Los historiadores del siglo XVIII
concentraron sus esfuerzos sobre la última etapa del proceso descrito y destilaron sabios
preceptos sobre la composición histórica. La historia era entonces un artefacto
literario montado sobre un universo conocido y limitado de hechos que sólo exigían del
historiador un balance y una armonía en su forma de exposición. Era necesario hacer
resaltar su interés dramático e impartir a su encadenamiento una forma reconocible y
generalmente afín con la de otros géneros literarios. Aquí se acentuaban los elementos
retóricos que el Renacimiento había revivido con los modelos de la edad clásica. La
excelencia de los resultados prestaba autoridad o hacía persuasivas las verdades
generales, de tipo moral o filosófico, de las que esta composición era el vehículo. Se
suponía que de esta manera en el discurso quedaba adherida una parte sustancial de la
realidad o, en verdad, la parte más sustancial, a saber: su enseñanza moral.
El siglo XIX, en cambio, hizo énfasis particular en el problema de las fuentes
históricas y en su utilidad para encadenar una narración. A través de ellas, tanto la
historiografía romántica como la historiografía positivista aspiraban a tener acceso
directo a la realidad del acontecer. Esta aspiración quedó consignada en la insoslayable
fórmula de Leopold von Ranke de wie es eigentlich gewesen o de mostrar "lo
que realmente ocurrió". La secuencia discursiva de la historiografía del siglo XIX
iba colocando los hechos brutos en un orden adecuado para dotarlos de sentido mediante la
mera progresión. Mientras que en el romanticismo este sentido era idéntico al de la vida
que los actores comunicaban a los hechos, el positivismo desechaba todo elemento vital
para encontrar un sentido más bien en la conformación de series de hechos homogéneos y
en la interacción de unas sobre otras. Pero en uno y otro caso el orden del relato debía
reproducir el orden de la realidad.
Simultáneamente con la atención que comenzó a prestarse a las fuentes, se
estableció como una forma de virtuosismo de la composición histórica la disimulación
de toda traza de ellas en el relato. A lo sumo se admitía su presencia esporádica en una
cita destinada a ambientar una época distante con algún giro especial del lenguaje. La
narrativa debía deshacerse del andamiaje de las fuentes para hacer más evidente el
acceso inmediato a la realidad del acontecer, como si el historiador hubiera sido un
testigo presencial de los hechos.
Compárese este procedimiento, que invocaba una limpidez narrativa, con la
introducción de una obra reciente. Charles Tilly abre su libro sobre The Contentious
French 1
con una evocación del localismo de los archivos de Dijon de los que extrajo una parte
de sus materiales. Aquí no hay ninguna preocupación por trasladar imaginativamente al
lector a alguna época remota. Por el contrario, Tilly quiere subrayar la distancia
irrevocable que media entre las formas de conflicto en el pasado con aquellas con las que
el historiador puede tropezarse al trasponer la quietud del recinto de un archivo. La
referencia a un acontecer distante no está trucada por la ocultación de las fuentes o
por el deseo de borrar todas sus trazas en la narración. El historiador despliega ante
los ojos de todo el mundo su manipulación de este material. Si hay lugar a alguna
discusión, ésta no versará sobre la reconstrucción del acontecer sino sobre el manejo
y la manipulación de las fuentes.
Mientras que la exhibición de las fuentes quiere mostrar las deficiencias y la
precariedad de una información que obliga a introducir en ella correctivos, su
disimulación buscaba borrar toda huella del apoyo que brindaban como único acceso a la
realidad del acontecer histórico. La cualidad única de lo vivido en su particularidad
debía reflejarse en el relato y entre la conciencia y el acontecer debía suprimirse la
materialidad de estas mediaciones. La presunción de que las fuentes remitían a una
realidad, a un referente, descuidaba por eso la riqueza potencial del significado de los
textos.
