente, debió de adelantar apuntes en años anteriores, algo
así como un diario en el que estampara recuerdos de los hechos de los que fue testigo
presencial o que le contaban personas mayores, y los cuales seguramente matizaba con su
grandiosa imaginación. De otra manera, resulta sorprendente la exposición de tanto
detalle minucioso que caracteriza su obra, pormenores que recrea con admirable realce,
particularmente en sus crónicas costumbristas.
En este tipo de relatos, Cordovez Moure
presenta coloridos retratos no sólo del ambiente de su época, sino también de años
pasados, utilizando el sistema de comparar lo que fue con lo que era entonces Bogotá. Con
su admirable imaginación, utilizaba los recuerdos de los más viejos para escribirlos
como propios, diferenciándose poco estas narraciones de sus vivencias, que contaba con el
peculiar recurso de la primera persona del plural. Aún más: este autor se remontó a
revivir, como si hubiera estado presente, escenas de siglos anteriores, auxiliado en buena
parte de la tradición oral.
Entre sus más afamados escritos
costumbristas se encuentran
Los bailes a lo largo de diferentes épocas:
En la época a que nos referimos
[1849], todo sarao, baile o tertulia tenía, lo mismo que las comedias, tres actos que
podemos clasificar así: 1. Preparación; 2. Ejecución; y 3. Consecuencias. [
] Fijado
el día para la fiesta se enviaba con la vieja sirvienta un recado [
]:
"Recado manda a sumercé mi señá Mercedes y mi amo Pedro: que el día de su
santo los esperan por la noche con las niñas y los niños, sin falta. Que le mande sumercé
los canapés, las sillas, los candelabros, los floreros de la sala (a cada familia se
le pedía lo que hacía falta, pues por lo regular nadie tenía más de lo estrictamente
necesario). Que aquí vendrá mi amo Pedro a convidarlos y que manden las niñas para que
le ayuden "[
] Las piezas de la casa que daban al frente de la calle [
]
se arreglaban para bailar; el corredor principal se cubría con percalina para evitar
el frío, porque los cristales no estaban al alcance de los santafereños [
] Entonces
se creía que para calmar la agitación que produce el baile debían tomarse bebidas
frescas [
] se ostentaban sobre la mesa del comedor, botellones de vidrio
repletos de horchata de ajonjolí [
], agua de moras, naranjada, aloja [
]
las muchachas [. . - ] consultaban entre ellas la manera como irían a la
fiesta, y las amigas íntimas se consideraban obligadas a vestirse de la misma manera como
prueba de mutuo cariño. ... . ] El valse colombiano y la contradanza española
constituían el repertorio de los danzantes. El colombiano se bailaba tomándose las
parejas las puntas de los dedos y haciendo posturas académicas [
] La segunda
convertía a los danzantes en verdaderos energúmenos o poseídos [
] el
dueño de la casa quedaba muy gozoso de que todos se hubieran divertido a su modo, sin preocuparse
de los daños causados, porque entonces no pagaba el monigote quien lo tenía sino
quien lo daba a préstamo 4.
Pero aparte de generalidades sobre los
bailes de antaño, Cordovez Moure cuenta casos particulares, como el de un baile memorable
ofrecido, en 1860, por el "distinguido cuanto ilustre caballero" don Nicolás
Tanco Armero:
A las nueve de la noche empezaron a
llegar los invitados, desde el Presidente de la República, lo más notable y florido de
nuestra sociedad, así de nacionales como de extranjeros; [
] A las once de la
noche [
] los danzantes se entraron a las piezas destinadas al efecto y
cambiaron el vestido que tenían, por otro de fantasía. A una señal convenida de
antemano, la orquesta interrumpió el silencio [
] y como por encanto, tomó
la fiesta el aspecto más brillante y fantástico imaginable. De todas partes iban
saliendo personajes históricos entre quienes resultaban los anacronismos más curiosos [
]
5.
