Sobre fuentes,
temporalidad y escritura
de la historia
TABLA DE CONTENIDO:
LA HISTORIA Y LAS CIENCIAS SOCIALES
ANTROPOLOGIA E HISTORIA: EL PROBLEMA DE
LAS DURACIONES
EL PROBLEMA DE LA CULTURA
LA ESCRITURA DE LA HISTORIA
EL
PROBLEMA DE LA CULTURA
El énfasis de Thompson en relaciones, ideas e instituciones es un énfasis en la
cultura. El problema de la cultura, como el de las temporalidades, distancia y acerca
alternativamente a las diferentes ciencias sociales. Tanto Raymond Williams 15 como Norbert Elias 16 han
identificado la concreción original del concepto de cultura en experiencias europeas
específicas. En el caso de Elias, Kultur se presentaba en la Alemania del siglo
XVIII como una antítesis y una alternativa a civilization. Esta era una reacción
a los modos cortesanos de la nobleza germana que estaban moldeados en formas de
civilización francesa y a los cuales una clase media intelectual oponía virtudes
elementales que eran específicamente germanas. Cultura aparecía así como una etiqueta
que propiciaba procesos de autoidentificación y que favorecía la universalización de
las querellas de una burguesía débil contra una aristocracia extranjerizante. Tal vez en
ningún otro país europeo como en Alemania el espíritu podía inflarse con tanta
grandilocuencia y la libertad interior del intelectual convertirse en un sustituto de la
revolución burguesa.
Para Raymond Williams, en el caso inglés, cultura en el siglo XIX incluía dos
tipos de respuesta a las dislocaciones creadas por una revolución industrial. Una,
"el reconocimiento de la separación práctica de ciertas actividades intelectuales y
morales del ímpetu rector de un nuevo tipo de sociedad; otra, el énfasis en estas
actividades, a la manera de un tribunal de apelaciones, que debían presidir procesos de
juicio social práctico y ofrecerse al mismo tiempo como una alternativa de unión y de
alivio".
En ambos casos se pone énfasis en el
carácter cohesionador de la cultura, en su función como vehículo para propiciar
relaciones humanas auténticas frente a una particular amenaza de disociación. Este
carácter primigenio de la cultura está subrayado en su ampliación etnológica
posterior. De experiencia vivida en circunstancias históricas especificas, el concepto ha
adquirido rasgos suficientemente abstractos como para identificar elementos de cohesión
en diferentes grupos humanos, es decir, para ver a cada uno como portador de una cultura
específica que lo identifica.
Uno de los problemas del concepto reside en que estos rasgos cohesionadores o esta
imagen de identificación están rodeados de valores emocionales difícilmente
comunicables u observables para un extraño. El evidente desacuerdo entre los
antropólogos en la definición misma del concepto (en 1952 Alfred L. Kroeber y
Clyde Kluckhohn inventariaron cerca de trescientas definiciones de cultura en uso entre
los antropólogos) nace de la necesidad de contrastarlo con experiencias diversas, con
toda la gama inagotable de datos proporcionados por una etnografía cada vez más extensa.
En este proceso el concepto ha ido perdiendo los contornos concretos que le dieron origen
para volverse más y más abstracto hasta abarcar todos los datos posibles que definen
individualidades sociales, no sólo primitivas sino, una vez más, sociedades históricas.
El refinamiento en la abstracción del concepto de cultura puede medirse en la
distancia que separa la caracterización descriptiva de Taylor del énfasis en elementos
simbólicos en Clifford Geertz. Para Geertz la cultura no es ya, como para Taylor, el
complejo que incluye conocimientos, creencias, arte, moral, ley, costumbres, etc. sino el
sistema de símbolos al cual debe remitirse todo este complejo para su intelección.
