Marceliano
Jorge Franco Vélez
Llano Editor, Bogotá, 1986. 250 págs.
De Hildebrando (1984), la primera novela de Jorge Franco Vélez, se
vendieron en pocos meses veinticinco mil ejemplares. Un sinuoso proceso en crescendo
había convertido a este médico antioqueño en estrella literaria local de repentino
fulgor. Por arte de birlibirloque, el ascenso en espiral de esta supernova había
comenzado en el subsuelo literario: en tertulias, en páginas sociales, en púlpitos
dominicales, en clínicas de desintoxicación, en ciclovías, en bingos, etcétera. Y se
hizo el libro de moda. Pero pronto alcanzó los cenáculos: los diletantes husmearon la
posibilidad de ejercer su patronazgo sobre un Restif de la Bretonne criollo. Y los
suplementos literarios de los periódicos, siempre pendientes del estrépito de la movida
cultural y pagando sus impostergables obligaciones con la actualidad, abrieron de
inmediato un espacio importante para la voz de este nuevo escritor y para la reseña de
este curiosísimo espécimen novelístico.
Desde un comienzo la novela gozó del favor de un público. "Un escritor muy
ameno", fue el tópico de la nueva crítica para nombrar las virtudes de la picaresca
de Franco Vélez. Encantados con el folletín, cierto grupo de reseñistas, cierto sector
de los talleres de escritores (nos consta), empezaron a usar términos más técnicos. Una
prosa viva, sencilla, llena de gracia. Con esa frase suya, visceral, deja en el relato
jirones del alma y del cuerpo. Posee un fino humor; sabe narrar, además. Ahí tenéis una
original derivación de Malcom Lowry que hace del tema de la compulsión alcohólica no la
cruenta, poética, elaborada relación de una derrota, sino el más completo círculo de
la caída y de la resurrección con mensaje incluido. Joaquín Vallejo Arbeláez, en la
carta - prólogo a Hildebrando, habló de los senderos diversos pero confluentes
transitados por él como ensayista y por Franco Vélez como novelista para ofrecer una
reflexión sobre la libertad: "No hay duda de que su obra se constituirá en la
Biblia de los alcohólicos", remataba su apología.
Como prueba de estas excelsitudes, estuvo en boga ofrecer en los periódicos un
fragmento de uno de los capítulos donde se contaban las peripecias del protagonista
cuando en tremenda rasca y a bordo de una aplanadora se pone de ruana el centro de
Medellín. La anécdota, simplísima, se citaba como epítome de la visión cómica de
Franco Vélez.
En resumen, los elogios pasaron del tímido canto llano proveniente de las catacumbas
al estentóreo canto polifónico de la crítica y el grueso público. Para completar el
homenaje y confirmar su valencia estético - comercial, Hildebrando recibió los
denuestos de los envidiosos y el amargo silencio de los resentidos, para no hablar de la
distante mirada de otros elementos del periodismo activo.
Con Marceliano (1986), la segunda novela de este médico escritor, el
fenómeno parece seguir el mismo cauce, aunque ahora desbordándolo. Ante el anuncio de su
lanzamiento en el paraninfo de la Universidad de Antioquia, las hordas filisteas se
tomaron por asalto las librerías. Para la pequeña historia de este envidiable succes
destime queda, primero, el siguiente testimonio periodístico: "La gente,
avisada de que el libro ya estaba en manos de los libreros, empezó a acosarlos desde
días antes para que empezaran a vender, y el jueves ya mucha gente fue a oír al autor
con el libro ya leído y en las manos, por los autógrafos. La expectativa no era para
menos...", relata José Gabriel Baena en el suplemento de El Mundo. También queda el
grandilocuente elogio y la velada amonestación (comprensible coctel) de Jaime Sanín
Echeverri en el prólogo: "Con el inmenso acierto de ser quizás el mejor narrador
colombiano en estilo coloquial, pero también con el posible lunar de ser el mayor cultor
colombiano del vulgarismo, Franco Vélez queda inscrito en la honrosa serie de los
médicos novelistas de Antioquia".
Ahora está en juego con Marceliano la consagración de un estilo y de un
género inventados por Franco Vélez, puesto que esta novela resulta en todos sentidos un
epígono de Hildebrando. Para empezar, el problema del alcoholismo pretende
trastrocarse aquí con mórbida ganancia por el de la morfinomanía. Las fórmulas se
repiten: vicio y medicina: saudades del viejo Medellín; historias subterráneas de la
facultad de medicina; lolitismo; decálogos del exdrogadicto, etcétera.
