El Parménides de Platón es un
diálogo en el que tradicionalmente se han distinguido dos partes. En la primera, el
venerable Parménides critica la teoría platónica de las Ideas, expuesta por un
Sócrates joven y un tanto inexperto; la crítica destaca las dificultades para explicar
las relaciones entre las Ideas y los objetos particulares sensibles. En la segunda parte,
más larga, Parménides inicia a Sócrates en el "enorme trabajo" de investigar
siempre las consecuencias de toda hipótesis que uno se propone y de su contradictoria.
Todo el diálogo es de una técnica que no deja respiro, y las intenciones de Platón con
respecto a la dialéctica que en él despliega parecen acercarse a lo enigmático. Algunos
han pensado que el escrito es un documento de la honesta perplejidad del filósofo sobre
el valor del núcleo mismo de su pensamiento metafísico; otros, que es un libro en el que
Platón dejó una enredada madeja de argumentos falaces para desesperación o para
entretenimiento erudito de los lectores. Unos piensan que con el Parménides Platón
se distancia para siempre de su teoría de las Formas o Ideas; otros, que se trata de un
arduo ejercicio que tiene como fin asegurar la solidez de la doctrina.
José Lorite Mena escribió sobre el Parménides este libro erudito y
minucioso, cuyo Preámbulo no promete al lector ninguna facilidad, con el fin de mostrar
que lo que se propuso Platón en el discutido diálogo es lo que estimaba como el único
camino posible para salvar el pensamiento y la filosofía: una reubicación de la teoría
de las Ideas que pusiera de manifiesto de dónde le viene su consistencia y la posibilidad
de ser pensada.
Lorite distingue entre el platonismo "la teoría como representación
coherente de la totalidad posible" del pensamiento de Platón y el pensamiento
mismo de Platón como actividad individual y concreta "de interpretación de la
polisemia de las cosas". El Parménides sería el lugar en el que Platón se
dedica a discernir las posibilidades de su propio pensamiento dentro de las exigencias de
lo que él mismo delimita allí como platonismo. Esta distinción está construida sobre
dos oposiciones relacionadas entre sí. La primera, entre tradición e historia. La
segunda, más radical, es la oposición entre una escritura "mala" que le hace
posible al discurso sofista darle consistencia de realidad a las apariencias y que es
instrumento de poder, y el diálogo de estirpe socrática, solidario con el mito y la
creencia, en el que el lenguaje se hace capaz de posibilidades infinitas y que puede dar
lugar a una escritura "buena". Lorite Mena ve en la dialéctica del Parménides
la expresión más alta de un diálogo que examina por todos los medios posibles todo
lo que se dice (tanto en los argumentos como en el mito) sobre las cosas cuyo conocimiento
exacto es imposible. La primera parte del diálogo platónico tendría como finalidad
mostrar los equívocos producidos por una exposición incorrecta de la teoría de las
Ideas; lejos de ser un abandono de la teoría, sería una laboriosa demostración de que
sólo desde ella es posible la dialéctica (es decir, el método que le asegura al
pensamiento ver separadamente cada cosa en su verdadera naturaleza), y de que sólo a
través de la dialéctica se hace posible la teoría. La segunda parte sería un ejercicio
que tiende a asegurar, desde una conveniente reubicación, la comprensión y la
exposición adecuada de la teoría de las Ideas. Lo singular estaría en que tal ejercicio
hace surgir el alma como sujeto que en la dialéctica piensa las Ideas (y no sólo afirma
su creencia en la teoría), y conduce el pensamiento hacia algo que está más allá de
toda posibilidad de razonamiento y de lenguaje. En otras palabras, la finalidad de todo el
ejercicio consistiría en relativizar la dialéctica, mostrando que no es nada más que un
instrumento indispensable, por cierto, para el hombre que vive en este mundo de
apariencias, y en evidenciar que lo importante es que el alma recuerde su
vinculación original con las Ideas y con lo que hace posible tanto esas realidades como
el pensamiento: el Uno como algo indecible, algo que trasciende toda posibilidad
conceptual.
Es imposible resumir aquí una interpretación extensa y hecha con indudable
competencia. Pero es pertinente señalar que toda crítica sobre lo fundamental de este
nuevo trabajo de Lorite Mena tiene que comenzar por la discusión de la oposición entre
escritura y diálogo, de la distinción entre platonismo y pensamiento de Platón, y de
las razones del autor para atenuar, en su lectura del Parménides, las distancias
entre este pensamiento y el neoplatonismo. Al margen de eso, el libro bien puede
sobrellevar una crítica a un modo de escribir que más de una vez deja perplejo al lector
sobre el sentido de lo que está leyendo, y a ciertas cosas innecesarias que hay en él,
como digresiones que podrían encontrar un lugar más apto en otros textos, duplicación
de citas (en su idioma original y en español), inclusión de palabras extranjeras que no
hacen más preciso lo que se está diciendo y copiosidad de la bibliografía que se
acumula en las citas.
LELIO FERNANDEZ