En su rechazo del positivismo, Dilthey
formalizó esta práctica de la historiografía romántica con la noción de vivencia (Er
lebnis). La noción debía servir para escapar al espesor y a la materialidad de las
fuentes en bruto reconvirtiendo su contenido a la vida de la que habían formado parte
alguna vez. Pero lo cierto es que este contenido vivencial no podía proceder sino del
conjunto de las experiencias del historiador mismo. Para ocultar este carácter debía
disfrazar el lenguaje con un traje de época, valerse de los recursos de un arcón repleto
de utilería teatral que podía servir en multitud de representaciones.
La insistencia de la profesión de retornar cada vez a las fuentes debería ir
acompañada hoy de una insistencia similar en la reflexión sobre el significado de
los textos. La exhibición de las fuentes como algo definitivamente extraño en obras
recientes señala a las claras la necesidad de su traducción, en términos de nuestro
propio lenguaje o en el de conceptos que puedan sernos familiares, alejándonos de una vez
por todas de la mimesis teatral.
De datos primarios, con un significado deducible de su secuencia o de su acumulación,
las fuentes han pasado a ser instrumento de verificación. Han perdido así su carácter
de testimonio irrecusable del acontecer. Se las reconoce más bien como registros
parciales y fragmentarios cuya elaboración ha debido pasar en todo caso por una
conciencia humana. Como tales, remiten no a un acontecer sino al acto personal de su
escritura, como cualquier texto. Este problema, que solía enfrentarse como un problema
forense, con una crítica interna y externa de las fuentes como testimonios para
establecer ante todo su veracidad y su autenticidad, aproxima hoy su tratamiento a los
procedimientos de la crítica literaria. Las fuentes no se remiten a fragmentos de una
realidad externa a ellas sino que invitan a ser trabajadas como textos. Su fragmentariedad
busca un complemento no en otros fragmentos (destinados a reconstituir la continuidad de
una secuencia) sino en el contraste con el sistema conceptual del cual forman parte. Sólo
que, a diferencia de los textos literarios, éste es un contexto social, puesto que las
fuentes están lejos de exhibir un estilo o de constituirse en la expresión de un yo
único y autónomo.
Debe haber una elaboración de las fuentes como debe haber, así mismo, una
elaboración previa de la realidad o de los hechos históricos. La primera, acabamos de
verlo, debe acogerse a las técnicas de la crítica literaria. La segunda pasa
forzosamente por el control y la iniciativa de las ciencias sociales. Para la historia ha
sido mucho más difícil (es tal vez mucho más difícil) que para la economía, la
sociología o la antropología pensarse a sí misma como una de las ciencias sociales.
Vale la pena recordar que la antropología busca con empeño divorciarse del mundo
humanístico liberándose del peso del método histórico - comparativo y que esto ha
originado su permanente desconfianza hacia todo tipo de historicismo. Pero aun como
disciplina humanística, la capacidad de la historia para explorar aspectos siempre nuevos
de experiencias humanas, por fuera de los límites de las otras ciencias sociales, la han
defendido de sospechas definitivas en medios académicos en los que la práctica
científica controlada debe conducir a certidumbres. O por lo menos a la apariencia
momentánea de una certidumbre.
Hace un cuarto de siglo el profesor Edward E. Evans-Pritchard 2 predecía que muy pronto las fronteras
entre la antropología social y la historia serían traspasadas en ambos sentidos. Se
preguntaba si la antropología social "a pesar de su desprecio actual hacia la
historia no es ella misma una especie de historia" y encontraba que la diferencia
entre ambas no residía en el método o en el propósito, "puesto que
fundamentalmente ambas están tratando de hacer la misma cosa: traducir un conjunto de
ideas en términos de otro". Hoy, el historiador busca reducir un exceso de
información sobre los hechos para retener los patrones básicos que los informan:
ceremonias, ritos, creencias, actitudes, etc. Basta echar una ojeada a los títulos y a
los temas de que se ocupan los artículos de revistas históricas innovadoras (Annales,
Past and Present), cuando no los de obras como la de Keith Thomas, Edward P. Thompson
o Philippe Ariès 3 para
ver hasta qué punto la predicción de Evans-Pritchard se ha cumplido, al menos por parte
de los historiadores.