Sin embargo, Cordovez Moure no se limitó
a describir los bailes y las diversiones de los de alta prosapia. También fueron motivo
de su curiosidad y atención las fiestas populares, en algunas de las cuales se confiesa
espectador de cuerpo presente, a pesar de contarse entre lo más granado de la sociedad
santafereña. El siguiente es un fragmento de su crónica sobre una de las fiestas
religiosas populares en el barrio de Las Nieves, "entonces tenebroso arrabal":
Luego venían las octavas de los
barrios, empezando por las de las Nieves, por ser ésta la parroquia más antigua de
Santafé [
] Al aproximarse la fiesta se advertía movimiento desusado en
aquellas regiones, producido por el resane y blanquimento de las casas, en que se
notaba que los artífices no pecaban por habilidad en el oficio, porque, por lo general,
quedaba más blanco el suelo que las paredes; se retocaban los letreros de las
ventas y chicherías. [
] todas las casas del barrio carecían de alar, las
puertas y ventanas eran contemporáneas del Conquistador de los Muiscas, no existía
camellón sino un tremendo y desigual empedrado con altibajos. [
] Desde la
iglesia de la Tercera se empezaba a gozar de los perfumes y vapores de aquel barrio en
verdadera combustión: los ajiacos, empanadas, longanizas, morcillas, cuchucos, [
]
pólvora, aguardiente, trementina, etc., etc., etc., con todo lo demás que no podemos
referir. [
] La procesión tenía lugar por la tarde. [
] por la
noche el barrio era un encanto, aun en los sitios más recónditos. Se armaban bailes y
parrandas en casi todas las casas donde había sílfides, al compás de guitarras y
bandolas. [
] El lunes tomaba el barrio el aspecto de un lugar amenazado de
próximo asalto [
] se cercaban las calles y en todas las puertas se ponían
trincheras. [
] Se preparaban para los tres días de corridas de toros 6.
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Edición de El Telegrama,
en la que
apareció el primer artículo de José
María Cordovez Moure.
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En los relatos de
Cordovez Moure que presentan enumeración de detalles minuciosos y cuadros de costumbres
se aprecia una completa ambientación que enmarca las circunstancias en las cuales se
desenvolvieron los grandes sucesos económicos y políticos de nuestra historia. Algunas
muestras de estas ambientaciones son:
Hasta el año de 1849, época en que
puede decirse que empezó la transformación política y social de este país, se vivía
en plena Colonia. Es cierto que no había Nuevo Reino de Granada, ni virrey, ni oidores;
pero si hubiera vuelto alguno de los que emigraron en el año de 1819, después de la
Batalla de Boyacá, no habría encontrado cambio en la ciudad, fuera de la destrucción de
los escudos de las armas reales; la erección de la estatua del Libertador; la
prolongación del atrio de La Catedral y la traslación del Mono de la pila, con la
pila misma, de la plaza mayor a la plazuela de San Carlos, de donde, en definitiva se le
ha confinado al Museo Nacional como objeto arqueológico. [
] En Santafé se
vivía modesta pero confortablemente. Las casas eran de un solo piso, en lo general; todas
las piezas estaban esteradas, pues el lujo de la alfombra sólo se conocía en las
iglesias, en donde aún se conservan vestigios de tapices descoloridos, y de tanto
cuerpo, como dicen los comerciantes, que parecen colchones. El mobiliario de las salas
no podía ser más modesto: canapés de dos brazos en forma de S, sin resortes, y forrados
en Filipichin de Murcia (hoy tripe); mesitas de nogal estilo de Luis XV, en que se
ponían floreros de yeso bronceado, con frutas imitadas de los colores naturales; estatuas
de la misma materia, [
] cajones del Niño Dios, de Nuestra Señora de Los
Dolores o de algún santo, llenos de todas las chucherías y baratijas imaginables. [
]
En los rincones se colocaban pirámides de papayas, que embalsamaban la atmósfera con
su aroma, y ahuyentaban las pulgas; vitelas en las paredes (hoy cuadros o láminas) de
asuntos mitológicos o episodios de la historia
7.
Dentro de estas crónicas costumbristas,
Cordovez Moure también describe El hogar doméstico, los Espectáculos
públicos, los Asuntos religiosos y Los colegios y los estudiantes; le
dedicó líneas al vicio del aguardiente y al de la chicha, y al morfinismo, con casos
ejemplarizantes en su Delirium tremens. Además, escribió sobre obras de Beneficencia
y cárceles, amén del anfiteatro; sobre distintas Anécdotas acerca de La
vida regalona de los santafereños, Crónicas de las beatas y otras como la de Un
canónigo reventó las narices del señor Hernando Arias de Ugarte o El arzobispo
Loboguerrero dice dos misas en el mismo día. En su capitulo Pot-pourrí, en el
que debió acomodar aquellas pequeñas crónicas que se le quedaban sin contar, se
encuentran temas tan diversos como La locomoción santafereña, El servicio doméstico,
Los entierros en Santafé, La guerra civil del 40, Anécdotas sobre muertes aparentes y
otras cosillas como ésta:
Una india ladina hizo confesión de
año grande, y empezó:
Acúsome, padre, que he tenido mis
cositas.
