Las raíces del resentimiento


Oligarcas, campesinos y política en Colombia
Keith Christie
Empresa Editorial Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986.


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El libro del investigador canadiense Keith Christie parece destinado a desempeñar un papel de cierta importancia. Pues, más allá de la evidente pasión del autor por las estadísticas y las encuestas, más allá de su academicismo y su democratismo incuestionables, de su minuciosa laboriosidad en punto a citas y referencias bibliográficas y de su incontrolable pretensión de demostrarlo y comprobarlo todo; es decir, más allá de su inveterada manía analítica tan norteamericana, se palpa el esfuerzo por buscar una síntesis, por alcanzar una visión completa de Colombia y de su historia más reciente, a partir de la consideración de la vida de una de sus más importantes regiones, el Viejo Caldas, en diversos momentos de su público acontecer.

Para poder llegar a una visión de cierta lucidez, Christie ha debido enfrentarse a la mayor parte de los historiógrafos colombianos y extranjeros del período y ha sabido hacerlo con el valor y decisión indispensables a quien se encara con prejuicios que ya han echado raíz y conforman una corriente dominante y avasalladora que campea por sus fueros en aulas universitarias y publicaciones especializadas.

Antes de entrar de lleno a examinar el proceso de la colonización antioqueña —fundamental en la formación del país actual— el autor llama la atención sobre dos cuestiones básicas: en primer lugar, la larga y encarnizada guerra de independencia que, entre otras cosas, "había enseñado a muchos caudillos ambiciosos la evidente eficacia de la violencia política"; en segundo término, lo que Christie denomina "el protector aislamiento de las provincias", que ha determinado una especie de "descentralización natural" en los países suramericanos. A través de la obra se podrá constatar el hecho hasta cierto punto singular de que tales determinantes han continuado incidiendo en la vida de estas naciones, particularmente en la vida pública de Colombia, donde las ventajas financieras del gobierno central —en esto, hemos de apartarnos un tanto del autor— sólo han servido para reforzar desde la capital el poder de los gamonales regionales en una como amalgama de caciquismo y centralización.

En todo caso, el criterio fundamental, que servirá de columna vertebral a todo el libro, es el de que la clave para entender el pasado de Colombia "reside en la exploración detallada y cuidadosa de sus regiones". La primera parte, entonces, se ocupa en la descripción del proceso de la colonización interior de la región que abarca lo que se conocía hasta hace un par de decenios como el departamento de Caldas; la segunda parte se dedica "a explorar la naturaleza de la política local" antes de 1950 para buscar "la comprensión de los orígenes de la violencia en Caldas y, por extensión, de la violencia en Colombia". El término oligarquía, de frecuente ocurrencia en la primera parte, es usado aquí en su original sentido aristotélico.

La colonización antioqueña

El planteamiento principal de Christie con relación a este problema tiende a refutar la descripción —que goza del más amplio crédito entre académicos criollos y extranjeros— según la cual este transcurso de colonización interior habría sido, en su esencia, una epopeya llevada a feliz culminación por un ejército de campesinos descalzos y enruanados, gracias a cuyo "espíritu de autodeterminación orgulloso, libre e independiente" se pudo establecer "esta anomalía de una democrática sociedad de pequeños propietarios en un continente dominado por el tradicional latifundismo latino" 1. La imagen que presenta el autor —desarrollada a partir de un interesante trabajo de Alvaro López Toro— es algo bien diferente; lejos de mostrar una frontera de naturaleza igualitaria en la zona de colonización, lo que se despliega ante nuestros ojos es una empresa financiada y puesta en marcha por las "buenas familias" oligárquicas de Medellín y, posteriormente, de Manizales, una casta no precisamente de latifundistas tradicionales sino de ricos terratenientes - comerciantes que se comportaron básicamente como inversionistas en propiedad raíz. La dudosa gloria del desmonte de los hermosos y tupidos bosques del Quindío y del valle del río Cauca no corresponde, así entendidas las cosas, a los campesinos sin tierra que se lanzaron a la democrática faena, sino a las familias oligárquicas de las capitales paisas, que vieron en la colonización interna la posibilidad de multiplicar sus fortunas. El acceso de familias de modestos recursos a la propiedad de la tierra parece haber sido más el resultado de la especulación en propiedad inmueble (los terratenientes - comerciantes adquirieron la tierra, precisamente, con destino a la venta de parcelas, por las cuales percibieron, en ocasiones, pingües utilidades), que de la pretendida "lucha heroica" contra el régimen latifundista. Al final, fueron siempre los hijos de las mejores familias, los vástagos de la oligarquía regional quienes dominaron la vida social y política de la frontera.

