A propósito de la publicación de Las cartas de los sin
cuenta
Con motivo de la
publicación, en este Boletín, del libelo titulado Las cartas de los sin cuenta, que
entraña un atroz sartal de calumnias e improperios contra el general Francisco de Paula
Santander, la gerencia del Banco de la República ha solicitado al autor de estas líneas
que escriba la rectificación correspondiente.
Esa rectificación es absolutamente
innecesaria; ya la hizo de manera enfática y concluyente a su debido tiempo el propio
general Santander, y también la hicieron en épocas posteriores historiadores de la
prestancia de Laureano García Ortiz, Roberto Botero Saldarriaga y Enrique Otero
DCosta. Es más: don José Manuel Restrepo, ministro que fue tanto del Libertador
Simón Bolívar como del general Santander; e igualmente el historiador Joaquín Posada
Gutiérrez, en sus Memorias, que se ocuparon en este enojoso asunto, no sólo
protestaron contra el infundio del señor Urisarri sino que volvieron por los fueros del
insigne calumniado. Es por ello por lo que no debemos detenernos en el ensayo de una
refutación que ya fue hecha y debemos por tanto ocuparnos, así sea con la necesaria
brevedad, en informar una vez más a los colombianos sobre la significación de la obra
del más grande de nuestros próceres y mandatarios.
Es así como no es el caso de hacer
sucinta relación de la vida fecunda en bienes para la patria, ni de los diversos cargos
desempeñados por el general Francisco de Paula Santander, desde secretario de la
comandancia de Mariquita en 1811 hasta el de primer magistrado de la república, ni
tampoco de sus admirables hazañas como militar desde cuando el propio día 20 de julio de
1810, en la alborada de la emancipación política, se incorporaba al ejército con el
grado de alférez abanderado del batallón Guardias Nacionales hasta que, conseguida la
victoria de Boyacá, merced a su tenacidad y a su valor, recibió las estrellas de general
de división y mereció que el Libertador lo consagrara ante la posteridad con el título
inmortal de Organizador de la Victoria.
Ni es el caso de recordar los eminentes
servicios que a la formación del Estado independiente prestó este varón eximio, ya con
la alta investidura de senador de la república, constituyente en Ocaña, o autor e
inspirador de la mayoría de las normas que a partir de 1818, allá en las ilímites
llanuras orientales o en Cúcuta en 1821, o en los posteriores congresos hasta 1840,
dieron a nuestra patria una fisonomía culta, jurídica y democrática, en armonía con el
pensamiento y el anhelo de los primeros próceres, por lo cual se le apellidó con
justicia el Organizador de la República.
Bástenos saber y ante todo reconocer que
en estas posiciones, a las que llegó únicamente en razón de sus méritos y por
llamamiento espontáneo que le hicieron sus jefes o conciudadanos, brilló siempre con luz
propia y no reflejada ni prestada, y se destacó por sus excelsas dotes de infatigable
servidor del progreso material y espiritual, por su acrisolada probidad mental, por su
clara pulcritud administrativa, por su despejada y certera visión del futuro de la
nacionalidad. Es apenas suficiente afirmar que en todas sus actividades se mostró como
incorruptible apóstol de la libertad, de la igualdad jurídica, de la justicia para
todos, y que por ello, como a todo predicador y ejecutor de ideas nobles, y a las que
sacrificó su tranquilidad y su talento, le salieron y le seguirán saliendo también a su
luminoso camino aquellos que, como ha acontecido siempre en la historia de la humanidad,
no han podido conformarse con un credo de respeto a los derechos inalienables de la
persona humana, ni han querido que las naciones marchen por los seguros senderos que les
trazaran las doctrinas filosóficas sobre las cuales se configura la democracia. Y para
ello esgrimen el garrote del Yangüez, único instrumento que les es propicio a su
osadía.
