La inesperada popularidad del filósofo Fernando
Savater
Filosofía y popularidad suelen
entenderse como términos excluyentes. Antes, por la influencia de los letrados de la
Regeneración, quienes anclados en la tonta claridad del catecismo condenaban por
ininteligibles a los filósofos alemanes. Después, por la vertiginosa influencia del modo
de vida estadounidense, con su extendido desprecio por la especulación filosófica,
apenas balanceado por el subrepticio pitagorismo de sus sociólogos. En la España de
ahora, en cambio, el interés por la filosofía no se reduce al círculo de los
especialistas. Por el contrario, es tema habitual en las discusiones de los jóvenes, los
libros de filosofía se venden mucho y no es excepcional encontrar, en las revistas de
gran tiraje e inclusive en la televisión, los rostros de los nuevos filósofos
españoles, que ya aventajan claramente la hipotética destreza de los toreros alemanes.
Fernando Savater es uno de ellos. Todavía joven nació en 1946, con una obra
abundante de ensayista y narrador ocho libros publicados, ha sido uno de los
animadores más lúcidos de la polémica cultural y política que en los años de la
llamada Transición ha intentado establecer y aclarar cuestiones como la de las
nacionalidades, la naturaleza del poder, la cultura alternativa, las posibilidades
renovadoras de la democracia... Esta intervención le ha creado un público amplio y fiel
que se ha extendido a México y, más recientemente, a Venezuela, lugares a donde Savater
suele viajar a dar conferencias y participar en seminarios.
Hace poco publicó dos libros: La
tarea del héroe e Invitación a la ética. Los leí, e interesado en esta summa
de sus preocupaciones que de alguna manera son mías, le propongo una entrevista.
Acepta y me cita en un apartamento anónimo y racionalista donde suele quedarse los dos o
tres días por semana que pasa en Madrid. El resto de la semana lo emplea en San
Sebastián, esa ciudad situada en el país de los muchos nombres: Euzkadi para los
nacionalistas, País Vasco para el ministerio del Interior, Donostia para Savater.
¿ Por qué escribe sobre
ética?
En principio porque es mi campo de
adscripción a la filosofía. Desde hace cuatro o cinco años doy clases sobre estos
temas; primero en la Universidad a Distancia y ahora en la Facultad de Filosofía de San
Sebastián. Después, porque el asunto mismo de la ética me ha interesado muchísimo. Por
largo tiempo me he preguntado por los temas básicos de la misma: el valor, la virtud, el
mal, convencido de que son problemas irreductibles a las determinaciones históricas,
políticas e incluso psicoanalíticas.
Es extraño que usted haya
publicado simultáneamente dos libros sobre el mismo tema.
Son libros de índole diversa. Invitación
a la ética es más ajustado, más conciso, el tema está abordado parte a parte, con
más sistema. La tarea del héroe, en cambio, es más de flashes, está
lleno de agujeros, omite unos temas y se detiene largamente en otros. La tarea... tiene
tres partes agrega con la rapidez impresionante que mantendrá hasta el final de la
entrevista, mientras sus ojos se escabullen detrás de las numerosas dioptrías de sus
lentes. Las tres partes son: Del querer, Del imaginar, Del convivir. El
planteamiento esencial no es estrictamente original: parte de Schopenhauer, de su
teoría de que la voluntad no tiene fundamento trascendente sino que se origina en el
caos. Este núcleo lo he modificado con reflexiones sobre la necesidad de la imaginación
en el despliegue de la voluntad de poder y sobre las implicaciones políticas de una
ética radical.
¿ De dónde viene el
subtítulo: Elementos para una ética trágica?
Yo me aparto de las éticas de
salvación y propongo la recuperación de la ética trágica, que tiene sus momentos
espléndidos en obras como la de Marco Aurelio, el emperador-filósofo. Esta ética es
trágica porque admite que entre nuestro querer y su objeto la concilación es finalmente
imposible. El querer no puede sino darse un objeto a sabiendas de que ningún objeto puede
satisfacerlo porque en ninguno se agota. Esta ética se aparta, por lo mismo, tanto de los
que esperan esa reconcilición en la otra vida, como de los que se hunden en el objeto,
abdicando de su querer, que es tanto como decir de lo que los constituye íntimamente.
¿Por qué recurre al héroe?
Por qué para reflexionar sobre la ética se vale de este tipo de imágenes,
problemáticas y acaso anacrónicas?
