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| Jorge Negrete |
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Ídolos populares
y literatura en América Latina
CARLOS MONSIVÁIS
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Ilustraciones: Jorge Peña
TABLA DE CONTENIDO
¿LO
POPULAR COMO OBJETO O SUJETO DE LA CULTURA?
LO
POPULAR EN UNA DEMOCRACIA CONFUNDIDA
EL
CINE Y LA CULTURA POPULAR URBANA
NACE
UN NUEVO SANTORAL
APARECEN
LOS IDOLOS POPULARES
ROCK,
SALSA Y LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO PASADO CULTURAL
LA
OTRA CARA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
A lo largo del siglo se produce en América
Latina una importante operacion literaria, ideológica
y social de resultas de la cual muchos de los límites
y de las barreras impuestas por la así llamada "alta
cultura" la representación de lo mejor de
Occidente se derrumban, y una serie de factores
considerados "vulgares, de mal gusto, indignos
del mínimo aprecio", ocupan un sitio fundamental
en las determinaciones culturales. En este proceso,
los ídolos de Carlos Gardel a Jorge Negrete, de
Agustín Lara a Daniel Santos, de Celia Cruz a Rubén
Blades, de María Félix a Julio Jaramillo son elementos
catalizadores de primer orden. Establecida una tesis
tan inapelable, procedo temblorosarnente a su fundamentación.
¿L0
POPULAR COMO OBJETO O SUJETO DE LA CULTURA?
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| Mariano
Azuela |
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En las primeras décadas del siglo, para
la literatura latinoamericana, lo popular es, sobre
todo en la novela realista, la zona profunda y tormentosa
que representa, sucesiva o alternativamente, la "esencia"
y la "herencia atávica" a la que necesitan
responder los escritores para traicionarse, para responder
en algo al dolor y la esperanza de sus colectividades
(esta prosa no es mía). Dígase lo que se diga, lo popular
es un concepto despiadado y tragico en la novela de
la Revolución Mexicana; en la obra excepcional de Mariano
Azuela, especialmente Los de abajo, y también Los caciques,
o en la serie de novelas que le dan forma a una idea
épica y antiépica, desmesurada y profética de América
Latina. Los peones, las mujeres enlutadas, los parias
urbanos, los campesinos olvidados, los empleaditos mal
vestidos y anhelantes, las prostitutas siempre dispuestas
a entregar su corazón a cambio de la sífilis, los curas
de las aldeas perdidas con su absoluciones a cuestas,
los escribientes corruptos, toda esa suma de personajes
aparecen testiticando simbólica y arquetípicamente por
el conjunto de seres anonimos o de nombres emblemáticos,
que también se designa como pueblo, en los libros de
Rómulo Gallegos, Jorge Icaza, Arturo Uslar Pietri, Ciro
Alegría, Roberto Arlt, Rafael F. Muñoz. Lo popular,
aquello que no puede evitar serlo, lo propio de esas
masas sin futuro concebible, actúa en las novelas como
lo que nadie consigue olvidar o precisar: la furia del
mar en movimiento que luego se disipa sin dejar huella
notoria, para recomenzar infinitamente. Lo popular son
tipos, situaciones, personajes inolvidables muchas
veces en el estilo de Readers Digest, el
cerco rumoroso que va constituyendo a cada escritor,
en cuanto a la integración de ese famoso y a veces lamentable
mito del "ser nacional.
En poesía, la situación es diferente.
Quien registre lo popular se sabe enviado de antemano
al limbo extraliterario del costumbrismo, lo que está
muy bien siempre y cuando no se tengan pretensiones
creativas; y en el ámbito mismo de quienes escriben
para los grandes sectores se observan los procedimientos
de los poetas modernistas es el caso de Agustín
Lara y se les asimila para crear la nueva e inclasificable
"poesía popular. Así como el danzón es la reconstrucción
de la elegancia desde las márgenes de la semiesclavitud,
la canción romántica es la apropiación y reelaboración
de la "sensibilidad espiritual" que se les
atribuye a las clases dominantes, de los cultos, y el
tango es el experimento idiomático que asume un legado
tremendista y lo condimenta para probar su genuino sabor
popular.
