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"Las payasadas de la vida", comparsa tradicional.
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La Pasión según Satanás


 

ANGELA MARIA PEREZ
Fotos:  Rafael Baena y Juan Camilo Sierra
Mapas:  Martha Raquel Herrera

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No sólo para las comparsas se pinta el riosuceño.

Belcebú, que tu reinado sea tan durable como el mundo, el cual fenecerá cuando el padre sol deje de alentarlo y darle su luz misericordiosa, es decir, dentro de doscientos millones de siglos, cuando se convierta en cadáver de astro y asistan a sus funerales los evos infinitos y lloren sobre el catafalco de su grandeza vedada 1.

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"El diablo tiene la espalda llena de huesos que representan el hambre de la humanidad. Cerca al rabo tiene dos ojos porque es el único que puede ver por delante y por detrás. Dos grandes testículos para que las solteronas pidan sus deseos. En las rodillas lleva un emblema de chivo y un marrano porque allá en el pueblo el que no es chivo es marrano. Las orejas son grandes alertas a cualquier chisme, la cabeza con un casco para estar listo para un combate, en su brazo izquierdo un calabazo de guarapo de 125 litros y en su mano derecha el tridente, el báculo infernal".

 

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Las últimas pinceladas para el Capitán de la cuadrilla. "Los precursores del Mesías".

El dos de enero de 1987 Riosucio se despertó con olor a cilantro en la plaza de mercado. Doña Lorenza amasaba arepas y batía chocolate desde las ocho de la mañana para los que iban llegando. La última veladora puesta la víspera por la noche a la Virgen del Carmen dejaba caer su pabilo y de uno en uno se fueron instalando los puestos y abriendo los costales.

Acababa de terminar la alborada, que se había iniciado a las cuatro y media de la mañana, cuando la banda del pueblo, con sus músicos recién uniformados, comenzó el redoble de tambores metálicos. Los cientos de personas, que a pesar de los litros de guarapo continuaban en pie, se encargaron de despertar a los cientos de personas vencidas por la embriaguez en cualquier rincón del pavimento. Aguantadores y redimidos se abrazaron para perseguir la última trompeta y, en cuestión de diez minutos, tres o cuatro millares de amanecidos bailaban desbocados por las calles y al son de la orquesta repetían el "Salve, salve, placer de la vida; salve, salve, sin par carnaval...

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La multitud espera al diablo en la plaza de arriba donde los matachines pronuncian su saludo.

La multitud que empieza su recorrido en la plaza de San Sebastián, da la vuelta por la plaza de la Candelaria y al subir de nuevo es recibida por el primer azul de la montaña y un redoble de campanas indica el fin de la jornada. La mayoría queda vencida por el cansancio. Los menos continúan arrullados por algún tambor de chirimía obsesiva, que a eso de las siete, faltaba más, también opta por el sueño.

Durante la época de carnavales, en Riosucio se duerme de día. A cualquier hora de la noche, entre la multitud de bailarines se puede ver alguna esposa desesperada que con mala cara implora a su marido: "Mijo, véngase a dormir ya; qué más va a beber, si ya tiene hasta los párpados hinchados".

El domingo 4 de enero a las siete de la noche, las dos plazas que forman el corazón del pueblo, la de San Sebastián (arriba) y la de la Candelaria (abajo) llevan cuatro horas recorridas por el gentío que sube y baja interminables veces por la calle del comercio. Que bailan aquí, apuestan allá y se besan en los rincones más inesperados.

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Carroza infantil de 1940. Reproducción Gildardo Taborda.

A esa hora, el diablo —una estatua de cuatro metros construida de fibra de vidrio y debidamente engalanada— es subido en su trono rodante para comenzar el desfile triunfal. Al igual que durante los otros días que dura el carnaval, en este momento decir multitud es un lugar común y decir juerga es decir cada instante.

Su majestad el diablo, con su cortejo de enmascarados, trompetistas, bufones y guarapo, comienza a ascender desde una calle que viene del hospital y es seguido por un polvorero que dispara voladores a intervalos de un minuto. Entre tanto, en la plaza de arriba, los matachines, sacerdotes de la fiesta, esperan en el tablado arengando a la multitud mientras oyen de lejos la pólvora que anuncia la llegada.