En esta última producción de Franco Vélez los hilos de su más bien embrollada
madeja argumental son, en el centro, las confidencias de Marceliano, un médico sesentón,
morfinómano, sardinero (como diríamos hoy) durante una gira por países del norte y del
oriente de Europa. Este constituye el exótico y cambiante marco ambiental de las tres
cuartas partes iniciales del libro; luego será el barrio Manrique de Medellín, donde
Marceliano tiene su casa, su consultorio, su clientela, y donde vive sus otoñales
escapadas eróticas con lolitas (quienes son también sus pacientes) y donde el vicio, la
pena moral, la enfermedad determinan el fin de su festivo periplo. El impávido receptor
de estas historias es Jorge Franco Vélez (sin duda el mismo autor), quien hace una
legítima transposición de su ente real (médico, profesor, sonetista, escritor de
éxito) a la ficción, asumiendo así la voz narradora en primera persona.
Como el tono, la sustancia son, desde la ficción, evidentemente autobiográficos,
aquel tour europeo revela una subyacente búsqueda para sí como escritor de un
acendramiento cultural: "Después de la comida, nos dividimos en dos grupos: los que
se fueron al sector rojo de la ciudad, catalogada como la de mayor pornografía de toda
Europa, y los que nos dirigimos a un bello parque donde se presentaba un espectáculo de
luz y de sonido, con música de Brahms", anota para registrar su paso por Hamburgo.
En cada ciudad, además, rinde homenaje a las glorias de la cultura europea con la visita
de rigor a casas natales, a tumbas y a otros sitios de peregrinaje. ¿Contraste
inconsciente con el grosero tropel de sus demás compañeros de excursión? "Barata
guía turística", llama sin empacho Sanín Echeverri a estas memorias de viaje, y
sin duda del itinerario sólo queda eso: un trillado registro en el reverso de una tarjeta
postal.
La forma en Marceliano es desmañada, insegura, apenas correcta en el orden
sintáctico. Al principio, por ejemplo, la presentación del personaje es interrumpida por
un abrupto entreparéntesis donde se inserta una semblanza del viejo Medellín.
"Bellos tiempos aquellos, que no volverán", suspira. Así igualmente, sin
solución de continuidad narrativa, Franco Vélez incluye sus sonetos, sus sentencias, sus
latinazos, sus citas eruditas. La disposición del material anecdótico es enumerativa. En
este orden lógico - cronológico no hay tejido narrativo. Al abundar en detalles
inútiles, la historia se va llenando de arborescencias dentro de la difícil brecha que
el lector paciente trata de abrir en esta maraña de asuntos ajenos por completo al asunto
central. La escena, pieza fundamental del relato, carece aquí de relieve. El hallazgo de
una fuerte imagen en que una de las chicas de Marceliano ayuda a castrar toros durante las
faenas de una finca ganadera, se desaprovecha con los desapacibles comentarios del
personaje.
Pero el recurso más despreciable de esta crónica es el machacante uso del vulgarismo
sexual. Puesto aquí sin propósito estilístico reconocible, sin el sustento de la
provocación irónica a los mojigatos, sin el soporte de un sano desparpajo, sin talento,
el efecto de este lenguaje es meramente el de la estridencia, aunque visto desde otra
perspectiva pueda explicar el reclamo comercial del libro. De contera, en ésta como en su
anterior obra, el autor incluye un glosario de antioqueñismos en el que predomina su
repertorio escatológico.
Así, el libro fracasa en otro de sus cometidos: el humor. Además del mal disimulado
afán de impacto con un discurso pedestre, otro señuelo humorístico es aquí el erotismo
burdamente evocado. Existe, sí, un deliberado y a ratos conseguido Kitsch en las
cartas de Marceliano a su gran amor de quince años, Carmencita, quien morirá al final,
de una rara complicación neurológica, y pondrá así la nota dramática con que debe
cerrarse la narración. "Moscú, junio 22. Impenetrable C. Te digo así, porque me
parece que mis palabras ya no te llegan al alma...". Pero, de resto, por ningún
resquicio asoma el tan ponderado gracejo de Franco Vélez.
Como en Hildebrando, en Marceliano va un explícito mensaje edificante.
Aunque con ello se resiente todavía más la endeble armazón del relato, se entreveran
aquí y allá interesantes digresiones sobre los aspectos sociales y médicos de la
narcomanía y la desintoxicación. Reaparece para el efecto el ya recuperado Hildebrando
(legítima reinserción),. quien, superado el síndrome de abstinencia, puede brindar sus
consejos a Marceliano y discutir objetivamente el fanatismo de algunos miembros de
Alcohólicos Anónimos.
Al final del relato, con modestia y con certera autocrítica, dice el narrador-autor:
"La imagen de esa novia [Carmencita] ha seguido creciendo en mi mente y en mi
corazón y me ha llevado a la redacción febril de estos deshilvanados recuerdos. Y lo
hago porque me gusta y para regocijo de otros jechos que estén entregados a la
ingenua y bella tarea de escribirles cartas de amor a las muchachas en flor
". Quizá, pues, las pretensiones de Franco Vélez no sean tantas; quizá no haya
llegado al punto de creerse los méritos que, en el aula máxima de la Universidad de
Antioquia le han celebrado las capillas y los filisteos.
RAUL JOSE DlAZ