La narrativa urbana que surge entre los
años 30 y 50, no dispone ya de las antiguas "convicciones
telúricas", pero en muy buena medida y por una
implacable operacion de ideas y de creencias, se sigue
identificando a lo popular con las nociones del "destino
impuesto, que incluyen en primerísimo término, para
quienes habiten esas clases, a la tragedia, la frustración
y la represión sexual. Lo popular, en una vasta serie
de novelas que van de Adán Buenos Aires de Leopoldo
Marechal, a La región más transparente de Carlos Fuentes,
es un paisaje fatalista donde los seres quizas sean
intercambiables pero en donde no se alteran las
señales totémicas, un lenguaje percibido desde el exterior
como vivacidad sin propósito ni elaboración, una percepción
de la ciudad como la depositaria de los procedimientos
exterminadores que antes yacían sólo en la naturaleza,
una seguridad de que la vida en los grandes hacinamientos
urbanos es el eterno retorno, empezar sin llegar nunca,
evolucionar sin moverse de su sitio), una vision del
campo como el espacio donde lo popular se mantiene en
estado de pureza y fiereza.
En el fondo, se libra una feroz batalla
cultural, en donde un sector intenta retener lo popular
en su sitio, arrinconado y polvoso, y otro se dedica
a recrear "reflejar" se decía antes
la conducta que es sello de autenticidad y originalidad
(si capto lo genuino del pueblo, redimo a éste de su
invisibilidad y le otorgo a mi producción el sello de
lo infalsificable). Inevitablemente, los adversarios
y los partidarios de lo popular, comparten convicciones
y nociones categóricas: el pueblo es lo otro, lo ajeno,
lo opuesto o lo cercano por apropiación. Es aquello
que siempre está fuera del hecho cultural y literario;
lo popular es lo que no puede vivir nunca nadie que
escriba, sino recrear; lo que se desprecia o reivindica,
lo nunca conocido, o el punto de partida sólo apresable
por la evocación; en todo caso, la entidad carente de
conciencia de sí o la conciencia usurpada y arrinconada.
LO
POPULAR EN UNA DEMOCRACIA CONFUNDIDA
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Agustín
Lara |
El desarrollo de las repúblicas latinoamericanas
está en el fondo íntimamente vinculado a las peripecias
de la idea de lo popular, y si la democracia es tan
claramente un sueño abolido, una aspiración formal en
la que poquísimos creen, es en gran medida porque, incluso
en los propios sectores progresistas, lo popular es
el otro gran peso muerto (el primero es el indígena)
que impide la clarificación del progreso. En la literatura
del siglo XIX el pueblo es lo anónimo, lo pintoresco,
o lo densa y oscuramente simbólico y es siempre el paisaje
que carece de nombre. En la primera mitad del siglo
XX, la imgen se va precisando, sobre todo a cuenta de
esa rebeldía que se condena estremecedoramente al suplicio,
al sacrificio y al olvido. En la novela de la Revolución
Mexicana, por ejemplo, el pueblo aparece para ser devorado
por las fuerzas que lo exceden, lo elevan un instante
y después lo aplastan sin remedio. "Jugué mi corazón
al azar y me lo ganó la violencia", declara Arturo
Cova en La vorágine. Los personajes populares son ganados
por la violencia pero carecen de la dicha del albedrío.
De tener corazón, ya éste habrá sido arrendado previamente
por el azar.
Frente a lo popular. en esas primeras
décadas del siglo, hay dos estrategias de acercamiento:
la que desea rescatar el habla de los ignorantes y miserables
para ofrecerla como prueba de su candor e indefensión.
(Ejemplo: las novelas realistas en México, Bolivia,
Ecuador. Centroamérica). La segunda, se propone registrar
lo que sucede en el vulgo, reservándose, para tratarlo,
el derecho de un lenguaje clásico que marque la diferencia.