¿Qué cositas? preguntó Su
Señoría.
Pues mis cositas replicó la
penitente.
No entiendo, mujer añadió
el padre Plata.
¡Aja!, hágase sumercé el
pendejito repuso maliciosamente la india.
El pueblo me lo conto,/ y yo al pueblo se
lo cuento,/ y pues la historia no invento,/ responda el pueblo y no yo 8.
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| Parque de San Francisco en
1886. |
MORALISTA DE BUEN HUMOR
Los relatos de Cordovez Moure se
hallan salpicados de numerosas acotaciones reprobatorias, aunque en justicia no podría
calificarse a este autor de moralista. Antes bien, si se tiene en cuenta lo pacata que era
la sociedad de Santafé, se comprenderá que en realidad no lo fue tanto. Por el
contrario, señalaba la doble moral de muchos y las componendas e intrigas que ocasiona
don Dinero.
A la faceta predicadora de don Pepe se
agrega el humor, que es casi una constante en su obra. He aquí sólo un botón para la
muestra:
Las muchachas bailan por bailar,
por no comer pavo, o por cualquier otra razón que nada tiene qué ver con asuntos
morales o filosóficos. Si se nos exigiera respuesta categórica sobre si es bueno o malo
bailar, contestaríamos como lo hizo en el examen un seminarista que en toda ocasión
ensartaba la palabra distingo. Fastidiado el obispo que lo examinaba con tan
extraña manera de argumentar, le preguntó si se podía bautizar con caldo: distingo,
le respondió nuestro polemista: con el que toma su señoría, no; con el que nos dan
en el seminario, si.
Bailar moderadamente, consultando las
conveniencias sociales, sin olvidar el respeto debido a una señorita, que en esos
momentos se confía a nuestra hidalguía, es bueno; bailar oprimiendo a la pareja, como
hace el boa constrictor que ahoga a la gacela que va a devorar, o hacer del baile un acto
de preparación para comulgar al día siguiente, es malo 9.
En Cordovez Moure el humor es sutil, bien
ensartado en su estilo desenvuelto, incluso irreverente, como se verá más adelante en la
descripción del famoso encuentro entre el general Tomás Cipriano de Mosquera y los
prelados de la Iglesia. Este genial sentido del humor de Cordovez Moure hace que en
ocasiones él mismo sea el blanco. Así, refiriéndose a una fiesta que daban los
tipógrafos de El Telegrama en las afueras de la ciudad, dice Cordovez Moure del don Pepe
entrado en años:
Pero los ladinos debieron sospechar
que nos excusaríamos de asistir al piquete por razones de incompetencia, y
apelaron al engaño para llevarnos por andurriales solitarios con detrimento de la
gravedad anexa al que ya peina abundantes canas 10.
Otras veces, lo humorístico está
presente en la anécdota misma, a la que el cronista le agrega un poco de picante para
completar el cuadro de lo que de suyo es curioso y simpático. En tal sentido apunta el
fragmento siguiente, en el que Cordovez Moure narra una función popular de teatro:
En la gallera vieja representaban
algunos artesanos aficionados la tragedia de Policarpa Salavarrieta. Todo marchaba muy
bien hasta el momento en que introdujeron el cadáver de Sabaraín a la capilla en que
estaba la Pola preparándose para morir; pero al llegar a esta escena se desencadenó la
más terrible borrasca contra Sámano y los verdugos españoles: unos pedían la cabeza de
los tiranos; otros, que los apedrearan, y los más, que se pusiera fuego a la casa, que
era de techo pajizo. La situación se puso crespa, y ya parecía inminente un
conflicto, cuando se le ocurrió al empresario la estratagema más oportuna: se presentó
en el proscenio y dirigió a los enfurecidos espectadores el siguiente discurso:
"Respetable público: En atención al justo desagrado con que se ha recibido la
sentencia que condena a Policarpa Salavarrieta a sufrir pena de muerte, el excelentísimo
señor virrey don Juan Sámano ha tenido a bien conmutarla por la de destierro a los
Llanos". Nutrida salva de aplausos acogió tan humanitaria resolución, y todos
quedaron contentos y convencidos 11.
