Boletín Cultural y Bibliográfico.  Número 1Volumen XXI,   1984

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Transición social y culturas regionales

JUAN MANUEL OSPINA
Economista, estudios de postgrado en historia. Subgerente cultural del Banco de la República. Ilustraciones: Diego Mazuera

TABLA DE CONTENIDO
TODA VERDADERA CULTURA ES ENRAIZADA
LA CULTURA Y LAS REGIONES
LA TRANSICIÓN EN LAS REGIONES Y LA CULTURA EN LA TRANSICIÓN
EL UNIFORME INTERNACIONAL
EL CHAUVINISMO SUSPIRANTE
HACIA UNA DEFINICIÓN

TRANSICIÓN alude a una situación ambigua: no se es ni lo uno ni lo otro, se está abandonando un estadio conocido por otro aún no reconocido. Implica una crisis de identidad para el individuo o la comunidad que la vive. Son las crisis de los cambios de edad en el hombre: pubertad, adolescencia, madurez, vejez, que se dan también en las sociedades aunque no tengan un esquema de evolución lineal equivalente.

Cada individuo o sociedad vive sus crisis de manera original, pues aunque para ambos existan las teorías generales de la evolución, que son de alguna manera teorías generales de las crisis, lo específico de las experiencias vitales les da a esos procesos sus tonos y acentos, también específicos.

Es preciso advertir que el concepto de crisis no tiene necesariamente la connotación negativa de lo catastrófico, que se le suele dar, y apunta mas bien a la idea de un cambio, de una transformación, hacia procesos dinámicos cuyos signos pueden ser positivos o negativos. La expresión final de las crisis en las sociedades —y se dejan de lado las de los individuos, que no son acá el problema— se da en el campo de la cultura, donde se sitúa este escrito. La transición social, el cambio social en general, va concentrándose, registrándose lentamente en la cultura de esa sociedad, constituyéndose, en su inmensa diversidad, en la expresión y el fruto de una nación que es múltiple en su estructura social, diversa en su proceso histórico y diferenciada en sus ámbitos regionales, para hablar del caso concreto de Colombia.

Pero la cultura no es sólo el registro pasivo del proceso social concreto que vive cada sociedad, sino que tiene una potencialidad de transformación de la realidad que la acerca al campo de la Política, así con mayúscula, aquella que se juega en la discusión, análisis, formulación y ejecución de las decisiones sociales sobre los objetivos y derroteros de la nación; en el planteo y resolución de los problemas que tienen que ver con el destino colectivo. En esa perspectiva, la Cultura como expresión total del pasado, presente y futuro del grupo, que se manifiesta de manera múltiple dándole a esa nación coherencia en el tiempo (hacia atrás y hacia adelante), en el espacio (como factor de unidad y de identidad regional y nacional), y en su estructura social (pues, por encima de las diferentes apreciaciones regionales y de clase, genera elementos de identidad nacional), en esa perspectiva entonces, la Cultura y la Política se encuentran ubicadas en un terreno común, donde son elementos constitutivos de una realidad también común: el devenir nacional.

La Cultura, como causa y efecto del proceso social, como elemento necesario en la constitución de la vida social e individual, está ligada esencialmente a procesos enmarcados en un espacio y un tiempo determinados, aun en lo que a los intercambios se refiere. Es un fenómeno con características propias, diferenciadoras, a pesar de que existan elementos generales, universales. Esas características le dan su peculiar fisonomía, su especificidad nacional y regional, tanto en los períodos de avance equilibrado —la cultura jamás es estática— como en los de transición y crisis.

