Lírica de bofetada
Todos los poetas son santos e
irán al cielo
Juan Gustavo Cobo Borda
El Imaginario. Buenos Aires, 1983
"J.G. Cobo Borda (Bogotá,
1948). Director, desde 1973, de la revista Eco, es actualmente agregado cultural de la
embajada de Colombia en Buenos Aires. Ha publicado tres libros de ensayos: La alegría
de leer (1976), La tradición de la pobreza (1980) y La otra literatura
latinoamericana (1982) y diversas colecciones de poemas: Consejos para sobrevivir (1974),
Salón de té (1979), Casa de citas (1981), Ofrenda en el altar del
bolero (1981) y Roncando al sol como una foca en las Galápagos (1982). Todos
los poetas son santos e irán al cielo reúne la totalidad de su trabajo poético
entre 1970 y 1983".
Con esta escueta noticia que resume sin
adjetivos su currículo literario, termina este sobrio volumen editado en la Argentina, y
que confirma un hecho que ya se va convirtiendo en ley, a saber, estos balances generales
que realizan últimamente los poetas colombianos menores de cuarenta años. Ya existían
los antecedentes de Giovanni Quessep, Eduardo Escobar y Elkin Restrepo, a quienes
Colcultura les había reunido todos sus libros en sendos volúmenes. Pero en 1983 vino la
avalancha: Miguel Méndez Camacho y Juan Manuel Roca editaron sus autoantologías, Hárold
Alvarado Tenorio publicó sus obras completas en verso y J.G. Cobo Borda hizo limpieza
general y reunió sus cinco libros anteriores en este volumen de cincuenta poemas,
bastante menos de los que eliminó, y que presenta como "la totalidad de su trabajo
poético".
Sobre esta proliferación de
"summas" poéticas es posible intentar toda suerte de interpretaciones. Todas
parciales; todas falsas; inevitablemente perversas algunas. Puede decirse que se trata de
un resumen de lo anterior, de una síntesis de lo actuado y de allí se pasaría a una
conjetura sobre los malos tiempos que corren. En todo el devaneo verbal sólo nos falta la
palabra testamento. Pero no. Como siempre, las cosas son mucho más simples: acaso lo que
origina estos balances de poetas menores de cuarenta que publican sus obras completas, es
la casi invisible circulación de sus libros anteriores, inexistentes en los estantes de
las librerías, muchos de ellos editados por el peculio de los autores, por instituciones
ajenas a los mecanismos de circulación de los libros y por editores de fuera del país.
En todos los casos enunciados, las antologías y obras completas recientemente publicadas
vienen a llenar un vacío, por fin están disponibles al público de la poesía.
Cuando, como ocurre con Juan Gustavo Cobo
Borda, un poeta ha escrito ensayos, críticas, notas periodísticas y ese poeta en tales
textos marginales, absolutamente marginales a su oficio principal, la poesía
resulta humorístico o sarcástico o irónico (por lo demás, sin él habérselo
propuesto), con facilidad se cae en la tentación de leer sus poemas con la misma sonrisa
previa con que se toman sus prosas de ganapán. Ah, sonrisa descompuesta, que acaso se
mienta una lectura desde la ironía. A pesar de todo lo que se haya dicho, no hay en la
poesía colombiana una descripción menos irónica, más desgarradoramente literal que
ésta: somos un país sin pasado, "cuya única tradición son los errores",
tenemos la fealdad de la pobreza, somos violentos, estamos hechos de pequeños rencores,
"caspa y babas, mugre y parsimonia", para decirlo con sus palabras, que no dan
muchas vueltas. Lírica de la bofetada, poeta sin complacencias. ¿Ironías? No; apenas un
ajuste de todo: la exactitud, que sigue siendo el único deber del poeta. La exactitud sin
grandilocuencia, sin patetismo, sin predicación. Una poesía que no divide el asunto en
buenos y malos; todos estamos en el baile, si baile es:
Una historia medrosa
que aún subsiste,
y contra la cual también yo me debato,
te engañó igualmente
negándote la única verdad:
el poder es siempre infame.
¿Por qué te digo
estas cosas?
Tengo miedo de que cualquier día
algún antiguo abuelo de bigotes negros
me interrogue desde el cielo diciéndome:
¿quién pagará la deuda, ese saldo que crece?
(Retrato de mi abuelo)
Sólo una lectura acomodaticia, falsa,
retórica, retorcida, mentirosa, auto-complaciente, puede revestir de ironía estos
despojos que devela la poesía de Cobo Borda. Poeta de las horas diurnas, de la tragedia
cotidiana la más disfrazada, la más encubierta.
Cobo es descarnado directo: "el
poeta escarba entre basuras". Cuando los poemas de Cobo hablan de su realidad
circundante, de su amada Bogotá, de su amada Colombia, las
palabras tienen la facultad de zaherir, abriéndonos las entrañas al horror, un horror
diurno, diáfano, enfrentando al lector consigo mismo sin ninguna complacencia,
invitándolo a una ética que no postula más que la ironía falsa, repito de
algunos de sus títulos: Consejos para sobrevivir. Justo tono declarativo he
aquí su más auténtico lirismo que elude todo gesto patético, toda definición
previa.
Se diría que esta atónita, esta
insobornada descripción, este parpadeo de quien descarta la pesadilla que aparece con el
sueño y palabra por palabra dieta la pesadilla de la vigilia poeta que limpia la
casa, es el paso previo del éxtasis de la poesía. Paso inicial, una inteligencia
que padece, una sensibilidad que percibe y codifica; "el escritor ha dicho
Anthony Burgess debe saber tanto de las palabras como de las cosas";
alucinación de flagelante, purificación en la intolerancia, en la no-complacencia, que
eran las cualidades que Antonio Machado le pedía a todo poeta:
[...]
El poema,
por sinuosos senderos,
se inrnoviliza en su estrella
pero la poesía sólo pretende ir
al encuentro de lo que es.
No nos deja mentir.
El desastre está ahí.
Nos precipitamos sobre él.
(Diálogo con Carlos
Martínez R.)
El título del poema citado nos introduce
en otro aspecto de la obra de Cobo: poesía sobre poetas, diálogo aéreo de poesía a
poesía, interlocutores librescos que van encarnándose, sirviendo de pretexto, de punto
de partida para la biografía o para la invocación erótica: Cavafis, Pessoa, Scott
Fitzgerald, Nerval, Breton: estos son algunos de los escritores-puntos-de-partida,
altavoces para su descarnada descripción o apoyo para enunciar el éxtasis, el único
éxtasis, el éxtasis del cuerpo, como en Leyendo a Enrique Molina:
La brasa azul de tu
sexo
arrastra un vaho de selva
en medio de esta ciudad podrida.
Mientras los cuerpos desaparecen
bajo el polen de la manigua
la espuma de la resaca
te cubre con su manto de plumas.
Brilla el marfil incandescente de tu risa.
No hay raíces: sólo existe la aventura.
Una boca cálida
murmurando apodos infantiles y obscenos.
D.J.A. |