Las raíces de la Violencia

El fenómeno de la llamada "Violencia en Colombia" se ha constituido en tema favorito de la historiografía y "del arte, en general", durante los últimos decenios, y su presentación suele ser no menos desfigurada que lo ha sido la visión académica de la colonización antioqueña. Christie aporta, en este sentido, datos muy interesantes para una nueva reinterpretación del problema: la migración del campo a la ciudad, por ejemplo, la cual ha sido mostrada como una consecuencia directa de la violencia política en los campos colombianos, resulta —de acuerdo con la percepción de nuestro autor— algo que "posiblemente igual hubiera ocurrido por motivos socioeconómicos, incluso sin que se hubiera presentado la violencia". Por otra parte, las estadísticas revelan que la más alta tasa de asesinatos se registró en el Viejo Caldas en 1961, es decir, andando ya el período de conciliación del Frente Nacional.

El canadiense porfía por echar abajo otra leyenda que insiste en mostrar la violencia como una típica expresión de las luchas agrarias y señala, entonces, con precisión, que "los campesinos nunca fueron particularmente radicales en Caldas". Verdaderamente, "el campesino minifundista, lo mismo que su vecino más rico, se preocupa pon el crédito y los precios, más que por los salarios... y el reparto de la tierra". Así mismo, la ley 200 de 1936, la célebre Ley de Tierras de López Pumarejo, no tuvo mayores efectos en la redistribución de la propiedad del suelo, ni en el Viejo Caldas ni en el resto del país, motivo por el cual los debates parlamentarios promovidos por la oposición conservadora estuvieron centrados mejor en asuntos como la cuestión religiosa o la administración sectaria de la justicia que en la crítica de esta inane reforma agraria. No obstante, el período presidencial de la llamada "Revolución en Marcha" (1934-1938) presenta algunos aspectos dignos de la más seria consideración, pues es precisamente a partir de la república liberal y, más concretamente, desde su segundo cuatrienio cuando se desata, de manera aguda,

la violencia política en Colombia. Christie pone de relieve el fracaso absoluto de la reforma agraria de 1961 y, en general, de la gestión del Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora), creado a partir de entonces, y comenta el descalabro de las llamadas "empresas comunitarias", creadas por iniciativa del gobierno conservador de Pastrana Borrero, proyecto que hubo de provocar incluso pronunciamientos campesinos tan "insólitos" como el que consta en carta dirigida al director del Incora a fines de 1971 por una asociación campesina de Caldas, en la cual ruega que una finca no sea dividida y repartida entre ellos:

[...] hemos llegado al convencimiento de que nos es más favorable la situación actual que tenemos como cosecheros o trabajadores de la finca, al servicio de unos patronos que nos favorecen y amparan en todos los momentos.

La conclusión que se impone es la de que hasta la fecha la situación de Caldas, en relación con los problemas de la tenencia de la tierra, no se ha modificado en lo esencial desde que comenzó la colonización de la zona. El campesino caldense, fiel a la tradición española, continuó siendo fundamentalmente individualista, sin mostrar siquiera "modestos niveles de cohesión de clase". Por su parte, "los que poseen alguna tierra parecen estar más cercanos a las preocupaciones y necesidades de los grandes propietarios, porque ambos tienen un hogar y un sentido de pertenencia".

