No sólo volúmenes y formas
Escultura colombiana del siglo XX
Germán Rubiano Caballero
Ediciones Fondo Cultural Cáfetero No. 17.
Bogotá, 1983
Las ediciones de libros son como las
de las estampillas de correo: las más lujosas suelen pertenecer a los países más
humildes. Colombia, país editorialmente modesto todavía, aunque cada vez menos, con
industria editorial limitada al interior de sus fronteras, presenta magníficas
publicaciones de libros de gran formato, bien ilustrados a todo color y diseñados para
mirar y adornar más que para leer, pues quizás el editor o el patrocinador guarden la
sospecha de que los leerán muy pocos de quienes los reciben, casi siempre como regalo de
las oficinas de relaciones públicas, y que no siempre los aprecian. Son siempre
bienvenidos, pero necesitamos más libros menos lujosos, simplemente decentes pero muy
bien difundidos, cuyos contenidos sean de interés más general y que contribuyan más
efectivamente al conocimiento de nuestra vida y a la investigación que sobre cualquier
aspecto de ella nos enriquezca culturalmente.
Pues bien: uno de estos libros para
lectura, divulgación y consulta es el titulado Escultura colombiana del siglo XX,
de Germán Rubiano Caballero, profesor de la Universidad Nacional desde hace más de
veinte años y hombre profesionalmente muy vinculado a la vida de las modernas artes
plásticas en el país, con notable inclinación al tema que trata en el libro. Este es el
primero que publica, cosa algo sorprendente, si se tiene en cuenta su ya larga dedicación
a los menesteres del comentario escrito; pero antes solamente había participado como
coautor en obras colectivas o como autor de artículos y notas en catálogos y revistas.
El libro abarca, "de manera casi
exhaustiva, la actividad escultórica del siglo XX en Colombia", como dice la
introducción del propio autor; y en efecto es así, porque si bien es cierto que se
pueden contar con los dedos de las manos los que deben tenerse como escultores
significativos y de perfil personal en el siglo, Rubiano se refiere a cerca de doscientas
personas que con mejor o peor suceso y con más o menos dedicación han producido obra en
tres dimensiones durante lo que va corrido de nuestra centuria. A nuestro modo de ver es
algo larga la liberalidad del autor, pues hay muchas de ellas cuya labor, sobre ser harto
reducida, no podría ser considerada como escultórica sin haberse declarado y defendido a
priori un concepto de escultura mucho mas amplio que el que suele entenderla como la
expresión por medio de volúmenes.
Se nos queda corto
Echamos de menos, pues, una
introducción presentadora de un marco teórico que justifique la inclusión, en el libro,
de composiciones como las que, por ejemplo, ensambla el pintor Enrique Grau o las de tipo readymade
que hicieron Gerardo Aragón o Madriñán. Bien se ve que el concepto conductor del
trabajo de Rubiano es el de asimilar toda obra tridimensional a la escultura, concepto hoy
muy corriente y respetable, pero que debería haberse expuesto para que el lector más
común (la obra no está escrita para especialistas) no se sorprenda al acometer la
lectura del libro desde la concepción más tradicional y ordinaria de la escultura; que
es, según el Diccionario de la Academia, este ya bastante digno de ser desplazado:
"arte de representar de bulto, moldeando o tallando una materia adecuada, figuras de
personas, animales u otras cosas".
Comprendemos bien que ante la necesidad
de establecer un límite que hoy, desde luego, no puede ser el que señala la
acepción del Diccionario, éste sea, en las actuales circunstancias del arte, el
más amplio posible, so pena de tener que eliminar a un importante número de artistas que
expresan sus ideas en tres dimensiones. Pero el término escultura que campea en el
título está limitando desde éste la amplitud del concepto aplicada al texto. Quizás
hubiera sido preferible, en consecuencia, hablar en el título de "artes tridimensionales".
Ello aparte, el libro del profesor
Rubiano es, en primer lugar, un buen catálogo, hasta ahora inexistente, que deberá
consultar todo el que, en adelante, se ocupe en estudiar esta provincia del arte
contemporáneo en Colombia. Pero, lógicamente, es algo más que un catálogo. Y aunque lo
fuera, hasta los catálogos, si no obedecen a un simple proyecto de estrictos datos
informativos, suponen una selección y una aplicación de cierta escala de valores, que a
su vez no es posible sin un juicio cualitativo; que a su turno implica un análisis más o
menos crítico. Mejor será decir, entonces, que se trata de un catálogo crítico.
Cada quién con sus gustos
Aunque los esfuerzos del autor por ser
objetivo y equilibrado son notables quizás los mayores que haya tenido que hacer en
el desarrollo de su trabajo, pronto se ve que sus preferencias por el arte abstracto
y sus escasas simpatías por el figurativo con mensaje establecen la escala en su libro.
En consecuencia, los constructores formalistas no figurativos como Edgar Negret y Eduardo
Ramírez Villamizar "son los grandes escultores colombianos", juicio que sin
ningún esfuerzo puede compartirse y no sólo porque sean abstractos; mientras que el
monumentalista y temático figurativo Rodrigo Arenas Betancur, "de discurso
deshilvanado y gratuito", aparece como un escultor con balance bastante discreto, que
"hubiera podido hacer obras mucho más convincentes y, sobre todo, mucho menos
desordenadas y costosas".
A pesar de que, por lo señalado, pudiera
parecer que Rubiano es un comentarista intemperante, no es así. Salvo en ocasiones, es
atemperado en sus comentarios y, sobre eso, más un cuidadoso historiador que averigua con
paciencia el dato. De ahí que su libro sea rico en informaciones, "casi
exhaustivo". Y del "casi", parece dar fe Eduardo Serrano, también miembro
de la corta y a veces no muy bien avenida "familia" de críticos, comentaristas
e historiadores del arte en este país. Serrano, defensor celoso del indiscutible valor
histórico del pintor Andrés de Santa María, saltó el 15 de abril a la palestra del
Magazín Dominical de El Espectador denunciando la ausencia en el libro de la obra
escultórica del pintor bogotano que desarrolló casi toda su labor en Europa y que él,
Serrano, había incluido en un amplio y también casi exhaustivo estudio (Andrés de
Santa María, Carlos Valencia Editores / Museo de Arte Moderno, Bogotá, 1978). Es
verdad que bien podría haber mencionado Rubiano las pequeñas esculturas de Santa María,
puesto que menciona otras, ocasionales, de algunos pintores como Eugenio Zerda, Pedro Nel
Gómez, Alejandro Obregón, Maripaz Jaramillo y bastantes otros; pero hay que tener en
cuenta que los pequeños bronces de Santa María se hicieron en Bruselas y allí están
desde siempre, en una casa particular, desconocidos en Colombia salvo por las tres
fotografías insertas en el libro últimamente citado. Además, bien puede perdonarse el
olvido, si es que lo es, en aras de lo bueno que el libro de Rubiano tiene, que es
bastante; y de que, a pesar de las lagunas que puedan señalársele ¡qué
investigación no las tiene!, constituye un aporte muy apreciable a la todavía
verde historia del arte en Colombia, que requiere del trabajo de todos los Rubianos, todos
los Serranos y todos los que no son ni los unos ni los otros, en la tarea de irla
revisando y completando.
FRANCISCO GIL TOVAR |