TODA VERDADERA CULTURA ES ENRAIZADA

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El grupo así situado en un tiempo y un espacio, con una historia y unos orígenes compartidos, con unas obras materiales y espirituales que han llenado ese tiempo y ese espacio permitiendo de esa manera su apropiación al hacerse esa historia y al conformarse ese espacio que deviene paisaje cultural a imagen y semejanza del grupo, como única manera para que sean su historia, su espacio y sus creaciones, manifestaciones de su vitalidad, es decir, de su capacidad de creación, transformación y adaptación. En esas condiciones, el resultado de las acciones registradas como cultura van conformando la llamada identidad nacional, que es la comprehensión que el grupo logra de su unidad profunda por encima de las diferencias sociales y regionales.

Esa entidad no sólo es hacia dentro y hacia atrás en el tiempo, como búsqueda de antecedentes, de ancestros, de raíces, hijos de una misma historia e idénticos orígenes, como ya se dijo, sino hacia afuera y hacia adelante, hacia el futuro, dando luces y apoyo para las tareas de construcción del mañana colectivo. Esa identidad cultural aclarada y asumida en una perspectiva dinámica, como realidad en permanente construcción, le permite al grupo abrirse creativamente a otras culturas involucrándose al proceso cultural universal no como simples espectadores, sino con la claridad y la seguridad del creador consciente de su obra, con la seguridad de quien sabe lo que tiene. Desprovisto de falsos chauvinismos y chatos provincialismos, el grupo se abre a las expresiones universales de la cultura para sostener con ellas un diálogo, un intercambio fecundo entre iguales, afianzado en su enraizamiento, su autenticidad y su autoconciencia.

La cultura así asumida es entonces una realidad enraizada y desde allí, desde sus raíces, se abre a la universalidad. La obra de arte universaliza lo específico, extrayendo de realidades concretas percibidas en su exacta dimensión interna los elementos universales que en ellas subyacen, a la par que afirma aquellos que son propios de su entorno generador. El diálogo cultural se da entre lo específico y lo universal, pues en Cultura la defensa de la diferencia jamás puede significar encerramiento, aislamiento: la diferencia se consolida de cara a las otras expresiones culturales.

LA CULTURA Y LAS REGIONES

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Si la tarea cultural es una de abajo hacia arriba, que surge de la realidad, enraizándose en ella, entonces el entorno social y natural del individuo y de la comunidad serán su entorno primigenio. En un país como Colombia, son las regiones que lo conforman las que mejor expresan ese entorno para efectos de análisis y de proyección de acciones culturales, permitiendo proponer como solución pragmática una verdadera descentralización de esa acción: la promoción y difusión de nuevos valores culturales; la iniciación del público en la apreciación y disfrute del arte; el establecimiento de programas que estimulen la creatividad; la organización de museos, bibliotecas y centros documentales que recojan, organicen, protejan y difundan el patrimonio cultural, son todas tareas que deben conformar la actividad del Estado en la región, actividad que garantizará allí la generación de vida cultural encontrando luego los cauces y los escenarios apropiados para hacerse ésta presente no sólo donde se generó, sino en otras regiones del país, dándose el intercambio cultural interregional con el conocimiento recíproco de las regiones y la correspondiente profundización en la comprehensión de sus especificidades y también de sus elementos comunes, unitarios.

En Colombia, nuestra realidad cultural tiene base regional y se hace nacional y universal a partir de ella; correlativamente la identidad cultural nacional es ante todo identidad cultural regional que en el diálogo y la comparación interregional se profundiza, haciéndose nacional. Colombia se abre hacia sí misma y hacia el mundo desde la gran variedad de sus regiones. Desde allí se construye como Cultura.

Lo anterior se fundamenta en una constatación objetiva: la realidad actuante de sus regiones —como historia, como cotidianidad y como esperanza de futuro—. Sólo por esa vía se podrá adelantar una acción cultural verdaderamente creativa y llena de contenido real, abierta a la participación democrática y con vocación cierta de conformar una identidad nacional fruto de esas identidades regionales plenamente asumidas y fundidas creativamente en el marco unitario de la nacionalidad.

