Belchite
Arturo Echeverri Mejía
Universidad de Antioquia, Colección Literaria Celeste, núm. 2, Medellín, 1986, 155
págs.
Por estos días, en espacios periodísticos diversos, algunos compañeros de
generación y de afanes literarios de Arturo Echeverri Mejía (Rionegro, 1918 -Medellín,
1964) han saludado con encomio la publicación y los valores intrínsecos de Belchite, novela
que este escritor había dejado inédita y que ahora, según dicho unánime concepto, bien
ha merecido ser dada a la estampa. Jaime Sanín Echeverri, por ejemplo, dice en El
Colombiano: "La Universidad de Antioquia acaba de rescatar una joya de nuestra
literatura".
Un recurso común de estas reseñas ha sido comenzar relatando la ya olvidada aventura
náutica de Echeverri Mejía a bordo de un precario barco de vela. Un día, a comienzos de
1946, el entonces capitán Echeverri Mejía zarpa de la base fluvial de Puerto Leguízamo
y se deja conducir por los vientos y las aguas altaneras del río Putumayo. Ha decidido
escapar lejos, correr los riesgos de una navegación azarosa, antes que exponerse al pairo
eterno de las obediencias inútiles. Después de cuatro meses de travesías impredecibles
por el Putumayo, por el Amazonas, y de peligroso cabotaje por el Atlántico, toca puerto
en Cartagena. La hazaña le vale una condecoración lustrosa (la Cruz de Boyacá), una
sinecura en la Dirección General de la Marina, un registro mundial en los anales de la
navegación a vela y la piedra de toque de una carrera literaria. Porque del cuaderno de
bitácora extraería el material para componer el relato de su odisea. Antares, del mar
verde al mar de los caribes, se llamó aquella obra inicial.
Ejemplar, así mismo, fue el arrojo con que Echeverri Mejía denunció y enfrentó la
persecución política durante la década del cincuenta. De esta época es su mejor
novela: Marea de ratas, una de las pocas con peso literario dentro de la farragosa
muestra que aborda el tema de la violencia en aquel tiempo aciago. "Novela honesta,
viril, concebida en un estilo mesurado y lírico, sereno y apasionado, realista y
poético", la elogiaría Gonzalo Arango 1.
A ella siguieron dos novelas cortas: Bajo Cauca y El hombre de Talara, en
las que mantuvo un muy decoroso nivel de calidad. Inédita quedó Belchite, pues un
cáncer vino a cortar tempranamente aquel periplo literario y vital que tuvo en la
aventura marina (¿ecos conradianos,jackldondonianos?) su fuente primigenia.
Belchite, sin embargo, es obra totalmente prescindible. Tal vez sea un riesgo
decirlo sin ambages, cuando ahora la llaman, sin recato, joya literaria, pequeña obra
maestra. Pero las razones que motivan estos ditirambos brillan por su ausencia;
éstos, al parecer, obedecen a un acomodo conceptual para resaltar las sí importantes
cualidades personales y la obra anterior del amigo entrañable. Por desgracia, toda novela
asume ella sola su propia defensa, muestra sus virtudes, justifica sus yerros menores, o
desnuda sus despropósitos.
El espacio de Belchite es la barriada. El tiempo, el de la adolescencia, cuando
se vive en la paradoja del mundo del juego y del temor a la próxima rutina adulta.
Belchite es en realidad un barrio de clase media inserto en una "pequeña ciudad
colonial; la Rionegro natal del escritor. Y son los años treinta, de acuerdo con la
ubicación temporal explícita por la alusión a la guerra con el Perú, e implícita por
la pudibundez e impasibilidad del discurrir pueblerino.
De entrada, el relato es torpe. Arranca con un exordio "de altura", plagado
de sofismas sobre los infinitos alcances de la ciencia versus la imposibilidad del
autoconocimiento. Los territorios narrativos nunca han sido campo propicio para la
conceptualización, no obstante que la reflexión sobre el mundo sea también tarea de la
novela. Pero en ella otra es la perspectiva: surgiendo al sesgo de la historia que se
narra, cristalizando en la honda y sutil sugerencia simbólica. Nos parece.
"El hombre, en el campo exterior, ha logrado conquistas de un valor tan positivo y
tremendo que basta la sola enumeración para estremecer al más escéptico de los
humanos", y en este tono subido persiste el autor durante varias parrafadas, sin
abrir un espacio narrativo, perdiendo ese instante definitivo en que tendría que
"aturdir al lector con un mazazo", obstaculizando la salida de los auténticos
señuelos del relato: personajes, ambientes, trama. Pero, por fin, cuando decide
asumirlos, algo empieza a titilar en Belchite. La atmósfera apacible del pueblo es
evocada con trazos de cierta calidad "plástica": "Allí, el puente donde
nos apoyábamos para ver los lomos morenos de los peces en la transparencia del
verano"; de cierta fruición sensual: "[En la iglesia] sólo el susurro de los
rezos, el olor a incienso y el tufillo de los cirios derretidos". También los
personajes parecen querer cobrar sustancia. Hay esperanzas. Sin duda estamos ante alguien
con oficio en el manejo de los rudimentos de la narración.
