De la mañana a la noche
Marta Traba
Editorial Monte Sexto, Montevideo, 1986.
El primer libro de cuentos de Marta Traba, Pasó así, apareció editado
por Arca, de Montevideo, en 1968. Hoy, casi veinte años después, aparece el segundo,
también en Montevideo. Se titula De la mañana a la noche, fue escrito en 1982,
comprende diez cuentos, en 48 páginas de manuscrito, y lleva el subtítulo de
"Cuentos americanos
Aquí están, en consecuencia, estos cuentos sobre el enfrentamiento entre dos
culturas: la estadounidense y la colombiana, elaborados a base de las cotidianas
anécdotas de un muchacho colombiano que estudia en Nueva York literatura comparada. Que,
para ser más precisos, no sólo lee a Rulfo sino que también lo rodea una aureola
romántica. Esto, por supuesto, lo piensa él de sí mismo, no la autora. El muchacho
tiene además veintiún años de edad y está aprendiendo a vivir en la gran ciudad por
antonomasia. Un tema, como se ve, digno de Scott Fitzgerald.
En todos ellos, dos mentalidades se miden y reconocen sus distancias, gracias a estas
pequeñas crónicas de sucesos intrascendentes. A partir de ellas podemos reconocer como
rasgo distintivo de los personajes norteamericanos su propósito de permanecer al margen
de cualquier situación excepcional, trátese de un perro que se cuela en la sala de
espera de una estación de tren, o de un mendigo que se sienta en la barra de un Mc
Donalds y no pide nada. Algunas frases, del segundo de estos, sintetizan el asunto,
desde la óptica del personaje - narrador: "cada vez que no saben cómo actuar se
vuelven catatónicos", "él mismo entraba en el juego de no darse por
enterado", "sus gestos espontáneos estaban convenientemente triturados",
"el asunto no es conmigo. Nunca el asunto es con nadie. ¿Con quién es el
asunto?". Así que aquello que distingue y unifica a los del norte, al parecer, es en
definitiva su rechazo a toda supuesta anormalidad.
Los colombianos, en cambio, el narrador bogotano y su amigo barranquillero Alvaro, que
finge estudiar para abogado y ama La larga marcha, de Styron, semejan sobre todo
este último, propiciar el caos y desatar las tormentas. Se acuesta con una negra, pelea a
puños con su madre, patea a Ed, el amigo norteamericano. Sólo que de toda esta alharaca
no quedara mayor cosa. Machismo, estruendo, bulla: vida en estado puro. Así ellos irán
realizando su apropiación de la ciudad y esta, mecanismo con existencia propia, irá
congelando sus reacciones. Con su tránsito por estas páginas, nos dejan apenas el
testimonio de cuán leves son sus existencias al lado de la vasta complejidad que la
ciudad desarrolla, más allá de tan efímeras aves de paso.
Sí, era "una ciudad que no había sido hecha por sus habitantes sino por sí
misma, creciendo en silencio como una planta nocturna, carnívora y aterciopelada, para
irse luego petrificando hasta quedar detenida en ese aspecto irreal, de telones verticales
con jardines y campos en las azoteas, allá arriba. Todo equivocado de lugar, los muros
hasta el suelo, los vidrios lanzados hacia el piso y los templos en el aíre".
Sólo que en dicha ciudad también son posibles la tragedia y la piedad. El juego y la
risa, y el llanto que no se exhibe. Allí está, para atestiguarlo, la noche en que
velaron a John Lennon, frente a ese mausoleo que era el edificio Dakota, cuando todas las
calles parecían envueltas en celofán; la cinematográfica llegada de dos ambulancias, en
el cuento llamado El edificio, y el disparatado y cariñoso retrato de la apetitosa
negra llamada Holy-inn.
"Temor que pase algo (e) irracional felicidad porque algo va a pasar": la
euforia latina no impedirá la injusticia o la segregación racial, pero un bálsamo de
noche compartida, en la picaresca alegría, redimirá en algo la ruindad de la vida. Un
gesto, un gesto nada más, en la ciudad donde nadie mira a nadie, puede ser tan
revitalizador como triste, y herir más a quien lo produce que a los beneficiados con su
caridad, pero de todos modos ese gesto, que como una limosna insuficiente, no alcanza para
nada, ese gesto innecesario e inmaduro, del buen humor y la loca dicha, del desorden y la
alteración, también nos resulta necesario. También nos hace falta. Aquí, en todo caso,
estos gestos se dan con abundancia.
Sus juveniles reacciones y el carácter tentativo de este manuscrito no nos permiten
vislumbrar mucho más, pero en todo caso, gracias a lo no dicho, a la fuerza incluso de un
puro vacío el caso, por ejemplo, del titulado La entrevista, o la pintura de
Edward Hooper en el denominado La película, buscando "crear un espacio vivo y
protegido de todo, hasta de la insoportable presencia humana", Marta Traba
alcanza a concretar cierta dosis de humanidad adolescente, frágil pero real, enfrentada a
opacidades y misterios, también temblorosos y a ras de tierra. Igualmente empapados de
soledad.