Cultura no es el texto mismo sino el vocabulario con el cual leemos el texto. Así, Geertz
define la cultura como "un tejido de significados encarnados en símbolos y
transmitido históricamente, un sistema de concepciones heredadas expresadas de manera
simbólica, por medio de las cuales los hombres se comunican y desarrollan su conocimiento
sobre la vida y las actitudes hacia la vida" 17. En esta
definición de la cultura, con respecto a las anteriores, se ha operado un desplazamiento
de la consideración de comportamientos o de realidades percibidas como externas a las
interioridades expresadas en sistemas de significación simbólica, es decir, en códigos
a los cuales debe remitirse toda realidad social para su interpretación.
La cultura así concebida ofrece un campo muy promisorio para las investigaciones
históricas. Para comenzar, mediante ella podría revivirse la misma historia política,
tal como lo sugiere la noción de teatro del poder utilizada por Edward P. Thompson
o la evocación de Jacques Le Goff de un ceremonial político 18.
Si poseyéramos para cada época una red de significaciones a la cual pudiéramos
referir cada gesto, cada ceremonia o cada uno de los actos sociales, es decir, si
pudiéramos descifrarlos de acuerdo con un código establecido de antemano (o códigos, en
el caso de la coexistencia de una multiplicidad de culturas, como en América Latina),
desaparecería la extrañeza que produce el distanciamiento temporal. Este ha sido uno de
los problemas centrales de la construcción histórica, el cual ha tratado de resolverse
con nociones como las de vivencia o con construcciones de tipo metafísico como las
de Zeitgeist o Volkgeist.
No es un azar que esta concepción de cultura tenga su origen en la
antropología, en donde siempre ha habido problemas de traducción del espectáculo de
rituales sociales ajenos por entero al mundo europeo. El etnógrafo europeo o
estadounidense se ha forzado a mirar a los otros sabiendo que tiene que hallar una clave
en su propia cultura que le permita interpretar las ajenas. La situación en los países
del tercer mundo es paradójica. Lo que para los europeos pasa por etnografía es, para
nosotros, la sustancia de nuestra propia historia. Pero estamos lejos de reconocer esta
realidad. Sin embargo, una obra como Tristes tropiques de C. Lévi-Strauss podría
perfectamente escribirse a la inversa, sustituyendo Río de Janeiro o San Pablo por El
Havre o Hamburgo ante los ojos atónitos de un viajero latinoamericano. En Europa, la
cultura podía integrar formas míticas elementales o productos más o menos espontáneos
y populares con creaciones refinadas de una "alta cultura". En países del
tercer mundo, como los latinoamericanos, esta integración ha sido deliberadamente
repudiada en muchos casos. Para las elites de estos países, el mundo enrarecido de los
productos culturales europeos ha sido el único que posee legitimidad como expresión de
un ideal de humanidad o de sustento de las relaciones sociales. Esto ha conducido a una
alienación de la propia historia, a la elección quisquillosa de factores que se amoldan
a las convenciones europeas sobre el desarrollo del acontecer histórico.
Todo este sistema de significaciones que conocemos como cultura es un producto
humano, al que deben referirse otros actos humanos. Esta circularidad, que Juan Bautista
Vico descubría como condición y como posibilidad del conocimiento histórico, puesto que
según él sólo era dable conocer las creaciones mismas del hombre, es la que produce la
paradoja del relativismo histórico. O más exactamente, la individualización de lo
histórico. Todo hecho histórico debe interpretarse a la luz del código cultural dentro
del cual se produce. Así, no se trata, como en la tradición clasicista (Vico incluido),
de la posibilidad que brinda una naturaleza humana inmutable de penetrar las intenciones
de otros seres humanos o, en la tradición de la escuela neokantiana (Windelband, Dilthey,
Rickert, etc.), de valerse de la intuición para penetrar "hechos con sentido" o
para situarlos en escalas de valores absolutos. Los códigos culturales deben ser
reconstruidos cuidadosamente de antemano. Esta necesidad podría explicar por qué las
historias, son la mayor parte de las veces, historias nacionales, que no se sienten en la
obligación de explicitar sus propios códigos. O que, cuando se trata de penetrar un
mundo histórico ajeno, la urgencia de una clave parece tan urgente como en el trabajo
etnográfico.
