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| Virginia Gutiérrez
en 1945. |
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Virginia Gutiérrez de Pineda:
una vida de pasión,
investigación y docencia
Parte
1
Parte 2
MARTHA CECILIA HERRERA C.
Socióloga e historiadora
CARLOS ALFONSO LOW P.
Sociólogo
Fotografías y
reproducciones: Aldo Brando León
Parte 1
Virginia Gutiérrez de Pineda nació en
Socorro (Santander), estudió en el Instituto Pedagógico Nacional e ingresó en la
Escuela Normal Superior (1940-1944), institución decisiva en su formación, donde
estudió ciencias sociales y etnología. Pionera en los trabajos sobre la familia en
Colombia y de antropología médica, sus invaluables aportes han sido reconocidos
ampliamente por el mundo intelectual. Se ha hecho merecedora al otorgamiento por el
gobierno nacional de las condecoraciones Camilo Torres, Orden Presidencial del Mérito y
medalla al mérito Ester Aranda. Sus treinta años de cátedra universitaria han sido
coronados con la categoría de Profesora Honoraria de la Universidad Nacional. La presente
entrevista forma parte del archivo oral de la investigación "La Escuela Normal
Superior: 1936-1951", que los autores realizan para la Universidad Pedagógica
Nacional.
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Virginia Gutiérrez
en 1987. |
Después de largos días de espera,
por causa de las múltiples tareas de Virginia Gutiérrez de Pineda, mujer prodigiosa que
ha sabido combinar sabiamente las funciones de esposa, madre, ama de casa, investigadora,
docente y conferencista en los más importantes foros internacionales y nacionales sobre
la mujer, hemos llegado a su casa, proyectada con una arquitectura particular, en donde se
advierte la mano del antropólogo en la réplica de diseños indígenas. A través de una
distribución espacial de varios niveles, ascendemos a su estudio y, rodeados de su
extensa biblioteca, iniciamos en medio de la penumbra esta cálida charla.
Virginia, quisiéramos que nos contara
sobre su formación intelectual y su trayectoria, los motivos que la llevaron a vincularse
a la Escuela Normal Superior y el significado que esta institución tuvo en su vida.
Parece que el doctor José Francisco
Socarrás iba a los colegios de bachillerato buscando personal idóneo para realizar su
proyecto. Entonces las mujeres que queríamos seguir carrera y que en esa época
encontrábamos la universidad cerrada a estas aspiraciones, recibimos información de que
podíamos estudiar en la Escuela Normal Superior, donde existía desde 1936 la
coeducación. Yo dudaba mucho entre matemáticas, ciencias sociales o medicina, porque el
bachillerato es todero. Era muy buena en matemáticas, pero sin una consejería académica
no sabía qué camino coger. Entonces Ester Aranda, la directora del Instituto Pedagógico
Nacional, donde hice mi bachillerato que era una mujer muy inteligente y muy
graciosa, me dijo: Las ciencias sociales son las ciencias del porvenir. No se ha
empezado a estudiar al hombre ni a las sociedades. Estas son disciplinas nuevas. Además,
a matemáticas no ingresan sino mujeres muy feas (era el concepto entonces). A ella le
pareció que no estaba tan feíta para estudiar sociales; por lo tanto, me sentí halagada
por esas dos razones y me metí a estudiar sociales sin saber qué futuro me esperaba.
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| Virginia Gutiérrez
de Pineda. |
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Nos seleccionaron a unas tres, y yo,
ni corta ni perezosa, aproveché la ocasión. En la Normal Superior me encontré muy a
gusto, ya que no sentí la transición entre un bachillerato estricto y muy exigente y
esta institución rigurosa y de alto nivel académico. Además, para tranquilidad de
nuestros padres, que veían a sus niñitas de provincia en la ciudad y por primera vez
metidas con señores, era una garantía la figura de Socarrás, porque Socarrás, pese a
los detractores que tuvo, era la figura más sacra en el respeto dentro de la relación de
los sexos. Fue él quien nos enfiló hacia el camino de la amistad del hombre y la mujer,
porque en esa época la mujer tenía o novio, o amante, o hermanos, padres o hijos, pero
no podía tener amigos. Al llegar a la Normal y encontrar compañeros con los que no
teníamos atracción de sexo ni de parentesco, se nos creó un nuevo lazo, un nuevo
territorio afectivo. Nos dimos cuenta de que con el hombre se podía dialogar, discutir,
competir, y así lo hicimos.
