1. Se debe a Jaime Jaramillo
Escobar (1932), como sólo parcialmente lo ha señalado la crónica (a veces la crítica)
literaria colombiana de los últimos dos o tres lustros, una de las pocas realizaciones
con las que la poesía de este país ofrece al lector la posibilidad de una verdadera
aventura estética: Los poemas de la ofensa, que salió a la luz en 1968. Más
tarde, como se sabe, Jaramillo Escobar sumó a éste dos nuevos libros de poesía: Sombrero
de ahogado (1984) y Poemas de tierra caliente (1985), los cuales, sin presentar
el interés, el sondeo interior ni la complejidad poética y orgánica del primero, nos
dan cuenta, sin embargo, de una voz madura y virtuosa, segura de su instrumento y de sus
propósitos. Debe asegurarse, en suma, que el poeta nadaísta configura una
presencia de primer orden en el panorama de la poesía colombiana.
Los dos últimos volúmenes de Jaramillo Escobar, que muestran una cerrada coherencia
entre sí, indican la apertura de una nueva tendencia en su quehacer creativo. Hasta se ha
postulado, nos tememos, una discontinuidad absoluta entre Los poemas de la ofensa y
esos dos volúmenes. Es bueno precisar que entre el uno y los otros sí media una
diferencia que es notoria y significativa, pero no absoluta. Decir eso equivaldría a
pretender que Jaramillo Escobar dejó de ser él mismo y empezó a ser otro hombre, tal
como si hubiera sido objeto de una suerte de transplante de espíritu, de sensibilidad y
hasta de vísceras, lo cual, según sospechamos, hay que considerar absurdo.
Al juzgar el libro inicial en relación con los otros dos, lo primero que se echa de
ver es que en aquél predominan los temas intemporales (la muerte y el mal,
principalmente) y el interés del poeta está orientado hacia lo que podría tenerse como
el destino metafísico del hombre; en tanto que en éstos el predominio es cedido a
los temas sociales y la atención está puesta ahora en el destino histórico, ni siquiera
ya del hombre asumido en términos universales sino de una comunidad específica, de una
nación: Colombia.
Ahora, si el desencanto y la ironía caracterizan la actitud que corresponde al primer
libro, la que hallamos en los dos posteriores se caracteriza por el comprometimiento con
la realidad social, por la voluntad de intervenir en ésta para contribuir a cambiarla.
Así mismo, el lenguaje marca otra diferencia. En Los poemas de la ofensa tiende a
ser parabólico, simbólico; y en Sombrero de ahogado y Poemas de tierra caliente
presenta un nivel más directo y prosaico: un lenguaje de nominación y denuncia.
No obstante, hay también no pocos elementos y maneras que se conservan, que pasan de
un libro a los otros, y que invalidan la idea de una discontinuidad absoluta entre ellos.
Destaquemos, así, la voluntad narrativa, algo del estilo invocatorio, la estructura
acumulativa y múltiple del poema, el humor (si bien es cierto que luego adquiere otro
tinte) y la forma expresiva, esto es, el versículo. Pero más aún: también algunas como
sombras o inquietudes secretas, digamos lo maldito en el género humano y la antinomia
"campo - ciudad".
2. Se advierte en la obra de Jaramillo Escobar una visión maldita e irónica del
hombre. Esto resulta evidente en el primer libro, pero también aunque pueda parecer
paradójico cabe entreverlo en los dos posteriores. El hombre figura en esta poesía
como un ser pequeño y lastimoso, pero también temible y, sobre todo, condenado por su
propia naturaleza a la práctica del mal. En uno de Los poemas de la ofensa se le
hace esta imputación:
Los siglos han pasado inútilmente
sobre ti sin que hayas podido dominar
tu instinto de muerte y mal
y por eso Luzbel te reclama. Así sea.
Sé que ello te envanece,
¡hijo de Eva y la serpiente!
Y en uno de los Poemas de tierra caliente leemos:
Y los motivos políticos o religiosos
de las guerras son nada más
que un pretexto,/ porque los
verdaderos motivos son las
ganas de matar gente y
prenderle / fuego al mundo.