Primero de santo Tomás, con su tesis de
los gobernantes como representantes del pueblo pero en nombre de Dios, más luego de
Montesquieu, con la coexistencia interdependiente de tres órganos del poder público, de
Rousseau, con la intervención del pueblo en sus propios destinos, y de Jefferson, con la
adopción de una suprema ley, de una Constitución que sea siempre respetada regla para
mandar y para obedecer, derivó Santander el pensamiento rector que nutrió su
inteligencia, que modeló su personalidad de estadista, que aquilató su espíritu. El
imperio de esas fecundas doctrinas, cuyo fin es la justicia, fue el que el prócer anheló
para su patria. Por ello pudo decir, con toda propiedad, del egregio granadino uno de sus
más autorizados biógrafos, el doctor Laureano García Ortiz: "Fue la más fuerte
encarnación de la idea nacional, el más ingénito, espontáneo y precoz, de nuestros
temperamentos políticos, tan bien organizado para el gobierno como el cardenal de
Richelieu, a quien se asemeja hasta en lo físico; pero a un Richelieu hecho para la
libertad en el orden y que supiera imprimir a su país, entre el estruendo del cañón y
entre las ambiciones de los guerreros triunfadores el sello cívico y legalista que nos
distinguió entre las dictaduras militares de Hispanoamérica".
Antes de discurrir algo sobre su ideario
y sobre lo que él quiso que fuese esta república, detengámonos primero en la visión de
su apolínea figura, que es objetiva representación de su interna combustión espiritual.
Ya lo dijo en memorable ocasión el príncipe Pedro Bonaparte:
"He conocido todas las majestades de
Europa y puedo asegurar que no he conocido a nadie en quien la naturaleza hubiera impreso
con carácteres más fuertes el don de mando que en el general Santander".
Así lo perfiló el buril de David
dAngers: amplia la frente de pensador, penetrante la mirada que irradia el fuego de
su temperamento, perfil de recta línea, como recta fue su trayectoria ascensional,
mentón discreto y el conjunto todo, armonioso y equilibrado. Así lo contemplamos
también en el bronce erguido que la gratitud nacional le erigió en el lugar mismo donde
se levantara el primitivo monumento de su fe religiosa, en el lugar mismo en que estuvo
asentado su hogar capitalino y donde se instalara el patíbulo que tronchó la vida de los
creadores de la república, como para indicar simbólicamente que Santander reunía en sí
lo que ha sido más caro al afecto de los colombianos: su tradición y su libertad. Por
una significativa coincidencia, la severa figura de este paladín del derecho se alza
majestuosa en el corazón mismo de la capital de Colombia, que es el propio corazón de la
patria. Diríase que quienes señalaron este sagrado lugar para convertirlo en ara de
perenne culto nacional, se hubieran inspirado en la verdad de que Santander constituye la
más auténtica concreción de mucho de lo que palpita en lo más hondo del sentimiento y
de la conciencia colombianos. Y el noble artífice supo plasmar maravillosamente este
sugestivo simbolismo. Al igual que en la estatua del Libertador por Tenerani, tan
hermosamente cantada en la oda de don Miguel Antonio Caro, ésta de Santander no evoca la
triunfal epifanía del Puente de Boyacá sino la serena dualidad del militar-jurisconsulto
que, transcurrida la hora de las bélicas hazañas y advenida la de la integración de la
república, frenó el épico impulso y se torno en el eficiente constructor de la nueva
nacionalidad asentada sobre el libre basamento de la libertad y el orden. Veámoslo ahí:
la espada discretamente recatada bajo la toga pero lista a brillar de nuevo como en el
instante cenital bajo el sol de los Llanos, en defensa de la patria, de su materialidad
inviolable, y veámoslo también en su hierática apostura de héroe civil, sintiendo
transcurrir frente a su pedestal el oleaje reposado a veces, a veces tempestuoso de sus
hijos, porque él es padre de un pueblo; como queriendo orientarlo todavía desde la
augusta cumbre de la historia, parece repetir la eterna lección de su vida: "Las
armas os han dado independencia, las leyes os darán libertad".
Santander creyó que a este país debía
organizársele dentro de una equilibrada fusión institucional de la vieja legislación
española en cuanto ella, con sus cabildos y control de la acción de los gobernantes,
fuera compatible con los preceptos de democracia política y autonomía administrativa,
que el pensamiento anglosajón tenía considerado como propio para hacer la permanente
felicidad de los pueblos. Por eso, desde que se inició en la vida pública, luchó porque
el Estado se perfilara bajo el mandato de una Constitución que fijara precisos límites a
la autoridad de los gobernantes y a la actuación de los gobernados, dentro de los
cánones fundamentales de la alternabilidad y de la responsabilidad. Él no concebía
cómo podía vivir una nación sin una norma de derecho que la alentara, y por eso la
historia nos lo muestra, en 1818, en medio del fragor de la campaña de los Llanos,
autorizando a los granadinos que en Casanare habíanse refugiado, se uniesen a los
venezolanos pero con la condición de someterse conjuntamente a un estatuto legal que él
consideraba tanto más importante para asegurar la libertad y la perdurabilidad de esa
unión que los mismos pertrechos de que tan urgidos estaban los ejércitos republicanos.