LA TRANSICIÓN EN LAS REGIONES Y LA CULTURA EN LA TRANSICIÓN

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Pero lo que se viene diciendo no debe engañar a nadie: esa realidad regional y de generación cultural no forma parte de un cuadro inmutable. Por el contrario, está inmersa en la transición y en la crisis, en los términos planteados al comienzo de este artículo.

Colombia se debate en la ambigüedad y el desconcierto de su transición. Sus ciudades, sometidas a un crecimiento aluvial, no planificado y desbordado, son ruralizadas por los campesinos inmigrantes, encontrándose impotentes para asimilar, para urbanizar a esa población desplazada pero no desarraigada aún de lo que fue su entorno vital: el mundo rural. La crisis que ésta situación acarrea no es sólo de empleo, de techo y de suministro de los servicios básicos, sino también de expresiones culturales, de formas de convivencia social, de valores reguladores de la vida en común, en familia e individual.

El paso de la vida rural a la urbana, con empobrecimiento de la primera y sin una transformación de la segunda para adaptarla a las nuevas situaciones, genera la ambigüedad y el sentimiento de crisis propias de un estado de transición. Las regiones van perdiendo sus rasgos característicos, en buena parte alimentados por sus componentes rurales: son regiones componentes de una sociedad que era predominantemente rural. Se van identificando en la ambigüedad de un urbanismo difuso y en crisis donde el individuo se encuentra enfrentado a realidades nuevas, armado para ello con viejos valores. Es este el escenario óptimo para la insolidaridad, para la búsqueda desesperada e individual de la supervivencia con su secuela inevitable de comportamientos antisociales, es decir insolidarios, signados por la violencia, es decir por el desespero. Se convierten en arquetipos sociales los grandes triunfadores solitarios e irrespetuosos de unas reglas y unos valores sociales vaciados de credibilidad: el mafioso y el financista inescrupuloso.

El caso más patético de lo expuesto es Antioquia, que alcanzó los mayores niveles de desarrollo social y cultural en el viejo esquema de sociedad tradicional que se urbaniza dentro de un marco cultural rural con valores fuertemente arraigados y una estructura social de disciplina en el trabajo, solidaridad social, respeto a las jerarquías y relativa movilidad interclasista, aceitado todo con un crecimiento económico aceptable que ocultaba los desajustes entre la vida social concreta y el marco cultural que la envolvía.

Al entrabarse el proceso económico, hace crisis el marco cultural, y las energías sociales liberadas de ese encuadramiento se desbordan hacia el crimen y la insolidaridad bajo todas las formas imaginables del rebusque, que es la manifestación palpable de la pérdida de los elementos que aglutinan y le dan sentido al grupo social.

Este análisis sitúa el problema del país en una perspectiva más profunda que la de una simple crisis económica, colocándola en el campo amplio de la Política y de la Cultura, obligando a mirar hacia el proceso seguido en el desmonte de unos valores, de unos objetivos, de unos procedimientos y unas normas de comportamiento, productos de una sociedad que tenía otro tamaño, otro horizonte vital, otro entorno cotidiano, otras bases de sustento material, de las que hoy existen. Es un profundo desajuste entre la infraestructura y la superestructura de la sociedad. Si no se quiere caer en él burdo determinismo, debe reconocérsele a la superestructura una autonomía relativa y obrar en consecuencia.

Ante la situación descrita pueden darse tres actitudes, resumibles de la siguiente manera:

