Transición social y culturas regionales
JUAN MANUEL OSPINA
Economista, estudios de postgrado en
historia. Subgerente cultural del Banco de la República. Ilustraciones: Diego Mazuera
TABLA DE CONTENIDO
TODA VERDADERA CULTURA ES ENRAIZADA
LA CULTURA Y LAS REGIONES
LA TRANSICIÓN EN
LAS REGIONES Y LA CULTURA EN LA TRANSICIÓN
EL UNIFORME INTERNACIONAL
EL CHAUVINISMO SUSPIRANTE
HACIA UNA DEFINICIÓN
TRANSICIÓN alude a una situación
ambigua: no se es ni lo uno ni lo otro, se está abandonando un estadio conocido por otro
aún no reconocido. Implica una crisis de identidad para el individuo o la comunidad que
la vive. Son las crisis de los cambios de edad en el hombre: pubertad, adolescencia,
madurez, vejez, que se dan también en las sociedades aunque no tengan un esquema de
evolución lineal equivalente.
Cada individuo o sociedad vive sus crisis
de manera original, pues aunque para ambos existan las teorías generales de la
evolución, que son de alguna manera teorías generales de las crisis, lo específico de
las experiencias vitales les da a esos procesos sus tonos y acentos, también
específicos.
Es preciso advertir que el concepto de
crisis no tiene necesariamente la connotación negativa de lo catastrófico, que se le
suele dar, y apunta mas bien a la idea de un cambio, de una transformación, hacia
procesos dinámicos cuyos signos pueden ser positivos o negativos. La expresión final de
las crisis en las sociedades y se dejan de lado las de los individuos, que no son
acá el problema se da en el campo de la cultura, donde se sitúa este escrito. La
transición social, el cambio social en general, va concentrándose, registrándose
lentamente en la cultura de esa sociedad, constituyéndose, en su inmensa diversidad, en
la expresión y el fruto de una nación que es múltiple en su estructura social, diversa
en su proceso histórico y diferenciada en sus ámbitos regionales, para hablar del caso
concreto de Colombia.
Pero la cultura no es sólo el registro
pasivo del proceso social concreto que vive cada sociedad, sino que tiene una
potencialidad de transformación de la realidad que la acerca al campo de la Política,
así con mayúscula, aquella que se juega en la discusión, análisis, formulación y
ejecución de las decisiones sociales sobre los objetivos y derroteros de la nación; en
el planteo y resolución de los problemas que tienen que ver con el destino colectivo. En
esa perspectiva, la Cultura como expresión total del pasado, presente y futuro del grupo,
que se manifiesta de manera múltiple dándole a esa nación coherencia en el tiempo
(hacia atrás y hacia adelante), en el espacio (como factor de unidad y de identidad
regional y nacional), y en su estructura social (pues, por encima de las diferentes
apreciaciones regionales y de clase, genera elementos de identidad nacional), en esa
perspectiva entonces, la Cultura y la Política se encuentran ubicadas en un terreno
común, donde son elementos constitutivos de una realidad también común: el devenir
nacional.
La Cultura, como causa y efecto del
proceso social, como elemento necesario en la constitución de la vida social e
individual, está ligada esencialmente a procesos enmarcados en un espacio y un tiempo
determinados, aun en lo que a los intercambios se refiere. Es un fenómeno con
características propias, diferenciadoras, a pesar de que existan elementos generales,
universales. Esas características le dan su peculiar fisonomía, su especificidad
nacional y regional, tanto en los períodos de avance equilibrado la cultura jamás
es estática como en los de transición y crisis.
TODA VERDADERA CULTURA ES ENRAIZADA
El grupo así situado en
un tiempo y un espacio, con una historia y unos orígenes compartidos, con unas obras
materiales y espirituales que han llenado ese tiempo y ese espacio permitiendo de esa
manera su apropiación al hacerse esa historia y al conformarse ese espacio que deviene
paisaje cultural a imagen y semejanza del grupo, como única manera para que sean su
historia, su espacio y sus creaciones, manifestaciones de su vitalidad, es decir, de su
capacidad de creación, transformación y adaptación. En esas condiciones, el resultado
de las acciones registradas como cultura van conformando la llamada identidad nacional,
que es la comprehensión que el grupo logra de su unidad profunda por encima de las
diferencias sociales y regionales.