La vida del epónimo granadino se
desarrolló en dos etapas sucesivas que armónicamente se complementan: hasta 1819,
ocupado, con las armas en la mano, en conseguir la independencia; desde esa fecha en
adelante hasta su muerte, con el culto a la ley en su acción de gobernante, de
parlamentario o de periodista, como instrumento indispensable para afianzar el éxito
alcanzado. Y la libertad, que fue el objetivo último de la guerra de independencia, la
concibió Santander para sus compatriotas dentro de tres aspectos: el orden que las normas
jurídicas darían; la cultura que engendraría el bienestar para el espíritu y el
progreso material que impulsaría el avance de la nacionalidad incipiente.
El régimen de juridicidad, el Estado de
derecho, he ahí la suprema concepción de armonía social a que por fin llegaron los
hombres para dejar de ser bárbaros; he ahí lo que nos separa abismalmente de las
especies irracionales. Santander, espíritu vidente, quiso darle todo su vigor, algo más,
extraordinaria importancia a la norma legal como única reguladora de la vida de los
pueblos. Buscó afanosamente un ordenamiento jurídico que amparara por igual a todos, que
interpretara el verdadero sentido de la emancipación, porque se había luchado en los
campos de batalla, y cuando lo tuvo presente, estructurado por los más eminentes
próceres de la Nueva Granada y Venezuela, con la Constitución de 1821, que traducía
ampliamente las aspiraciones de libertad de las gentes colombianas, se aferró a ella y
con ella demostró que la Gran Colombia podía tener ordenada y progresiva existencia y
ser respetada por las demás naciones del orbe. Baja la egida de esa Carta Magna que
coronó de gloria lo que se había edificado con sangre, pudo auxiliar pródiga y
oportunamente las fulgurantes campañas que dignificaron la geografía del universo con
cinco nuevas repúblicas, obtuvo que se reconociera por las potencias extranjeras nuestra
soberanía, y dio oportunidad a sus compatriotas para que participaran activamente en la
marcha regular del Estado, fiscalizaran a sus mandatarios, expresaran libremente sus
anhelos, intervinieran la inversión de los fondos públicos, orientaran sus propios
destinos, se congregaran en el ágora fecunda, cumplieran en fin su misión de ciudadanos
por medio de órganos de expresión respetados por el gobierno, como lo son los congresos,
la administración de justicia y las publicaciones periódicas.
Santander predicó que los
hombres no pueden vivir sin una autoridad que conjugue sus libertades y derechos; y esa
autoridad la ejerció de acuerdo con la voluntad de los gobernados, expresada libremente,
con responsabilidades y límites determinados, para el bien de todos y no de un grupo o
minoría. Y nos dejó como enseñanza perdurable que los fines y conceptos del Estado
democrático se orientan a garantizar al pueblo la plenitud de sus derechos en oposición
al absolutismo de los reyes contra los cuales América había librado la guerra de
independencia. De esta manera, para él, el fin de todo gobierno debe ser la
consolidación de la libertad regulada por la ley. "Letrado y jurista, su experiencia
de los campamentos no modificó en un ápice la orientación civilista de su
espíritu", afirma uno de los grandes exegetas de su vida, el doctor Carlos Lozano y
Lozano. Y agrega: "Su mayor título al respeto de la posteridad es el de haber sido
un caudillo que se erigió en adversario irreductible del caudillaje; un militar que se
cuadró impasible, como un antemural, contra las tendencias de hegemonía del militarismo.
La institución, la autoridad impersonal, la norma igualitaria, el principio de derecho,
la estabilidad de un Estado superior a los hombres fueron el rígido derrotero de su
mente. Fue por eso el más auténtico intérprete del espíritu nacional de su pueblo, que
ha rechazado con tenacidad secular todo conato de arbitrariedad o despotismo; y su tarea
histórica permanece por eso intacta, por encima de las agitaciones de las épocas y las
mutaciones de los tiempos. Santander no edificó al azar. Entendió la índole y el
destino de su patria, y le trazó a nuestra historia un cauce irrevocable al cual ha
vuelto siempre sosegadamente, después de transitorios desbordes o extravíos. En su
época casi todos los varones esclarecidos de América desconfiaron de la libertad. Él no
desconfió jamás. Muchos perdieron la fe. Otros la traicionaron. Él la conservó
siempre. Creyó en la democracia, se empeñó en implantarla y logró triunfar en la
empresa. Y pudo establecer la libertad dentro del orden. Es un ejemplo solitario".