Competimos, nos quisimos, nos apreciamos y
nos respetamos. Después vino el reto académico, pues las calificaciones eran sumamente
estrictas. Se necesitaba 3,6 para poder pasar. Llegar a cinco, ¡olvídese! Cuando más,
llegábamos a 4,8, y era con trabajo teórico, práctico y de investigación. Nosotros
tuvimos que aprender a enseñar y a investigar. Socarrás recalcaba que uno no podía ser
como el Catecismo del padre Astete, siempre la misma pregunta, siempre la misma respuesta:
"¿Sois cristiano?". "Sí, por la gracia de Dios". ¡No! Uno debe
hacer siempre nuevos programas de clase. Por eso yo me acostumbré tanto, que en la
Universidad Nacional presentaba unas guías de cátedra cada año y las quemaba en
diciembre, para hacer unas nuevas el año siguiente; de otro modo, uno se siente como un
disco cantando el mismo bolero.
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Detalle del retrato que
Roda hizo a Virginia Gutiérrez en 1965. |
¿Cómo podría definir la orientación en
los contenidos de las ciencias sociales en las que ustedes se formaron?
Nosotros tuvimos la suerte de recibir una
formación que nos vino directo de Europa. En ese momento era más teórica, no tan
empírica como la que recibí posteriormente en la Universidad de Berkeley, en California,
en donde el hecho tenía que dar respaldo a lo que usted hipotetizara. En la Normal
tuvimos la influencia de la escuela francesa en etnología, más filosófica, más para
lucubrar, racionalizar y sugerir que para demostrar, y empezamos a voltear los ojos hacia
el país, ya que en el bachillerato sabíamos más de Europa, Asia, Africa y Oceanía y
poco de Colombia. Yo tuve una buena formación en el Pedagógico; de tal manera que cuando
entré a la Normal Superior ya muchas cosas las sabía. Pero para la época estos
planteamientos eran nuevos, no sólo los contenidos sino la metodología. Por ejemplo en
la geografía, el profesor Pablo Vila nos enseñó la asociación entre lo físico y el
hombre; cada pueblo con un hábitat determinante de sus actividades; la vinculación entre
el clima, la fisiografía y la vegetación, y todo con la producción humana. En este
sentido, se veía la geografía en forma dinámica y lógica, y no como lista de lugares y
productos. En historia empezamos no a ver fechas, nacimientos, muertes, matrimonios ni
nombres de héroes, sino pueblos en movimiento.
¿Quién les dictaba historia?
El profesor Rudolf Hommes, inolvidable, nos
dio historia y economía. Nos abrió un mundo que nosotros no entreveíamos antes; por
ejemplo, lo que era el pueblo romano en su dinámica; lo que fue la cultura griega; la
Edad Media nos la hizo vivir, nos la entregó activa y atractiva. Luego nos dio teoría de
las doctrinas económicas, lo que ensamblaba una cosa con la otra. Nos dieron sociología
por primera vez, con Martínez. También etnografía, que nos permitía ya no ver las
comunidades de afuera sino lo que estaba ocurriendo aquí. Vino el profesor Justus
Wolfrang Shottelius, investigador y sabio. Con estos y otros profesores, una se sentía en
una atmósfera nueva, aunque muy discriminada socialmente, porque las ciencias sociales y
la Escuela Normal Superior no tenían el prestigio que luego sus obras les dieron. La
Escuela fue aislada por los gobiernos conservadores, porque allí se practicaba la
coeducación y porque cuestionábamos todo el tradicionalismo la colonia,
propiamente y además porque su gestor y director había sido un hombre con ideas de
izquierda, abierto a todos los influjos: José Francisco Socarrás.
Haciendo un paralelo, yo veo que en el
alboroto de la universidad colombiana en la década del sesenta faltó una enseñanza
seria, científica y racional que les diera a los estudiantes "peso en la cola";
es decir, ciencia y reflexión. Ellos se llenaron de doctrina política, quizás solo de
eslóganes y fanatismo, que no pudieron estructurar dentro de la misma vida social,
económica y cultural del país, porque no se les dio su conocimiento, y así lo foráneo
político lo tragaron entero, sin asimilar. En la Normal no ocurrió esto. Recuerdo, y
esto no es un chiste, que un día el profesor Hommes puso un trabajo de investigación en
religión. Ese estudio de las religiones nos abría horizontes a nosotros, que no
conocíamos sino la católica. Estudiamos las creencias y valores de la religión
mahometana, el confucianismo, el sintoísmo y algo de culturas criollas. Cada alumno
estudiaba una fe y hacíamos una especie de seminario en el cual cada estudiante exponía
las similitudes y diferencias halladas en cada creencia, su percepción del hombre y la
mujer, sus principios y sus valores, lo que nos daba mucha apertura mental, nos permitía
hacer análisis comparativos. Entonces un día, cuando uno de los estudiantes que exponía
hizo una afirmación de ateísmo muy abrupta además éramos adolescentes y
rebeldes, el profesor lo paró en seco y le dijo: "Usted no puede ser, como
científico, un ateo vulgar; usted debe ser, y eso se lo respeto, un ateo racional; tiene
que darnos razones serenas, lógicas, no subjetivas, bien expresadas y con respeto".