LA ESCRITURA DE LA HISTORIA
El hecho de que la historiografia haya incorporado problemas centrales de las teorías
de las ciencias sociales y de que las fuentes mismas deban considerarse de acuerdo con el
modelo lingüístico que sustenta la moderna crítica literaria, han modificado
sustancialmente la escritura de la historia. Esta alteración parece no percibirse, pues
el discurso histórico continúa viéndose como si se tratara de la misma narrativa cuyos
patrones fueron establecidos en el siglo XIX o se reprocha a los historiadores de no ser
siquiera conscientes del lenguaje que utilizan 19.
El problema del lenguaje historiográfico reside en las convenciones que utiliza.
El papel de las convenciones en la representación histórica puede apreciarse si se
comparan, por ejemplo, ciertos aspectos de los relatos medievales con la historiografía
del Renacimiento. En la crónica medieval, escrita por encargo, el comportamiento de un
soberano estaba prefijado pon las convenciones del género. Si el relato incluía un gesto
que no correspondiera a una imagen de suprema dignidad, el detalle aparecía como una
falsedad patente a los ojos del lector, porque "los reyes no se comportan así"
20.
Durante el siglo XIX el relato histórico se desarrolló como una forma de
representación de la realidad. Como en cualquier arte figurativo, esta representación
debía establecen y luego sujetarse a las convenciones aceptadas entre las
correspondencias del lenguaje y el tipo de realidad que trataba de reproducirse. Como se
ha visto, esto no tenía nada que ver con el contenido de verdad de las fuentes
consultadas sino que constituía una serie de estrategias paralelas a otras formas de
representación realista como la novela, la pintura histórica o la fotografía 21. El realismo histórico obedecía también a ciertas convenciones
básicas o de género, capaces de transformar la experiencia bruta, atomizada, de los
hechos sociales para hacer posible su trasposición coherente en un relato. De la misma
manera que la representación visual nos enseña a ver la realidad (del paisaje, por
ejemplo) de cierto modo, la historia, construida a través de convenciones, compelía a
ver la realidad social y política de cierto modo. Estas convenciones, con las cuales se
construía la representación histórica y que operaban (en muchos casos, siguen operando)
en la representación de la realidad social y política, no estaban constituidas por el
mensaje explícitamente ideológico del relato sino simplemente por los elementos que se
incluían o se excluían de él. Un acercamiento a la realidad histórica dependía de
refinamientos del lenguaje o de la riqueza de las convenciones aceptadas.
La forma narrativa era predominante en la construcción histórica del siglo XIX. Como
tal, debe verse en conexión con el resto de las formas narrativas. Este parentesco ha
inducido a tratar la teoría de la construcción histórica (y no solamente del siglo XIX)
como una parte de la teoría literaria y a extrapolar la teoría de los géneros
literarios para el examen de las obras históricas 22. Sin
embargo, el tratamiento mismo de la historia literaria, es decir, de la historia de los artefactos
literarios, muestra una clara diferencia. Las obras literarias no se reducen a ser
tratadas como meras fuentes sino que reclaman recurrencias en lo intemporal. Este
extrañamiento de la historia se deriva para la literatura, y especialmente para la
poesía, de una concepción metafísica según la cual la palabra tiende permanentemente
(e inútilmente) a la reconstitución del ser. La historia aparece entonces como una base
empírica deleznable que omite el conflicto eterno de la poesía 23.
Las obras narrativas puramente literarias o de ficción parten de formas unificadas que
preexisten a la obra como un molde y le prescriben unas reglas de construcción para que
adquieran ciento carácter y no otro. Así, el artista se propone escribir una comedia,
una tragedia, una novela, etc. Las formas literarias se alimentan de su propia tradición
y no provienen de la vida. Estas tradiciones incluyen arquetipos y estructuras míticas
fundamentales. La referencia mítica permanente otorga un aspecto intemporal a las obras
literarias. Por debajo de la carnadura de referentes histórico - temporales, el conflicto
trágico siempre estará referido a un ascenso y a una caída. Las obras históricas no
pretenden abarcar este aspecto cósmico implícito en toda obra literaria. Por esta razón
Northrop Frye traza una clara línea divisoria entre obras literarias y obras históricas.
