Los timbres se volvieron aldabones


Antología poética
Luis Vidales
Universidad de Antioquia, Medellín, 1985, 288 págs.


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Nada como la coherencia: si una carrera de cuatro años dura siete, el Premio Nacional de Poesía de 1982 tiene que publicarse en el 85 (y reseñarse un año después, porque todos nos parecemos). Sin embargo, tiempos tropicales aparte, la edición que la Universidad de Antioquia ha hecho de la antología de poemas de Luis Vidales es bastante buena, incluso en sus aspectos menos literarios: un pintoresco, macondiano tren en la portada (la inventiva de García Márquez es tan potente que hasta los pintores le reciclan sus temas), casi trescientas páginas de buen papel, pocas faltas de ortografía, un buen prólogo de Juan Manuel Roca y como epílogo una inteligente entrevista del maestro Vidales con Isaías Peña Gutiérrez.

No se nos informa, y es una falla, quién hizo o quiénes hicieron la selección de textos. No puedo creer que haya sido Roca, pues la presencia de un poema dedicado "al gran poeta Juan Manuel Roca" sería entonces impúdica. Tampoco creo que haya sido el autor mismo, porque en la entrevista que concluye el libro declara tácitamente su escasa inclinación a desechar aquella poesía suya que él mismo reconoce como "regular, mala, pésima".

Posiblemente dos de esos tres adjetivos pueden calificar buena parte de la poesía de Vidales posterior a Suenan timbres que consiste, casi toda, en unos pocos pero largos libros regulares, malos. Regulares y malos, nunca pésimos, porque aún en los libros más malos logran surgir versos, y hasta poemas enteros, que podrían formar parte de ese primer libro, fundamental para la historia de la poesía en Colombia. Si añadiéramos estos pocos versos, estos pocos poemas, a aquel único libro, no sufriríamos ningún remordimiento al condenar todo lo demás, si no al infierno, a un apacible limbo de silencio.

Creo que la anterior opinión puede ser confirmada por la lectura de esta antología. A pesar de que el anónimo compilador haya ya hecho por nosotros una buena cernida del ripio más vistoso de Vidales, en la disposición cronológica, supuestamente progresiva, el lector se da cuenta de que en realidad está leyendo hacia atrás. Los últimos poemas parecen más viejos, el escritor maduro del principio se va volviendo, página a página, principiante. Cuesta trabajo reconocer que son el mismo poeta ese que en 1926 lograba darle vigor a la metáfora teclas/dientes, gracias a unos versos como:

El piano
que gruñe metido en un rincón
le muestra la dentadura
a los que le pasan junto.

Y ese otro que cuarenta años después suelta adocenadas interrogaciones del tipo:

 

¿Cómo, pregunto, tan sin par
                                   verdura
sobre la tierra muerta?

La "tan sin par verdura" es una de esas expresiones tan feas, tan de manual, que parecen, y desgraciadamente no son, una sin par parodia. Tanto, que dan ganas de convertir el libro en margarita y despojarlo de su segunda parte diciendo "no te quiero, no te quiero", para poder dedicarse a contemplar la primera con "sí te quiero y sí te quiero". Pero dudo que a los lectores les guste la idea de deshojar los libros, con lo caros que están. Entonces les propongo algo mejor: que lo hojeen y descubran que aún después de Suenan timbres pueden encontrarse poesías que sean como una revelación, que nos den nuevos ojos o nuevas sensaciones, una alegría o un consuelo. Si de pronto se topan con la página 217 notarán un poema que dice:

1   De pronto en el silencio
                   neto de la alcoba
     en la mudez de vaca de la
                       tierra nocturna
     un objeto cae al ciego vacío
     en el cuarto sin habitante
5   y el chirriar de una puerta
     deja pasar al no anunciado
     así el fantasma audible
     cruza la extensión de la
                                 noche
     para que luego digas es el
                                 viento
10   es el viento.

Es en poesías como ésta, excepcional en todos los sentidos, donde se vuelve a escuchar la voz del Vidales que tiene algo que decir, que en diez líneas produce diez sobresaltos, diez deslumbramientos. ¿Cómo lo consigue, verso por verso?

1. Con el inusitado adjetivo que le da al silencio; 2. con la fuerza de una imagen que asocia objetos lejanos entre ellos; 3. con la metonimia oscuridad/ceguera; 4. creando un enigma; 5. con la onomatopeya en el punto exacto; 6. insistiendo en el misterio; 7. con el ruido que encarna en un fantasma; 8. con un cultismo que prepara el contraste con el tono coloquial de 9. y 10.

