Antirreseña prolibro sobre antipoesía


La sátira y la antipoesía de Luis Carlos López
James J. Alstrum
Banco de la República, Colección Bibliográfica, Bogotá, 1986, 234 páginas.


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Conocí al señor James J. Alstrum en Medellín, durante una cena a la cual tuve el poco tacto de invitar a un par de jovencitos mal educados. Por lo tanto, no conocí al señor James J. Alstrum. Uno de esos jovencitos publicará próximamente su primer libro de poemas: un bello e interesante libro, que haré llegar de mi parte al señor James J. Alstrum.

James J. Alstrum no corresponde a la idea latinoamericana del gringo que trata el mundo a las patadas, ése que se arroga escandalosamente el derecho de imponer sanciones a los otros países, como si el mundo fuera una escuela y Reagan la señorita directora. J. J. Alstrum es el intelectual desprevenido y sencillo que a la ciencia suma la sabiduría. Si va a un país y ve una pirámide, no quiere llevársela en seguida para Estados Unidos, sino que la aprecia donde está y entiende que fue construida desde hace siglos para la gente de ese lugar. Sin embargo, vino a Colombia y vio una muchacha bonita y se la llevó para su país y se casó con ella y sus hijos le salieron mitad rubios y mitad ecuatoriales.

En una conferencia que tenía toda la seriedad y la densidad de un profesor del Departamentode Lenguas Extranjeras (¡Lenguas extranjeras!) de la Universidad del Estado de Illinois, J. J. Alstrum presentó en la B. P. P. su libro La sátira y la antipoesía de Luis Carlos López ante un auditorio que se define contra lo académico, siendo de admirar el vasto conocimiento del autor sobre la literatura de lengua española, y la extensa y minuciosa labor de investigación que realizó con miras a este trabajo: uno de los estudios mejor documentados y más profundos y exhaustivos que se hayan compuesto sobre Luis Carlos López, escrito en español con precisión inglesa.

Ir de país en país, de ciudad en ciudad, de biblioteca en biblioteca, de casa en casa, de persona a persona, reunir materiales, estudiarlos, cotejarlos, despejar incógnitas, sacar conclusiones, todo ello sin perder el buen humor ni la paciencia, no para lucrarse sino para contribuir al esclarecimiento de los rumbos de la poesía en la literatura hispanoamericana, es un heroísmo que debemos agradecer, ya que entre nosotros son escasísimos quienes deciden hacer una cosa así. Lo hizo Fernando Vallejo para su excelente biografía de Porfirio Barba-Jacob, pero ese fue indudablemente un caso excepcional. Hablar con los familiares, descendientes y amigos de un escritor o un poeta, sobre todo con la esposa y los hijos, no es muy reconfortante. Uno ve que nunca entendieron nada, que no se dieron cuenta de nada, que el pobre hombre estuvo solo entre ellos, expuesto a que lo mandaran al manicomio con las mayores muestras de conmiseración y desprecio.

Alejandro García Enríquez es un poeta nariñense. Su mujer y su suegra se consultaron entre sí y decidieron aplicar el único remedio poderoso para la locura de escribir. En una noche de brujería quemaron en el patio los manuscritos de toda su vida. Alejandro García se puso muy triste y se enfermó, porque la vida de un poeta está en sus versos. Su hijo Alejandro García alcanzó a rescatar algunas hojas chamuscadas. En aquella casa de Sandoná fue el único que entendía que esas hojas eran parte de su padre. Luego todo se aclaró: Alejandro García hijo también es poeta. Y dicen ustedes: ¿Qué clase de antirreseña es esta? ¿Qué tiene que hacer aquí Alejandro García? Es que yo soy un túnel por el cual Alejandro García sale de su pasado buscando la luz de una página impresa:

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La carretera de Lucrecio

—Diga, chofer,
su nombre,
el nombre del lugar
y cómo sucedió el accidente.

—Señor Juez,
mi nombre es Lucrecio
y el lugar se llama:
"La Vuelta del Silencio".
Toda la vía está sin pavimento
y la banca se fue de repente:
es una banca
que no tiene cuatro metros.
La llanta
trasera
no salvó el peligro
y con media carretera
nos fuimos al abismo.