El mito (como forma básica de una trama o argumento) no está incorporado en estas
últimas, al menos desde el comienzo. Sólo cuando la obra histórica intenta la
interpretación global del destino o de las culturas humanas (en obras como las de Toynbee
o Spengler) el esquema utilizado asume una forma mítica 24.
Cuando el relato histórico se incorpora dentro de una reflexión sobre las
formas narrativas, o sobre sus procedimientos formales, parece forzoso tomar como ejemplos
las obras históricas del siglo XIX o de la historiografía clásica. Este tipo de
análisis se adapta mal a obras recientes. Hoy, la anexión de los problemas de las
ciencias sociales a la historia ha eliminado el requerimiento de una información
superflua destinada a crear un efecto de realidad 25.
Valiéndose del modelo lingüístico, Roland Barthes postulaba tentativamente un modelo
hipotético de descripción del relato con el cual se pudieran contrastar todos los
relatos posibles. Poco después, a la luz de esta primera tentativa, formulaba la pregunta
de si había alguna diferencia entre el relato de ficción y la narrativa histórica al
examinar el discurso de algunos grandes historiadores clásicos (Herodoto, Maquiavelo,
Bossuet y Michelet) 26. Al examinar el enunciado histórico,
Barthes identificaba unidades de contenido. Estas unidades proceden de la
fragmentación del discurso, de su segmentación en unidades narrativas mínimas que
aunque poseen un sentido no están encadenadas todavía por una sintaxis. En el caso del
relato histórico, estas unidades constituyen colecciones particulares de cada
historiador. En Herodoto, por ejemplo, hay existentes del tipo dinastías,
príncipes, generales, y ocurrentes tales como devastan, reinar, sujetar, aliarse,
etc.
Las clases de estos átomos del discurso no son diferentes de las que suelen
hallarse en la narrativa imaginaria. Como en ésta, pueden ser funciones o indicios.
La función es meramente distribucional en una concatenación plana u horizontal.
Refiere a un acto complementario o consecuente: si se indica que un personaje descuelga un
teléfono sabemos que tendrá que colgarlo en algún momento posterior. Un núcleo de
gestos tiene un desarrollo consabido de tal manera que, introducido el primer elemento, el
autor no tiene que explicitar lo que forzosamente va a pasar. Estas funciones pueden ser
verdaderos núcleos que constituyen la armazón del relato o meros catalizadores que
flotan entre los núcleos para dilatar la acción mediante un suspenso o para crear una
atmósfera. El indicio no es, como la función, meramente distribucional y horizontal sino
integrativo y vertical con respecto a un nivel superior de la organización del discurso.
Su aparición, que puede parecer gratuita a primera vista, cobra sentido al pasar a este
nivel superior (de la "acción" de los personajes o de la
"narración"). Su poder sugestivo se confirma y lo que era indicio se convierte
en certeza significativa. En el relato histórico el indicio es un segmento del discurso
"que remite a un significado implícito, según un proceso metafórico". Barthes
pone aquí como ejemplo a Michelet. que usa "el abigarramiento de los vestidos, la
alteración de los blasones y la mezcla de estilos arquitectónicos a comienzos del siglo
XV como un conjunto de significadores de un significado único, la división moral a fines
de la Edad Media".
El discurso histórico oscila entre los polos de indicios y funciones. El
predominio del uso de indicios inclina el relato hacia una forma metafórica (el caso de
Michelet). Cuando predominan las funciones el relato toma una forma metonímica (historia
narrativa de Augustin Thierry).