En cierta medida la historia se ha alimentado en los últimos cincuenta años de las
expectativas que suelen crearse de vez en cuando en torno al resto de las ciencias
sociales. Ella, a su turno, ha contribuido a alimentar estas expectativas por medio de
debates o de síntesis llamativas como las que ha producido una sociología histórica en
las obras de Barrington Moore, Charles Tilly, Immanuel Wallerstein o Perry Anderson 4. En la línea que va desde Max Weber
hasta Norbert Elias, en la sociología ha existido una tentación permanente de teorizar
los hallazgos de la historia. Esto ha hecho ver a menudo la historia como un campo de
observaciones preliminares en espera del soplo vivificador de un espíritu teórico o como
una especie de trasfondo susceptible de reforzar el alcance de los problemas definidos por
otras ciencias sociales. A lo sumo, se ha visto en la historia una garantía de la
existencia efectiva de los cambios sociales. En el momento en que la sociología y la
antropología estaban dominadas por paradigmas fundamentalmente antihistóricos, Charles
Wright Mills se atrevía a enunciar que las producciones de los historiadores podían
considerarse como "un gran archivo indispensable para toda ciencia social" 5.
Obsérvese, sin embargo, cómo en cada una de las obras de la sociología histórica
que se han mencionado su incursión en el campo de la historia las ha hecho prisioneras de
la elaboración histórica. En ellas, nos vemos más inclinados a reconocer la historia
que la sociología. La razón estriba en que no existe una definición autónoma o
propiamente histórica de los hechos en que se ocupa la historiografía. Estos aparecen
siempre en función de determinada construcción, no como hechos históricos
"puros". En un extremo, el de la historiografía del siglo XIX, el historiador
se veía atraído por el carácter dramático de los acontecimientos, es decir, que los
hechos aparecían como tributarios de sus técnicas narrativas, prestadas a la literatura
de ficción. Hoy, resulta contradictorio considerar que no valga la pena conocer la
historia por sí misma sino como un campo de observaciones destinado a verificar una
teoría o a ampliar el alcance de una observación. En el momento en que el sociólogo
emprende por sí mismo una exploración histórica, descubre a sus expensas que se está
enfrentando con el objeto específico para el cual está concebida toda teoría dentro de
las ciencias sociales.

Desde la perspectiva del historiador, tanto la percepción de la utilización de las
fuentes y de los problemas que entrañan como la escritura misma de la historia se han
visto alterados por préstamos permanentes a las otras ciencias sociales. Sin una
familiaridad con las ciencias sociales, las fuentes aparecen como referencias directas a
un acontecer que debe reconstruirse como una ilación continua y sin cisuras. En este
caso, la naturaleza homogénea del acontecer reducible a un relato determina la elección
de las fuentes y obliga a desechar el grueso de los testimonios que se conservan. Hoy,
ninguna fuente revela un encadenamiento privilegiado. Frente a las posibilidades de
establecer modelos teóricos para auxiliarse en el estudio de algún aspecto de la
estructura social podemos medir la insuficiencia de las fuentes, aun si éstas se
aprovechan masivamente. Las fuentes han pasado a ser así una referencia indirecta de la
realidad social, incapaz de ilustrar todos sus aspectos o de responder a todas las
preguntas que podemos formular sobre ella. Por esto, cualquier inferencia sobre esa
realidad no reposa ya en las fuentes mismas sino en la asociación entre las fuentes y una
teoría, un modelo o una hipótesis explicativa. Las fuentes adquieren una significación
sólo con respecto a una teoría y no constituyen piezas reveladoras en sí mismas o
eslabones en un encadenamiento narrativo. Esto ha traído dos consecuencias: una, la
ampliación del rango de las fuentes aprovechables; otra, la alteración de la escritura
de la historia, que en vez de una coherencia narrativa exige ahora una coherencia
analítica.