Y ciertamente así
sucedió el accidente.

Ayer
en horas de la tarde
sepultaron a Ruperto
el ayudante
con los otros muertos.

El chofer
está preso.

Pero no es culpa de Lucrecio
que la condenada vía
no tenga cuatro metros
y esté completamente abandonada
sin conservación ni pavimento.

En la hojarasca luce
solitaria y ausente
una cruz empolvada,
mensaje de la muerte.

En "La Vuelta
del Silencio".

Para quien no haya entendido qué fue lo que pasó, tengo que decir que este es un antipoema. Y en eso estábamos. Cómo toda la poesía se convirtió en antipoesía es lo que pretende demostrar J.J. Alstrum en su libro, y eso a mí personalmente me parece muy bien, porque nunca me han gustado la poesía, ni la literatura ni los poetas, sino la antipoesía, la antiliteratura y los antípodas.

Teníamos mucha esperanza en nuestra generación, y después la tuvimos en la generación siguiente, pero cuando cada generación llega al poder continúa exactamente con los mismos vicios de la anterior, que tanto criticaba, aunque sólo mientras se adueñaba de los mecanismos, de modo que cada día tenemos que decir que las cosas van un poco peor.

Luis Carlos López inició una poesía de crítica social que después fue seguida por otros poetas, ninguno de los cuales podía tirar la primera piedra, porque así es la condición humana. Cuando alguien da sermones sobre la honradez podemos estar seguros de que se trata de un pícaro. El que es honrado se limita a ser honrado y no tiene nada qué agregar.

Por ser eminentemente crítica, la poesía de Luís Carlos López fue mantenida de lado y aún hay quien escribe ensayos para demostrar que esa poesía no critica nada, sino que es apenas risueña y condescendiente.

La tesis central del libro de J. J. Alstrum es la de que la antipoesía se inicia con Juan Ruiz, el Arcipreste, y que el primer antipoeta hispanoamericano es Luis Carlos López, seguido por Nicanor Parra y los antipoetas de hoy. En desarrollo de esa tesis, el autor construye un libro tan complejo y bien entramado como una novela, y tan convincente como es la obligación de todos los que exponen teorías.

Hay, sin embargo, en aspectos colaterales, afirmaciones discutibles, como aquella de que las dos vertientes más importantes de la actual lírica hispanoamericana son la antipoesía de Nicanor Parra y la poesía conversacional de Ernesto Cardenal, con lo cual colocamos a la izquierda toda la poesía contemporánea, no dejándole a la derecha ni un miserable verso, con olvido de que la poesía llamada conversacional se origina en el Brasil, sin propósito político, mucho antes de Ernesto Cardenal, y contribuyendo así a dividir más el mundo en dos bandos, en tanto Mao promulgaba su célebre consigna "Que la derecha sirva a la izquierda".

Otra afirmación discutible de este estudio es la que fija el colapso del movimiento nadaísta en 1968, pero no explica cómo, aunque después de esa fecha aparece la revista Nadaísmo 70, que llegó a vender treinta mil ejemplares, ¡en pleno colapso!

En fin, objeciones grandes y pequeñas se formulan, desde luego, a cualquier tesis. Las pequeñas no nos deleitan, y no es una simple nota el espacio apropiado para establecer la crítica de la crítica.

Yo aconsejo a mis muchachos 1: cuando agarren a un lector no lo suelten, porque los lectores están muy escasos. Pero para eso hay que tener habilidad y fuerza, ¿sabe? Llevar al lector de sorpresa en sorpresa.

Es lo que hace J. J. Alstrum con un servidor. Desde que asoma la primera página se saca por la uña la magnitud del león. La sátira y la antipoesía de Luis Carlos López se constituye en obra fundamental de nuestra bibliografía crítica, escrita por un colombianista de los Estados Unidos de Norteamérica.

No todo es el manejo especulativo de la cosecha cafetera en la Bolsa de Nueva York.

JAIME JARAMILLO ESCOBAR

NOTAS:

1 Alvarez Gardeazábal se refiere a los coordinadores de talleres en Medellín como a "capos" de la literatura.