Más aún: sobre la mesa donde el contador de historias quiere echar las cartas de la
ensoñación, se extiende de pronto un mapita ajado con las pistas de lo que pudiera ser
un cofre escondido. Aparecen dos mujeres que parece escindirán sugestivamente el camino
de la educación sentimental del joven Esteban Gamborena, figura central y primera voz de
la novela. La primera es previsible hasta el inicial encuentro con Esteban: "Nos
topetamos a la vuelta de la esquina, y libros y cuadernos rodaron por el suelo"; pero
la segunda es una legítima y feliz variación del personaje de Una rosa para Emilia, el
famoso cuento de Faulkner. "Angelita La Santa vivía sola desde la muerte de los
suyos. Polvo y sombras cayeron sobre las solitarias alcobas de los muertos...". Y uno
recuerda la terca reclusión de la señorita Emilia Grierson.
Pero a partir de aquí, la bien dibujada bruma de Belchite, el denso misterio en torno
a la casa clausurada de Angelita (un tipo repulsivo ha comenzado a rondarla), empiezan a
disolverse. Las primorosas casas encaladas del barrio lucen sus bifloras y rododendros en
la deslumbrante luz matutina. Esteban Gamborena es en realidad un burguesito pueblerino,
vanidoso y tonto (¡cómo subraya la prosapia familiar el autor!), y a ratos un simple
mataperros. Luego vienen los previsibles escarceos sexuales del adolescente. Y en estos
asuntos la novela parece hoy (quizá también en 1960) ingenuamente pacata. Todo un
capítulo se regodea el escritor contando la asistencia furtiva de Esteban a un
espectáculo de strip-tease: "Quedé de una pieza. Alelado. Era para
morir", babea y resopla el personaje. No es la cautela ante el peligro de la
truculencia; es más bien el temor de hacer un libro "impropio para señoritas".
A partir del quinto capítulo la novela sigue un curso incierto. La trama se
desarticula, se vuelve una simple recopilación anecdótica. El narrador abandona el
misterio. Las andanzas voyeristas del chico alternan con una serie de vulgares episodios
de parroquia que el narrador llama "Acontecimientos trascendentales que conmovieron
mi pequeña ciudad". Y el personaje de mayores posibilidades, La Santa, es desalojado
por la crónica autobiográfica de pacotilla. El extraño hermetismo en torno a Angelita
no es propiamente una estrategia del relato.
Con todo, sería necesario admitir que Echeverri Mejía mantiene a todo lo largo una
escritura formalmente correcta, una renuencia a las voces altisonantes y cierta habilidad
para manejar "la puesta en escena". Incluso se revela como virtuoso dialoguista
al resolver con vivísimos parlamentos la anécdota del capítulo IV. Pero la orfebrería
literaria (hablaron de joyas) es algo más que rigor redaccional.
Al final, en un postrero esfuerzo, se pretende sorprender al lector con la revelación
del dato escondido. Ello mediante la recuperación del personaje de Angelita. Pero la
forma es inepta y, ahora sí, truculenta: la joven tenía un amante, nadie menos que Pedro
Viril, un caso aberrante de priapismo, según se insinúa. Y, ¡eufemismo redentor!, La
Santa muere de un tumor en el estómago. "Me pareció justo y natural que al menos el
grito de la carne fuese oído", dice en el epílogo Esteban, con la impavidez de la
distancia y de los años.
Alberto Aguirre 2, en su análisis de la summa novelística
de Echeverri Mejía, reconoce que Belchite "es obra mediocre e ingenua";
pero la disculpa porque tiene "la importancia de revelar al hombre [es decir, al
autor], de dar una serie de datos sobre su infancia". Es decir, para ayudar a
componer la fórmula de "vida y obra de..." en la tarea del biógrafo. ¿Pero la
semblanza erudita externa alcanza a justificar los desaciertos del autor en una obra
cualquiera?
Desconocemos los designios remotos de esta publicación póstuma. ¿Era para el autor
obra terminada y publicable? ¿O apenas un enésimo borrador de un recuento nostálgico
que nunca logró cuajar como verdadero relato? ¿La sexta, la séptima versión la
buena trabazón de frases y de párrafos, lo hace pensar de un tema insoslayable, de
un exorcismo infructuoso de los fantasmas de una infancia?
Las buenas hechuras de Marea de ratas nos llevan a formular estas preguntas.
Resulta evidente que Arturo Echeverri Mejía jamás pudo concebir una solución
genuinamente literaria para los asuntos que trata en Belchite. El mapita del cofre
escondido resultó para el lector otra impostura. Tal vez también para el mismo escritor,
que no supo "esculcar" el cubilete.
RAUL JOSE DIAZ