Repitamos que para Santander el fin de
todo gobierno debe ser la consolidación de la libertad regulada por la ley. Y dentro de
esta norma, que practicó invariablemente, realizó la más perdurable labor de
adoctrinamiento ciudadano, por una parte, de fomento de la cultura por la otra, y de
estímulo al trabajo, en forma tan fecunda y admirable que es difícil encontrarle par
entre los más progresistas gobernantes de nuestra historia. Y toda esta grandiosa labor
la cumplió el genial administrador sacándola casi de la nada. Tuvo la energía
extraordinaria de los fundadores o más bien de los creadores de pueblos. A ninguno como a
él le corresponde mejor el título de "hombre de Estado", que tanto suele
prodigarse a individuos sin bagaje, a quienes al fin les serán esquivas las páginas de
la historia. Si hoy es difícil impulsar la vida de un país previamente organizado
institucional y económicamente, qué magno esfuerzo debió significar aquel, múltiple en
sus aspectos, que el gran repúblico logró ejecutar. El Libertador, en síntesis
lapidaria, expresó el contenido de la obra de Santander, con este juicio pleno de
emoción: "Vuestra Excelencia ha resuelto el más sublime problema de la política:
si un pueblo esclavo puede ser libre".
En ejecutoria del segundo aspecto que
consideraba esencial para asegurar el Estado de derecho como garantía de la libertad,
Santander realizó la más extraordinaria labor de cultura que se haya hecho entre
nosotros. Con escasos recursos pudo, sin embargo, impulsar la instrucción pública dentro
de la más admirable prospectación que se tradujo en la fundación de múltiples escuelas
de primeras letras, de prestigiosos colegios de segunda enseñanza en más de una veintena
de ciudades, todos los cuales subsisten y en los que se han educado las mejores
generaciones de Colombia, Venezuela y el Ecuador. Creó además universidades en los tres
países; a él se debe la creación de la Academia Nacional con sus secciones de Ciencias
Naturales, Historia y Filología, que son el principio de las actuales; estableció el
Museo Nacional; dotó al país con modernos laboratorios de enseñanza; propició la
llegada de sabios profesores especializados que abrieron nuevos horizontes a la juventud
que salía de las sombras de la Colonia para transitar bajo el alba de la República. Fue,
por tanto, como la historia lo ha reconocido, el más meritorio sembrador de la cultura
colombiana; y no sólo fue eso sino que como quedó ampliamente demostrado, con
documentos fehacientes, en mi libro Santander en el exilio, cultivó
estrechas relaciones personales con las figuras más prestantes de la cultura europea de
su tiempo. Fue pues, Santander, además, un verdadero y auténtico intelectual que amó
las letras, la música, el arte y ante todo los libros.
El tercer aspecto que el general
Santander consideró igualmente esencial para que se cumplieran sus postulados y
justificara así nuestra existencia de nación soberana, fue el estímulo al trabajo
material y el de vigilar que los fondos públicos se invirtieran pulcramente, sin
despilfarro y en beneficio del común de las gentes, no permitiendo jamás los gastos
innecesarios ni autorizando privilegios de ningún orden. Innumerables serían las citas
que podrían traerse en estas líneas sobre la manera de obrar del general Santander y
sobre lo que en particular realizó. Toda una antología del patriotismo, de preceptos de
moral administrativa, de sabias doctrinas sobre derecho internacional y privado, economía
política, ciencia de gobernar, se encuentran en sus numerosos mensajes y correspondencia
epistolar. Yo considero que ellas son la mejor pauta para los buenos gobiernos y para el
pueblo colombiano.
Caminos, navegación, edificios
públicos, creación de una flota mercante, protección a la naciente industria, fomento
intenso de la agricultura, facilidades para la colonización, inmigración selecta, fueron
constantes realizaciones de este verdadero estadista, sin duda el de más brillantes
facetas nacido dentro de nuestras fronteras. Por ello, con legítimo orgullo pudo escribir
el general Santander este rotundo desafío a sus descastados detractores: "El último
día de mi vida será el primero en que la Nueva Granada no me verá ocupado de su
independencia, de su honor y de sus libertades".
