Hispanoamérica: mito y
surrealismo
Carlos Martín
Procultura, Bogotá, 1986.
El ensayo del intelectual colombiano Carlos Martín constituye el último de los
intentos por presentar una visión global acerca del llamado fenómeno hispanoamericano.
Como corresponde a un modo de pensar que se inscribe en la primera línea de las
corrientes en boga, su consideración de la "realidad hispanoamericana" es
profundamente optimista y, ya desde el primer momento, considera que al hombre americano
pero, singularmente, al intelectual, le están reservadas las más importantes misiones,
que confluyen todas en la gran tarea de "crear un nuevo humanismo, capaz de
restituirle al hombre su dignidad perdida" y que, por supuesto, "nos compromete
en la imprescindible e implacable labor de transformar el mundo y cambiar la vida".
Conforme, pues con los laudables propósitos melioristas que, desde el Renacimiento hasta
nuestros días, animan toda una corriente del pensamiento hoy hegemónica, Martín cree
sinceramente que "investidos con las armas de la luz" se podrá rehabilitar al
individuo y, con él, al ser colectivo, para emprender una descomunal tarea de demolición
de "viejas murallas a golpes de poesía vivida y animada por las potencias del amor y
de la revolución". Al amor de tan noble martillar caerán por tierra, se asegura,
todos los falsos ídolos: rodarán, así mismo, los viejos bastiones de la moral y la
religión cristianas, los convencionalismos, las "ideas codificadas" y las
tradiciones sostenidas por las fuerzas más regresivas, pero también todos y cada uno de
los prejuicios racionalistas. El resultado será "una nueva concepción del
mundo", una gran síntesis que supere esa dualidad cuyo atisbo han hecho posible
"la evolución histórica y los adelantos de la ciencia", aquella dicotomía que
aún pervive entre la razón y la intuición, entre el saber y la pasión, entre la
conciencia y la inconciencia, entre la vigilia y el sueño. Y el lugar donde tal síntesis
emancipadora empieza a cuajar no podía ser otro que la América Latina, el nuevo mundo
mestizo llamado por derecho propio así lo cree el autor a servir de cantera a
la nueva Weltanschaaung: marxismo y psicoanálisis, realismo y surrealismo, ciencia
y pensamiento primitivo, realidad y mito encuentran su fusión en el continente mulato. En
la formación de esta nueva cultura levantada "en lucha contra la razón y la lógica
occidentales" participan, sin falta, "savias autóctonas, cosmopolitas,
míticas, mágicas, de subdesarrollo, de improvisación y de intuición".
En la notoria identificación contemporánea entre buena parte de los
intelectuales de uno y otro lado del Atlántico, nuestro autor ve una confluencia natural,
resultado fatal del repudio común de las mismas limitaciones. El hombre europeo, de
acuerdo con esta interpretación, se ha proyectado en sueños "más allá del
pensamiento discursivo", y este sueño, "cristalizado en la más trascendente y
perdurable concepción, es el surrealismo", que ha aportado la solución de
continuidad entre "un mundo antiguo y un mundo nuevo". En este "mundo
nuevo" se identifican las "aspiraciones, deseos e impulsos subjetivos con la
objetiva realidad del Nuevo Mundo americano", de este mundo que, antes de su
descubrimiento, era ya presentido en el sueño y la poesía, desde los mitos bíblicos
hasta las utopías del Renacimiento, pasando por la Atlántida de Platón y la última
Tule de Séneca.
Martín, verdadero conocedor de lo que pudiéramos denominar la ideología del
surrealismo (así lo evidencian sus bien documentadas referencias a los Manifiestos de
Breton y a tantos otros textos representativos) pone de relieve la aspiración de este
movimiento por convertirse en un nuevo mito colectivo conciliable con el proceso de
"liberación del hombre". América Latina, "simiente de mito y encarnación
de utopía", vendría a ser, entonces, "la imagen exacta del mundo en que se
convierte el sueño surrealista". El sueño del surrealismo este "último
acontecimiento cultural de Occidente", según el ensayista devino, pues, mundo,
al punto que la conocida exclamación de Segismundo que reza: "la vida es
sueño" ha de invertirse perentoriamente para poder declarar que "el sueño es
vida", ya que aquí, en nuestro "continente de los siete colores", han
podido reunirse, al fin, los grandes volcanes, lagos, valles y montañas, con las
ciudades, los rascacielos, los estadios y los aeropuertos, La vorágine con Manhattan
Transfer; ya que aquí lo "superreal maravilloso" tornóse realidad
objetiva.
Otro punto de entronque con el surrealismo se ha hecho posible gracias a la porfía con
que este movimiento, hijo legítimo del psicoanálisis, insiste en la más enaltecedora
visión de la niñez, como "la vida verdadera a la cual el adulto ha de regresar para
rescatar su libertad de asociación y de imaginación". De esta forma, a la
Iberoamérica contemporánea deberíamos contemplarla como el necesario resultado de la
complementación entre aquella infancia buscada y recuperada por la más madura cultura
europea, por una parte, y la infancia vivida espontáneamente, en estado de infancia real
que corresponde a nuestra tierra y a nuestras gentes.