Su majestad Satanás llega por la parte de abajo. No hay milímetro en la plaza que no este ocupado, no hay una sola boca a la que falte el trago, no hay un resquicio de silencio ni atisbo de quietud. El diablo es entronizado frente al tablado, y los matachines, oradores por tradición y convicción, saludan a Lucifer.

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Diablo del Carnaval 1955. Famosos por
la diversidad de sus movimientos
mecánicos. Recostado a la camioneta
a la izquierda el señor Octaviano Vanegas
quien durante varios años construyó el
diablo. A su izquierda vestido de negro
Gilberto Trejos. Alcalde Vitalicio. Entre
las piernas del diablo el célebre matachín
Carlos Gil.


Y luego empieza el duelo entre ellos. Un derroche de literatura y cinismo que se alarga por dos horas. Una vez terminada esa ceremonia de la palabra, suenan descargas de pólvora y los oyentes inician de nuevo la procesión que lleva al diablo hasta la plaza de abajo, donde se le coloca en un pedestal para que vigile desde allí la ceremonia que apenas empieza. Sus súbditos saben que desde este momento les está permitida toda la embriaguez y el desenfreno que como mortales soportan.

Durante la noche entera Riosucio ruge y lo único capaz de dormirla es otra alborada.

El día siguiente está dedicado a las comparsas.

Los preparativos, comenzados hace un año, empiezan a tener su toque final desde las ocho de la mañana. Los enguayabados oyen desde sus camas el ajetreo en los interiores de las casas. Pegante, lentejuelas, plumas, agujas y papeles se llevan y se traen mientras el uno se maquilla y la otra se engalana. Dan las once de la mañana, la hora señalada.

El sol está brillando sobre las puertas de madera y las chambranas de las ventanas. El viento agita incontables festones que producen un murmullo constante y una luz iridiscente sobre las caras. El maestro de ceremonia da la orden y comienza el desfile de comparsas.

Generalmente son entre dieciocho y veinticinco comparsas; para este año son veintitrés, cada una con doce o quince integrantes y un grupo de músicos que los acompaña. Primero dan una vuelta por el pueblo seguidos de celebraciones y petardos. Cada comparsa reparte las letras de las tres canciones que debe llevar ensayadas. Luego cada grupo comienza su presentación en el tablado. Deben explicar al público el motivo que representan y entonar las canciones. De a uno, van pasando: peces de papel metálico, calandrias de cartón y plástico, profecías en tela bordada, fichas de ajedrez de plástico brillante, hongos de pasta, payasos llorando y maestras de falda azul y gorra blanca.

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Célebre cuadrilla de los presidentes, presentada en el carnaval de 1909: Reproducción Gildardo Taborda.

A medida que cada comparsa termina su presentación en el tablado, comienza un recorrido establecido de antemano. Veintiocho casas previamente inscritas y cuidadosamente trapeadas han dispuesto las sillas alrededor del patio, han picado jugosas naranjas, se han aperado de botellas de aguardiente y calabazos con guarapo y han abierto sus puertas de par en par para que el que quiera pase y se sirva un trago.

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A cada una de las veintiocho casas debe ir cada una de las veintitrés comparsas, tocar cada una de las tres canciones y beber como invitados. Eso constituirá, como es de esperarse, un ritual interminable de casa en casa, de tambor en tambor y de trago en trago.

Todavía a las cuatro de la mañana hay suficiente gente en la calle apostando, besándose y bailando. Entre ellos hay revueltos: Popeyes de tela, payasos de cartón, profecías de hilo y las fichas de ajedrez menos aconductadas.

Un matachín, Tatines, disfrazado de diablo rojo desde la víspera y hasta el final de la semana, espera con su batuta a la banda recién uniformada que levanta a los caídos y comanda el río humano que de nuevo es sorprendido por el redoble de campanas en la plaza, el azul claro y cientos de golondrinas desordenadas.

A las nueve de la mañana hay muy poca gente levantada: doña Lorenza, que sigue esperando a los que caigan, un sepulturero que limpia, como todos los días, las flores de las tumbas y algún socorrista de la Cruz Roja.

La fiesta sigue cuatro días más. Además de bailar y beber guarapo, los riosuceños asisten a las corralejas y cada noche esperan la alborada.

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Comparsa infantil Las Gitanas 1963 — Foto Joaquín Hoyos. Reproducción Gildardo Taborda.