Esa entidad no sólo es hacia dentro y
hacia atrás en el tiempo, como búsqueda de antecedentes, de ancestros, de raíces, hijos
de una misma historia e idénticos orígenes, como ya se dijo, sino hacia afuera y hacia
adelante, hacia el futuro, dando luces y apoyo para las tareas de construcción del
mañana colectivo. Esa identidad cultural aclarada y asumida en una perspectiva dinámica,
como realidad en permanente construcción, le permite al grupo abrirse creativamente a
otras culturas involucrándose al proceso cultural universal no como simples espectadores,
sino con la claridad y la seguridad del creador consciente de su obra, con la seguridad de
quien sabe lo que tiene. Desprovisto de falsos chauvinismos y chatos provincialismos, el
grupo se abre a las expresiones universales de la cultura para sostener con ellas un
diálogo, un intercambio fecundo entre iguales, afianzado en su enraizamiento, su
autenticidad y su autoconciencia.
La cultura así asumida es entonces una
realidad enraizada y desde allí, desde sus raíces, se abre a la universalidad. La obra
de arte universaliza lo específico, extrayendo de realidades concretas percibidas en su
exacta dimensión interna los elementos universales que en ellas subyacen, a la par que
afirma aquellos que son propios de su entorno generador. El diálogo cultural se da entre
lo específico y lo universal, pues en Cultura la defensa de la diferencia jamás puede
significar encerramiento, aislamiento: la diferencia se consolida de cara a las otras
expresiones culturales.
LA CULTURA Y LAS REGIONES
Si la tarea cultural es
una de abajo hacia arriba, que surge de la realidad, enraizándose en ella, entonces el
entorno social y natural del individuo y de la comunidad serán su entorno primigenio. En
un país como Colombia, son las regiones que lo conforman las que mejor expresan ese
entorno para efectos de análisis y de proyección de acciones culturales, permitiendo
proponer como solución pragmática una verdadera descentralización de esa acción: la
promoción y difusión de nuevos valores culturales; la iniciación del público en la
apreciación y disfrute del arte; el establecimiento de programas que estimulen la
creatividad; la organización de museos, bibliotecas y centros documentales que recojan,
organicen, protejan y difundan el patrimonio cultural, son todas tareas que deben
conformar la actividad del Estado en la región, actividad que garantizará allí la
generación de vida cultural encontrando luego los cauces y los escenarios apropiados para
hacerse ésta presente no sólo donde se generó, sino en otras regiones del país,
dándose el intercambio cultural interregional con el conocimiento recíproco de las
regiones y la correspondiente profundización en la comprehensión de sus especificidades
y también de sus elementos comunes, unitarios.
En Colombia, nuestra realidad cultural
tiene base regional y se hace nacional y universal a partir de ella; correlativamente la
identidad cultural nacional es ante todo identidad cultural regional que en el diálogo y
la comparación interregional se profundiza, haciéndose nacional. Colombia se abre hacia
sí misma y hacia el mundo desde la gran variedad de sus regiones. Desde allí se
construye como Cultura.
Lo anterior se fundamenta en una
constatación objetiva: la realidad actuante de sus regiones como historia, como
cotidianidad y como esperanza de futuro. Sólo por esa vía se podrá adelantar una
acción cultural verdaderamente creativa y llena de contenido real, abierta a la
participación democrática y con vocación cierta de conformar una identidad nacional
fruto de esas identidades regionales plenamente asumidas y fundidas creativamente en el
marco unitario de la nacionalidad.