Es decir, donde debe buscarse el origen último del mal, del crimen y de la guerra es
en la propia naturaleza humana, contradictoria e inacabada, la cual resulta, por
consiguiente, refractaria al utópico ideal cristiano de "amaos los unos a los
otros", como se nos recuerda en otra parte del último volumen citado. En Jaramillo
Escobar se observa pues, que es difícil para el hombre escapar al destino trágico de ser
lobo de sí mismo, pero paradójicamente es en el ejercicio de ese destino donde logra
rebasar su esencial pequeñez: sus crímenes crecen hasta lo sublime, como nos dice
el poeta. Incluso, podrían llegar tan lejos tales crímenes en ese ascenso por lo
sublime, que se corre el riesgo muy rumiado por nuestra época de que ellos
desemboquen en la que sería la obra maestra de la maldad humana: la autoinmolación de la
especie, la destrucción del mundo. Esta preocupación también halla cabida en esta
poesía. Hay en ella, en efecto, más de una referencia o alusión a la bomba nuclear, a
la eventualidad de una tercera y última guerra apocalíptica. Constituye ésta una
preocupación propia de quien de alguna manera se siente viviendo ya ese terrible tiempo
que él mismo menciona en uno de sus poemas, esto es, "los convulsivos siglos que
preceden a la extinción y el silencio". De ahí que no sea extraño leer en
Jaramillo Escobar lo siguiente:
Y yacemos aquí
como un amasijo de lepra
revolcándonos en un estercolero
en espera de fin del mundo...
3. Es claro que la muerte constituye un Leitmotiv en Los poemas de la ofensa.
Haciendo extensivo el título del último de sus ciclos, hasta puede decirse
que todo el libro intenta ser, en cierto sentido, una "aproximación a la
muerte", un largo y penetrante recorrido por el tema de la muerte. De ahí que una
vez hecho ese recorrido, para el lector no resultará inopinado puesto que ya habrá
tenido esa impresión encontrarse, en el versículo que le pone punto final al
poemario, con este comentario del poeta:"
es evidente que la Muerte me
persigue, ¿no les parece a ustedes?".
La muerte, sí, lo persigue y la consecuencia de ello ha quedado ante la vista
del lector: el poeta ha terminado persiguiéndola (asediándola) también a ella. El
resultado tangible son poemas tan lúcidos y estremecedores como Aviso a los
moribundos, el cual ya ha hecho carrera, con meticulosa justicia, en las antologías.
No hallamos aquí, frente a la muerte, una mística actitud de conciliación, la cual
no hubiera podido producir poemas de la índole desolada del citado. Lo que hallamos es
extrañamiento y rechazo. La muerte es un suceso sabido, sí, pero "no por sabido es
menos inesperado", ni deja de ser "demasiado cruel". El sentimiento (o la
pena) de la muerte resulta, por tanto, inevitable. Ese sentimiento acusa su presencia en
estos poemas. Más aún: sin que dejen de ser en sí mismos una invitación para asumirlo
y explorarlo, en ellos aparece el tema de cómo conjurarlo. Leamos:
He aquí la fórmula para aliviar la pena
de los condenados a muerte: / Que todo
conocimiento los despoje y se entreguen
salvajemente como un Tezcatlipoca / ya que
sólo el júbilo puede triunfar sobre la Muerte.
El júbilo y, más precisamente, el usufructo del cuerpo, en el que la aterrada
criatura humana "deposita su aspiranza". incluso, aquí se da cuenta de la
charlatanería (hablar ininterrumpidamente) y del "mantenerse ocupado todo el
día" como otras de las "fórmulas" a las que se recurre. Sin embargo, la
conclusión que a este respecto nos presenta Jaramillo Escobar se propone ponernos de cara
a la trágica verdad: "Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse".
4. "Contra la Muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse". Esta certera
línea, que se halla en el poema Provervios de los charlatanes, del memorable libro
inicial, sugiere, según nos parece, la idea de que la costumbre humana de vestirse
constituye también una práctica vana como todas las otras destinada a negar
la presencia de la muerte. Este sentido resulta claro si nos remitimos a un texto de E. M.