El último día es el entierro de su majestad el diablo. La señal de que la tregua ha terminado. Se quema un diablo de trapo, y el gigante de acrílico vuelve a su guarida hasta dentro de dos años. La ceremonia es quizá la más pagana. Riosucio llora y se disfraza de viuda y plañidera. Hay lamentos y cánticos. La gente llora a su rey destronado. Las muchachas lamentan a la multitud cómplice de sus abrazos. Los novios dicen adiós a la borrachera del suegro. Los niños se despiden de sus disfraces. Este año el diablo venía seguido por doce murciélagos que representaban el hambre, el desempleo, los sicarios, el contrabando, etc. Doce plagas que ardieron con Satanás. Se le echaron sobre la cabeza los cinco castellanos de oro que por costumbre traen siempre los mineros y, una vez consumido el muñeco un aguacero torrencial se desplomó sobre el pueblo.

Los matachines leen el testamento del diablo, que deja a cada quien lo que se merece, y Riosucio duerme por fin un sueño reposado.

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BREVE HISTORIA DE CADA COSA

RIOSUCIO:

Los habitantes de Riosucio son un pueblo católico, a nadie le cabe la menor duda. En la mayoría de las casas hay pegada sobre la puerta una calcomanía que dice "No insista, somos católicos". Fue una idea del cura párroco ante las quejas de los feligreses por el asedio de los mormones que llegaban con sonrisas asépticas y biblias azules a conseguir adeptos. Sin embargo, esos mismos católicos se sacuden cada dos años el incienso para celebrar el Carnaval del Diablo, una tradición que lleva aproximadamente ciento cincuenta años de transformaciones hasta convertirse en una mezcla de rituales blancos, indios y negros que, por azar, han vivido bajo la sombra del Ingruma.

Riosucio fue fundada el 7 de agosto de 1819 por los presbíteros José Bonifacio Bonafont y Ramón A. Bueno, párrocos del real de minas de Quiebralomo y de la Montaña. Ambas eran parroquias situadas a poca distancia la una de la otra. La población de Quiebralomo estaba constituida por dueños de minas y mineros y la Montaña estaba poblada de indios cristianizados.

Los vecinos, queriendo conservar sus antiguas divisiones, determinaron que los habitantes de Quiebralomo tomaran la parte alta y establecieran allí su plaza e iglesia, y que los de la Montaña tomaran la parte baja también con su plaza e iglesia. Los de arriba se consagraron a san Sebastián y los de abajo a la Virgen de la Candelaria.

Las continuas diferencias entre los nuevos vecinos obligaron a su separación por medio de una cerca en la mitad de la calle que unía las dos plazas. Desde entonces las dos partes se rigieron independientemente.

El 17 de junio de 1846, el gobernador del Cauca decretó la supresión de los distritos de Quiebralomo y la Montaña y la creación del distrito de Riosucio.

No existen referencias muy precisas acerca de las festividades que se vivían por aquellos tiempos en la zona, pero se encuentran relatos que hablan de una picardía innata, que dan comienzo a la explicación de las cosas.

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Propaganda del flit, cuadrilla presentada en el carnaval de 1930. Reproducción Gildardo Taborda.

Boussingault, el viajero francés, llegó a Riosucio en 1827 con la misión de examinar el estado de la explotación del oro en el distrito de la vega de Supía. Describe el pueblo como "bastante húmedo, debido a la proximidad de la selva". Después de describir la vivienda en casas techadas de paja, la excelente comida y la picardía de las muchachas, Boussingault se detiene en el párroco de la iglesia de san Sebastián. "El cura, padre Bonafonte, era un hombre muy caritativo; nacido en el Socorro, contaré aquí cómo llegó a la misión de Riosucio de Engurumí. Primero fue militar y dejó el servicio; era un empedernido jugador y se hizo sacerdote. Cuando lo conocí tenía sesenta y ocho años, bajo de cuerpo, bien conformado, con ojos azules de increíble vivacidad, siempre alerta, lo veo leyendo el brevario en su casa, con todas las puertas abiertas y expuesto a todos los vientos. Nunca nos separábamos y me dio muy buena información sobre la región, especialmente sobre los indios chamís, sus vecinos, cuyas costumbres observé a fondo, ya que me encontraba diariamente con ellos.

