Boletín Cultural y Bibliográfico.  Número 1Volumen XXI,   1984


 

Salvados del gorgojo

Los escritos de don Sancho Jimeno
Alvaro Miranda
Universidad de Antioquia. Medellín, 1983

"Álvaro Miranda, Santa Marta, 1945. Sus primeros poemas aparecieron en los volúmenes colectivos Ohhh (1970) y Antología de una generación sin nombre, colección Adonáis, Madrid (1970). Posteriormente publicó un libro de poemas: Indiada (1971). Poemas suyos se hayan incluidos en Obra en marcha, 2, Colcultura (1976). Es fundador y codirector de la revista literaria El Papagayo de Cristal. La anterior nota figura en la solapa de la edición realizada por la Universidad de Antioquia, en 1983, del premio de poesía que el centro académico otorga anualmente pero que se publica con algún retraso.

La primera parte que da título al volumen alude a un personaje histórico, Sancho Jimeno, quien llegó a ser gobernador de Cartagena, a la muerte de su antecesor, aun sin contar con cédula real; como gobernador, este hombre de armas dueño de esclavos y de haciendas, entre el 11 de febrero y el 20 de marzo de 1694 y al mando de 450 hombres, debeló cuatro palenques de esclavos cimarrones, mató al célebre Domingo Criollo y a 43 esclavos más y capturó 92, aventura que dio lugar a cantar un tedéum en el templo mayor, por acción tan del agrado de Dios, según lo cuenta Lemaitre. No es este acontecimiento el que da lugar al poemario de Miranda, sino un hecho posterior. Copiando un procedimiento actual, las potencias de aquel entonces hacían la guerra en sus áreas de influencia y no en sus propios territorios, o al menos ensayaban a hacerlo, como se intentó cuando el barón de Pointis se tomó a Cartagena por orden de Luis XIV. Entonces, don Sancho Jimeno era el castellano del castillo de San Luis de Bocachica, que defendió heroicamente. Los franceses eran 5.053, venían en 26 embarcaciones y disponían de 522 bocas de fuego contra 32 cañones de Sancho Jimeno, quien tenía a su mando 150, cuando eran necesarios siquiera 400 y contaba, además, con la hostil indisciplina de los soldados negros, que no olvidaban sus incursiones contra los palenques. El episodio terminó, obviamente, con la toma del castillo por los franceses y con un incidente caballeresco entre el noble francés y el soldado español.

En la realidad, Sancho Jimeno dejó una memoria escrita de la defensa y de su encuentro con Pointis. Pero este libro de poemas de Miranda, atribuido a Sancho Jimeno, se supone alternativamente que sea un delirio profético de Felipe II, escrito a cien años de los acontecimientos, o que sean las palabras que el propio Jimeno le dictó a un monje. Manuscrito imaginariamente hallado entre la biblioteca de José Asunción Silva, habitual recurso literario, como el famoso Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Potocki.

La historia es un pretexto para esta originalísima poesía, que, a diferencia de otras, escrita por poetas de su generación, no se mediatiza por el textualismo sino por la anécdota y por un lenguaje culto y zumbón. En un idioma que semeja el español antiguo, Miranda se funde con el trópico, con su fauna y su flora, sus comidas y su calor, y expresa esa simbiosis racial que produce una nueva mitología, nuevos ritos, nuevas brujerías.

Si ha de hablarse de este libro en los términos del lenguaje que utiliza, su antecedente inmediato es León de Greiff. También en él ha de pensarse si se trata de hacer una aproximación a su sentido del ritmo, con sus propias connotaciones caribes en el caso de Miranda:

—Aquesta trémula noche de pingüe proxeneta,
aquesta trémula noche,
cuezo para mis siervos
pucheros de ave oca
y para ajenos grosellas.
[...]

Tras más de cien años de verso libre, después de sesenta o más años de su predominancia en la poesía colombiana, comienza a verse el reflujo de la rima. En Miranda esta preocupación es notoria y está predeterminada por un estricto sentido musical:

AQUÍ SE DICE CÓMO
ESTABA DOLIENTE DON
SANCHO PORQUE NADIE
VENÍA DE CARTAGENA
A AYUDARLO

Canta la rana, cojea la lluvia, la mar es zozobra que salva el rocío,
preludio de nada que prende en el tiempo,
crueldad del asombro que queda en el grito,
cadáver, cadáver del día que muere perdido.
La noche se orilla,
borda el lucero la voz del arrullo,
estatua de un sueño que crece en el mármol,
piratas sin hígado que viandan la historia,
malvados sin facha,
se suenan las ñatas,
se dan puntapiés,
se comen los mangos, chorrean las patillas,
el zumo es esmalte que prueba la sangre,
perfume que sube chirriando a los montes,
canción que se pierde en la boca más agria,
saliva que espesa con velos
la tarde.

En otro plano, con otros intereses, el peruano Carlo Germán Belli ha realizado interesantes exploraciones del lenguaje arcaico y de las viejas rimas.

Hay cierto humorismo zumbón, sobre todo en la segunda parte de este libro, "Querencias del diablo y la murciélaga", poemas con largos y divertidos títulos, invocaciones de toda la zoología y frutas del trópico, de personajes históricos y, finalmente, como es usual también en los poetas nacidos en los 40, su acto de fe en la poesía:

[...]

La poesia, si,
golpe del destino tras la suerte,
absolutamente jamás intento eterno,
mechón que alumbra en
simulacro la memoria,
sí, la poesía...

D.J.A.