"Cada generación debería traducir a los clásicos", decía Valéry


Fausto
J. W. Goethe.
Traducción de Teodoro Llorente
Ediciones Tercer Mundo, Bogotá, 1986. 195 Págs.


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¿Puede justificarse la reedición de una obra clásica como Fausto, en versión poética de hace más de un siglo? Para Eduardo Gómez, quien escribe el texto de la solapa de la edición colombiana de la obra de Goethe, "en la traducción en verso de Teodoro Llorente, aparecida en España en 1882 [por fin] encontramos un texto poético equivalente en español al original en alemán, al menos tanto como lo permiten las máximas posibilidades de una traducción tan difícil". Si el juicio no fuese un desacierto más del poeta y profesor colombiano, habituado a hablar siempre en hipérbole, tendríamos que aplaudir el rescate de una versión de tanto mérito. Otro traductor de Fausto en verso español, Norberto Silvetti Paz, no encuentra aquellos méritos en la versión de Llorente: ". . . a ratos me pareció, me ha parecido siempre, de una significativa comicidad". Una comparación entre las dos traducciones, la del siglo pasado y la de nuestros días, y ambas con el texto alemán, nos inclina a pensar que la segunda logra acercarse más a las virtudes literarias y al espíritu de la obra de Goethe.

Teodoro Llorente, poeta romántico catalán, traduce la primera parte de Fausto (no tenemos noticia de que hubiese intentado la aventura de traducir la segunda), con el propósito de ofrecer una versión que se ajustara a la tradición de la dramaturgia española, procurando así "darle sabor verdaderamente castellano". Por eso escribe en el prólogo: "Mi propósito ha sido dar carta de ciudadanía en nuestra patria literatura a la gran creación de Goethe; y entiendo que para ello no basta poner en palabras castellanas, elegantes y significativas, lo que escribió en lengua germánica el insigne vate: hay que acomodar la expresión a la índole peculiar de nuestra poética" (Pág. 27). El resultado es necesariamente una falsificación. Las traducciones posteriores de Silvetti Paz (como la de Llorente, sólo de la primera parte) y de José María Valverde (ésta sí completa), "renuncian" a hacer de Fausto una obra española, prefiriendo versiones rítmicas, pero sin forzarlas a los metros de nuestra preceptiva clásica, a través de las cuales puedan entreverse las cualidades poéticas de la obra original. La reverencia de los traductores contemporáneos frente al texto alemán les permitió realizar versiones que indudablemente no están a la altura del original pero que son mucho más fieles al texto goethiano que la del poeta catalán.

Los propósitos de ajustar la traducción a los cánones de la dramaturgia española explican (¿justifican acaso?) las añadiduras y las tachaduras de que abunda la versión de Llorente. Esas libertades que se permite en su intento de españolizar el Fausto, lo conducen a violentar tanto el texto, que en ocasiones nos ofrece más bien creaciones suyas que poco tienen que ver con la obra de Goethe. La escena "Campesinos bajo los tilos" es un buen ejemplo del arte de traducir del poeta catalán, donde su imaginación hace gala, no de nivelarse al texto original, sino de sólo aceptar de éste un motivo de versificación propia.

Pero a más de cien años de haber realizado Llorente su traducción, parecería necio, o al menos inoportuno, intentar un análisis de los aciertos —que indudablemente tiene— y de los desaciertos de esta "españolización" de la genial tragedia alemana. No podría olvidarse que esa versión se ajusta a la sensibilidad estética de la época, y que esas libertades que se permite fueron comunes a otros traductores contemporáneos suyos. Pero, por esa misma razón, el Fausto que nos ofrece Llorente está muy alejado del rigor filológico que exigiría una traducción moderna, de la sensibilidad poética actual y sobre todo del espíritu de la obra de Goethe. Las traducciones de Silvetti Paz y de Valverde, en verso libre, superan indudablemente la del siglo XIX.

Tal vez era Valéry quien consideraba que toda generación debiera traducir de nuevo a los clásicos de la literatura. Toda generación al menos tiene derecho a su propia lectura —y traducir es leer. La nuestra, naturalmente, a versiones que no estén sometidas a los rigores de la poética clásica. Por eso versiones como la de Llorente, o la de Virgilio por Caro, o la de Homero por Gómez Hermosilla o la de Dante por Mitre, son para leerse con una visión histórica de nuestra propia tradición literaria o, mejor, de la manera como ésta tradición ha venido asimilando los grandes textos clásicos, y no ciertamente para iniciar contacto con esos clásicos. El hecho de que Teodoro Llorente se hubiese propuesto verter el Fausto de acuerdo con "la índole peculiar de nuestra poética", es ya colocar un obstáculo en la comprensión de la obra de Goethe. Un obstáculo que paradójicamente proviene de las intenciones de facilitar su lectura ofreciendo una "obra española". Por eso no entendemos una reedición popular cuando en el mercado existen otras traducciones más rigurosas, sin que alcancen —hay que repetirlo, para no inducir a engaño— "en español al original en alemán".

La traducción que se publica ahora en Colombia fue hecha en verso de diferentes metros. La doble columna que se adoptó para su impresión produce un efecto catastrófico en la captación visual del verso, pues cuando éste es de arte mayor, como el endecasílabo o el alejandrino, los editores se ven obligados, ante la imposibilidad de acomodarlos completos en la columna respectiva, a dividirlos arbitrariamente, sin tener en cuenta las normas tipográficas universalmente reconocidas. "Cuando un verso largo no cabe en una línea, el sobrante se dobla a la línea posterior, colocada al final precedida de corchete abriendo" (José Martínez de Sousa, Diccionario de tipografía y deI libro). La edición colombiana simplemente traslada el sobrante a la siguiente línea, como si se tratara de un nuevo verso. La "Dedicatoria", traducida por Llorente en alejandrinos, o el "Prólogo en el cielo", traducido en endecasílabos, pueden servir de ejemplos del atropello tipográfico que anotamos.

Que la industria editorial colombiana se decida a incorporar en sus fondos obras de la literatura universal, es una iniciativa que indudablemente merece aplausos. Pero hay algo al respecto que no comprendemos en los programas editoriales del país: la reedición de traducciones sin ninguna introducción explicativa, que por sus deficiencias ya han sido sustituidas en el mercado internacional por nuevas versiones que se ajustan a métodos lingüísticos y filológicos más rigurosos. ¿No muestra esto acaso la falta de dirección intelectual en los programas editoriales colombianos?

RUBEN SIERRA MEJIA