"El buen cura se lanzaba en toda clase de empresas [...] de todas las empresas que había ensayado el padre Bonafonte, una sola había tenido verdadero éxito y era la crianza de un burro reproductor, cuyo oficio era el de procrear muletos. El animal, que era horrible [...] cuando vacilaba se le administraban unos garrotazos y enseguida comenzaba una carrera desenfrenada contra la bestia que huía y qué de patadas recibía al asno. El cura recibía una piastra (cinco francos) por cada logro del burro [...]".

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Principales tribus indígenas en el tiempo de la Conquista

"Hoy día cuando en una iglesia de París el sacerdote me tiende su bolsa para la limosna y dice: ‘Para los pobres y los gastos del culto’ no puedo evitar pensar en el burro de Riosucio" 2.

Y más adelante relata:

"Cuando el padre Bonafonte iba a mi casa lo que más le sorprendía eran los instrumentos [...]. Su sorpresa fue extrema cuando al mostrarle el higrómetro de Saussure le dije [...] que se podía predecir la lluvia o el buen tiempo".

"Algunos días después vi llegar al cura con aire preocupado y me preguntó qué decían los instrumentos en relación con el tiempo. Terminó al fin por confesarme que reinaba una sequía muy perjudicial para los cultivos y que sus feligreses insistían en que se hicieran plegarias y procesiones con el fin de recibir la lluvia [...] el padre Bonafonte que creía moderadamente en el poder de la intercesión del santo, venía todas las mañanas a preguntarme qué decía el barómetro y si se podía sacar a san Sebastián [. . .]; al fin un día famoso para el patrón de la iglesia de Riosucio mi respuesta fue ¡Suelten el santo! De inmediato se organizó una procesión: la imagen de san Sebastián, una imagen horrorosa, fue paseada durante una hora y a mediodía un trueno anunció la tempestad. . ." 3.

Pero nada adelanta el viajero sobre fiestas, carnavales o algo parecido.

A finales del siglo XIX, don Rómulo Cuesta escribió su novela Tomás. En ella el capítulo quinto, llamado "Fiestas", enteramente dedicado a las fiestas de Riosucio, comienza diciendo: "El 5 de enero de 1876, víspera de la gran fiesta, fin y remate de la agitación febril que durante los anteriores días se apoderó de la población, llegó al fin".

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En el tablado de la plaza San Sebastián se
dan cita las comparsas y los matachines,
es el escenario central del carnaval.

Don Rómulo Cuesta inicia su relato contando que, "Por comisión del cura, las señoras emprendieron la tarea de arreglar el templo" con musgo y colchón de pobre traído por los muchachos del cerro "Gruma" como él lo llama. La tarea de los hombres era "la provisión de matas para la fábrica de escenarios, de palcos y barreras para el toreo, para los postes de pólvora que habían de quemarse durante las noches".

Después de la ceremonia religiosa, ya entrada la noche, "rompió la orquesta y comenzó el repique de campanas, signo de alegría general y con el estallido de cohetes multicolores y de triple y cuádruple trueno. A medida que avanzaban los minutos la pólvora cambiaba de forma: ya ruedas que imitaban las de un molino de agua; ya pilas que arrojaban por múltiples chorros de fuego como chorros de liquido; ya cañones que lanzaban bombas encendidas, cual se hiciera en un combate; ya castillos en cuyas almenas aparecían desfilando en procesión con su séquito los reyes magos guiados por la estrella misteriosa [. . .]. Un enorme trueno que conmovió la plaza dio fin al simpático cuadro y con él a los fuegos artificiales. Comenzó entonces el ruido de guaches, de cencerros y de carracas, ruido que se prolongó hasta las once, hora en que retirándose a sus casas la mayor parte de la gente, quedó la ciudad envuelta en el silencio.

"Era precisamente la hora en que los fantasmas acostumbraban darse cita" 4.

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Los hongos, tradicional disfraz hecho en armazones y cartón.

Aún hoy el carnaval de Riosucio concede importancia permanente a la pólvora. La noche del cuarto día del carnaval llegan los polvoreros de Supía, expertos en. el oficio, y se encargan de convertir en día la noche con sus explosiones multicolores. Antes y después de este día los voladores y las cadenas de petardos acompañan todos los momentos de la fiesta, en especial la entrada del Diablo, las comparsas y las alboradas.