EL UNIFORME INTERNACIONAL

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La raíz de la situación está en el desarrollo capitalista de las fuerzas productivas que no sólo arrasan con las formas autóctonas de producción, generalmente artesanales, sino también con las formas culturales autóctonas, sean nacionales o simplemente regionales, sustituyéndolas por una cultura internacional, que no universal, uniformante y por consiguiente incolora, inodora e insabora que no corresponde a realidades sociales específicas salvo a la generalización e internacionalización del capital ("el capital no tiene patria"). Es la Cultura de los medios de comunicación, de las agencias de publicidad, de la arquitectura internacional (el edificio queda igual de bien o de mal en Bogotá o en Taiwán), de la moda internacional (porque no es ni francesa, ni italiana, ni británica...), de la comida internacional (porque ídem), de la plástica o la música internacional (igual lo hubiera podido hacer un polaco o un pastuso), de los hoteles de cadenas transnacionales que llevaron a Gabriel García Márquez a vivir una situación de pesadilla, como él lo contara en una de sus columnas dominicales, de despertar en la habitación de uno de esos hoteles y tener dificultades para recordar en qué ciudad, en qué país, en qué continente se hallaba. ¿Habráse visto caso más patético de desarraigo, de "artificialidad" en la vida, es decir, de internacionalización de la misma.

Esta actitud ha generado frecuentemente posiciones conniventes con las acciones y el significado de la mafia, propagadora de la peor caricatura de esa cultura internacional, en muchos aspectos asimilable al "american way of life". Igualmente lleva a ver las expresiones culturales autóctonas como menores y pintorescas, a mirarlas condescendientemente, aunque con un poco de nostalgia, pues... los orígenes no se olvidan tan fácilmente.

EL CHAUVINISMO SUSPIRANTE

En las antípodas de la posición internacional y liberal, encontramos la de la nostalgia de un pasado idealizado (el "siquiera se murieron los abuelos ...") que aunque se sabe perdido buscan revivirlo con terquedad cayendo en posiciones reaccionarias, es decir ahistóricas, bohemias, es decir, individuales, que obstaculizan el proceso de creación y recreación, que no restauración, cultural que el país requiere. Es la caricatura chauvinista del nacionalismo, cerrada al futuro, abierta sólo a un pasado idealizado que ve en la identidad cultural únicamente el medio para deificar ese pasado, identidad ya acabada que sólo debe ser reencontrada para venerarla, privándola de su contenido dinámico y creador, como realidad en permanente estado de recreación y de redefinición.

Como con los nostálgicos de la reina Victoria y del glorioso imperio británico o con los hispanistas suspirantes de un Felipe II y su imperio "donde el sol no declina", estos nostálgicos criollos aparecen donde paradójicamente debería asumirse ese pasado de manera más creativa para, a partir de él, interpretar el presente y proyectarse decididamente hacia el futuro.

HACIA UNA DEFINICIÓN

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Una tercera posición, que no es la del medio, definible por lo que no es a la luz de lo planteado para las otras dos posiciones, o por lo que es a partir de lo dicho en las páginas anteriores, marca el énfasis en que la cultura es enraizada, no se da artificialmente en ambientes "internacionales" —nuevamente, incoloros, inodoros, insaboros— pues tiene olor a puerto, a sudor, a selva y a pinar, colores del Caribe o del Mediterráneo, taciturnidad boyacense o locuacidad vallecaucana; refleja en su cocina lo que la tierra da; se expande en función de los horizontes físicos que vive su creador, etc, etc.

Pero también es universal, cosa muy distinta de ser internacional, pues universal significa que por su calidad, por su capacidad para adentrarse en las realidades universales del hombre, ha llegado esa creación a ser patrimonio de todos los, hombres. Nada que ver entonces con la cosmetología, los bestsellers impulsados por la propaganda, la explotación de las inclinaciones a lo novedoso, a lo diferente, del común de las gentes.

Significa abordar la situación desde una doble perspectiva de apoyo a la expresión nacional y de difusión de lo más representativo de la cultura universal, colocadas ambas en pie de igualdad.