Lástima que sólo en pocas ocasiones haya poemas que merezcan compartir las solapas de un libro que contiene los versos certeros, divertidos, únicos, de Suenan timbres. A veces, para encontrar algo de valor, hay que rebuscar entre líneas aisladas. Por ejemplo en un poema de circunstancias a su pueblo, Calarcá, aparecen algunas frases sorprendentes, precisas, como: "Eran lindas las vísperas y las fiestas ya menos"; o bien: "En el sol de la vela se quemaba la noche". Pero al lado de estas líneas que quieren y logran pertenecer a "un poema hermoso, sin retórica y rima" de pronto al poeta le da por hacernos creer que el viento cantaba entre las altas ramas (pura prosopopeya) entonando: "Qué bueno es ser, amigos, colombianos". Y el lector no sólo no le cree sino que vuelve a sentir ganas de arrancar la página.

Otra faceta importante de la poesía de Vidales son los poemas políticos. En éstos Roca descubre, según dice en el prólogo, a veces un gran poeta y a veces "cierta rigidez de consigna". Yo considero que sobre la poesía política de los últimos decenios (y aquí cae también Vidales) convendría hacer una reflexión desapasionada.

Me parece que dentro de poco tiempo, tal vez mañana mismo, quizá ya desde antier y no me había dado cuenta, gran parte de la poesía comprometida va a ser vista con ojos indulgentes. De un período en que fue casi un precepto escribirla, pasamos a otro en el que el imperativo era execrarla. Creo que ha llegado el momento de entenderla como lo que fue: villancicos de este siglo. El marxismo, la última de las grandes herejías de la tradición judeo - cristiana, necesitaba también sus loas, sus himnosincensarios, versos que anunciaran la venida (mesiánica) del amanecer revolucionario. En general me parece que no tiene sentido juzgar a esta poesía según criterios poéticos o estéticos; la poesía revolucionaria no perseguía la creación de objetos verbales que valieran por sí mismos: la poesía comprometida quería, sigue queriendo a veces todavía hoy, no el hallazgo poético sino la revolución. Así como las jaculatorias imploran la salvación eterna, la poesía marxista llama a la lucha de clases. En ambas, la disposición en versos es sólo una ayuda mnemotécnica, un requisito de cantabilidad, de posibilidad declamatoria.

Creo que a estas alturas (desmoronada la fe ciega en el paraíso revolucionario) podemos aceptar y, gracias a la distancia, sonreír con poesías como aquella de Nicolás Guillén que dice: "Stalin, Capitán,/ a quien Changó proteja y a quien resguarde/ Ochún...". Y lo mismo con trozos de Vidales como aquel donde ve el cielo (precisamente): "tan limpio tan pulcro tan higiénico/ que allá en su fondo veremos a Lenin Marx Engels Ho Chi Min/ los Camilos el Che y Luis Tejada...". Podemos aceptarlas, digo, de la misma manera como aceptamos, benignamente, con cierta ternura, por ejemplo el anónimo que dice: "Divino Santo Tomás/ líbrame de todo mal,/ por arriba, por abajo,! por delante y por detrás". El santoral cambia, claro, pero el procedimiento es análogo. Ambas manifestaciones son el síntoma verbal periférico de una creencia que ha echado raíces en el centro de la sociedad.

Lo anterior no excluye, naturalmente, que haya habido una gran poesía religiosa (piénsese en Juan de la Cruz) y una óptima poesía revolucionaria (recuérdese á Bertolt Brecht, a Maiacovski). Pero no es éste el caso de Luis Vidales: su mejor poesía no es la que ha tratado de impulsar la revolución social, sino la que ha revolucionado la forma en que se escribía poesía en Colombia.

Hasta aquí, me doy cuenta, he repetido, como en un eco desafinado, lo que muchos críticos de Vidales han escrito: que su poesía está en un solo libro, Suenan timbres, en el que era todavía el poeta (incluso el poeta comprometido) quien escribía, y no la dictadura del proletariado la que dictaba los versos, flojos. Los defensores de la literatura al servicio de una causa política dirán que estoy alineado con la crítica reaccionaria (y pagado por un banco, que es como decir Washington). Insisto, entonces, en que en la poesía posterior de Vidales, cuando logra desprenderse del catecismo retórico o político, hay textos perfectos, conmovedores. Pero vuelvo a recalcar que el poeta mejor es el primero, el que no se desvivía por llamar a misa con los rimbombantes aldabones del tambor revolucionario, sino el que tocaba timbres. ¿Saben dónde?:

...debajo de la blusa
de la mujer hinchado de vigor
encuentro el bulto de su seno
timbre
para llamar al corazón.

HECTOR ABAD F.