LA TRANSICIÓN EN LAS REGIONES Y LA CULTURA EN LA
TRANSICIÓN
Pero lo que se viene
diciendo no debe engañar a nadie: esa realidad regional y de generación cultural no
forma parte de un cuadro inmutable. Por el contrario, está inmersa en la transición y en
la crisis, en los términos planteados al comienzo de este artículo.
Colombia se debate en la ambigüedad y el
desconcierto de su transición. Sus ciudades, sometidas a un crecimiento aluvial, no
planificado y desbordado, son ruralizadas por los campesinos inmigrantes, encontrándose
impotentes para asimilar, para urbanizar a esa población desplazada pero no desarraigada
aún de lo que fue su entorno vital: el mundo rural. La crisis que ésta situación
acarrea no es sólo de empleo, de techo y de suministro de los servicios básicos, sino
también de expresiones culturales, de formas de convivencia social, de valores
reguladores de la vida en común, en familia e individual.
El paso de la vida rural a la urbana, con
empobrecimiento de la primera y sin una transformación de la segunda para adaptarla a las
nuevas situaciones, genera la ambigüedad y el sentimiento de crisis propias de un estado
de transición. Las regiones van perdiendo sus rasgos característicos, en buena parte
alimentados por sus componentes rurales: son regiones componentes de una sociedad que era
predominantemente rural. Se van identificando en la ambigüedad de un urbanismo difuso y
en crisis donde el individuo se encuentra enfrentado a realidades nuevas, armado para ello
con viejos valores. Es este el escenario óptimo para la insolidaridad, para la búsqueda
desesperada e individual de la supervivencia con su secuela inevitable de comportamientos
antisociales, es decir insolidarios, signados por la violencia, es decir por el desespero.
Se convierten en arquetipos sociales los grandes triunfadores solitarios e irrespetuosos
de unas reglas y unos valores sociales vaciados de credibilidad: el mafioso y el
financista inescrupuloso.
El caso más patético de lo expuesto es
Antioquia, que alcanzó los mayores niveles de desarrollo social y cultural en el viejo
esquema de sociedad tradicional que se urbaniza dentro de un marco cultural rural con
valores fuertemente arraigados y una estructura social de disciplina en el trabajo,
solidaridad social, respeto a las jerarquías y relativa movilidad interclasista, aceitado
todo con un crecimiento económico aceptable que ocultaba los desajustes entre la vida
social concreta y el marco cultural que la envolvía.
Al entrabarse el proceso económico, hace
crisis el marco cultural, y las energías sociales liberadas de ese encuadramiento se
desbordan hacia el crimen y la insolidaridad bajo todas las formas imaginables del
rebusque, que es la manifestación palpable de la pérdida de los elementos que aglutinan
y le dan sentido al grupo social.
Este análisis sitúa el problema del
país en una perspectiva más profunda que la de una simple crisis económica,
colocándola en el campo amplio de la Política y de la Cultura, obligando a mirar hacia
el proceso seguido en el desmonte de unos valores, de unos objetivos, de unos
procedimientos y unas normas de comportamiento, productos de una sociedad que tenía otro
tamaño, otro horizonte vital, otro entorno cotidiano, otras bases de sustento material,
de las que hoy existen. Es un profundo desajuste entre la infraestructura y la
superestructura de la sociedad. Si no se quiere caer en él burdo determinismo, debe
reconocérsele a la superestructura una autonomía relativa y obrar en consecuencia.