Debido a que se enfrenta el mismo objeto
de estudio, el horizonte de los avances en historia está contenido en el de las ciencias
sociales. El tipo de saber que se requiere para establecer una visión válida del pasado,
es decir, para una elaboración historiográfica, no es un saber canónico, fijado de una
manera definitiva y de una vez por todas. No obstante, puede afirmarse de una manera
general que los métodos historiográficos han estado asociados casi siempre a las formas
de racionalismo de su época. Esto era mucho más palpable en el siglo XVIII, por ejemplo,
cuando se recogía una tradición heurística y exegética (mauristas, bolandistas) para
luchar abiertamente contra concepciones míticas del pasado humano. Durante el siglo XIX
la historia, tanto como la ciencia, abrió paso a concepciones progresivas de
organización social.
Estas expectativas sobre la historia han hecho que, en épocas de crisis intelectual,
literatos de todas las tendencias le hayan reprochado el detenerse en prácticas
académicas rituales o cerrar los caminos de la imaginación creadora. Por ejemplo,
Nietzsche, George Eliot, Paul Valéry, Ibsen; la lista es larga y prestigiosa 6. Hoy, la asociación más o menos
estrecha con las ciencias sociales no previene a los historiadores de hacer un uso
ideológico del pasado, es decir, de justificar los poderes de turno o de crear
"visiones engañosas de un pasado con finalidad" 7, pero al menos abre las puertas de una
permanente renovación temática y metodológica. Si se subordina el estudio de las
fuentes y de las formas de expresión de la historiografía a esta asociación, es decir,
si se tiene en cuenta la manera como han sido afectadas por ella, debemos comenzar estas
reflexiones por el examen de algunos de los puntos de contacto y, por qué no, de las
divergencias entre las ciencias sociales y la historiografía.
ANTROPOLOGIA
E HISTORIA:
EL PROBLEMA DE LAS DURACIONES
La piedra de toque para el prestigio teórico de una ciencia social parece
consistir en que sus términos no se refieran a ninguna sociedad histórica en concreto
sino que las cobije a todas. Invocando a Rousseau, Claude Lévi-Strauss 8, por ejemplo, ha querido emprender la
búsqueda de "la base inquebrantable de la sociedad humana". Según él, el
estudio etnográfico "nos ayuda a construir un modelo teórico de la sociedad humana
que no corresponde a ninguna realidad observable pero con la ayuda del cual lograremos
desentrañar [y aquí viene una cita de Rousseau] lo que hay de originario y de
artificial en la naturaleza actual del hombre y a conocer bien un estado que no existe ya,
que probablemente no existirá nunca y del cual es, sin embargo, necesario tener nociones
precisas para juzgar adecuadamente nuestro estado presente ".
En la búsqueda de una hipótesis lógica (de tipo rousseauniano) con una base
empírica, que sirva de modelo teórico a todas las sociedades posibles, el etnógrafo
reduce su contemplación a sociedades inmóviles, en las que todo acto de la vida social
se encuentra fijado definitivamente por las fórmulas de un ritual inalterable. La
tentación de ver reflejado lo más fundamental de nuestra propia sociedad en los rasgos
más simples y verdaderos de sociedades primitivas debe suprimir como superfluo el
conocimiento histórico. Lo histórico, en que se acumulan detalles concretos y vividos de
una sociedad, sólo sirve para disimular el diseño nítido de formas esenciales. Tales
detalles sólo serían apariencias destinadas a disolverse rápidamente en una
temporalidad engañosa.