Barthes concluye en que el discurso histórico clásico posee una elaboración
imaginaria. El hecho, construido con partículas (funciones, indicios) que pertenecen al
dominio del historiador o a su inclinación por uno de los tropos retóricos
como una colección privada, no puede tener sino una existencia lingüística. Por esta
razón la referencia a lo real no es sino una ilusión, un efecto de realidad (effet du
réel) obtenido mediante el escamoteo de uno de los términos referente
significado significador. En este caso lo significado se confunde con el referente;
es decir, se toma un término lingüístico por la realidad. O como lo expresa en su
célebre formula de los Essais critiques, "Ce que definit le réalisme, ce
nest pas lorigine du modéle, cest son exteriorité á la parole
qui laccomplit".
Barthes percibía claramente, sin embargo, "el desdibujamiento (si no la
desaparición) de la narrativa en la ciencia histórica contemporánea. Los conceptos
prestados de las ciencias sociales no son ya meras colecciones privadas de un historiador
u objetos tocados por un acto poético de reducción de la realidad. La intelección y no
la pintura o la reproducción de la realidad (en la que el orden del relato quiere
reproducir el orden de los acontecimientos) sería el signo de una ciencia histórica
contemporánea. El acceso a lo inteligible según Barthes no son ya las
cronologías sino las estructuras. Aunque, como se ha visto, colocar a la historia bajo el
signo del estructuralismo atrae otro problema: el de la calidad ilusoria de la
representación temporal.
Naturalmente, siempre es posible el retorno a las formas narrativas convencionales.
Inclusive se ha recomendado regresar a ellas para recobrar una síntesis significativa que
se echa de menos en la proliferación de trabajos monográficos 27.
Pero este retorno a las formas narrativas no puede mantener la ilusión de que los meros
recursos narrativos son capaces de desplegar una sucesión temporal de acontecimientos. El
recurso narrativo integra dentro de sus "funciones cardinales" lo consecutivo y
la consecuencia. Es decir, lo que viene primero en el relato se asigna como causa de lo
que viene después 28. El tratamiento argumentativo de las
monografías desecha este recurso. Por eso, cuando se retoman sus elementos en una
síntesis narrativa, la confusión entre consecutivo y consecuencia debe desaparecer. Por
esta razón también una nueva narrativa no puede reducirse a desplegar linealmente un
relato. Detrás de la superficie mansa de un encadenamiento de eventos operan estructuras
de duración variable, corrientes profundas que deben retomarse una y otra vez en
variaciones temporales que desafían la sucesión lineal. La múltiple temporalidad de los
fenómenos históricos inhibe una trama que pueda reducirse a una estructura mítica del
relato. La historia ha renunciado a saber del pasado tal como era, a reconstituirlo en sus
propios términos o a adoptar sus referencias específicas. La atención se ha desplazado
del contenido explícito de los documentos, que podía encadenar un relato, hacia sus
contenidos marginales que fundamentan una forma argumentativa. Los documentos no sólo
remiten a eventos, que pueden desdeñarse como anecdóticos. Remiten también a sistemas
simbólicos dentro de los cuales es posible su lectura. Estos sistemas nunca están
implícitos en su integridad en el documento sino que requieren una construcción previa.
Hoy no pueden tomarse los recursos
narrativos como el núcleo central de la diferencia entre la historia y las otras ciencias
sociales, como si la narrativa estuviera ligada indisolublemente al problema de la
exposición temporal. O como si la narrativa debiera responder a una necesidad estética
según la cual la historia debe desarrollarse como un juego dramático o como un argumento
o intriga (plot) similar al de las obras de ficción 29.
El esquema de la intriga o de las relaciones dramáticas parecía indispensable en el
siglo XIX debido a que con él se introducía un elemento universal reconocible. Hoy, las
relaciones (económicas, de poder, de jerarquías, etc.) que se atribuyen a los actores
históricos (clases sociales, instituciones, etc.) no tienen por qué adoptar este
esquema.