Ante la situación descrita pueden darse
tres actitudes, resumibles de la siguiente manera:
EL UNIFORME INTERNACIONAL
La raíz de la situación
está en el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas que no sólo arrasan con las
formas autóctonas de producción, generalmente artesanales, sino también con las formas
culturales autóctonas, sean nacionales o simplemente regionales, sustituyéndolas por una
cultura internacional, que no universal, uniformante y por consiguiente incolora, inodora
e insabora que no corresponde a realidades sociales específicas salvo a la
generalización e internacionalización del capital ("el capital no tiene
patria"). Es la Cultura de los medios de comunicación, de las agencias de
publicidad, de la arquitectura internacional (el edificio queda igual de bien o de mal en
Bogotá o en Taiwán), de la moda internacional (porque no es ni francesa, ni italiana, ni
británica...), de la comida internacional (porque ídem), de la plástica o la música
internacional (igual lo hubiera podido hacer un polaco o un pastuso), de los hoteles de
cadenas transnacionales que llevaron a Gabriel García Márquez a vivir una situación de
pesadilla, como él lo contara en una de sus columnas dominicales, de despertar en la
habitación de uno de esos hoteles y tener dificultades para recordar en qué ciudad, en
qué país, en qué continente se hallaba. ¿Habráse visto caso más patético de
desarraigo, de "artificialidad" en la vida, es decir, de internacionalización
de la misma.
Esta actitud ha generado frecuentemente
posiciones conniventes con las acciones y el significado de la mafia, propagadora de la
peor caricatura de esa cultura internacional, en muchos aspectos asimilable al
"american way of life". Igualmente lleva a ver las expresiones culturales
autóctonas como menores y pintorescas, a mirarlas condescendientemente, aunque con un
poco de nostalgia, pues... los orígenes no se olvidan tan fácilmente.
EL CHAUVINISMO SUSPIRANTE
En las antípodas de la posición
internacional y liberal, encontramos la de la nostalgia de un pasado idealizado (el
"siquiera se murieron los abuelos ...") que aunque se sabe perdido buscan
revivirlo con terquedad cayendo en posiciones reaccionarias, es decir ahistóricas,
bohemias, es decir, individuales, que obstaculizan el proceso de creación y recreación,
que no restauración, cultural que el país requiere. Es la caricatura chauvinista del
nacionalismo, cerrada al futuro, abierta sólo a un pasado idealizado que ve en la
identidad cultural únicamente el medio para deificar ese pasado, identidad ya acabada que
sólo debe ser reencontrada para venerarla, privándola de su contenido dinámico y
creador, como realidad en permanente estado de recreación y de redefinición.
Como con los nostálgicos de la reina
Victoria y del glorioso imperio británico o con los hispanistas suspirantes de un Felipe
II y su imperio "donde el sol no declina", estos nostálgicos criollos aparecen
donde paradójicamente debería asumirse ese pasado de manera más creativa para, a partir
de él, interpretar el presente y proyectarse decididamente hacia el futuro.
HACIA UNA DEFINICIÓN
Una tercera posición, que
no es la del medio, definible por lo que no es a la luz de lo planteado para las otras dos
posiciones, o por lo que es a partir de lo dicho en las páginas anteriores, marca el
énfasis en que la cultura es enraizada, no se da artificialmente en ambientes
"internacionales" nuevamente, incoloros, inodoros, insaboros pues
tiene olor a puerto, a sudor, a selva y a pinar, colores del Caribe o del Mediterráneo,
taciturnidad boyacense o locuacidad vallecaucana; refleja en su cocina lo que la tierra
da; se expande en función de los horizontes físicos que vive su creador, etc, etc.
Pero también es universal, cosa muy
distinta de ser internacional, pues universal significa que por su calidad, por su
capacidad para adentrarse en las realidades universales del hombre, ha llegado esa
creación a ser patrimonio de todos los, hombres. Nada que ver entonces con la
cosmetología, los bestsellers impulsados por la propaganda, la explotación de las
inclinaciones a lo novedoso, a lo diferente, del común de las gentes.
Significa abordar la situación desde una
doble perspectiva de apoyo a la expresión nacional y de difusión de lo más
representativo de la cultura universal, colocadas ambas en pie de igualdad.
Significa también que en la situación
actual son inválidas tanto las posiciones de contemplación nostálgica del pasado como
las que buscan la evasión hacia adelante, en el difuso territorio de lo internacional.