Es bien conocida la influencia que tuvo el modelo lingüístico de Ferdinand de
Saussure sobre las formulaciones teóricas de la antropología estructural de
Lévi-Strauss. Contra la gramática comparativa (histórica) del siglo XIX, Saussure
había fundado una lingüística sincrónica que insistía en la coexistencia temporal de
sus elementos y en su carácter sistemático. Esta existencia simultánea era el
fundamento necesario de un modelo teórico, de la posibilidad misma de teorizar el
lenguaje, pues de lo contrario todos los fenómenos sujetos a observación debían
aparecer en una dispersión temporal incoherente. Esta idea era singularmente atractiva
para el etnógrafo que buscaba distanciarse tanto de la necesidad de mantener una
observación muy prolongada, y casi siempre imposible, de comunidades primitivas en
disolución o, como sustituto, someterse a teorías evolucionistas o difusionistas. Como
la lengua, las agrupaciones humanas primitivas debían estudiarse en sus elementos
estructurales (o lo que quedara de ellos) tal como aparecían a los ojos del observador,
es decir, simultáneamente y sin recurso a sustitutos hipotéticos de la historia.
Por razones diversas, personalidades tan diferentes como Fernand Braudel, Louis
Althusser y Ernst Hans Gombrich han rechazado para la historia las nociones
estructuralistas. Althusser las asociaba con la concepción hegeliana de la historia
según la cual "la estructura de la existencia histórica es tal que todos los
elementos del todo coexisten siempre en el mismo tiempo, en el mismo presente y son
contemporáneos los unos de los otros en el mismo presente" 9. El hecho de que, según la concepción
hegeliana, todos los fenómenos históricos en un momento dado compartan el mismo
espíritu, permitirían lo que Althusser llama un "corte de esencia", es decir,
la operación intelectual que consiste en establecer un corte vertical en el tiempo
histórico, la congelación instantánea de todo el acontecer para, lograr la coetaneidad
de todos los fenómenos y poder de esta manera explorar sus relaciones.

Para Gombrich, una empresa de este tipo carece de sentido, sobre todo en el intento de
atribuir a toda una época un espíritu similar que unifica todas sus manifestaciones. Tal
es para él el modelo implícito de obras tan prestigiosas como El otoño de la Edad
Media de Johan Huizinga o la Historia del Renacimiento en Italia de Jacobo
Burckhardt. La definición de una época histórica o el fundamento de una periodización
mediante la búsqueda de un espíritu particular (Zeitgeist) que informa todas las
manifestaciones históricas o la "presunción de que debe descubrirse alguna
similitud estructural esencial que permita al intérprete subsumir en una fórmula los
variados aspectos de una cultura" le parece apenas un procedimiento metafórico
enraizado en la metafísica hegeliana 10.
Tanto Gombrich como Althusser rechazan para la variedad de las manifestaciones
históricas un fundamento único, apoyado en presupuestos metafísicos. En ambos casos se
impone la observación de una función transformadora del tiempo, diferente para cada una
de las actividades humanas. Como historiador del arte, Gombrich ni siquiera encuentra
razonable la división en períodos. Prefiere hablar de movimientos, pues
mientras un movimiento o corriente puede atribuirse a individualidades, una época no.
Para Althusser, en cambio, la multiplicidad de niveles en una estructura debe conducir a
asignar a cada nivel una temporalidad propia: "para cada modo de producción hay un
tiempo y una historia propios, con cadencias específicas para el desarrollo de las
fuerzas productivas; un tiempo y una historia propios de las relaciones de producción,
con cadencias específicas; una historia propia de la superestructura política [. . .];
un tiempo y una historia propia de la filosofia [. . .]; un tiempo y una historia
propia de las producciones estéticas [. . .]; un tiempo y una historia propia de las
formaciones científicas [. . .] etc." 11.