Continúa don Rómulo contando cómo la gente se encargó de traer por la noche toda clase de plantas, arbustos y madera y recubrieron la plaza de san Sebastián hasta convertirla en bosque. "Por medio de enormes truenos anunciaron a la población que había llegado el momento de abandonar el calientico nido para gozar de las caricias de la mañana".

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En la plaza de la Candelaria (la de abajo) se arman casetas con diferentes juegos de azar.

 

"Venían en primera fila los de las carracas, guaches y claves, seguían los caránganos, luego los de capadores y los de las flautas de carrizo; detrás de éstos los de tiples, enseguida los de violines y por último los de la majestuosa orquesta del maestro Cataño".

"Cuando la aurora apareció en el cielo, pudo notar la sorprendida población que por arte matachinesco habían desaparecido las plazas conviniéndose en tupido bosque allá, en campo de hortalizas acá, y por todas partes en plantanciones de árboles frutales" 5.

Aunque la visión de la mañana tras una alborada es hoy muy diferente, no cabe duda de que la tradición narrada por don Tomás, es la misma que amaneció entre aguardiente y tambores durante el carnaval del 87.

1876, el año descrito en la novela, corresponde a un momento en que, si bien el carnaval de los riosuceños no tenía la forma que hoy presenta, ya había asimilado características diversas que lo convertían en sincretismo cultural.

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La langosta, pertenece a la cuadrilla las bellezas marinas.

Si partimos de los dos grupos humanos: Quiebralomo y la Montaña (blancos y mestizos los primeros y mulatos e indios los otros) tenemos dos comienzos:

1. Los españoles dueños de minas, residentes en Quiebralomo, llamada por ellos san Sebastián, establecieron en el siglo XVI los primeros carnavales de los que se tiene noticia, como una diversión a la que asistían los vecinos de Anserma y Sevilla (actual municipio de Supía). Se trata de unas fiestas que comenzaban el 27 de diciembre y concluían el 7 de enero. Se usaban máscaras que eran traídas de Quito. Estas celebraciones se identifican con "el culto a Saturno, dios romano de la agricultura, [que] parece ser el origen de los carnavales de Europa, de los del norte de Africa y de los de América . Posteriormente, con la implantación del cristianismo desaparecen las saturnales y se instaura la cuaresma, que al cabo del tiempo da lugar al carnaval. Carnavale derivada de la palabra italiana carnelevare, "quitar la carne", connota la preparación para la cuaresma 6.

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El disfraz mejor logrado en 1987 fue el de la cuadrilla del medio - matrimonio constituida por 10 niños.

Pero más allá de esta definición, la fuerza religiosa del carnaval de Quiebralomo se apoyaba en la fiesta de los inocentes.

Cita Oscar Velasco García, en su ensayo El periodismo en Riosucio 7, varios textos del periódico La Opinión, entre otros los que narran grandes inocentadas hechas hasta por los párrocos del pueblo.

2. La rama indígena, por su parte, "tuvo rituales que giraban alrededor de la bebida, en ese entonces la chicha. Había fiestas que duraban hasta tres días con derroche de licor y donde la belicosidad se desfogaba peligrosamente. Adoraban los indios una divinidad feroz representada en ídolos de expresión salvaje" 8.

Fue en 1846, cuando por fin se derribó la cerca que separaba las dos plazas y con un poco de tiempo y cotidianidad las dos culturas se unieron, dando definitivamente origen al carnaval.

Julián Bueno señala la primera época entre 1846 y 1880. Se llamaba "Matachines". "Ya habían decretos en prosa, cuadrillas de gran esplendor, alboradas de orquestas autóctonas, disfraces de diablos sueltos que repartían vejigazos y posiblemente ya entonces el entierro del calabazo" 9.

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De muchos poblados de la
cordillera colombiana llegan
comparsas indígenas.

 

Su análisis continúa señalando la segunda época entre 1880 y 1892, en que la fiesta degeneró y sólo sobrevivieron algunos disfrazados que tiraban huevos podridos a los transeúntes.

En 1904, después de la guerra de los Mil Días, resurgió la tradición que se reestructuró, y alrededor de 1915 surgió el hasta aquí olvidado en este relato:
El diablo del carnaval.