De igual manera narró otras
situaciones a las que más bien les cabe el calificativo de tragicómicas como aquella que
desencadenó un duelo:
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Plaza de las Nieves.
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Antes del memorable 25 de septiembre
de 1828 dio un baile el Libertador. [
] Entre el cuerpo diplomático y
consular presente se contaba el cónsul general de Holanda, M. Stewart. Al sacar éste a
bailar a una señorita, dejó ella, como era de costumbre, un frasquito que contenía
esencia, y un abanico, sobre el asiento que abandonaba. Un joven oficial Miranda [
]
se sentó inadvertidamente sobre tales prendas y rompió el frasquito; visto lo cual el
señor Dunda Logan le dijo en tono de burla: prevéngase para dar cuenta de este agravio
al cónsul holandés. Miranda contestó que no tenía miedo a ese vejete, palabras que por
desgracia oyó M. Stewart, y [
] llenó de improperios a Miranda. A la mañana
siguiente envió Miranda al norteamericano coronel Johnson a pedir una explicación al
holandés, quien contestó que la daría por medio de las armas.
[
] El día después, muy
temprano, [
] se batieron a veinte pasos de distancia.[
] Miranda
tendió el brazo, y sin apuntar, disparó. [
] El doctor Ricardo Cheyne, que
estaba presente, en su calidad de médico, exclamó al ver caer desplomado a Stewart:
¡Hombre muerto! 12.
Este sentido del humor desaparece por
completo en algunos capítulos en los que Cordovez Moure presenta ciertos sucesos
históricos. Se torna entonces grave y hasta solemne, como en aquella parte en la que
narra el fusilamiento del general Barreiro y demás oficiales del ejército realista luego
del triunfo definitivo del ejército libertador.
"LOS CRIMENES DE DON PEPE CORDOVEZ"
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Antiguo Camellón de las
Nieves otrora "tenebroso arrabal"
como lo llamó Cordovez Moure en una crónica que escribió
sobre él.
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Don Pepe se destacó en sus
crónicas rojas, producto tal vez de "la tenaz y cruel curiosidad de presenciar
ejecuciones capitales" en la plaza de Bolívar, según su propia confesión.
No fue mera casualidad que su primer
trabajo, publicado en El Telegrama, hubiera sido el de Juicio y ejecución de José
Raimundo Russi y demás compañeros. Tanto éxito tuvo este primer artículo que le
abrió las puertas de El Telegrama y el apetito de escribir, y su afición a hacerlo sobre
crímenes, robos, saqueos, asesinatos, asaltos, envenenamientos, Crímenes célebres y
Episodios sangrientos, que profusamente mojan las páginas de sus ocho volúmenes y
particularmente del primero, publicado en 1893, en el cual dieciséis de veinte capítulos
se refieren a estos temas.
También en este tipo de crónicas,
Cordovez Moure hace gala de sus cualidades de gran observador, transferidas a sus escritos
en insignificantes detalles, como los que cuenta en la crónica del fusilamiento de
Aguilar, Morales y Hernández, el 18 de julio de 1860 (escrita por lo menos veinticinco
años después del suceso):
De repente se presentó a caballo el
general Bohórquez, se acercó al coronel Piñeres y le dijo algo muy grave, porque éste
hizo un movimiento de sorpresa, acompañado de un gesto de horror. [
] Al
occidente de dicha plaza había una zanja de un metro de anchura, llena de agua cubierta
de plantas acuáticas, a distancia de cuatro o cinco metros de la pared,[
] de
manera que entre la zanja y la pared había un andén sin empedrar. Hacia este sitio
condujeron a los prisioneros y los colocaron dando frente al oriente y la espalda a la
zanja; pero por causas que no comprendimos, el oficial [...] invitó a los
prisioneros para que saltaran la zanja. [
] El doctor Aguilar se situó al
norte: vestía gabán y pantalón de paño de color azul turquí y sombrero negro de
fieltro; el señor Morales ocupó el centro: vestía levita y pantalón negros, chaleco de
paño y sombrero de fieltro de color carmelita; el coronel Hernández se colocó al sur:
vestía dolmán con alamares y pantalón gris y sombrero de suaza. [...] Vimos que Aguilar
cayó de bruces y que pudo voltearse dando la espalda al suelo; Morales cayó de espaldas
por el balazo que le destrozó la cabeza en la sien izquierda; Hernández se desplomó
sobre el último; pero logró incorporarse por un instante para caer boca arriba con el
brazo derecho extendido en ademán de imponente indiferencia. [... ] Aguilar fue el
último que murió después de penosa agonía; le despedazaron la frente y la mano
derecha, en la que le destruyeron los dedos pulgar, índice y cordial. Terminada la
ejecución regresó el batallón [... ] dejando los tres cadáveres en la posición en que
quedaron al expirar, bañados en su propia sangre y manchados con el lodo del sitio donde
cayeron 13.