Mucho más importante que los móviles "revolucionarios", para explicar el surgimiento de la violencia, es la consideración de otros factores. En primen término, el resentimiento heredado de las guerras civiles del siglo XIX, cuyo panteón de mártires era ya considerable en ambos bandos y permitía su explotación como bandera política; pero, también, la posición ante la Iglesia, cuya defensa fue establecida como prerrogativa del partido conservador desde mediados del siglo pasado frente a la persecución del clero, la eliminación de la influencia educativa de la Iglesia y la confiscación de sus capitales y propiedades, hechos a los cuales aparece asociado, a veces muy superficialmente, el partido liberal. El sectarismo acabó por determinar, en numerosas ocasiones, la concentración de la población en distritos identificados con uno u otro partido, lo cual redundó en la conformación de verdaderos feudos electorales. De aquí al reforzamiento del poder de los políticos locales no hubo más que un paso.

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La lucha pon el control del aparato educativo o, más precisamente, la lucha por arrancar de manos de la iglesia católica su predominio en este campo llevada a cabo por el liberalismo en el poder, parece haber desempeñado, así mismo, un papel decisivo: en 1936, más de la mitad del personal docente fue despedido, lo que significó "el reemplazo de maestros conservadores por liberales", en un proceso que el secretario de Educación de Caldas, Jorge Luis Vargas, explicó diciendo que se trataba de "barrer con la mugre conservadora". De igual manera, fueron destituidos muchos sacerdotes y religiosas que regentaban instituciones educativas. El aliciente principal de la lucha política llegó a constituirlo la asignación "en familia" de todos los puestos que quedaban vacantes al destituir a los adversarios; la derrota en las elecciones departamentales y nacionales significaba la pérdida de varios cientos de empleos, desde los de trabajadores de obras públicas o maestros de escuela hasta el de gobernador. Durante los años treinta, la remoción de los conservadores de los puestos públicos fue el hecho más notable de la política en Caldas. Cuando en 1946 se produce el retorno de los conservadores al poder nacional, muchos liberales son despojados de posiciones que ya empezaban a considerar como propias y reaccionan, a veces violentamente, ante el intento conservador de restablecer el equilibrio.

El gamonalismo

Una de las secuelas del regionalismo político, y no de las menos perniciosas, es el surgimiento del gamonalato. Lúcidamente, Christie evita identificar al gamonal con el latifundista, pues, es verdad que, por lo común, no coinciden en una misma persona. Los terratenientes suelen preferir la política nacional así como la vida muelle en las grandes capitales, y exhiben cierta aversión a aceptar puestos públicos a nivel local. Para asumir estas responsabilidades se precisa de hombres más modestos, cuya principal virtud no la hace la posesión de grandes extensiones de tierra sino la idoneidad para la lidia del rebaño electoral y para el reclutamiento de una clientela local fiel.

La narración de la vida y milagros del coronel Carlos Barrera Uribe, gamonal liberal de Armenia, servirá al investigador para tipificar el fenómeno y para hacer más comprensible al lector la violencia posterior a 1946. Nacido alrededor de 1880, hijo de una prima hermana del general Rafael Uribe Uribe, llamado "el mártir del capitolio", participó en la guerra de los Mil Días (1899-1902), durante la cual se hizo a una feroz reputación y al título honorario de coronel, que con tanto orgullo habría de exhibir en los años venideros. A principios del decenio del treinta se había convertido ya en el político más influyente del sur del Viejo Caldas; si bien nunca pretendió un puesto electivo de importancia y prefirió siempre el papel de manipulador tras bambalinas al de tribuno de la plebe. Gracias a su control sobre el concejo de Armenia, pudo manipular un cuantioso presupuesto y poner bajo su amoroso cuidado varios centenares de puestos burocráticos con los cuales contribuir a la preservación de la lealtad de sus fieles copartidarios; con todo esto, se hallaba garantizada una mayoría liberal en el Quindío que, a su vez, era determinante para el nombramiento de alcaldes en las poblaciones vecinas.

