Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1Volumen XXI,   1984


 

La inesperada popularidad del filósofo Fernando Savater

Filosofía y popularidad suelen entenderse como términos excluyentes. Antes, por la influencia de los letrados de la Regeneración, quienes anclados en la tonta claridad del catecismo condenaban por ininteligibles a los filósofos alemanes. Después, por la vertiginosa influencia del modo de vida estadounidense, con su extendido desprecio por la especulación filosófica, apenas balanceado por el subrepticio pitagorismo de sus sociólogos. En la España de ahora, en cambio, el interés por la filosofía no se reduce al círculo de los especialistas. Por el contrario, es tema habitual en las discusiones de los jóvenes, los libros de filosofía se venden mucho y no es excepcional encontrar, en las revistas de gran tiraje e inclusive en la televisión, los rostros de los nuevos filósofos españoles, que ya aventajan claramente la hipotética destreza de los toreros alemanes. Fernando Savater es uno de ellos. Todavía joven —nació en 1946—, con una obra abundante de ensayista y narrador —ocho libros publicados—, ha sido uno de los animadores más lúcidos de la polémica cultural y política que en los años de la llamada Transición ha intentado establecer y aclarar cuestiones como la de las nacionalidades, la naturaleza del poder, la cultura alternativa, las posibilidades renovadoras de la democracia... Esta intervención le ha creado un público amplio y fiel que se ha extendido a México y, más recientemente, a Venezuela, lugares a donde Savater suele viajar a dar conferencias y participar en seminarios.

Hace poco publicó dos libros: La tarea del héroe e Invitación a la ética. Los leí, e interesado en esta summa de sus preocupaciones que de alguna manera son mías, le propongo una entrevista. Acepta y me cita en un apartamento anónimo y racionalista donde suele quedarse los dos o tres días por semana que pasa en Madrid. El resto de la semana lo emplea en San Sebastián, esa ciudad situada en el país de los muchos nombres: Euzkadi para los nacionalistas, País Vasco para el ministerio del Interior, Donostia para Savater.

—¿ Por qué escribe sobre ética?

—En principio porque es mi campo de adscripción a la filosofía. Desde hace cuatro o cinco años doy clases sobre estos temas; primero en la Universidad a Distancia y ahora en la Facultad de Filosofía de San Sebastián. Después, porque el asunto mismo de la ética me ha interesado muchísimo. Por largo tiempo me he preguntado por los temas básicos de la misma: el valor, la virtud, el mal, convencido de que son problemas irreductibles a las determinaciones históricas, políticas e incluso psicoanalíticas.

—Es extraño que usted haya publicado simultáneamente dos libros sobre el mismo tema.

—Son libros de índole diversa. Invitación a la ética es más ajustado, más conciso, el tema está abordado parte a parte, con más sistema. La tarea del héroe, en cambio, es más de flashes, está lleno de agujeros, omite unos temas y se detiene largamente en otros. La tarea... tiene tres partes —agrega con la rapidez impresionante que mantendrá hasta el final de la entrevista, mientras sus ojos se escabullen detrás de las numerosas dioptrías de sus lentes—. Las tres partes son: Del querer, Del imaginar, Del convivir. El planteamiento esencial no es estrictamente original:  parte de Schopenhauer, de su teoría de que la voluntad no tiene fundamento trascendente sino que se origina en el caos. Este núcleo lo he modificado con reflexiones sobre la necesidad de la imaginación en el despliegue de la voluntad de poder y sobre las implicaciones políticas de una ética radical.

—¿ De dónde viene el subtítulo: Elementos para una ética trágica?

—Yo me aparto de las éticas de salvación y propongo la recuperación de la ética trágica, que tiene sus momentos espléndidos en obras como la de Marco Aurelio, el emperador-filósofo. Esta ética es trágica porque admite que entre nuestro querer y su objeto la concilación es finalmente imposible. El querer no puede sino darse un objeto a sabiendas de que ningún objeto puede satisfacerlo porque en ninguno se agota. Esta ética se aparta, por lo mismo, tanto de los que esperan esa reconcilición en la otra vida, como de los que se hunden en el objeto, abdicando de su querer, que es tanto como decir de lo que los constituye íntimamente.

—¿Por qué recurre al héroe? Por qué para reflexionar sobre la ética se vale de este tipo de imágenes, problemáticas y acaso anacrónicas?