El esquema de la continuidad narrativa ha sido alterado para siempre por la conciencia
del papel que desempeña en la construcción de la realidad el acto individual de la
palabra (la parole). El ilusionismo historiográfico que consistía en "dejar
que los hechos hablen por sí mismos" apropiándose a veces del lenguaje de las
fuentes (como cuando el etnógrafo quiere comunicar sus experiencias con el lenguaje mismo
de los nativos) se ha revelado algo mucho más problemático de lo que suponía la
práctica de los historiadores del siglo XIX.
Los antropólogos, por su parte, han mantenido una ilusión similar. Uno de los
problemas centrales de la etnografía ha consistido en penetrar el "punto de vista de
los nativos" o el problema de ver desde dentro la comunidad primitiva. La
publicación de los diarios de Bronislaw Malinowski, que había contribuido tanto a
acreditar estos métodos, arrojó serias dudas de que el trabajo de campo y la
observación participante fueran "ese milagro de empatía, tacto, paciencias y
cosmopolitismo" que se había creído 30. De manera
semejante, la inmersión del historiador en los documentos debía servir para garantizar
la autenticidad de aquello que rescataba del pasado. Pero los documentos eran una
conexión demasiado tenue como para percibir todas las gradaciones que distanciaban de un
pasado. De allí que esta conexión quisiera potenciarse con la vivencia o con las
convenciones verbales de un efecto de realidad.
El historiador está enfrentado así, como el etnógrafo, a la interpretación de
hechos inscritos en códigos culturales cuya clave no se posee. Si el etnógrafo
experimenta un distanciamiento con respecto a sociedades extrañas pero de las cuales
puede ser un testigo (o testigo, al menos, de lo que queda de ellas), el historiador
experimenta un distanciamiento de su propia sociedad en el tiempo. En el primer caso se
corre el riesgo de caer en el etnocentrismo, en el segundo de cometer anacronismos
flagrantes. Tanto en etnografía como en historia existe, por ejemplo, el problema de
saber qué abarcan, en una sociedad extraña o en una sociedad en el pasado, nuestros
membretes de "economía", "política", "estructura social",
etc. El contorno de los hechos que solemos distinguir con ellos o los aspectos que hemos
abstraído de nuestra propia sociedad, se desdibujan enteramente en una sociedad primitiva
o en el pasado de nuestra propia sociedad.
La solución del historiador no puede ser entonces muy diferente de la del etnógrafo.
En antropología, dos tendencias teóricas, una funcionalista y otra cognoscitiva, ponen
énfasis alternativamente en los comportamientos o en los símbolos y en los significados.
Paralelamente, la historiografía ha desarrollado una historia de las mentalidades y
otorga cada vez más importancia a lo simbólico. También en la sociología histórica de
Norbert Elias la teoría de las configuraciones incluye elementos simbólicos como
el ceremonial y la etiqueta 31. Por su parte, Jacques Le Goff
invita a examinar en cada época ceremoniales políticos cargados de sentido 32 y Edward P. Thompson llama la atención sobre un teatro del
poder como elemento esencial "tanto del poder político como de la protesta y aun
de la rebelión"; es decir, los elementos de una hegemonía cultural 33.
NOTAS:
1 Charles
Tilly, The Contentious French. Four Centuries of Popular Struggle. Cambridge
(Mass.), 1986.
2 E. E.
Evans-Pritchard, "Anthropology and History" (1961), en Social Anthropology
and Other Essays, Nueva York, 1962, págs. 172-191.
3 K. Thomas, Religion
and the Decline of Magic, Londres, Penguin Books, 1984.
E. P. Thompson, Tradición, revuelta y conciencia de clase. Estudios sobre la crisis de
la sociedad preindustrial, Barcelona, 1979. Ph. Ariès, Lhomme devant la
mort, 2 vols., París, 1977.
4 B. Moore, Social
Origins of Dictatorship and Democracy. Lord and Peasant in the Making of the Modern World,
Boston, 1967. Ch. Tilly. The Vendee, Cambridge (Mass.), 1964.
I. Wallerstein, The Modern World-System, 2 vols., Nueva York, Academic Press, 1976,
1980.