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Hombre fornido, a quien nunca faltaban sus anteojos de oro ni su par de pistolas al cinto, habría de verse envuelto en el año de 1935 en un incidente que le merecería en adelante el título de "criminal liberal número uno", con que le beneficiaron los conservadores de todo Caldas: el asesinato a sangre fría del joven abogado Clímaco Villegas, quien desde 1934 desempeñaba el cargo de contralor departamental y que había acusado a Barrera de hurtarse más de 1.200 pesos (equivalentes a dólares) del tesoro público. El 18 de junio, el coronel Barrera le disparó dos tiros por la espalda en una calle céntrica de Manizales y sólo varias horas después se entregó a las autoridades, que, por lo demás, ninguna diligencia habían puesto en apresarle. Tras lenta agonía, Villegas murió tres meses después en un hospital de la capital caldense. Mientras los conservadores rasgaban sus vestiduras presentando a la víctima como un mártir de la causa de la moralidad y el orden público, la mayoría de los liberales cerró filas en torno a su gamonal. Los telegramas de respaldo llovieron por decenas: "Cuando el honor se hiere, es dulce la venganza. Pueblo lamenta suceso, ofrécele servicios, acompañándolo adversidad". Luis Cano, director del diario bogotano El Espectador, telegrafió así: "Lamento incidente ocurriole; con usted hasta el sacrificio. Salúdolo". Camilo Mejía Duque, el futuro gran jefe de la vecina Pereira, le escribió el siguiente marconigrama: "Siempre contigo. Abrazámoste".

Mientras el proceso contra Barrera era dilatado interminablemente, gracias a las argucias de astutos magistrados, una convención liberal reunida a comienzos de junio de 1936 en Riosucio proclamaba al coronel como "Jefe Honorario del Partido Liberal de Caldas". En realidad, la amistad de Barrera era algo que ningún político liberal podía darse el lujo de desdeñar: Jorge Eliécer Gaitán fue a visitarlo durante su breve detención en Manizales inmediatamente después del abaleo y le ofreció en dos oportunidades sus servicios de hábil criminalista. En marzo de 1939, cuatro años después del crimen, el tribunal encontró culpable a Barrera, pero lo sentenció a sólo treinta meses de cárcel, convertibles en veinte, debido a la avanzada edad del reo. Este, desde la cárcel, mantuvo las mejores relaciones con sus amigos liberales. Además de con el presidente Eduardo Santos, el detenido cruzó cartas con el ministro de gobierno, Carlos Lozano y Lozano, quien, a principios de junio le decía: "Puede estar usted seguro de que no olvido sus problemas": con Sixto E. López Lleras, ministro de hacienda: "será motivo de gran placen servirle"; con Alfonso Romero Aguirre, presidente del Senado: "todos sabemos de la justicia que le asiste y lo acompañamos en su desgracia"; con Sergio Abadía Arango, presidente de la Cámara; con el muy influyente senador Rafael Arredondo y con otros varios prohombres del parlamento colombiano. El propósito común de las misivas del coronel era el de solicitar la ayuda de sus influyentes camaradas para conseguir la reducción de la pena, y de que tales diligencias no resultaron inútiles habla con fuerza el hecho de que Barrera fue puesto definitivamente en libertad en enero de 1941, luego de transcurridos apenas quince meses de una sentencia cumplida bajo condiciones tan especiales que al penado solía vérsele con frecuencia en los cafés de las diferentes ciudades donde cumplió su condena. Una vez excarcelado, fue llevado en triunfo, acompañado por su lugarteniente José de la Pava y escoltado por una impresionante procesión de cincuenta automóviles; tras ellos, algunos hombres sencillos de la base liberal cuyos corazones aún se estremecían al escuchar el sonoro grito que escapaba de la garganta de este coronel sobreviviente de la última guerra civil del siglo pasado: "¡Cabrones! ¡A la carga!". Comenta el autor que la viuda del coronel Barrera, en una entrevista con él sostenida en 1973, "recordaba aún, casi con ternura, cómo el coronel y parte del populacho liberal solían de cuando en cuando echar bala en la plaza municipal de Armenia".