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(De izquierda a
derecha). Gabriel Giraldo Jaramillo,
Rudolf Hommes, Virginia Gutiérrez, José Francisco
Socarrás, Yolanda Mora, Lisandro Medrano, Pablo Vila,
José Recasens.
(De izquierda a derecha en el medio). Francisco Rojas,
Milcíades Chaves, Armando Dávila Zúñiga, Julio César
Cubillos, Carlos Trujillo Latorre.
(Atrás de izquierda a derecha). Darío Mesa; Roberto
Pineda, Miguel Fornaguera, Aurelio Isaza.
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¿Quién les dictaba sociología y
filosofía?
Sociología nos la dictaba el profesor
Manuel Martínez Mendoza, egresado de la misma Normal Superior. Rafael Bernal Jiménez era
el profesor de filosofía, era nuestro rincón oscuro. Propiamente el no nos enseñó
filosofía, sino vidas de filósofos. Nosotros queríamos algo mejor y empezamos, entre
Roberto (mi esposo) y yo, a cuestionarlo hasta que lo sacamos de quicio, pero nos dio un
"tatequieto" con la amenaza de "rajarnos", el único, porque,
imagínese, en esa época un profesor que te pusiera un cero. . . Pero en la Normal
Superior había libertad académica y uno podía hacer toda su exposición contrariando al
profesor, aunque eso sí, respaldándose con hechos, con documentos. El profesor evaluaba
nuestro escrito, que se leía en clase, se hacía la discusión y se volvía foro
participante. Uno sentía que salía triunfante o iluminado, rebatido pero nunca derrotado
sino con el pensamiento aclarado y con nuevas inquietudes.
¿ Y cómo eran las clases con el
etnólogo Paul Rivet?
Eso fue otra cosa. Etnología fue una
licenciatura regular que tuvo la suerte de contar con los aportes de Paul Rivet y Justus
Wolfrang Shottelius, aunque ya en el país había tenido un inicio con Gregorio Hernández
de Alba. Se fue formando el equipo y se creó el Instituto Etnológico Nacional. De manera
que nosotros hicimos dos carreras: etnología y ciencias sociales y económicas. Paul
Rivet tenía una personalidad muy generosa, muy del espíritu francés de aquel entonces.
Después, cuando fuimos a los Estados Unidos ese espíritu quedaba cuestionado con el
énfasis en los hechos que hacían los norteamericanos. La ciencia francesa se basaba más
en el raciocinio y la especulación. Muchas hipótesis, especulación y poca comprobación
en y con los hechos reales.
¿Ustedes hacían trabajo de campo en la
Escuela Normal Superior? ¿Con Paul Rivet cómo trabajaban?
En la Normal hacíamos trabajo de campo y
de investigación bibliográfica en todas las materias. Con Paul Rivet utilizamos mucho
tiempo para aprender los basamentos teóricos y luego aplicarlos. Hicimos estudio de
grupos sanguíneos y de antropometría en diferentes comunidades, pero tocaba investigar
de acuerdo con las limitaciones, haciendo grupos sanguíneos dentro de la misma Escuela
Normal o en las pequeñas poblaciones cercanas, para que la plata del traslado nos
alcanzara, porque éramos bien pobres. También hicimos trabajo antropométrico en algunas
comunidades indígenas. Yo fui a donde los motilones en esa forma. Los que eran afines a
la arqueología se dedicaban a "escarbar". Yo no, porque les tengo alergia a la
tierra y a los huesos; no me gusta escarbar en las ruinas.
¿Cuando Paul Rivet viene a Colombia ya
tenía estructurada toda su teoría sobre el origen del hombre americano?