Su majestad el diablo:

Diablitos los hubo desde siempre, don Rómulo los reseña así: "Cuatro diablos, que armados de zurriagos con vejigas hinchadas en las puntas custodiaban la regia mansión, salieron repartiendo latigazos a diestra y siniestra, con lo que lograron abrir calle por entre la muchedumbre para que Mr. Quick pasara" 10.

Y ya están situados históricamente: "Hay quienes aseguran que estos ‘diablitos’ africanos, ya metidos en el disfraz de los demonios católicos, pero con su propia pantomima y mimo ritual, viajaron al nuevo mundo para divertirse. Y la fiesta de Corpus Christi les brindó una de las primeras oportunidades.

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Las profecías del mundo,
cuadrilla de Manizales.

"De cualquier modo, lo cierto es que sigue vivo todo ese conjunto de diablitos jubilosos, embaucadores y danzarines, carentes de la maldad de los demonios católicos. Aparecen en el baile de Diablos de Yare, en Venezuela; son los vejigantes en las festividades de Loiza, en Puerto Rico; danzan locamente como los personajes centrales en la fiesta de Ríosucio en Colombia y vuelven a surgir en el carnaval de Barranquilla" 11.

Pero desde que en 1915 los riosuceños optaron por el diablo como figura central, este personaje ha crecido como una bola de nieve engrosándose con todos los desmanes que cada carnavalero le regala como ofrenda.

Quien mejor lo define es Otto Morales Benítez:

"Dando cambios en algunas palabras a una conferencia del gran poeta Federico García Lorca, podría repetir que no quiero que nadie confunda el diablo con el demonio teológico de la duda, al que Lutero, con un sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta en Nuremberg; ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente, que se disfraza de perra para entrar a los conventos, ni con el mono parlante que lleva el truchimán de Cervantes, en la comedia de los celos y las selvas de Andalucía. No. El diablo de que habló oscuro y estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates, mármol y sal, que lo arañó indignado el día en que tomó la cicuta; y del otro melancólico demonillo de Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos y líneas, salió por los canales de Venecia para oír cantar a los marineros borrachos" 12.

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De todos los lugares donde se
encuentren los riosuceños preparan
su disfraz.

Hay un personaje íntimamente ligado con la iconografía del diablo riosuceño:

Gonzalo Díaz. El construyó la estatua en fibra de vidrio, adorada por los riosuceños. Recuerda cómo empezó a pintar a los siete años cuando se aburría de estar sentado en la banca durante los partidos de fútbol.

En 1979, Díaz construyó en su taller de Bogotá la estatua de cuatro metros a la que le han cambiado tres veces la cabeza. El asegura que es "el patas el que me ilumina para hacer las estatuas, porque yo no he visto al demonio pero así me lo imagino. El primero lo llené de sardinas en el cuello en homenaje a la virgen del pueblo, pero ante la escasez, decidí cambiar el collar por cocas".

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Los niños aprenden a disfrazarse y participan durante toda la celebración.


—¿Por qué?

Porque lo que está de moda es el narcotráfico. Además el próximo diablo debe llegar a Riosucio con charreteras y misiles, con vestimenta intergaláctica y en vez de trono que vaya sentado en la bomba atómica.

Don Gonzalo atribuye el origen del diablo a un tiempo remoto, "cuando el cerro del Ingruma comenzó a rugir, se oscureció el cielo, las aves volaron, las fieras huyeron espantadas y allá en el Ingruma se abrió la tierra y de su gigantesca vulva nació ese monstruo. Ese diablo es el que convierte al pueblo en una paila. Riosucio es la capital infernal de la alegría" 13.

Las cuadrillas:

Se llama así a las comparsas que participan en el desfile el tercer día del carnaval. Vienen desde muchas partes de Colombia donde las colonias riosuceñas se preparan durante los dos años de intermedio.

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Cada familia se encarga de contribuir a la decoración de
su calle con festones. diablitos y hasta espigas.

Las comparsas son ingredientes de todos los carnavales de antes de cuaresma que se realizan en Latinoamérica. Al parecer, parten en su más honda raíz de los autos sacramentales, por el lado español, y de los rituales de enmascarados en lo que respecta a negros e indios, En Riosucio comenzaron siendo representaciones de animales hechos en armazones de guadua y cartón. Hoy día van desde figuras galácticas hasta inocentes pichones. Pero la fuerza mayor de las cuadrillas en Riosucio radica en los textos que se cantan.

