De mujeres y arañas


Irene
Jorge Eliécer Pardo
Plaza y Janés, Bogotá, 1986, 139 págs.


pg103.jpg (10829 bytes)

Un deseo y el temor de un deseo atraviesan la obra de Jorge Eliécer Pardo, un deseo y un temor que se desarrollan de un modo estricto, rígido, y conducen la narración al esquematismo y al desenfoque de sus representaciones. En su primera novela, El jardín de las Hartmann (1979), se refiere, por ejemplo, que aquellas mujeres seductoras condenaban a sus amantes a la impotencia sexual. La naturaleza fantástica de esta condena, así como la presentación de otros hechos no menos fantásticos, inscribía la obra de Pardo dentro de esa complacencia literaria en el portento y la causalidad mágica que caracterizó a la narrativa de la época. En Irene, su última novela, el proceso que lleva de la seducción a la impotencia se ha transpuesto a un ámbito de lo psicológico y se ha simbolizado con las arañas que pueblan los sueños del protagonista. El primer párrafo de la obra es, sin rodeos, la presentación ritual de una castración:

Octavio Sarria jamás arrancó de su existencia la oscura guarida de un sueño viscoso. Había visto en un zoológico del Brasil, cómo una migala, araña del tamaño de un gato adulto, mimetizada en el color de la tierra húmeda, encogía sus patas frente al ratón gris que le introdujeron en el cubículo de vidrio, y cómo lo cubría con el tórax y el abdomen para inocularle el veneno en una ceremonia mortal; al rato, la migala se desplazó con sus pasos inaudibles, hinchada y satisfecha hacia el hueco, dejando sólo el pelaje de la víctima en medio de la arena pardusca.

La novela refiere las relaciones del protagonista con las mujeres. Octavio Sarria es un profesor universitario que frecuenta el mundillo de los intelectuales, cuenta con un pasado revolucionario que ha derivado en escepticismo, y en el tiempo que le dejan libre sus clases se dedica al alcohol, la elaboración de un libro de poemas y la lectura de Walt Whitman, uno de cuyos versos le sirve de enseña: "La cópula tiene el mismo rango de la muerte" (pág. 16).

Sarria no es un seductor. Por el contrario, se lo caracteriza como un hombre solitario y obsesivo. Sus recuerdos de infancia están presididos por una abuela autoritaria y una madre que un día se fugó con un amante. Su vida cotidiana se ve animada por las conversaciones ligeras que entabla con Marta. la portera de su edificio, y por la curiosidad con que sigue los movimientos de Nancy, una enfermera vecina suya que sueña con un amor imposible. En las noches suele atormentarlo la imagen de Nereida, la muchacha anarquista que lo deseara en otro tiempo. Muerta Nereida, Sarria tiene relaciones amorosas con Irene, que duran hasta que ella viaja a México. Irene escribe entonces muchas cartas de amor que afirman a Sarria en la esperanza de hacerla su mujer. No obstante, la frialdad con que Irene lo saluda al regresar al país frustra sus proyectos de felicidad. El último capítulo, imprevisible desde todo punto de vista, muestra a los dos examantes en el lecho y al parecer reconciliados (se le obvian al lector los procesos de esa reconciliación). Fieles a una retórica de la circularidad, las líneas finales presentan la figura del protagonista obsedida por la sombra de las arañas gigantes.

Tanto Marta como Nancy son descritas con los rasgos de cierta ingenuidad. Ambos personajes encarnan el tipo de mujer que espera: Nancy sueña con un inaccesible cantante de baladas; Marta con Augusto, un estudiante revolucionario que desapareció en una redada militar. A diferencia de estas dos muchachas, los demás personajes femeninos son presentados con rasgos misteriosos. En el caso de la madre y la abuela de Sarria, el misterio se expresa principalmente a través de la exposición fragmentaria de los recuerdos del protagonista y de la atmósfera de sueño en que el narrador los inscribe. En dicha atmósfera, la figura de la abuela se asocia con las del mar y los caballos. Respecto de Nereida, cabe decir que su nombre —un tanto rebuscado, artificial en la medida en que corre el riesgo de convertir al personaje en una simple alegoría— tiene relación, evidentemente, con las nereidas, las divinidades griegas que pueblan los mares. Esta relación no se desarrolla en la novela, pero permite entrever algún parentesco (el mar) entre la muchacha y la abuela de Sarria. Más interesante, sin embargo, más definitivo, es considerar el nombre de Nereida como un anagrama de Irene. En este sentido, uno y otro personaje encarnan una misma imagen, ambas inspiran el deseo y el temor del deseo que experimenta simultáneamente el protagonista.

