La delgada corteza de
nuestra civilización
Serie Breve, Procultura, Bogotá, julio de 1986, 193 págs.
Estado y clases sociales en Colombia
Serie Breve, Procultura, Bogotá, agosto de 1986, 205 págs.
Marco Palacios
Tanto el hombre público o político profesional como el estudioso u hombre
intensamente privado producen reflexiones marginales al cuerpo de su actividad principal.
Estas marginalia suelen expresar, en el primer caso, cierto compromiso con la vida
del pensamiento y, en el otro, tímidos coqueteos con la vida de la acción. Estos
artículos del rector de la Universidad Nacional, cuya publicación original se escalona
entre 1981 y 1986, poseen una gradación sutil que recorre el camino que va desde la
reflexión más desinteresada hasta los umbrales de la defensa de la política
internacional de un gobierno. En los dos libros se incluyen piezas tan diversas por la
ocasión que les dio origen como un discurso de posesión en la Academia Colombiana de
Historia, el prólogo de un libro, un corto ensayo periodístico, ponencias en congresos
internacionales, síntesis de problemas colombianos incluidas en obras colectivas, y se
ocupan en temas tan disímiles como la política internacional, la arquitectura de la
colonización antioqueña, el comercio exterior o la definición de los esquemas
políticos del siglo XIX y de los rasgos distintivos de una clase política.
En ningún momento estos artículos exhiben la usual hipocresía (o cortesía)
académica de pretender que no son inmediatamente relevantes. A pesar de la variedad de su
materia los dos libros tienen en común un tema dominante cuya urgencia es desplazada a
menudo de los trabajos especializados: el de la definición colectiva como nación y la
necesidad de una respuesta a esta pregunta para orientar la acción política en Colombia.
¿Dónde podrían buscarse los orígenes de esta definición? ¿En qué momento
histórico? ¿En el siglo XVI o en el XIX? ¿Cuáles son las claves para entenderla?
¿Acaso la historia político - institucional, la historia económica, la historia social,
la historia intelectual o la historia de los estilos y de los símbolos que informan los
comportamientos colectivos? ¿Qué contradicciones encerraba la adopción de instituciones
liberales con respecto a una tradición colonial? En estos artículos no hay una respuesta
unívoca o uniforme. Ni una identidad en el estilo. Unas veces usan la jerga apretada que
era usual en los "marcos teóricos" de los sesenta y los setenta; otras asumen
el tono suelto de la causerie irreprimible o hasta el tono solemne de los fastos
académicos.
Pero Marco Palacios es incapaz de una solemnidad definitiva. Por eso despoja los
problemas ético - políticos de la formación nacional de toda entidad para reducirlos a
un juego de imágenes en el que los patricios de la quina del siglo XIX son
intercambiables con los marimberos más recientes. El ensayo más sugestivo de los dos
libros es sin duda, el titulado "la clase más ruidosa". Se trata de digresiones
que tienen su punto de partida en una fuente, los informes de diplomáticos ingleses, e
intempestivamente la abandonan para perseguir, en otras fuentes, una imagen menos
distorsionada de las clases altas bogotanas. Describe así una "idiosincrasia" y
unos "estilos políticos"; es decir, las entretelas y las sinuosidades de cómo
se opera en Bogotá el ascenso social a través de la política. Cierta cultura como la
afirmación de convenciones que identifican a una clase social o como la gramática que
sirve para leer ceremoniales sociales da cuenta, es verdad, de un estilo cachaco. Pero,
trágicamente, no da cuenta del país. Y mucho menos, como pretende el autor, de la
civilización. A lo sumo sirve para hacernos conscientes de los mecanismos de ascenso y de
aceptación dentro de un círculo estrecho, el petit noyau de madame Verdurin.
Rodear esta versión provinciana de la civilización con todos los prestigios de la
legitimidad induce a una lógica cínica. Y a esta lógica se opone otra no menos cínica:
la que quiere hacer tábula rasa de cualquier convención para adueñarse del poder, de todo
el poder, mediante el asalto armado.
El empleo de los conceptos del sociólogo Norbert Elias por parte de Palacios es
confuso. Elias vuelve sobre la distinción, típicamente alemana (recuérdese a Spengler)
entre civilización y cultura. Señala las condiciones históricas precisas
de la Alemania del siglo XVIII dentro de las cuales nació el concepto de cultura. Este
definía un conjunto de actitudes de intelectuales surgidos de una burguesía débil y
excluidos de círculos cortesanos que preferían identificarse con una civilización
cosmopolita. Kultur quería ser en estas condiciones una definición profunda de
las virtudes elementales del pueblo alemán, en contraposición a la superficialidad de
las maneras cortesanas. Desde entonces, gracias a la antropología, el concepto de cultura
ha experimentado un proceso de universalización y sirve para caracterizar los elementos
de cohesión de cualquier grupo humano que afirme su autonomía o busque su
autodefinición con respecto a otros grupos. Paradójicamente, el concepto de
civilización ha perdido su impronta universalista. Los colombianos, por ejemplo, poseemos
una cultura de la violencia o una cultura de la pobreza pero no podriamos tener una
civilización de la violencia o de la pobreza. El proceso civilizador de Elias (Palacios
prefiere "civilizatorio" como traducción de civilizing para conservar el
sentido de un proceso inmanente, no impuesto desde fuera) es un proceso de
autocontención, del primado de las convenciones sobre lo espontáneo.