Un día del año 1873, presentáronse en
el despacho de aquel magistrado que lo fue en grado sumo, el doctor Manuel Murillo Toro,
un selecto grupo de ciudadanos con el objeto de plantearle algún grave problema nacional.
Murillo Toro, después de escucharlos, volvió la mirada hacia un retrato del general
Santander que decoraba el gabinete presidencial; meditó breves instantes, tras de los
cuales dio acertada solución al asunto que se le había tratado; enseguida agregó:
"Cada vez que debo resolver algo que tenga que ver con el bien de la patria, pienso
qué haría en mi caso el general Santander, y estoy seguro que por lo menos tengo grandes
probabilidades de acierto".
Otro colombiano, síntesis augusta de la
inteligencia y de la sensibilidad, Guillermo Valencia, en memorable discurso pronunció
las siguientes palabras: "Si borrásemos de una plumada a Santander Libertador, a
Santander Legislador, a Santander colaborador del Padre de Colombia, a Santander
renovador, a Santander restaurador y continuador de magnas tradiciones, se formaría una
falla desconcertante y un vacío difícil de colmar en la historia de nuestra
independencia y en la primitiva orientación democrática de nuestra nacionalidad".
Ya en mi libro, en tres volúmenes,
titulado Escritos sobre el general Santander y que fue publicado por las fuerzas
armadas de la república, podrá el lector encontrar multitud de conceptos similares
debidos a la pluma de los más prestigiosos colombianos de todos los tiempos, así
hubieran militado en uno u otro de nuestros partidos políticos tradicionales.
La historia, que es fuente de enseñanzas
y también de advertencias para lo porvenir, nos dice que, por circunstancias que no son
del caso analizar ahora, se torció el camino ascensional y jurídico por el que venía
gloriosamente transitando Colombia la Grande bajo el austero mandato del general
Santander. La Constitución de Cúcuta fue reemplazada por un decreto orgánico de una
dictadura. Pocos meses después se presentaba la negra noche de septiembre, la alcabala y
otras abolidas leyes españolas habían resucitado, la ruina del tesoro público pesaba
duramente, el presupuesto de orden público se había quintuplicado, el prestigio exterior
se había extinguido, los colombianos añoraban el régimen de juridicidad y de progreso
en que habían vivido tranquilamente y recordaban que, no obstante las vicisitudes de la
guerra magna y del trastorno ocasionado por las operaciones bélicas, todas sus
prerrogativas y derechos, todas sus conquistas institucionales, todos sus esfuerzos
materiales les habían sido respetados. El pueblo hacía memoria todavía de aquellas
palabras del Libertador para el ahora proscrito magistrado: "El ejército en el campo
y vuestra excelencía en la administración son los autores de la existencia y de la
libertad de Colombia".
Pero llegamos al año de 1830,
melancólico y desafortunado. El ilustre caraqueño languidecía en las playas del Caribe.
El verdadero amigo de su gloria, quien sinceramente trató de apartarlo de doctrinas y
sistemas que pugnaban con lo que había sido hasta 1826, el general Francisco de Paula
Santander, sufría injusto ostracismo por su fidelidad a las instituciones republicanas.
Pero llegaba también la hora de la suprema verdad, que nunca falla, la del
reconocimiento. En mi concepto el verdadero testamento político del Libertador quedó
consignado en aquella cláusula de admirable sentido glorificador cuando, ya al límite de
la muerte, reconoció con definitivo acento de justicia: "El no habernos compuesto
con Santander nos ha perdido a todos". Esta frase del genio vidente es la síntesis
feliz de toda nuestra historia. Cuando quiera que en Colombia los gobernantes y los
pueblos se han apartado del espíritu de juridicidad que nos legara el Hombre de las
Leyes, olvidando los principios esenciales de la democracia representativa y del respeto a
las normas que estatuye la hoy llamada Carta de los Derechos Humanos, han llegado días de
amargura para la patria. Cuando quiera que nuestros gobernantes y nuestros partidos
políticos no "se han compuesto" con las tesis y las enseñanzas del general
Santander, se ha quebrantado hondamente nuestra tradición republicana y se ha
descompuesto la armonía ciudadana. Por eso sólo al amparo de las lecciones eternas de
convivencia que nos dejó Santander, numen tutelar de la república, podrá Colombia
continuar la ruta gloriosa de su destino histórico.
HORACIO RODRÍGUEZ PLATA |