A través de los años la creatividad ha abierto infinidad de temas que van desde la alabanza simple al carnaval:

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Contrariando nuestra especie de nocturno sin igual
hoy dejamos la guarida por venir al carnaval.
Gloria al genio y a la idea
de esta culta sociedad,
gloria a la tierra del arte,
la reina del Ingrumá.

(Estrofa de Los Murciélagos, comparsa presentada en 1912).

Se ocupan con frecuencia en problemas nacionales. Un ejemplo tomado al azar puede ser la letra sobre la pena de muerte presentada por una cuadrilla en 1925.

Con loca temeridad
en los tiempos del progreso
discuten en el Congreso
de la pena capital. 

Van los chacales sombríos
a la curul nacional,
ved aquí los frutos de horror
de aquella ley homicida…

Y aunque no han dejado escapar la guerra nuclear, ni la guerrilla, los riosuceños también se han ocupado siempre en temas muy domésticos:

Desde los tiempos de Adán
hasta la hora de ahora
cada uno trae su afán
y cada hora su lora.

Llevó Silvio a Salamina
a la asamblea una lora
de pluma brillante y fina,
grande y gorda y habladora.
[…]

En cines y en reuniones
se cargan a señoritas
con sus risas y charlitas
unos tremendos lorones. 

Pues al reír y al hablar
nos muestran completamente
si el que se ríe es patán
o si es persona decente.

Las letras de las canciones han logrado constituir una literatura particular que se cita y se retoma a sí misma. En 1987, por ejemplo, se hizo la comparsa "Las payasadas de la vida", que se realizó inicialmente el 20 de enero de 1947, se repitió en 1967, y este año la vieron por tercera vez los riosuceños.

De acuerdo con el sitio de donde provengan, las cuadrillas se diferencian en cuanto a lujo de disfraces y originalidad de las letras. De veredas vecinas e incluso de resguardos indígenas llegan aún a Riosucio cuadrillas de campesinos que traen la tradición en la sangre.

Este año, la de "Los Maestros" sobresalía porque sus disfraces habían salido de cualquier baúl viejo, nada de papel metálico, lentejuelas ni armazones, y su letra, acompañada de los tiples mejor afinados, cantaba:

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Hoy proponen las mujeres
y eso no es carreta sino la verdad
nosotras las profesoras
ya lo hemos visto en la humanidad
y es por falta de trabajo
que hay miles de vicios en esta nación
porque queda mucho tiempo
de estar muy pendientes de la tentación.

Una visión ingenua y exacta que es muy común en las canciones.

Nieve, perica, marimba
se encuentra por todas partes,
ya nadie le jala al arte
y el ocio es la perdición.
¡Ya Satán está maluco
de tanto meter bazuco!

(Letra de La cuadrilla Aquelarre, 1987).

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Los niños aprenden a disfrazarse y participan durante toda la celebración. A las cuatro de la mañana hay
suficiente gente en la calle apostado,
besándose y bailando.

Además de las letras, los carnavales de Riosucio son una fiesta hablada. La fuerza está en la palabra.

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La Gran Chiva García: "Servicio de lujo".

Un mes antes de la semana de carnaval, el pueblo se reúne para presenciar los decretos y el convite, que es una especie de sainete escrito por los matachines y coordinado por la junta del carnaval, nombrada por votación con un año de anterioridad.

El convite se refiere usualmente a problemas del pueblo o a situaciones cotidianas de la gente. Algún matachín es el encargado de leer los decretos, relatos largos escritos en "lenguaje matachinesco".

Ese mismo estilo literario lo usan los matachines en su saludo al diablo, el segundo día de carnaval.

 

En 1935 reaparece el carnaval, después de una tregua a causa de la violencia, y

por el mismo motivo desaparece en 1949. El saludo al diablo en el 35, preparado por Teófilo Cataño, dice en un aparte:

Considero, sin embargo,
que ya has degenerado.
Pienso que te has dañado,
demonio del carnaval.
Afirmo que eras más diablo
cuando dabas vejigazos
imponiendo a perrerazos
la disciplina moral 14.

