Raíces de la arqueología
en Colombia
Priscila Burcher de Uribe
Universidad de Antioquia, Medellín, 1985, 222 págs.
Hace buen rato que la arqueología en Colombia está a la espera de un estudio
sobre sí misma a fin de evaluar su estado. Con este libro se hace un buen intento, pero
no pasa de esa intención, como se demostrará a continuación.
La obra está dividida en tres partes: Precursores de las investigaciones
arqueológicas; Estudios del siglo XX; La teoría de las invasiones en la arqueología.
Cada parte plantea en estos títulos algo de mayor envergadura que su real contenido.
Es así como la primera parte se centra en determinados cronistas que a juicio de la
autora han sido de especial interés para la arqueología, o sea en aquellas obras que
"contienen descripciones de monumentos, entierros y objetos del período
prehispánico" (pág. 9). En esta parte se incluyen los viajeros y estudios del siglo
XIX que se refieren al tema arqueológico.
En cuanto a los cronistas, describe y cita algunos apartes de Juan de Castellanos, fray
Pedro de Aguado, Alonso de Zamora, Lucas Fernández de Piedrahíta y fray Juan de Santa
Gertrudis. Curiosamente incluye en este grupo a Antonio Cuervo (siglo XIX), quien compiló
diversos documentos y relaciones referentes a la conquista y la colonia. Es esto extraño,
porque la autora omite otros cronistas importantes desde el punto de vista de su utilidad
para los arqueólogos, como son las crónicas de Petrus Martyr ab Angleria (1530), Fernández
de Oviedo (1549), Antonio de Herrera (1615), Cieza de León (1553), fray
Pedro Simón (1626), Nicolás de la Rosa (1789) y otros. Al referirse a los cronistas, la
autora no considera las características de sus escritos, como tampoco su peculiar
tendencia a copiar de los anteriores, como es el caso de Lucas Fernández de Piedrahita.
Se limita ella tan sólo a la descripción de lo que dejaron consignado los cronistas y a
citar apartes sobre tumbas y otros aspectos, todos principalmente circunscritos al Sinú,
a Antioquia y al altiplano cundiboyacense.
En cuanto a la descripción de los viajeros, reseña a algunos extranjeros y
nacionales, quienes en algún aparte mencionan algo del pasado precolombino. Son estos
autores: J. Hamilton, A. Le Moyne, Pierre dEspagnat, A. Codazzi, Manuel Ancízar,
Liborio Zerda y Manuel Uribe Angel. Como con el tratamiento de los cronistas, la autora no
hace explícito el criterio de selección de estos viajeros o escritores. Deja así de
mencionar otros muchos que tratan el tema de las ruinas y los objetos arqueológicos, como
son, por ejemplo: Alejandro de Humboldt, Eliseo Reclus, José de Erettes, Jorge Isaacs y
otros más.
La segunda parte, que lleva por título "Estudiosos del siglo XX", se
restringe a los escritores de comienzos de siglo; la autora destaca como característica
de estos investigadores la descripción pura. El inicio de este período lo marca el
trabajo de Luis Arango Cano (Recuerdos de la guaquería, 1918); continúa con el
antioqueño Tulio Ospina, quien expusiera en 1904 ante la Academia Antioqueña de Historia
varias hipótesis sobre el origen del hombre americano. Procede seguidamente con la
reseña de Vicente Restrepo y su hijo Ernesto Restrepo Tirado. Aquí la autora comete
varios errores, tales como ignorar que la obra Ensayo etnográfico y arqueológico de
la provincia de los quimbayas en el Nuevo Reino de Granada no tuvo su primera
edición, como afirma, en 1929. Es esta una edición posterior, puesto, que la primera se
publicó en 1892 con ocasión de los cuatrocientos años del descubrimiento de América.
Dicho autor elaboró además el catálogo de la exposición y entrega del "Tesoro
quimbaya" en Madrid. La fructífera obra de Restrepo Tirado es muy temprana. Se
explica así cómo su diversa obra trata temas desde los muiscas hasta estudios sobre el
Sinú y la Sierra Nevada de Santa Marta.
Este último es uno de los más completos compendios históricos sobre esta zona y fue
editado en Sevilla en dos volúmenes por primera vez en 1929. Restrepo participó en el
Congreso Internacional de Americanistas, en cuyas memorias (1913) incluyen su ponencia
sobre temas relacionados con la arqueología. De ahí que la obra de Ernesto Restrepo
Tirado tenga, con respecto a la arqueología e incluso a la etnohistoria, una envergadura
mayor que la supuesta por la autora.
Otros escritores reseñados por Priscila Burcher de Uribe son Benjamín Reyes Archila,
J. B. Montoya Flórez y, por supuesto, Carlos Cuervo Márquez. Nuevamente por fuera quedan
un sinnúmero de destacados geógrafos, historiadores, autodidactos y otros que en su
época contribuyeron a la arqueología nacional. Es este el caso de Joaquín Acosta, José
Domingo Duquesne, Pedro María Revollos, Gerardo Arrubla y Eduardo Posada, con su escrito
sobre El Dorado, el cual llegó incluso a ser traducido al francés por J. de Brettes en
1925. En fin, son muchos los escritores que divulgaron sus ideas y propuestas sobre el
pasado prehispánico en el Boletín de Historia y Antigüedades, pero también existieron
otros órganos de divulgación muy importantes en esa época, que lamentablemente la
autora no consideró, como lo fuera El Papel Periódico Ilustrado. Incluso, en el plano
internacional, existía desde mediados del siglo pasado una divulgación de temas
arqueológicos colombianos, algunos de los cuales se encuentran consignados en las
memorias del Congreso Internacional de Americanistas. Desde su creación (Nancy, Francia,
1875) se expusieron temas de arqueología colombiana, como el de Paul Broca sobre cráneos
provenientes de sepulturas indígenas de la sabana de Bogotá. Entre los muchos
intelectuales que expusieron temas de arqueología en dicho congreso, se encuentran
Soledad Acosta de Samper (1892), Eduardo Seler (1894, 1915) y José María Gutiérrez de
Alba (1879).
Como se ha señalado, las dos primeras partes del libro acusan una deficiente consulta
bibliográfica e investigativa. En cambio, la tercera parte es muy diferente. En ella se
tratan las hipótesis de la invasión caribe, en un excelente recuento de las diferentes
propuestas sobre este tema. Comienza con el origen del concepto Caribe para
concluir con los trabajos recientes. Desafortunadamente, entre éstos la autora no alcanza
a incluir en su análisis el estudio de los arqueólogos Carlos Castaño U. y Carmen
Lucía Dávila sobre el Magdalena medio (Fundación de Investigaciones Arqueológicas
Nacionales, núm. 22, 1984), en el cual retoman la migración karib para explicar el
poblamiento de dicha región después del siglo XII. La autora analiza, además de los
testimonios arqueológicos, los planteamientos que existen sobre este tema desde la
perspectiva de la etnohistoria y la lingüística. Llega así a proponer una serie de
puntos que permitirían comprender los movimientos expansionistas caribes.
Esta última parte del libro muestra mayor profundidad en la investigación. Por tal
razón queda la sensación de un fuerte desequilibrio en el tratamiento de los capítulos
que componen la obra. Las raíces de la arqueología están aún a la espera de ser
debidamente investigadas.
AUGUSTO OYUELA CAYCEDO