Esta escogencia se enlaza con las
opciones en el orden simbólico que practiqué en este libro. En la sección dedicada al
imaginar me ocupo extensamente, y haciendo pie en un cuadro de Tiziano, de tres figuras:
el padre, la madre y el hijo o los hijos. Desde ellas interpreto algunos de los problemas
característicos de nuestros días. El arquetipo paterno, que es la ley, ha llegado a ser
un viejo opresor y agresivo que en su avatar estatal nos amenaza continuamente. La madre,
a su turno, se ha hecho subrepticiamente dominante y, como ocurre en la tela de Tiziano,
se interpone constantemente entre los hijos y vale recordar que todos somos
hijos y el padre. El héroe es el hijo del padre, el hijo capaz de hacerse
limpiamente un camino hacia la ley, sin la cual es imposible la creatividad, y de
recuperar al padre como puer aeternis, como arquetipo paterno que crea sin
reprimir.
El cuadro de Tiziano se llama
Asunción e ilustra uno de los temas característicos de la Contrarreforma. ¿Se limita la
validez de su interpretación a los países en los que perdura el espíritu del Concilio
de Trento?
No, mi acercamiento a estos
problemas no es histórico. La interpretación que propongo pertenece al dominio de lo
simbólico y toma en cuenta el hecho de que para todos la relación entre el arquetipo
paterno y el materno es un problema abierto. El mismo término asunción escapa al
círculo de intereses tridentinos. Asunción de la madre es también asumir la madre,
hacernos cargo de lo femenino que hay en cada uno de nosotros.
¿ Cómo es posible escribir un
libro sobre el héroe, llenarlo de múltiples referencias míticas y literarias y no
mencionar a Sam Peckimpah?
Vacila un instante e intercala una
sonrisa igualmente breve en la cara redonda y sonrosada, antes de responder.
La verdad es que escribiendo
recaigo una y otra vez en lo cinematográfico. Justo antes de llegar usted, estaba
escribiendo un artículo para una revista de cine en la que colaboro habitualmente. Se
supone que es el comentario de una película, pero ya ha llenado dos cuartillas con una
meditación sobre el tiempo. A veces no sé si hago cine filosófico o filosofía
cinematográfica. En cualquier caso, en un libro no puede entrar todo y sé que quien lea La
tarea del héroe no podrá dejar de evocar La pandilla salvaje.
¿Por qué una ética y no una
política?
Porque la política es el reino del
poder separado, del poder que ordinariamente impide ejercitar nuestro poder. En
última instancia, se trata de abolirlo. Mientras eso ocurre y para que eso ocurra es
preciso atender a la nostalgia y la promesa evocadas por la ética. La política propone
continuamente la distinción entre medios y fines: aconseja aceptar hoy lo
inaceptable en función de alcanzar mañana lo que es aceptable, porque corresponde
con nuestro deseo. La ética, tocada de locura, no distingue entre medios y fines y
pretende que en cada momento reconozcamos nuestro querer, sin olvidar que siempre con
respecto a él se trata de aquí y ahora. Para la ética la acción inventa en cada
acción sus propios fundamentos, sin buscarlos, como lo hace la política, en realidades o
principios trascendentes.
¿Por qué ética y no historia?
Porque la historia desde Hegel ha
llegado a ser determinismo absoluto. Nada, en su campo, es por casualidad, todo está
o fue determinado. El resultado es que se intenta explicar siempre la acción
del hombre desde la exterioridad, desde un más allá, que finalmente lo deja de lado. La
historia está amenazada por un reduccionismo que la ética combate proponiendo que la
acción humana se explica desde dentro, es decir desde el azar que es nuestra intimidad
intraducible.
En algún momento usted declaró
que su terreno era el ensayo y no el tratado. Después alguien le reprochó la falta de
una obra, en el sentido fuerte introducido por el idealismo alemán. Ahora ha escrito dos
libros en los que parece haber agotado todas sus propias preguntas. ¿No le inquieta?
No. Estos libros han satisfecho mi
necesidad de establecer cierto marco de referencia y por lo mismo me permiten ahora hacer,
con tranquilidad, otro tipo de cosas, más congruentes con mi vocación literaria.
Probablemente lo próximo que escriba explore las posibilidades de volver sobre los mitos.
Finalmente: ¿cómo consigue
mantenerse optimista en este mundo terrible?
El optimismo es la otra cara del
pesimismo y de ambos soy ajeno...
Está la presión continua de los
diarios.
La resisto leyendo a Spinoza. Allí
encuentro el temple que hace falta.
CARLOS JIMÉNEZ |