Cioran incluido en su primer libro, Breviario de podredumbre, que se publicó en
París en 1949. Dice allí el pensador rumano que "el vestido se interpone entre
nosotros y la nada" y que, por tanto, "gracias a que estamos vestidos alardeamos
de inmortalidad". Todo responde, al parecer, a un instintivo impulso del individuo
por ocultar y olvidar el esqueleto que es debajo de su piel, ya que ese esqueleto
representa la viva imagen de su muerte, de su muerte personal. Tanto la representa que es
por eso que, en el mismo poema referido, Jaramillo Escobar agrega más adelante: "Yo
afirmo la muerte con mis doce pares de costillas". Y es por eso también que nos dice
Cioran, en el texto citado, lo siguiente: "
pasead vuestros dedos sobre
vuestras costillas, como sobre una mandolina, y veréis lo cerca que estáis de la
tumba".
Ahora, hay, pues, como se ve, un diálogo (iluminador para el lector) del poema de
Jaramillo Escobar con el texto de Cioran, sin que en la escritura del primero haya
intervenido la influencia del segundo, eso puede asegurarse, ya que Breviario de
podredumbre sólo se vino a conocer en el ámbito hispánico a partir de 1972, con la
traducción hecha ese año en España por Fernando Savater. Anotemos, entre paréntesis,
que no es raro en literatura que un autor, sin saberlo, explique a otro o resulte explicado
por otro. Bástenos recordar el caso de una polémica estrofa de la Oda a un
ruiseñor, de John Keats, cuya "exacta clave" está, según hallazgo de
Borges, en una página de Schopenhauer.
5. Es Jaramillo Escobar un poeta en quien tiene una fuerte y reiterada presencia
la preocupación ética. Así, en Los poemas de la ofensa el problema del mal asoma
de tal manera su monstruoso cuerpo que llega a constituirse, sin duda, en otro Leitmotiv
del libro, lo cual incluso está ya anunciado desde el mismo título de éste. Ahora,
la preocupación por ese mismo problema aparece también en gran medida en los dos libros
posteriores, sólo que en éstos no se trata ya del mal antológico o individual, como en
el primero, sino del mal social. Más aún: puede afirmarse que en estos dos últimos
libros el poeta se muestra de modo explícito, como un moralista; lo cual, además, no es
involuntario, ya que él asume conscientemente ese papel, aunque lo designe de otra forma:
el poeta es una conciencia crítica en la sociedad, según nos notifica en uno de
los Poemas de tierra caliente.
Pero reduciéndonos en la consideración del tema a Los poemas de la ofensa, hay
un curioso aspecto que queremos señalar (¿o denunciar?): Notamos que allí se insinúa
la idea del mal en vínculo con la ciudad como espacio humano donde se fomenta y se
desencadena, en tanto que, por oposición, la inocencia aparece asociada al campo, a la
montaña "virgen y salvaje". A este propósito, hay en el poema Los huyentes,
de ese volumen, un par de versos que pueden resultar reveladores:
El alma y el agua pueden ser
puras
antes de llegar a las
ciudades.
De manera, pues, que el camino que conduzca a esa alma pura de "los
olvidados lugares de su procedencia" (especie de paraíso antes del pecado original)
a la ciudad, ha de ser fatalmente "el camino de la ofensa", como reza el título
de otro de los poemas del libro. ¿No es posible ver en todo esto la presencia de cierto
matiz maniqueo, carente de todo interés, en la concepción del asunto?
Ahora bien, hay que agregar aquí que esta antinomía "campo-ciudad",
insinuada en Los poemas de la ofensa en relación con el problema moral, se deja
ver también en los dos libros posteriores, pero ahora inspirada en un problema diferente,
que sí parece justificarla y otorgarle plena validez. En efecto, en esta poesía última
de Jaramillo Escobar se advierte, por un lado, una actitud de desarraigo frente al modo de
vida de la civilización industrial o mecánica, cuyo imperio está evidentemente en la
ciudad (a esto se refirió ya Darío Jaramillo Agudelo en el epílogo a Sombrero de
ahogado, al anotar que es allí persistente la idea contra "el progreso
improductivo"). Y, de manera consecuente, se nota bosquejada por otro lado una
nostalgia por la que podría llamarse la civilización artesanal, propia, desde
luego, del medio campesino y cuyo protagonista es lo que, según entendemos, se denomina
"hombre natural". En uno de los Poemas de tierra caliente él mismo se
proclama "un poeta bárbaro", lo cual sea tal vez apropiado invocar a este
respecto.