pg104.jpg (12950 bytes)

Octavio Sarria percibe el temor de su deseo en las arañas que infestan sus pesadillas y que simbólicamente asocia con sus amantes. Así por ejemplo, cuando Nereida asiste a una de las reuniones de los amigos de Sarria, uno de los invitados declara: "nos has atrapado en tus redes, tú decides a quien devorar" (pág. 20). Y refiriéndose al próximo regreso de Irene, se dice que Sarria "(s)iempre supo esperar en la vida, por eso la llegada de Irene era la eterna vigilia de la araña grande que emergía del hueco para enfrentarse a la (araña) verde" (pág. 105). A partir de esta identidad entre la mujer y la araña se formulan otros predicados. La mujer araña es una figura de la soledad y del aniquilamiento. Octavio Sarria lo presiente en el fondo de una melodía que interpreta en la guitarra para su amante, "como si detrás de Irene avanzara, sigilosa y traicionera, la muerte" (pág. 54). Es, pues, la encarnación de una fatalidad, el ser de un más allá que crea y que destruye, la parca, la mujer que teje un destino.

Pero, como hemos dicho, esta mujer araña, esta tejedora, es simultáneamente un objeto de deseo, una mujer tejida, textualizada, convertida en literatura, asediada por las palabras. Lo ilustra el hecho de que Sarria, pese a que la asociación de Nereida con la araña le produce una noche un ataque de vómitos, suele imaginarla después con cierta delectación:

primero los pies bellos, blancos y proporcionados, los muslos... como si de esa manera la inventara, enfrentándola sin miedo. Cuando la tuvo completa, con su mirada tierna puesta en su cara y con palabras distintas a las de esa lejana noche. entonces la deseó en el eterno sueño de los relojes y en las pausas de la vigilia.
(Pág. 22).

El personaje de Pardo no se permite desear a una mujer sin sublimarla previamente. Para propósitos de su deseo, debe estilizar el cuerpo femenino con ayuda de las palabras o asociarlo con algún tipo de manifestación estética o cultural. Cuando Octavio Sarria conoce a Irene en una exposición de pintura, le comenta al señalarle un cuadro:

—Pareces la modelo de éste.
—Soy la modelo de todos...
este amigo tuyo es un pintor loco...
¿ Cómo pudo conocerme sin haberme visto nunca?
—Te soñó.
(Pág. 43).

Lo que se desprende de los dos fragmentos citados es la necesidad que el personaje siente de substituir a la mujer por una imagen y, en consecuencia, de controlar el deseo conservándolo dentro del marco de esa imagen. Esta mujer soñada (y por tanto, deseable) no se opone, en el fondo, a la mujer araña. Una y otra figuras encubren esa incomprensión que el hombre experimenta ante la naturaleza femenina y, por tanto, el temor de perder el control de su deseo. Este es el temor de la castración que la tradición ha formulado a través del tópico de la vulva dentada.

De mujeres y arañas, del deseo y el temor del deseo trata esta novela de Jorge Eliécer Pardo. La obra, por desgracia, no abre nuevos espacios a esta problemática tradicional. Simplemente la ilustra de un modo esquemático. Sus personajes, algunos de los cuales están descritos con gran ternura, no alcanzan a individualizarse suficientemente. De la misma manera, sus acciones son vagas, imprecisas, se dispersan sin llegar a definirse nunca (la razón técnica de esta deficiencia es el abuso que el escritor hace de un tiempo verbal, el pretérito imperfecto del modo indicativo). Las estrategias de su narración son pobres: el diseño circular y los cambios de voz narrativa se ofrecen más como un ejercicio retórico que como una íntima necesidad del relato. He aquí, pues, una escritura que enuncia las incertidumbres del placer y de la muerte sin entregarse a ellas.

 

EDUARDO JARAMILLO Z.