Sí, a nosotros nos la dio de primicia y
creo que aquí se publicó. Tenía su teoría totalmente elaborada, pero él hizo trabajos
de campo para corroborar algunas cosas. Fue al Ecuador y allegaba todos los testimonios
etnográficos, arqueológicos que podía. Creo que esta visión múltiple es lo que le da
modernidad y respaldo a sus planteamientos, al complementarlos con datos de lingüística,
etnografía, arqueología y paleontología. Por eso se hicieron muchos estudios de grupos
sanguíneos, tratando de ver el factor Diego, que parece es un indicador de sangre
polinésica. Los trabajos realizados en el Tolima y en Venezuela señalan que hasta allá
llegaron ciertos grupos asiáticos que luego se mezclaron. Se estudió también la Sierra
Nevada; Milcíades Chaves estudió a los pijaos y Roberto y yo estudiamos la Guajira.
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"Desde mi
biblioteca, yo coordino los trabajos que estoy realizando y comando mi casa". |
El profesor Jaime Jaramillo Uribe
también egresado de la Normal Superior parece decir que la escuela
antropológica que trajo Rivet en esa época había sido ya un poco revaluada, ¿Estaría
de acuerdo con esto?
Sí, eso es lo que quiero decir, era más
nueva la de Shottelius. Por eso hicimos una etnografía más avanzada con él.
Parangonando la escuela francesa de Rivet con el pensamiento de Boas, Kroeber y Lowie, de
esa misma época, Rivet era atrasado. Por eso cuando salimos a especializarnos en Estados
Unidos, se nos amplió el horizonte académico y cuestionamos y renovamos nuestra alforja
académica.
¿En la actualidad qué quiere ser la
antropología, qué escuela es más avanzada o más actualizada en este momento?
Tenemos enseñanza de antropología en
Medellín, Popayán y dos centros en Bogotá, pero no hay escuelas antropológicas,
desafortunadamente. Y si me deja ser terriblemente franca, a lo santandereano, nuestra
enseñanza no está formando el antropólogo que el país y la ciencia necesitan. Con
visión nacional e internacional, la antropología afronta tres retos de urgente
respuesta: una metodología obsoleta, como el corsé de las abuelas para las adolescentes
de hoy. Con ella estamos abocados a expresarnos en adjetivos, y es urgente que podamos
cuantificar los fenómenos culturales. Ello exige que seamos capaces de manejar la
tecnología del computador y de las matemáticas. Con adverbios de cantidad no se puede
presentar un rasgo diciendo que es más, un poquito más que otro con el que mantiene
relación. O establecerla, verificarla, analizarla. Sin verificación cuantitativa,
nuestros hallazgos pierden validez académica y son inservibles ante las necesidades
institucionales. Con la metodología tradicional somos incapaces de asumir el estudio de
las sociedades modernas, y creo que ahora ni las más elementales. Y el país está
pidiéndonos a gritos que le demos los estudios de sus estructuras institucionales. Que le
demos los perfiles de sus grupos regionales, por ejemplo; intento que está llevando a
cabo mi esposo en el ICAN. Forzar a los jóvenes a que se comprometan en estudios
modernos, dejando el picoteo superficial de las comunidades indias, o el
"guaquear" sin un criterio muy profundo en los planos nacional y teórico de la
ciencia arqueológica en todo el país. No generando pequeños y aislados feudos que nada
dicen académicamente, como visión estructurada nacional. Finalmente, necesitamos
capacitarnos para echar mano del apoyo de las demás ciencias sociales. No podemos
aislarnos de ellas, sino saber utilizarlas. Pero ello requiere una preparación rigurosa y
avanzada del estudiante en estas ramas del saber, una actualización permanente y una
autocrítica profunda. ¿Algo más? Mucha modestia.
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"Este Cristo me lo
regaló Camilo Torres cuando éramos compañeros de oficina en la Universidad
Nacional".
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¿En dónde estudió usted
antropología médica?
En los Estados Unidos, en Berkeley
(California). Pero cuando retorné sabía mucha teoría, y estaba muy pobre de
conocimiento de la comunidad colombiana. Estaba dando esa cátedra en la Facultad de
Medicina de la Universidad Nacional, y cada vez que estudiaba en el terreno de la
provincia la familia, combinaba su estudio con análisis regionales de antropología
médica, para poder dar ejemplos nuestros que ilustraran lo que planteaba la teoría
antropológica. Así les exponía: En la región tal se presenta tal fenómeno
"doctores", que está asociado con las diarreas infantiles, con la
desnutrición, magia, religión, economía, con cada actitud cultural, y les preguntaba:
¿Y usted, "doctor", de dónde es, dónde está su tierra, se presentan allí
tales prácticas? ¿Cuáles otras? Algunos eran del litoral del Cauca, de los Santanderes,
no faltaban paisas, boyacenses ni nariñenses o vallunos, estaba todo el país, y por
tanto todas las posibilidades de ejemplarizar las creencias médicas populares patrias,
confrontándolas con los principios teóricos. Traté de repetir con ellos lo mismo que
los profesores de la Normal motivaron en mí: la reflexión y el análisis crítico.