Apuntes, quizás, para futuras reelaboraciones, estos cuentos - crónicas nos permiten
asomarnos, desde un ángulo para mí original, a una relación que en el ámbito político
muchas veces parece un simple diálogo de sordos pero que aquí, en la desnuda respuesta
de un joven que habla poco y que todavía, gracias a Dios, puede ser tan desamparadamente
egoísta como se lo exige la edad, llega a ser mucho más persuasiva y convincente, aunque
no por ello menos frustrada, del todo. Cada cual escucha, tan sólo, su propio corazón,
pero, quiérase o no, la comprensión de sí mismos y la incomprensión hacia los otros
acaban por adquirir otra modulación.
A estas personas, de un modo que casi no pueden comprender, algo les ha pasado, y esto
los afecta, de manera indeterminable pero cierta. La literatura es el único instrumento
científico con que contamos para medir pulsaciones tan evasivas.
Marta Traba, quien tantas veces manifestó su admiración, sin reticencias, por la vida
académica estadounidense, muestra también aquí cómo su estadía en Estados Unidos,
entre 1979 y 1983, cuando tuvo que abandonar el país al serle negada, al igual que a su
marido, Angel Rama, la visa de residencia, también enriqueció su percepción de lo
humano, en sí, y de las tensiones inevitables entre dos maneras de ver el mundo.
Hay por ello algo romántico en este retrato de un todavía no realizado artista
adolescente, que busca, cómo no, "que algo, aunque mínimo, resplandeciera al
hablar", y que a pesar de llamarse a sí mismo Dylan Thomas y leerle a los otros
pasajes de Bajo el volcán, ansia la llegada de su madre para que simplemente lo
quiera y le ayude a coser los sacos rotos. Alguien, en todo caso, que, al igual que Marta
Traba, siempre tenía detrás de sí la "súbita nostalgia de la oscura montaña
bogotana", con sus cielos espesos, sus nubes amenazantes, sus laderas de pinos y sus
crepúsculos demasiado largos. Poco a poco, a pesar de estar en Nueva York, el miedo se va
venciendo y la vida resultaba "insosteniblemente maravillosa". El milagro debía
fabricarlo uno mismo, convirtiendo cualquier cosa en acontecimiento. Tal la conclusión.
Como lo vio muy bien Angel Rama, en una nota aparecida en "Marcha", de
Montevideo, en enero de 1968, algunas de las características de su literatura eran estas:
una sensibilidad poética delicada, tenue, que trata de convertir cualquier
fragmento de la vida real en un pretexto de lo bello; un frenesí vital que late bajo las
palabras, las enardece y arrastra; una atención privilegiada por los objetos o por el
paisaje haciendo de todos ellos cuadros recorridos con fruición; un tema recurrente que
es el amor, el desencuentro, el contacto fugaz, la pérdida y la posesión interior de lo
perdido; un deslumbramiento ante el panorama grande del mundo acompañado de un deseo de
tener, participar, vivir, entremezclarse con él.
En definitiva, una luz poliédrica iluminando sensibles detalles: esos nimios detalles
en los cuales un escritor de raza detecta la verdad.
He escrito ya en otras dos ocasiones sobre Marta Traba, pero ahora, cuando estos
papeles de su archivo se exponen a la mirada del lector, veo con alegría cómo su
peripecia individual, tan evidente, incluso, en estas páginas, entra a convertirse en
parte significativa del mapa mayor de la narrativa femenina en Hispanoamérica.
De María Luisa Bombal a Silvina Ocampo, de Clarice Lispector a Armonía Somers, de
Rosario Castellanos a Nélida Piñón, de Luisa Valenzuela a Cristina Peri Rossi, de Elena
Poniatowska a Rosario Ferré, de Albalucía Angel a Angélica Gorodischer, de Margo Glantz
a Helena Araújo, de Elena Garro a Sylvia Molloy, de Fanny Buitrago a tantas otras que ya
estarán ahí, o que pugnan por venir, la lista es rica, copiosa, y cada vez más
estimulante. En ella Marta Traba ocupa una posición central.
Este pequeño libro, inconcluso pero audible, contribuye sin embargo a enriquecer la
corriente infinita demostrándonos cómo la tradición, por más de ruptura que sea, no
sólo se sostiene en las grandes obras, sino también en las marginalias con voz. Lo bueno
de la literatura, además, es que cura de toda vanidad: comenzó antes de nosotros y
continuará sin nuestra ayuda. Por ello mismo cada nueva palabra que a su caudal se aporte
ha de ser insustituible y personal. La larga frase que Marta Traba, en sus seis novelas, y
en sus dos volúmenes de cuentos, elaboró, ya forma parte inconfundible de esa
ondulación más vasta y decisiva que fue la escritura de ficción a partir de los años
sesenta, en nuestro continente. Allí están, entonces: Las ceremonias del verano, 1966;
Los laberintos insolados, 1967; La jugada del sexto día, 1969; Homérica
Latina, 1979; Conversación al sur, 1981; En cualquier lugar, y la aún
inédita Casa sin fin, escrita entre 1980 y 1981, aguardándonos para valorar su
aporte.
Debemos hacerlo con el mismo rigor crítico con que ella nos enseñó a conocer y
juzgar el arte de nuestros países. Así su lección de simpatía estética y probidad
moral no resultará estéril, ni indigna del todo de estas tierras que tanto amó.
J. G. COBO BORDA