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Ediciones de las
Reminiscencias de José María Cordovez Moure.
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Pero si la exuberancia de detalles
en algunos de sus relatos es el condimento preciso, en sus crónicas rojas llega, en
muchas ocasiones, a la descripción morbosa, como se ve en este trozo de Custodia o la
emparedada, sobre una criada a quien su ama, celosa por su belleza y mejor suerte,
decidió emparedar viva en la misma casa, luego de someterla a numerosas torturas, que el
autor se regodea en describir:
Cuando aquella nueva Medea creyó que
la muchacha tendría más alientos para sufrir, se puso a sacarle uno a uno, todos los
dientes y muelas, y para ello se sirvió de unas tenazas de las que usan los zapateros. No
satisfecha aún aquella infame furia con el hecho, quemó a la infeliz con planchas
calientes, todas las articulaciones, las costillas y la columna vertebral; y como si aún
no fuera suficiente, le cortó las orejas y le abrió la boca hasta los oídos 14.
Pero a pesar de este tipo de abusos, las
crónicas rojas de Cordovez Moure son interesantes y entretenidas, así no constituyan
páginas literarias. En general, su prosa ha sido considerada desaliñada. Como dijera uno
de sus críticos, Baldomero Sanín Cano: "A las virtudes de llaneza o claridad en el
estilo, no se agregan las de distinción o elegancia". Por su parte, Elisa Mújica,
estudiosa de Cordovez Moure, explica el ambiente literario de esa época: "En 1891,
cuando empezaron a escribirse las Reminiscencias, los gustos habían cambiado en
España y en América y la preocupación por las formas era la que se imponía. En
Colombia, sobre todo, el purismo se exageró a la sombra del genio de Cuervo y llegó
hasta crear un estéril fanatismo gramatical. De ahí que Cordovez, con su manera
campechana que pocas veces se eleva, porque cuando lo intenta cae en ingenuidades que
llevan a sonreír, fuera muy criticado en su época por algunas incorrecciones de estilo,
no obstante el éxito y la popularidad indudables de su obra. Hoy, sin embargo, se le
perdonan fácilmente esas pequeñas incorrecciones".
Por su parte, Cordovez Moure, en sus Recuerdos
autobiográficos, se reconoció mal alumno de gramática, y con el mismo desenfado con
que escribía sobre todo respondió a sus críticos gramaticales:
Sin pretensiones a constituirnos
autoridad, sospechamos que el estudio de la gramática es de lo más difícil. Se
necesita, como sucede con las matemáticas, tener decidida vocación para ello. Los
grandes como Cervantes, Moliére, Shakespeare, Goethe, Dante, Camoens y muchos otros no se
ajustaron a las reglas gramaticales en las producciones que los inmortalizaron. Los
eruditos en la materia sacrifican la inspiración a la forma 15.
Porque no quiso serlo, o porque no pudo,
don Pepe no fue "el memorable novelista de aquella Santafé decimonónica" 16, Tuvo en sus manos cientos de
historias, sobre todo de la crónica roja, que le hubieran dado tema para escribir cuentos
o novelas; y sin embargo, la acción de los capítulos que alcanzó a publicar de su
novela Claro de luna, a principios de siglo en el periódico bogotano El Comercio,
transcurre en Venecia y no en la Santafé que tan bien conocía, lo que constituye un gran
desacierto como narrador de ficción.
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