El fracaso de la derecha radical

La parte final del trabajo de Christie se concentra en la exposición somera de lo que fue la labor de agitación y propaganda llevada a cabo por un grupo pequeño, pero bastante influyente, de jóvenes conservadores del Viejo Caldas, entre los cuales destaca particularmente a Silvio Villegas, Gilberto Alzate Avendaño y Augusto Ramírez Moreno. La aparición de estas tendencias fascistas de viejo estilo es presentada como resultado lógico del establecimiento de una sociedad de tipo oligárquico en esta ultracatólica sección del país. A medida que avanzaba la urbanización y el enriquecimiento de la nueva región, la oligarquía del lugar fue desarrollando un estilo de vida cada vez más refinado, y entre los lujos que ahora podía darse, ocupaba su sitio la cultura. Los jóvenes se dedicaron a los círculos literarios y a la creación de periódicos locales en los que se ponía de presente el deseo de muchos miembros de las "mejores familias" de diferenciarse de sus antecedentes rurales y aldeanos, mediante la adopción de modas cosmopolitas. La segunda generación de literatos caldenses se trazó objetivos más ambiciosos: quería hacer de Manizales un centro político y cultural tan importante como Bogotá y Medellín. El viraje hacia la extrema derecha fue "casi natural" en las décadas del veinte y del treinta, pues esta tendencia se hallaba, de hecho, en apogeo en Europa, y el partido conservador colombiano se identificaba entonces con la enérgica reacción de la derecha española frente a comunistas y anarquistas.

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En 1924, Silvio Villegas, en unión de cuatro jóvenes de mentalidad similar, decidió formar un grupo de derecha compuesto exclusivamente por ellos mismos: Los Leopardos. A comienzos de este año lanzaron un manifiesto nacionalista en el que se esbozaban las bases de un programa conservador: defensa de la propiedad, la familia, la patria, la autoridad y la unidad espiritual alrededor de la religión católica, y contra el racionalismo europeo, el liberalismo ateo y el socialismo igualitario. El elemento monarquista quedaba explícitamente excluido, por estimarse absurdo en el contexto de una nación sin realeza autóctona. En 1928, los Leopardos se unieron a Jorge Eliécer Gaitán y a otros liberales en el debate contra el ministro de la Guerra, señor Rengifo, por su inepto manejo de la huelga bananera de 1928 en Santa Marta y, en general, contra el gobierno de Miguel Abadía Méndez, que tan mal administró el orden público. Con el cambio de régimen en 1930, el grupo se disolvió: Arango y Fidalgo decayeron en la vida política; Camacho Carreño apoyó irrestrictamente la ratificación mediante la cual el gobierno de Olaya Herrera devolvía la concesión Barco a la Gulf Oil Company, actuación censurada por Villegas, quien la calificó de acto de traición a los intereses nacionales. Este último y Ramírez Moreno, quien acababa de regresar al país tras hacer dejación de un cargo diplomático, inyectaron mucha vida al ala derecha del conservatismo, y sus posturas pronto les valieron el ser declarados dementes por el liberalismo que, meses atrás, ya habla hecho lo propio con el escritor envigadeño Fernando González.

Los exleopardos acabaron por respaldar la candidatura de Mariano Ospina Pérez, en contra de la posición abstencionista defendida por Laureano Gómez y, finalmente, decidieron romper con el partido conservador para crear un movimiento aparte, embrión del nuevo partido nacionalista. Tras un estruendoso fracaso en las elecciones parlamentarias de 1939, Villegas regresó súbitamente al conservatismo; Alzate, la otra cabeza ilustre del abortado partido, no lo haría hasta 1943. Christie observa que este desenlace ha sido y continuará siendo el más previsible en toda disidencia de los partidos tradicionales colombianos, que muestran gran flexibilidad cuando quiera que se ven abocados a estas situaciones: tras el éxito o el fracaso electoral, las ovejas descarriadas regresan sin falta al redil. La política de esta segunda mitad de los ochenta, con el anunciado retorno del Nuevo Liberalismo al seno del partido liberal, parece comprobar la vigencia de esta observación final del investigador norteamericano.

En el panorama de la historiografía nacional ha correspondido siempre a los testigos y comentadores extranjeros la labor de ayudar a poner en su justo lugar las cosas de nuestra breve pero desdichada historia nacional: Nada mejor para el intento de comprender los primeros años de la Colombia republicana que los textos de Valdwell, O’Leary, Lacroix, y las cartas de los embajadores británicos a su cancillería. En la consideración de las peripecias del presente siglo, el libro de Christie parece llamado a ocupar un lugar.

GERMAN A. PINTO S.

 

NOTAS:

1 James J. Parsons, Antioqueño colonization in Western Colombia, Berkeley, 1968, pág. 101. Citado por el autor, pág. 24.