La medicina en la cultura
muisca
Roberto de Zubiría
Empresa Editorial, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 1986, 174 págs.
La lectura de La medicina en la cultura muisca se inicia con expectación:
¿Cómo desarrollaría el tema un médico de amplio recorrido, con especial interés en el
campo de la psiquiatría e investigador de la historia de la medicina? ¿Cuáles serian su
enfoque y objetivos, al tratar un tema amplío y complejo, en el caso de una sociedad
desaparecida como tal: los muiscas, antiguos habitantes del altiplano cundiboyacense? ¿Lo
abordaría desde la óptica de la medicina moderna, indagando acerca de los conocimientos
de los muiscas sobre fisiología, enfermedades, plantas medicinales...? ¿Utilizaría un
enfoque antropológico, analizando enfermedad y medicina en el contexto cultural propio de
una sociedad indígena, regida por un sistema de pensamiento tan diferente del occidental?
Nos encontramos entonces ante una gran amplitud temática, que tiende a presentarse
desde los dos enfoques mencionados. Desafortunadamente, el libro carece de una estructura
clara. Se presenta como una recopilación de artículos independientes, sin ordenamiento
lógico, algunos relacionados entre sí por referirse a temas que giran alrededor de la
medicina en una sociedad indígena, y otros sin relación con el tema central. Así,
dedica una serie de capítulos a temas generales sobre los muiscas su territorio,
población, comercio a diversos temas relacionados con la medicina el
"pensamiento médico primitivo", el médico en las culturas indígenas,
alimentación, conocimientos de anatomía y farmacología, enfermedades, procedimientos
quirúrgicos a la mitología muisca y a aspectos que rebasan el tema central, como
las enfermedades americanas y el origen de las migraciones, la evolución de la cirugía
en Europa, el algodón en la cultura, etc.
La misma diversidad hace difícil tratar alguno de estos aspectos en profundidad. Pero
la sensación permanente de que la obra incluye información parcial, de que se trata de
una primera aproximación al tema, reside principalmente en el alejamiento del autor de
numerosos trabajos de etnología, arqueología, etno - historia y disciplinas
relacionadas, que por más de veinte años han avanzado notablemente tanto en el aspecto
informativo como en el teórico.
Al abordar el tema de la medicina y el papel del "médico" en las sociedades
indígenas, sintetiza planteamientos de Claude Levi-Strauss, Edward E. Evans-Pritchard y
otros autores, señalando la unión indisoluble entre medicina, magia y mitología,
relaciones que atribuye al "pensamiento mágico", opuesto al científico por ser
totalizador y establecer relaciones especiales entre lo cotidiano, lo cosmológico y lo
sobrenatural. En este contexto, la enfermedad adquiere un carácter mágico y sus causas
deben ser combatidas, por el "médico - sacerdote" indígena, con métodos
mágicos. Los datos sobre los jeques muiscas, extractados de crónicas españolas
de los siglos XVI, XVII y XVIII, atribuyen a estos individuos las facultades de curar
enfermedades, interpretar sueños para predecir acontecimientos, "viajar por los
aires y comunicarse con los espíritus". Todo esto encierra una realidad. Pero no
existe integración entre los planteamientos teóricos y los datos concretos, y el
tratamiento de la información tiene limitaciones. Hace falta la unión de los datos sobre
"médico - sacerdote", drogas y mitología, en una visión integral de la
medicina en su contexto cultural. Falta, en este sentido, una visión antropológica del
tema, que, aunque parezca una exigencia pedante, es imposible desconocer hoy en día al
tratar estos temas, dada la existencia de estudios etnológicos sobre sociedades
indígenas de Colombia, que han enriquecido ampliamente el conocimiento sobre ellos.
Aunque es imposible extendernos aquí en estos temas, vale la pena mencionar que
numerosos investigadores colombianos y extranjeros han penetrado y traducido para nosotros
la complejidad de las funciones del "médico - sacerdote", conocido más
comúnmente en antropología como chamán, individuo capaz de controlar fuerzas
vitales opuestas y encaminarlas hacia el beneficio de la sociedad, para mantener su orden
y equilibrio. Tiene poder para curar, en sociedades donde la enfermedad es considerada
como un desequilibrio social y ecológico. Su poder radica en el conocimiento, que
adquiere trascendiendo la realidad y nivel de consciencia cotidianos, hacia otra realidad
sobrenatural donde puede ver las explicaciones. Logra franquear ese límite a través de
vehículos que, como el sueño y la droga, le hacen alcanzar estados alternos de
consciencia o estados visionarios que permiten entrar en contacto con la realidad no
humana. El doctor De Zubiría advierte que los muiscas conocían y utilizaban la coca, el
borrachero y el tabaco, pero tan sólo menciona que estas plantas poseen ciertas
propiedades farmacológicas, crean alteraciones de la memoria o intoxicación, sin aclarar
cómo usaban estas drogas y para qué. Con la amplia información disponible actualmente,
es imposible referirse a la coca solamente por su "acción sobre la mucosa gástrica
que mitiga el apetito". En el caso concreto de los muiscas, sabemos que, cuando un jeque
terminaba su largo período de aprendizaje, le entregaban la mochila para las hojas de
coca y el poporo calabazo donde llevaba la cal molida que se mezclaba con la
coca para liberar el alcaloide y producir los efectos narcóticos como símbolos de
su sabiduría y prestigio. También, los muiscas nos dejaron utensilios relacionados con
el consumo de drogas, entre ellos las bandejas donde colocaban el polvo de yopo, droga
alucinógena no mencionada por el autor, utilizada por los jeques para alcanzar estados
visionarios, y sobre la cual existe abundante información en las crónicas.