—Esta escogencia se enlaza con las opciones en el orden simbólico que practiqué en este libro. En la sección dedicada al imaginar me ocupo extensamente, y haciendo pie en un cuadro de Tiziano, de tres figuras: el padre, la madre y el hijo o los hijos. Desde ellas interpreto algunos de los problemas característicos de nuestros días. El arquetipo paterno, que es la ley, ha llegado a ser un viejo opresor y agresivo que en su avatar estatal nos amenaza continuamente. La madre, a su turno, se ha hecho subrepticiamente dominante y, como ocurre en la tela de Tiziano, se interpone constantemente entre los hijos —y vale recordar que todos somos hijos— y el padre. El héroe es el hijo del padre, el hijo capaz de hacerse limpiamente un camino hacia la ley, sin la cual es imposible la creatividad, y de recuperar al padre como puer aeternis, como arquetipo paterno que crea sin reprimir.

—El cuadro de Tiziano se llama Asunción e ilustra uno de los temas característicos de la Contrarreforma. ¿Se limita la validez de su interpretación a los países en los que perdura el espíritu del Concilio de Trento?

—No, mi acercamiento a estos problemas no es histórico. La interpretación que propongo pertenece al dominio de lo simbólico y toma en cuenta el hecho de que para todos la relación entre el arquetipo paterno y el materno es un problema abierto. El mismo término asunción escapa al círculo de intereses tridentinos. Asunción de la madre es también asumir la madre, hacernos cargo de lo femenino que hay en cada uno de nosotros.

—¿ Cómo es posible escribir un libro sobre el héroe, llenarlo de múltiples referencias míticas y literarias y no mencionar a Sam Peckimpah?

Vacila un instante e intercala una sonrisa igualmente breve en la cara redonda y sonrosada, antes de responder.

—La verdad es que escribiendo recaigo una y otra vez en lo cinematográfico. Justo antes de llegar usted, estaba escribiendo un artículo para una revista de cine en la que colaboro habitualmente. Se supone que es el comentario de una película, pero ya ha llenado dos cuartillas con una meditación sobre el tiempo. A veces no sé si hago cine filosófico o filosofía cinematográfica. En cualquier caso, en un libro no puede entrar todo y sé que quien lea La tarea del héroe no podrá dejar de evocar La pandilla salvaje.

—¿Por qué una ética y no una política?

—Porque la política es el reino del poder separado, del poder que ordinariamente impide ejercitar nuestro poder. En última instancia, se trata de abolirlo. Mientras eso ocurre y para que eso ocurra es preciso atender a la nostalgia y la promesa evocadas por la ética. La política propone continuamente la distinción entre medios y fines: aconseja aceptar hoy lo inaceptable en función de alcanzar mañana lo que es aceptable, porque corresponde con nuestro deseo. La ética, tocada de locura, no distingue entre medios y fines y pretende que en cada momento reconozcamos nuestro querer, sin olvidar que siempre con respecto a él se trata de aquí y ahora. Para la ética la acción inventa en cada acción sus propios fundamentos, sin buscarlos, como lo hace la política, en realidades o principios trascendentes.

—¿Por qué ética y no historia?

—Porque la historia desde Hegel ha llegado a ser determinismo absoluto. Nada, en su campo, es por casualidad, todo está —o fue— determinado. El resultado es que se intenta explicar siempre la acción del hombre desde la exterioridad, desde un más allá, que finalmente lo deja de lado. La historia está amenazada por un reduccionismo que la ética combate proponiendo que la acción humana se explica desde dentro, es decir desde el azar que es nuestra intimidad intraducible.

—En algún momento usted declaró que su terreno era el ensayo y no el tratado. Después alguien le reprochó la falta de una obra, en el sentido fuerte introducido por el idealismo alemán. Ahora ha escrito dos libros en los que parece haber agotado todas sus propias preguntas. ¿No le inquieta?

—No. Estos libros han satisfecho mi necesidad de establecer cierto marco de referencia y por lo mismo me permiten ahora hacer, con tranquilidad, otro tipo de cosas, más congruentes con mi vocación literaria. Probablemente lo próximo que escriba explore las posibilidades de volver sobre los mitos.

—Finalmente: ¿cómo consigue mantenerse optimista en este mundo terrible?

—El optimismo es la otra cara del pesimismo y de ambos soy ajeno...

—Está la presión continua de los diarios.

—La resisto leyendo a Spinoza. Allí encuentro el temple que hace falta.

CARLOS JIMÉNEZ