Motivarlos para que dirigieran la inquietud al conocimiento de lo propio, no tragar lo
foráneo sino usarlo para aplicarlo en nuestro campo, para interpretarlo y sacar partido.
Tengo unos discípulos médicos, muy lindos. Enseñé ocho años en medicina en la
Universidad Nacional y después en la facultad de medicina de la Universidad del Rosario a
dos generaciones de psiquiatras, enseñándoles antropología de la familia, ubicando los
cambios y los traumas de la personalidad. Ellos traían fichas clínicas y las explicaban
con síntomas específicos que interpretábamos a la luz de la cultura como determinante
de muchas patologías. Venían a mi casa, trabajábamos y hacíamos el seminario en el
cuarto de música.
Nosotros encontramos que una de las
primeras cosas que empiezan a hacer ustedes es estudiar al indígena colombiano, que hasta
ese momento se veía de manera peyorativa. Se decía que la degeneración de la raza se
debía a que éramos de origen negroide e indio.
Toda dominación conlleva principios de
etnicidad para el vencido. Y en el régimen de dominación española, indios, negros y sus
mezclas sufrieron este proceso que se percibe social y culturalmente hasta hoy. Yo he
oído, en foros nacionales e internacionales, a compatriotas pedir que se abra la
inmigración de sajones y germanos "para mejorar la raza". En la Normal Superior
se hizo consciente esta problemática. Por la orientación etnográfica de la
antropología en aquel momento y queriendo dar los perfiles reales de los llamados
despectivamente "indios", mi esposo y yo hicimos nuestras primeras armas con
estudios entre los motilones, los guajiros y los noanamas. Mis compañeros antropólogos
pasaron también por la misma experiencia. Todavía el ICAN sigue estudiando las
comunidades americanas. Pero, como lo comprobara allí mi esposo, después de más de
treinta años de sucesivas "entradas" de antropólogos a las culturas
americanas, no somos capaces de mostrarle al país su realidad objetiva. El inventario que
Roberto logró acopiar, me ha dicho, muestra mucha pobreza. Mea culpa y la de mis colegas,
en esta carencia.
Superada la etapa etnográfica y
reencauchados con antropología social en Estados Unidos, nos lanzamos a abrir campos para
nuestra ciencia. Roberto y Chaves se proyectaron en el estudio de comunidades campesinas y
produjeron, con Guhl y otros, los atlas departamentales que ustedes conocen. Luego abrió
caminos a la antropología en vivienda, en el Inscredial, donde muchas directrices
actuales fueron trazadas por él. Culminó en la OEA con el Sindu y su sistema de
información, creación suya. Está tratando de hacer del ICAN una alma máter científica
para la antropología; estimulando sus estudios campesinos, regionales y los de
arqueología con criterio nacional, con hipótesis vertebradas, no piezas sueltas al
impulso del capricho individual. Yo me especialicé en dos áreas: familia y antropología
médica, con los trabajos que ustedes conocen.
El negro padece parecida discriminación,
seguramente más profunda por sus condiciones raciales y diferentes estatus con que se
estableció entre nosotros. A excepción de los estudios de Jaramillo, Friedemann y
Arocha, no existen análisis objetivos que muestren lo que trajo, lo que logró crear y lo
que hoy podemos denominar negro.
Se puede decir también que ha habido
movimientos indigenistas más que africanistas. Los primeros aparecieron permeados de
posiciones políticas, cuyas corrientes aún pueden sentirse en las luchas que las
comunidades americanas están empujando para el alcance de una mejor ubicación
sociocultural, como la que se libra en el Cauca. Algunos de estos intentos de mis colegas
tienen un contenido mesiánico en el que perdura la posición del encomendero o la del
cura doctrinero, no una posición objetiva, académica. Algunos asumen liderazgos jugando
a los blancos del paseo frente a la comunidad nativa, a finales del siglo XX. Creo que
para indio y para negro aún no hemos sido capaces de revaluar totalmente su imagen, y
permanecen vivos muchos principios de etnicidad.
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