Al analizar la mitología muisca, apoya la hipótesis de una evolución, desde un
período metafísico cuando las deidades eran inmateriales a un período
totémico con deidades asociadas a astros o animales hasta un período
antropomórfico, caracterizado por deidades humanizadas. Estas teorías evolucionistas
lineales tienden a ser revaluadas por numerosos estudios de etnología moderna. La
mitología contiene un tiempo originario en que existía una unidad entre la naturaleza,
los animales y los antecesores de los humanos; una serie de procesos conducirían a la
separación entre la realidad mítica y la realidad cotidiana. Pero estos sucesos
relatados en los mitos no se ordenan cronológicamente ni indican, necesariamente, como
afirma el autor, una evolución "filosófico - teológica" de la sociedad. El
tiempo mítico no es cronológico. Así, cuando Bochica, héroe cultural de los muiscas,
tiende a asociarse con el sol o con el jaguar, y también aparece humanizado, no puede
pensarse solamente en estadios evolutivos del personaje mítico. Esto expresa más bien,
la complejidad de las múltiples asociaciones presentes en la mitología y su visión
totalizadora. Muchas sociedades indígenas americanas establecen esas relaciones: el sol,
energía creadora, principio de fertilidad por excelencia; el jaguar, asociado
frecuentemente a ese astro, representante de la energía vital, la fuerza en la
naturaleza; seres humanizados se relacionan en el mito a ambos. En la sociedad, es el chamán
quien se asocia a esa energía vital representada por el sol y el jaguar, que él
puede adquirir y dominar.
En relación con la alimentación indígena, el autor sintetiza la composición de
distintos alimentos de los muiscas calorías, proteínas, vitaminas y
minerales, interesante manera de llegar a conocer el balance de la dieta de una
sociedad. Al analizar la información, favorece la hipótesis de una alimentación
variada, deficiente en proteínas y grasa animal, con demasiado énfasis en productos
vegetales y con alto valor calórico producido por carbohidratos. La deficiencia en
proteínas de origen animal, argumento basado en información presentada por algunos
cronistas que afirman que la carne de venado era privilegio exclusivo de los caciques,
debe ser tomado con cautela, pues podría reflejar una visión sesgada del español. Estos
y otros datos de las crónicas han sido reinterpretados, mostrando cómo entre los muiscas
existían cacerías comunales de venados y patos, organizadas por los caciques, cuyo
producto era distribuido a la comunidad durante ceremonias colectivas o en épocas de
escasez. Así, la figura del cacique emerge, en ésta y otras sociedades prehispánicas,
como centralizador y redistribuidor de productos y no como acaparador. Las crónicas
mencionan conejos, curíes, aves y pescado, y el hecho de que no existan datos precisos
sobre el alcance de la explotación de este potencial no permite suponer que era
deficiente. Al respecto, el autor no consultó ninguno de los trabajos arqueológicos que
han logrado hallar indicios importantes. Los numerosos restos de curí y venado hallados
en los asentamientos prehispánicos, señalan un importante consumo de esta fauna, y el
curí parece que fue domesticado en el altiplano, muchos siglos antes que los muiscas
ocuparan la región, hacia los años 500-800 de nuestra era.
Entre los factores limitantes de la alimentación de los muiscas, el autor incluye la
carencia de trigo y cebada. Este argumento se basa en la creencia, bastante difundida
aún, de que solamente con la domesticación de estos importantes cereales fue posible el
progresivo desarrollo de civilizaciones avanzadas. Este argumento es válido tal vez para
civilizaciones del viejo mundo, pero no para las culturas americanas. Numerosos estudios
arqueológicos en el continente americano han demostrado la eficiencia de los sistemas
agrícolas de las sociedades prehispánicas y la conveniente adaptación de sus sistemas
económicos a los distintos ambientes donde se desarrollaron. Así, en las tierras
andinas, fue esencial el maíz, rico en proteínas y fácilmente almacenable, combinado
frecuentemente con fríjol y calabaza; mientras que en las tierras bajas tropicales, el
cultivo de variados tubérculos, domesticados en esas regiones, constituyó un buen
complemento dietético de la riqueza proteínica obtenida de la explotación de la variada
fauna que ofrecen esos ambientes. Sobre este tema, se siente también el alejamiento de
trabajos que han interpretado los datos etnohistóricos y arqueológicos, dando una
visión integrada del eficiente funcionamiento del sistema económico de los muiscas: sus
variados alimentos, su eficiente sistema de intercambio y redistribución, el control de
distintos pisos térmicos para abastecerse de productos de diversos climas. Sorprende,
además, el no encontrar ninguna mención de la sal, cuya explotación intensiva
abasteció no sólo a los muiscas, sino también a grupos vecinos y distantes mediante una
importante red de intercambio.
Es necesario señalar también el uso de una terminología que se presta a confusiones,
por no ser utilizada por ningún autor que trate de estos temas. Actualmente, es
generalizado el uso del término muisca para designar a los antiguos habitantes del
altiplano cundiboyacense, quienes hablaban una lengua perteneciente a la familia macrochibcha,
al igual que sus vecinos del norte, los guanes, laches y tunebos, con quienes
compartían muchos rasgos culturales. Esta familia lingüística incluye también las
lenguas habladas por grupos que habitaron territorios de Venezuela, Panamá y Costa Rica.
El autor utiliza indistintamente el término micromuisca y microchibcha, para
designar a los muiscas y a sus vecinos del norte, y el término macromuisca para
referirse a los grupos emparentados lingüísticamente con los muiscas. Esto crea
confusión al mezclar aspectos culturales y lingüísticos y simplifica peligrosamente una
situación de gran complejidad que viene atareando desde hace años a numerosos
investigadores de Colombia, Venezuela y Centroamérica.
ANA MARIA FALCHETTI