No. El compromiso cultural es aquí, desde esta tierra, y ahora, en este presente
cuestionador y avasallante. La capacidad de trascender las urgencias del momento para
llegar a fundamentos más estables, le dará las bases a un nuevo paradigma cultural que
el país reclama. Paradigma que reflejará los valores tradicionales reelaborados en su
contacto con nuevas realidades. Valores que mantengan su capacidad adaptativa, pues, por
ejemplo, la solidaridad o el sentido de la familia no pueden expresarse de la misma manera
en una sociedad rural que en otra en tránsito hacia la modernidad capitalista. Ni la
mujer, la femineidad y la pareja pueden ser iguales hoy que en los locos años veinte o en
los apacibles de la hegemonía conservadora. No significan estos cambios que haya
desaparecido la familia o la pareja o la femineidad, para seguir con el ejemplo, sino que
son conceptos (y realidades) en transición que necesitan ser redefinidos y reasumidos de
manera creativa, a partir del legado de la historia (y de la tradición) y contando con
las solicitudes de la realidad presente. Igual cosa puede decirse de las manifestaciones
artísticas: desde los moldes tradicionales del bambuco, el porro, el joropo o el mapalé
pueden y deben elaborarse expresiones que consulten los nuevos hechos, pues la casita
blanca poco le dice al colombiano sobre su vida, sus expectativas, sus creencias, aunque
tal vez sí mucho sobre sus nostalgias. Se deben enfrentar activamente las manifestaciones
culturales para con originalidad y enraizamiento transformarlas de acuerdo con los cambios
de la sociedad, para que la interpreten y la completen, para que sean parte viva de ella y
no simples supervivencias románticas de épocas pasadas.
Pero en la transición también se
fortalece la aparición de nuevas formas culturales que la sociedad debe asumir y asimilar
enriqueciendo así su acervo cultural. La permanencia de esas formas dependerá
fundamentalmente de su capacidad de compenetrarse con la realidad, de complementar las
manifestaciones ya existentes con las cuales entran en interacción.
Las regiones y sus segmentos urbanos son
el teatro por excelencia donde se elabora el nuevo paradigma cultural. Es allí donde debe
reflexionarse sobre el sentido del ser antioqueño o costeño o caleño o bogotano hoy, en
1984, y sobre las expresiones que debe asumir ese ser que serán mezcla creativa entre lo
tradicional (rural) y lo nuevo (urbano); debe dilucidar el cambio en los valores y en las
pautas de comportamiento social e individual que le darán el marco cultural para enrumbar
solidariamente las energías, superando el individualismo desesperado y violento que
impera en la jungla de cemento que son, en la hora actual, las ciudades colombianas.
Una cultura urbana antioqueña, por
ejemplo, dejará de lado lo típico del carriel, las alpargatas y la ruana para conservar
y expresar de nuevas maneras el apego antioqueño a su tierra y a sus costumbres, su
sentido de la franqueza y de cierta austeridad en su forma de vivir, superando otros, como
son su insensibilidad frente a la naturaleza o una innecesaria ordinariez en los
comportamientos, erróneamente exaltada como expresión de la franqueza y aun de la
austeridad, ya mencionadas.
De este proceso saldrán entonces nuevas
manifestaciones, nuevos esquemas de comportamiento pero también nuevas fisonomías
regionales más cercanas entre sí por estar cimentadas en la vida urbana, que uniformiza
más que la rural, pero de todas maneras con sus rasgos peculiares, frutos de su historia
y de sus condiciones específicas; rasgos que estarán urbanizados pero que seguirán
presentes; y en el juego de estas unidades y diferencias se redefinirá una totalidad
compleja: la cultura nacional colombiana, y un elemento identificador y unificador: la
identidad cultural del colombiano residente en un país en trance de desarrollarse en
medio de enormes problemas e incertidumbres pero que avanza hacia un estadio urbano y
moderno que necesita ser interiorizado y expresado culturalmente en un nuevo paradigma
cultural para Colombia 2000, tarea actualmente en ejecución aunque no se tenga plena
conciencia de la misma, conciencia que acelerará el proceso y permitirá disfrutar
anticipadamente de sus frutos. |