Significa también que en la situación actual son inválidas tanto las posiciones de contemplación nostálgica del pasado como las que buscan la evasión hacia adelante, en el difuso territorio de lo internacional. No. El compromiso cultural es aquí, desde esta tierra, y ahora, en este presente cuestionador y avasallante. La capacidad de trascender las urgencias del momento para llegar a fundamentos más estables, le dará las bases a un nuevo paradigma cultural que el país reclama. Paradigma que reflejará los valores tradicionales reelaborados en su contacto con nuevas realidades. Valores que mantengan su capacidad adaptativa, pues, por ejemplo, la solidaridad o el sentido de la familia no pueden expresarse de la misma manera en una sociedad rural que en otra en tránsito hacia la modernidad capitalista. Ni la mujer, la femineidad y la pareja pueden ser iguales hoy que en los locos años veinte o en los apacibles de la hegemonía conservadora. No significan estos cambios que haya desaparecido la familia o la pareja o la femineidad, para seguir con el ejemplo, sino que son conceptos (y realidades) en transición que necesitan ser redefinidos y reasumidos de manera creativa, a partir del legado de la historia (y de la tradición) y contando con las solicitudes de la realidad presente. Igual cosa puede decirse de las manifestaciones artísticas: desde los moldes tradicionales del bambuco, el porro, el joropo o el mapalé pueden y deben elaborarse expresiones que consulten los nuevos hechos, pues la casita blanca poco le dice al colombiano sobre su vida, sus expectativas, sus creencias, aunque tal vez sí mucho sobre sus nostalgias. Se deben enfrentar activamente las manifestaciones culturales para con originalidad y enraizamiento transformarlas de acuerdo con los cambios de la sociedad, para que la interpreten y la completen, para que sean parte viva de ella y no simples supervivencias románticas de épocas pasadas.

Pero en la transición también se fortalece la aparición de nuevas formas culturales que la sociedad debe asumir y asimilar enriqueciendo así su acervo cultural. La permanencia de esas formas dependerá fundamentalmente de su capacidad de compenetrarse con la realidad, de complementar las manifestaciones ya existentes con las cuales entran en interacción.

Las regiones y sus segmentos urbanos son el teatro por excelencia donde se elabora el nuevo paradigma cultural. Es allí donde debe reflexionarse sobre el sentido del ser antioqueño o costeño o caleño o bogotano hoy, en 1984, y sobre las expresiones que debe asumir ese ser que serán mezcla creativa entre lo tradicional (rural) y lo nuevo (urbano); debe dilucidar el cambio en los valores y en las pautas de comportamiento social e individual que le darán el marco cultural para enrumbar solidariamente las energías, superando el individualismo desesperado y violento que impera en la jungla de cemento que son, en la hora actual, las ciudades colombianas.

Una cultura urbana antioqueña, por ejemplo, dejará de lado lo típico del carriel, las alpargatas y la ruana para conservar y expresar de nuevas maneras el apego antioqueño a su tierra y a sus costumbres, su sentido de la franqueza y de cierta austeridad en su forma de vivir, superando otros, como son su insensibilidad frente a la naturaleza o una innecesaria ordinariez en los comportamientos, erróneamente exaltada como expresión de la franqueza y aun de la austeridad, ya mencionadas.

De este proceso saldrán entonces nuevas manifestaciones, nuevos esquemas de comportamiento pero también nuevas fisonomías regionales más cercanas entre sí por estar cimentadas en la vida urbana, que uniformiza más que la rural, pero de todas maneras con sus rasgos peculiares, frutos de su historia y de sus condiciones específicas; rasgos que estarán urbanizados pero que seguirán presentes; y en el juego de estas unidades y diferencias se redefinirá una totalidad compleja: la cultura nacional colombiana, y un elemento identificador y unificador: la identidad cultural del colombiano residente en un país en trance de desarrollarse en medio de enormes problemas e incertidumbres pero que avanza hacia un estadio urbano y moderno que necesita ser interiorizado y expresado culturalmente en un nuevo paradigma cultural para Colombia 2000, tarea actualmente en ejecución aunque no se tenga plena conciencia de la misma, conciencia que acelerará el proceso y permitirá disfrutar anticipadamente de sus frutos.