Las citas se harían interminables. Hay cientos de letras, saludos, decretos y testamentos. Los matachines han escrito desde hace un siglo. Todo riosuceño los conoce y respeta como sacerdotes de las festividades. Hay figuras casi míticas: el poeta José Trejos, Clemente Díaz y Efraín Gartner. Otros endiablados que todavía ven cada alborada, como Tatines. Y algunos recién ensamblados y estudiosos, como Julián Bueno.

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Toda clase de gladiadores.

Muchas cosas se quedan en el tintero. Los carnavales de Riosucio abundan en detalles y peculiaridades. Satán hace las suyas cada Semana de Pasión y, como cosa curiosa, protege a sus vasallos.

Casi terminado el carnaval del 87, ante la pregunta de por qué no se había registrado ningún hecho violento, el agente Meza respondió: "Pues le respondo yo, porque mi sargento esta trasnochado, pero aquí no pasa nada en esta época por tradición. En carnaval se está feliz y contento. Cuando hay amagos de peleas estamos listos e intervenimos. Los traemos a la estación y los dejamos desacalorarse y de ahí se los volvemos a soltar al guarapo".

 

 

 

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BIBLIOGRAFIA

1. Memorias de Boussingault, t. 4, 1828-1830, Bogotá, 1985.

2. CUESTA, Rómulo, Don Tomás. Bogotá, Editorial de Cromos, 1923.

3. FRIEDEMANN DE, Nina. El carnaval de Barranquilla, Bogotá, Editorial La Rosa, 1985.

4. MONTOYA H., Héctor Jaime; ZAPATA VINASCO, Arcesio; VALENCIA y otros, César Editores. Cantares del diablo, aproximación histórica al carnaval de Riosucio, edición corregida y aumentada de la revista APHICAR No. 1, 1984. Sin ed.

5. FRIEDEMANN DE, Nina y AROCHA, Jaime. "Los diablos: de las iglesias al carnaval", en De sol a sol, Bogotá, Planeta, 1986.

6. VALLEJO, Mariluz. La rumba en la Caldera del Diablo. El Mundo, Medellín, 11 de enero de 1986, pp. 3 y 4C.

7. BANCELIN, Claudine. Se prendió el carnaval. Revista Avianca, No. 69, diciembre 1983-enero 1984.

8. ARIAS GOMEZ, Fabio. Riosucio, la perla del Ingruma. La Patria, Manizales, noviembre17 de 1985, pp. 1C y 2C.

9. ARICAPA, Ricardo. El carnaval del diablo. "Salve, salve placer de la vida". El Mundo, domingo 6 de enero de 1976, pp. 6 y 7C.

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Con vivas y tambores Satanás es recibido por todo el pueblo. El último día un diablillo es quemado
y Riosucio entero se viste de viuda y
llora.

 

NOTAS:

1 Aparte del saludo al diablo del carnaval pronunciado por el poeta José Trejos el 7 de febrero de 1925.

2 Memorias de Boussingault. t. IV; 1824.1830, Bogotá, Banco de la República, 1985, pp. 34.

3 Ibíd., pp. 40.

4 Rómulo Cuesta, Don Tomás, Bogotá, Editorial de Cromos, 1923, pp. 61.

5 Ibíd., pp. 70.

6 Nina de Friedemann. El carnaval de Barranquilla, Bogotá, Editorial La Rosa, 1985, pp. 19.

7 El periodismo en Riosucio, en II Encuentro de la Palabra, Manizales, Biblioteca de Escritores caldenses, Editorial Ingruma, 1985.

8 Héctor Jaime Montoya H., Arcesio Zapata Vinasco, César Valencia y otros (compiladores), Cantares del diablo, aproximación histórica al carnaval de Riosucio, Edición corregida y aumentada de la revista APHICAR num. 1, 1984, pp. 22.

9 lbíd., pp. 22.

10 Rómulo Cuesta,op. cit., pp.83.

11 Nina S. de Friedemann y Jaime Arocha, "Las diablos: de las iglesias al carnaval", en De sol a sol, Bogotá, Planeta, 1986,
pp. 425.

12 Héctor Jaime Montoya Hoyos y otros (compiladores), Cantares al diablo, aproximación histórica al carnaval de Riosucio, Manizales, Consejo de Gobierno Departamental y otros, 1985, pp. 32.

13 Entrevista a Gonzalo Díaz, Bogotá, 30 de enero de 1987.

14 Las letras de comparsas de años pasados han sido tomadas del libro Cantares del diablo, ya citado.