6. Si se busca en la poesía colombiana una obra cuyo eco se pueda reconocer sin
mucha dificultad en la de Jaramillo Escobar, habrá de darse forzosamente con la de Alvaro
Mutis. El elemento narrativo (que en la una como en la otra tiene una manifestación
rotunda y definitoria), ciertos rasgos estilísticos (la enumeración, verbigracia) y el
vehículo de expresión (versículo, prosa) representan algunas de las afinidades que
establecen el vínculo entre ambas obras, aparte de que para señalar un
detalle el tema de la corrupción del cuerpo, tan caro a la de Mutis, aparece
también, de modo patente, en Aviso a los moribundos, poema del que Moirologhia,
de Mutis, constituye, como es obvio notarlo, un antecedente.
Pero hay otra afinidad que es acaso más significativa: el paisaje colombiano, el
trópico colombiano, que a lo largo de una y otra poesía se deja ver y sentir en sus dos
aspectos: las frías y brumosas tierras altas y las calcinadas tierras bajas. Cabe
decir que, en tal sentido, tanto los de Mutis como los de Jaramillo Escobar son
"poemas de tierra caliente".
7. Resultan notorios en los dos últimos libros de Jaramillo Escobar un ánimo de
exaltación de los valores populares colombianos y una gran preocupación por los
problemas sociales de su país. Los poemas, allí, ciertamente, recogen y celebran desde
dichos, costumbres, comidas, bebidas, leyendas, supersticiones y rituales hasta la
toponimia nacional de origen principalmente indígena, al mismo tiempo que incorporan la
denuncia de los grandes malestares de la sociedad colombiana, como la pobreza y la
violencia, la pérdida de la soberanía política y de la identidad cultural, y el despojo
de sus riquezas naturales a manos extranjeras. Se trata de una poesía que, ante todo, y
deliberadamente, se presenta con un mensaje, y quiere que éste sea usado (no
obstante que "el poema lo repite para siempre") en un medio y un tiempo bien
particulares: la Colombia de hoy.
La patria ha pasado a ser, pues, un tema capital en Jaramillo Escobar. Pudiera ser
interesante cotejar esta tendencia nacionalista suya con la que se halla también en otro
poeta colombiano que resulta, sin embargo, muy diferente: Eduardo Carranza. Esa diferencia
cabe verla precisamente en el tratamiento que uno y otro hacen del tema de la patria, y
puede servir así mismo para apreciar lo que va de un "piedracielista" a un
"nadaísta".
El nacionalismo de Carranza es hinchado y retórico y se alimenta de emblemas, de
héroes del pasado y de fechas gloriosas, y se resuelve, como era de esperar, en un tono
hímnico. Es, en suma, veintejuliero, para usar una palabra que a él mismo no le
hubiera desagradado. El de Jaramillo Escobar, en cambio, está cargado de cotidianidad
humana y, sobre todo, es socialmente crítico. En definitiva, si para aquél "la
patria es como una larga carta / que cuenta cosas como melodías / que nos llenan de
lágrimas los ojos", para éste, en tanto, tiene más importancia mostrar que es
también un voluminoso expediente de infamias. Pero hay aún otra notable discrepancia que
observamos en la concepción de la nacionalidad colombiana, ya que mientras en Carranza se
da preeminencia a lo español sobre lo indígena, en Jaramillo Escobar ocurre todo lo
contrario. Y es que en el "piedracielista" se lee que la Conquista trajo
libertad y dignidad para el indio; y en el "nadaísta", por el contrario, se lee
que trajo depredación y exterminio.
JOAQUÍN MATTOS OMAR