Atribuir a Bogotá, al cachaco bogotano y a una clase política hormada sobre
las convenciones de las coteries bogotanas esta alta misión resulta audaz y
divertido. Bogotá tuvo siempre, desde los tiempos de los Flórez de Ocariz, estas coteries
que han gravitado en torno del poder. Como las tuvo Quito y Chuquisaca. Gabriel René
Moreno, el inigualable historiador boliviano, se refería a las "sonrisas pérfidas,
de disimulos incalculables, de envidias punzantes, de aprehensiones recónditas, de
perspicacias telescópicas, de todas esas exquisitas y dañinas poquedades altoperuanas,
expertas hasta en el vacío, y que vibraban como microbios ganosos en el medio ambiente
social" para describir a los "civilizadores" de Chuquisaca. Y el primer
panfleto político conocido en Santafé (1717), con el nombre las "Brujas",
caracterizaba estos círculos de manera muy similar a la de Moreno: "[...] ellos,
con risitas afectadas, con cortesías fingidas, con promesas sin sustancia, con
agachaduras y comedimientos ridículos, pretenden engañar a los simples". Es dudoso
que estos círculos puedan atribuirse a sí mismos una misión civilizadora. Su
contraposición deliberada y ostentosa a las formas culturales del resto del país han
revelado, a la larga, su debilidad esencial. No digamos en una prosa acuosa (que se
pretende "azoriniana") que diluye cualquier semejanza con una idea en la
viscosidad de columnas periodísticas interminables o con la reproducción ad nauseam de
jóvenes viejecitos y astutos a los 25 años sino por el hecho ostensible de que la obra
de un García Márquez, de un Grau, de un Obregón o de un Botero se alimenta de negritud,
de trópico o de la remembranza de cursilerías provincianas. En el caso de artistas como
Ferney Franco u Oscar Muñoz, el aura poética de la figuración nimba los ambientes en
los que transcurren las vidas anónimas de la pequeña burguesía de provincia. ¿Vale la
pena poner más énfasis todavía sobre el significado profundo y la vigencia del texto de
Bolívar que Palacios reproduce en la página 52 de su discurso de recepción como
académico?
El sesgo que introduce una valoración excesiva del proceso partidista e
institucional se refleja también en el ensayo sobre "La fragmentación regional de
las clases dominantes en Colombia: una perspectiva histórica". Esta es una
síntesis, bajo la perspectiva del problema Estado nación - región, de trabajos
relativamente recientes. Para abordar el problema con una tesis no
"economicista" y darle más bien una perspectiva política adecuada, Palacios
recorre incidentes de una narrativa que abarca la historia del país desde el siglo XVIII
hasta bien entrado el siglo XX. El análisis de los nudos de influencia de las ciudades
coloniales y la jerarquización del espacio a través de estas ciudades, modelo que se
prolongó hasta después de las guerras de Independencia, suena convincente. Pero después
de 1850 parece faltar algo. En alguna parte el análisis está pidiendo a gritos la
incorporación de nuevos elementos. La adecuación espacio y número de hombres que había
permanecido más o menos constantes dentro de los claustros andinos comenzaba a cambiar.
Los ejes coloniales se desplazaban hacia bolsillos de fronteras agrarias interandinas y
con ello las polaridades culturales y étnicas adquirían un nuevo sentido. Entre otras
cosas hacía posible la asimilación del mestizo, cuya presencia era dominante, en la
"comunidad imaginada" de la nación. Este proceso, vasto y profundo, está
contemplado en otro artículo sobre "Colonizaciones y exportaciones colombianas en la
segunda mitad del siglo XIX". Pero si allí se analizan los efectos económicos de la
colonización interior, nada se dice sobre su impacto cultural. Parecería como si las
soluciones políticas de finales del siglo XIX hubieran sido pensadas en función de la
vieja ecuación entre los hombres y el espacio de los claustros andinos y no se hubiera
tenido en cuenta esta realidad material y tangible de una población mestiza y mulata que
se desbordaba en espacios disponibles, queriendo escapar a la férula del orden
establecido por las preeminencias urbanas coloniales. Hoy, estudios sobre la violencia
como los de Ortiz Sarmiento, Gonzalo Sánchez o James Henderson están mostrando la
necesidad de estudiar la manera como se recrearon formas espontáneas de sociabilidad en
las zonas de colonización, al margen de los proyectos, los hábitos mentales y los
estilos de una clase política a la que Palacios atribuye una virtud civilizadora por el
simple hecho de propiciar el ascenso social de intermediarios mestizos. Sin esta
comprensión cultural, a la que apunta vagamente el prólogo de Palacios a un libro sobre
la "Arquitectura de la colonización antioqueña" ("El espejo de los
enigmas"), se estará siempre tentado a prohijar la vieja dicotomía de Sarmiento
entre "civilización" y "barbarie".
La debilidad de las síntesis de Palacios procede del hecho de que los análisis sobre
el radicalismo y la Regeneración han sido siempre excesivamente políticos. La historia
social de la segunda mitad del siglo XIX está por hacerse. Mientras no se llenen los
nuevos espacios incorporados por las colonizaciones con hombres vivientes, como lo hace,
por ejemplo, Chatherine Le Grand, (y, curiosamente, el mismo Palacios en su obra más
importante sobre el café), seguiremos moviéndonos en medio de las abstracciones y las
significaciones ambiguas de los gestos políticos.
Las reflexiones de Marco Palacios tienen otra vertiente: la de la política
internacional, cultivada en el ambiente propicio del Colegio de México. Leyendo estos
ensayos no se puede menos de sentir cierta envidia por la amplitud del análisis que
alimenta una institución como el Colegio de México. Tal vez por eso los breves
artículos de propaganda incluidos en "La delgada corteza de nuestra
civilización" resultan tan decepcionantes.
GERMAN COLMENARES