P. Anderson, Passages from Antiquity to Feudalism, Londres, 1978, y El Estado
absolutista, México, 1979. Sobre el conjunto de estos autores, véase Theda Skocpol, Vision
and Method in Historical Sociology. Cambridge, 1984.
5 Ch. Wright
Mills, La imaginación sociológica, México 1961, pág. 159.
6 V. Hayden
White, "The Burden of History", en History and Theory, 5:2 (1966), págs.
111-134.
7 J. H. Plumb, The
Death of the Past, Boston, 1971.
8 C. L.
Strauss, Tristes tropiques. París, 1955, págs. 351 y ss.
9 L. Althusser
y E. Balibar, Para leer El Capital. México, 1974, págs. 104y ss.
10 E. H.
Gombrich, In Search of Cultural History, Oxford, 1969.
11 Op.
cit.
12 F.
Braudel, "La larga duración", en La historia y las ciencias sociales, Madrid,
1968, págs. 60-106.
13 M.
Foucault, Larchéologie du savoir, Paris, 1969, págs. 12-13.
14 E. P.
Thompson, The Making of the English Working Class, Londres, Penguin Books, 1980,
pág. 10.
15 R.
Williams, Culture and Society, 1780-1950, Londres, Penguin Books, 1982.
16 N. Elias, The
Civilizing Process. The Development of Manners, Nueva York, 1978.
17 C. Geertz, lnterpretation
of Cultures, Nueva York, 1973, pág. 89.
18 Jacques Le
Goff, "Lhistoire politique est-elle toujours lépine dorsale de
lhistoire?"
en LImaginaire médiéval, París, 1985, págs. 333-349.
19 V. Hayden
White, "The fictions of factual representation", en Tropics of Discourse.
Essays in Cultural Criticism, Baltimore - Londres, 1978, págs. 121-134.
20 V. Linda
Gardiner Janik, Valla on Rhetoric and History", en History and Theory, 12:4
(1973), págs. 386-397.
21 Stephen
Bann, The Clothing of Clio: A Study of the Representation of History in Nineteenth
Century Britain and France, Cambridge,1984, pág. 165.
22 Véase por
ejemplo, Hayden White, Metahistory. The Historical Imagination in Nineteenth Century
Europe, Baltimore - Londres, 1973.
23 V. Paul de
Man, Blindness and Insight. Essays in the Rhetoric of Contemporary Críticism, Londres,
1983.
24 V.
Northrop Frye, Fables of Identity, Nueva York, 1963, pág. 36.
25 V. Roland
Barthes, "Leffet du reel", en Communications, 11 (París, 1968),
págs. 84-89. Sobre la manera como la información superflua crea un efecto figurativo en
la pintura, véase Norman Bryson, Word and Image, French Painting of the Ancient
Régime, Cambridge, 1981.
26 R.
Barthes, "Introduction à lanalyse structurale des récits", en Communications,
8 (París, 1966) y "Le discours de lhistoire", en Poétique, 49
(febrero de 1982), pág. 13.
27 V.
Lawrence Stone. "El renacer de la narrativa: reflexiones sobre una nueva vieja
historia", en Eco, núm. 239 (Bogotá, septiembre de 1981), págs. 449-478.
28 R.
Barthes, "Introduction à Ianalyse
" .Op. cit.
29 Northrop
Frye, Anatomy of Criticism: Four Essays, Princeton, 1957.
30 Clifford
Geertz, "From the natives point of view: on the nature of anthropological
understanding", en Richard A. Shweder y Robert A. Le Vine (Comps.), Culture
Theory. Essays of Mind, Self and Emotion, Cambridge, 1984, págs. 123-136.
31 N. Elias, La
Sociedad cortesana. México, 1982.
32 J. Le
Goff. Op. cit.
33 E. P. Thompson,
"Folklore, Anthropology and Social History", en Indian Historical Review, 3:2
(enero de 1978), págs. 247-266. |