Boletín Cultural y Bibliográfico.  Número 1 Volumen XXI,   1984


 

Juicio final ante la poesía


El taller blanco
Eugenio Montejo
Fundarte. Caracas, 1983

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Existe una ilustre tradición de poetas ensayistas. Se diría que existen hombres de una lucidez especial, no sólo capaces de usar las palabras para crear poemas, sino que también —analíticos sensibles— conocen el oficio de una prosa reveladora y nueva. Uno de ellos, Ezra Pound, lo decía mejor que yo: "la literatura es el idioma cargado de sentido hasta el grado máximo". Pound era uno de ellos, y Eliot también, sin contar, en otras lenguas, a Paul Valéry y a Montale. No hay, sin embargo, que salirse del español para hallar ilustrísimos ejemplos, como Antonio Machado, Octavio Paz y Lezama Lima.

A esta ilustre tradición pertenece, también, el poeta venezolano Eugenio Montejo (1938), una de las voces mayores en la poesía latinoamericana de hoy.

Hay algo de lo que no se ha hablado mucho nunca. Apenas leves insinuaciones, al principio de don Antonio Gómez Restrepo, y, en estos años que corren, de Juan G. Cobo Borda. Se trata de la sutil pero continua interacción que, desde tiempos remotos, existe entre las poesías venezolanas y colombianas. Pocos saben que, en ese correo siempre cuasiclandestino y sigiloso de la poesía, las primeras voces románticas que se escucharon en Colombia provenían de Venezuela; esto ya es vieja historia, continuada en el tiempo con el respeto con que se lee hoy a Álvaro Mutis en Venezuela y el fervor por Ramos Sucre y Juan Sánchez Peláez de algunos poetas colombianos. A estos nombres pueden agregarse Guillermo Sucre y Eugenio Montejo, quienes coinciden en su doble (¿doble?) carácter de poetas y ensayistas.

Los libros de poesía de Montejo son: Elegos (1967), Muerte y memoria (1972), Algunas palabras (1978) y Terredad (1978), este último, un libro iluminado y ejemplar sobre nuestro mundo terrestre. Como ensayista, Eugenio Montejo obtuvo el premio nacional de literatura de su país con El cuaderno de Blas Coll, texto que coparticipa de las calidades de narración y ensayo sobre el lenguaje o, mejor, sobre los lenguajes posibles; aunque prosa, este libro —que recuerda el Juan de Mairena de Machado— está cargado de poesía. Además, ha publicado otro volumen de ensayos y crítica con el título de Trópico absoluto (1982).

En 1983 Fundarte (que ha publicado también una antología de poesía colombiana e innumerables traducciones de poetas que circulan como oro entre los poetas colombianos) editó un pequeño volumen con once textos de este poeta venezolano: El taller blanco.

Tomándolo "en sin orden", el pequeño volumen de Montejo hace un recorrido que recala en varios poetas —los venezolanos Vicente Gerbasi y Ramos Sucre, los europeos C.P. Cavafis y Antonio Machado, el mexicano Carlos Pellicer, la revista Poesía —Buenos Aires— tras una partida que titula "Poesía en tiempo sin poesía" y que termina en una memorable colección de textos breves, "Fragmentaria". Y en la mitad del camino, una hermosa memoria personal, "El taller blanco".

El libro se abre con una nota a partir de uno de los aforismos del colombiano Nicolás Gómez Dávila: "Primera mitad del siglo XVIII, segunda mitad del siglo XX, los dos medios siglos más hueros de poesía en muchos siglos", pero rebasa el comentario y ahonda en una reflexión sobre la poesía de nuestro tiempo, más allá del "aire sugestivo que siempre despiertan las negaciones absolutas", como la de Gómez Dávila. Anota que la idea de que "es difícil ser poeta en una época industrial" (Herbert Read), tal nunca fue tan unánime entre los poetas y señala cómo la diferencia está marcada por un hecho físico: "lo que nombramos con la palabra ciudad significa algo completamente distinto antes y después de la aparición del motor". Entonces, "ya no es posible la contemplación" y de ahí se deriva el hecho principal, más allá de condenas o absoluciones tajantes, y que Montejo hermosamente enuncia, para concluir así: "El medio siglo más huero de poesía en tantos siglos, de que habla Gómez Dávila, se me aparece así como el más huero en espacio vital para la poesía. Me inclino a creer que no por ello la posteridad dejará de encontrar en las mejores voces de nuestra hora muchas palabras dignas de memoria. A la postre, lo más excitante del futuro es que no podemos suponerle benevolencia. ‘Todo porvenir es brutal’, dice la institutriz de Otra vuelta de tuerca. Pero cualquiera sea el parecer venidero acerca del arte de nuestro tiempo, será de todos modos innegable que cuanto se pudo salvar de la palabra fue mediante una lucha más ardua, aceptando un destino de expósitos. Hoy sabemos que hemos llegado no sólo después de los dioses, como se ha repetido, sino también después de las ciudades. No es improbable que unos y otras retornen un día, pero celebrarlos ahora, para adular al futuro, sería cometer imperdonable falsedad. "El poeta —es de nuevo Herbert Read quien lo dice— tiene todos los privilegios, menos el de mentir".

Entre todas sus notas, de calidad sostenida, de prosa tersa, se destaca la belleza de "El taller blanco", texto que da título al volumen, y la oportunidad de las que versan sobre latinoamericanos, la calidez de su crónica sobre Gerbasi, la agudeza de juicio sobre Ramos Sucre y la necesaria reivindicación de Pellicer, el poeta mexicano que vivió en Colombia, cuya relectura se va volviendo urgente —simplemente para aclarar muchas cosas— y de quien Montejo hace una valoración de sus obras juveniles. Y está también, en cuanto a América Latina, la relectura de esa revista pionera —ah, esa sí que aclararía cosas en el smog poético colombiano— que dirigió Raúl Gustavo Aguirre, Poesía —Buenos Aires—, nota que termina con la siguiente cita: "El juicio final será ante la poesia".

DARlO JARAMILLO A.