En últimas, la respuesta de Althusser no resulta tan diferente de la de Fernand
Braudel, aun cuando no sea sino porque la observación original sobre los diferentes
ritmos temporales la formuló este último en un famoso artículo publicado en 1958 12. Para Braudel era obvio que el oficio
del historiador no podía quedar encerrado dentro de un estructuralismo para el cual la
absoluta inmovilidad temporal era una condición necesaria. Quería, eso sí, tender un
puente que hiciera posible la comunicación entre las diferentes ciencias sociales. Con
respecto al estructuralismo y a la sincronía preconizados por Lévi-Strauss para la
etnología, este acercamiento resultaba problemático por demás, puesto que Lévi-Strauss
insistía en la necesidad de sacar a luz estructuras tan profundas que los cambios
superficiales, aquellos que procedían de los acontecimientos, no podían traducirlas.
Braudel, en cambio, quería hacer posible algo parecido a una reflexión estructuralista
en historia pero sin renunciar a la temporalidad. Estaba de acuerdo tanto como sus
maestros Marc Bloch y Lucien Febvre una generación anterior en que una historia
factual, apoyada en hechos episódicos y aislados debía ser superada. Para ello concebía
una "larga duración" (longue durée) dentro de los límites de la cual
ciertas estructuras profundas actúan pero no se mantienen inalterables. La fuente de esta
percepción era similar a la de Lévi-Strauss (o posiblemente la misma, dada la influencia
de la geografía en los historiadores franceses): la geología, pues las estructuras
levistraussianas se emparentan con el magma terrestre cuya actividad no altera sino
remotamente el paisaje de la corteza.
La noción de larga duración ha permitido la recepción dentro de los estudios
históricos de muchas adquisiciones de la etnología. Pero el desacuerdo inicial permanece
intacto. La hipótesis lógica de linaje rousseauniano de Lévi-Strauss significa un
extrañamiento de toda sociedad histórica. Ella quiere fundar una "base
inquebrantable de la sociedad humana" y se vale para ello de combinaciones binarias
que una conciencia humana imprimiría en el lenguaje de su sociabilidad y que rechazan de
entrada toda combinación dialéctica.
La concepción braudeliana ha tenido también una respuesta en Michel Foucault.
Según Foucault, al mismo tiempo que la historia se inclinaba por la larga duración y
rechazaba la intrusión del acontecimiento puntual, en ciertas disciplinas específicas,
como la historia de las ideas, de las ciencias, del pensamiento o de la literatura, la
atención se dirigía hacia fenómenos de ruptura 13. Esta concepción peculiar en el
tratamiento de la temporalidad de tales disciplinas está destinada a acentuar su
autonomía.
Cualquiera que sea el ritmo que imprime a la temporalidad un orden dado de
acontecimientos (espasmódico, seriado, coyuntural o de rupturas), el historiador no
podrá prescindir de esta dimensión. Su oficio está apegado a las nociones mismas de
cambio y de transformación. Para él, los momentos más significativos son aquellos en
los cuales se opera un cambio. ¿Lo coloca esto en oposición a los objetivos de una
ciencia social que requiere, para la formulación de generalizaciones, la inmovilización
sincrónica de su objeto que hace equivaler a la constitución ontológica de este objeto?
Pero ocurre que la existencia misma de los fenómenos históricos esta condicionada por el
transcurrir. El tiempo es constitutivo de estos fenómenos, y sólo en virtud del
movimiento temporal percibimos en ellos una forma de existencia. Si no se tiene en cuenta
la dimensión temporal, el fenómeno histórico se disuelve en sus elementos aislados. Por
eso, para Edward P. Thompson, un fenómeno como las clases sociales ni siquiera puede
percibirse en la sincronía. Sólo la temporalidad les proporciona una entidad como
experiencia vivida por aquellos que las integran: "si detenemos la historia en un
momento dado, entonces no hay clases sino simplemente una multitud de individuos con una
multitud de experiencias. Pero si miramos esos hombres en un período conveniente de
cambio social, observamos patrones en sus relaciones, sus ideas y sus instituciones. La
clase es definida por los hombres en cuanto viven su propia historia y, al cabo, ésta es
la única definición de clase" 14.