Martín es un sincero enamorado del arte contemporáneo, cuya caracterización empieza
según él con el movimiento dadá y con su irreprimible afán por
"reencontrar las fuerzas del totemismo" y "reactualizar el mito". Todo
el exotismo de los movimientos de vanguardia fascina en sumo grado a nuestro autor, lo
mismo el posimpresionismo que el fauvismo su descubrimiento de motivos y estampas
japoneses, lo mismo el expresionismo alemán que el cubismo francés y su integración de
la temática negra y los rituales africanos. Pero "el gran cauce del arte
moderno" a donde confluyen las diversas experiencias de vanguardia sería, fuera de
toda discusión, el surrealismo y su exaltación del mito y de la magia, llevada a cabo a
partir de las teorías de Freud y de Jung. Los surrealistas como se sabe
encontraron en la América Latina la anhelada confirmación de sus doctrinas, a través de
la consideración de varias de sus cosmogonías indígenas. En busca de ello viajaron al
nuevo mundo André Breton, Antonin Artaud, Philippe Soupault y Benjamín Pénet, quienes
supieron, igualmente, dejar estampada su huella profunda entre los intelectuales
vanguardistas nativos que les aguardaban con ansiedad; entre ellos, el célebre novelista
Julio Cortázar; Octavio Paz, el cotizado ensayista y poeta mexicano, y el cubano Alejo
Carpentier, quien aportó la definición mediante la cual aparece descrita desde entonces
la nueva corriente literaria hispanoamericana en libros y revistas, periódicos y casetes,
escuelas y universidades, como la tendencia de "lo real maravilloso", expresión
tomada textualmente del prólogo de su novela El reino de este mundo.
El veterano intelectual colombiano constata con gran satisfacción cómo la onda
surrealista ha tenido la más amplia repercusión desde México hasta la Argentina en
"costumbres, modas, invasión de cuadros extraños e imposición, en círculos
intelectualizados, de un cierto sentido del humor que tilda de surrealistas a situaciones
o hechos sorpresivos o absurdos de la vida, de la política, de la cultura...". Más
aún, la influencia del surrealismo no parece haberse detenido allí, toda vez que éste
otorgó al artista hispanoamericano el enfoque y los recursos, "el instrumento
europeo" que, unido a la "contingencia americana", refulge en hombres como
Pablo Neruda, Wilfredo Lam y Octavio Paz. Ello no obstante, el verdadero y reconocido
padre del surrealismo, "quien lo presintió y lo anunció ya antes que lo definiera
Breton, fue un suramericano, nacido en Montevideo en 1846", el famoso Lautréamont,
cuyos Cantos de Maldoror pasaron inadvertidos en el momento de su publicación, mas
sólo para llegar a ejercer más tarde una influencia decisiva y duradera en la poesía
moderna, después de su muerte prematura, acaecida cuando el poeta contaba apenas
veinticuatro años de edad. Nada extraño al fin, pues el patente cosmopolitismo de
Lautréamont concuerda perfectamente con la "universalidad" preconizada por el
surrealismo, según la cual el ser individual se halla identificado con una conciencia
colectiva; y es "en virtud de esta conciencia plural que el acto creador se ha puesto
al alcance de todos los hombres"; que "a todos los humanos se extiende la
posibilidad de comunicación con las poderosas corrientes subterráneas que sustentan la
existencia".
Carlos Martín tampoco duda en saludar entusiasmado la revolucionarización de los
intelectuales de la América Latina contemporánea: "la caracterización de la
llamada intelligentsia hispanoamericana dice es, en su gran mayoría,
revolucionaria, y ya son una minoría los escritores y artistas que no expresan en sus
obras las tendencias revolucionarias". El escritor cree descubrir que incluso allí
donde la temática revolucionaria no se trasluce con claridad es sólo porque "se
halla implícita", como en los casos de Julio Cortázar y de Mario Vargas Llosa. En
este panorama, un lugar muy especial le ha reservado el autor a Vicente Huidobro, a quien
llama "padre de la vanguardia en nuestro idioma" y a quien considera, así
mismo, como "fundador de la actual poesía del continente", siguiendo en esta
apreciación, como en tantos otros lugares del libro, las opiniones de Octavio Paz.
Y con la mención de Huidobro y de su creacionisme, en el cual éste defiende su
concepción de un arte totalmente artificial, culmina la parte fundamental del ensayo,
para dejar paso a la sección final, caracterizada por la consideración particular de
aquellos poetas hispanoamericanos que a Martín le parecen más destacados y por la
inserción de una mínima antología de la obra de cada uno de ellos. Desfilan así, por
las páginas del libro, al lado de Huidobro, Angel Cruchaga, Rosamel del Valle, Braulio
Arenas, Gonzalo Rojas, Teófilo Cid, Jorge Cáceres, Enrique Gómez Correa, Humberto Díaz
Casanueva, Carlos Latorre, Juan Antonio Vasco, J. J. Ceselli, Julio Llinás, Francisco
Madariaga, Olga Orozco y otros más, para con cuyas obras cumple el colombiano una notable
labor de difusión. De manera similar, son presentados aquí algunos textos significativos
de poetas vanguardistas consagrados, como Octavio Paz, César Moro, Aldo Pellegrini,
Emilio Westphalen, Oliverio Girondo, Pablo de Rokha y Enrique Molina. La obra de Martín
culmina con la valoración de la narrativa hispanoamericana y constituye una buena
recopilación de puntos de vista del momento sobre el llamado boom de la nueva
novela. De acuerdo con nuestro surrealista colombiano, en la novelística de lo real
maravilloso actúan mancomunadamente "una ampliación del concepto de realidad, una
superación del realismo y del naturalismo" y "el descubrimiento de mundos
libres de la causalidad consciente, con implicaciones oníricas, subconscientes, con
asociaciones e intuiciones que superan el orden y la representación realista y conceptual
del mundo".
Como se ve, después de este ligero recuento, el mundo se encamina, en la pluma de
Martín hacia una nueva y, al parecer, definitiva aurora... Y, quienes así lo asuman, no
podrán menos de saludarla con una ovación.
GERMAN A. PINTO S.