Un ejemplo nítido: el hermoso libro de crónicas de Martin
Luis Guzmán., El águila y la serpiente, de 1928, sobre
los años de la Revolución Mexicana de 1910 a 1915, donde
los acontecimientos más extremos, las turbas revolucionarias
en las calles en plena ebriedad matándose entre sí,
la matanza de 300 prisioneros a cargo de un solo lugarteniente
de Villa. los fusilamientos, la invasion de los bárbaros
al Palacio Nacional, todo esto narrado con un idioma
culto pleno de referencias librescas, de alusiones mitológicas,
en donde en la balacera de pronto surge Anteo o se vislumbra
a Venus, de vivificación notable de esa pesadilla de
nuestros países: la retórica neoclásica. Dos ejemplos
más, el primero ya un tanto raído, el segundo todavia
esplendente: El señor presidente de Miguel Ángel Asturias,
y El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier, donde se
narran conflagraciones históricas y populares en un
idioma marmóreo, "burilado" como se decía
antes.
EL
CINE Y LA CULTURA POPULAR URBANA
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| Miguel
Angel Asturias |
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La modernización industrial y el proceso
de actualización cultural de América Latina determinan,
en altísimo grado, el cambio en la percepción de lo
popular. ¿Cómo pasar por alto a esas masas que se convierten
en el panorama más ostentoso de las ciudades? ¿Cómo
seguir calificándolas simplemente como lo enterrado,
lo que no tiene remedio, lo que impide que progresemos?
Como muro de protección, en los medios académicos, intelectuales
y oficiales, se rehabilita y se implanta la distinción
entre la alta cultura y la cultura popular y se vilipendian
los productos ostensiblemente dedicados a esta última
en el ámbito urbano: películas, comics, revistas, radionovelas.
Los gobiernos sólo aceptan como cultura popular a la
rural-indígena. Lo otro, lo que surge en las colonias
populares de las grandes ciudades, es la abyección,
a la que se prestan, precisamente por su falta de cultura,
los modos de vida abyectos.
Las escasas tentativas por rescatar lo
marginal y darle vida literaria caen con enorme frecuencia
en el miserabilismo: anécdotas tristes, de seres que
lloran sabiéndose pobres, personajes de primitivismo
interminable, melodramas del siglo XIX transplantados
a escenografías de pobreza cinematográfica. ¿Cómo puede
haber rayos de esperanza en esos seriales, llenos de
lodo y enfermedades venéreas y analfabetismo y escasisima
conciencia de sí?
La gran influencia de manifestaciones
de industria cultural, pensadas desde las clases medias
para los sectores populares, todavía no tienen registro
en la literatura latinoamericana de los años 50. Sin
duda, el fenómeno cultural, en el sentido amplio antropológico
de este término, que afecta más profundamente la vida
de México en los años 30 y 40 y me atrevo a extender
esto a toda América Latina, es el cine, que elige,
perfecciona y destruye por dentro muchísimas de las
tradiciones que se creían inamovibles, crea modelos
de conducta, encumbra ídolos a modo) de interminables
espejos comunitarios, fija sonidos populares y decreta
la sucesión de idiolectos o hablas que de inmediato
se declaran genuinas. Todo esto, sin embargo, no se
acepta públicamente por la cultura oficial. La radio,
el cine, la historieta (con sus falsificaciones de la
vida de los de abajo, que tanto influirán en el desarrollo
mismo de la mentalidad de las mayorías) no son registrados
por una literatura todavía atenta a esta división sacra
y reñidora entre la alta cultura y lo popular.
NACE
UN NUEVO SANTORAL
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Carlos
Fuentes |
Con discreción, y en medio de pronunciamientos
contradictorios, Borges usa el malevaje, el tango, la
milonga y los entreveros en sus disquisiciones y ficciones.
Pero será la década de los sesentas la que continúe
un proceso que ya el siglo XIX vivió sin extraer bastantes
conclusiones: el de la continuidad forzada entre los
gustos y predilecciones de las distintas clases sociales;
el que, de hecho, hay más posibilidades de una sola
cultura unificadora en América Latina de las que se
piensan. En 1958, Fuentes, en La región más transparente,
hace buen uso de los macro y microcosmos de John Dos
Passos, y presenta a la ciudad entera con sus choferes,
putas, millonarios y poetas, como un solo y continuado
fenómeno de cultura popular. Pero es el cubano Guillermo
Cabrera Infante quien, de hecho y en rigor, origina
un género y un método aproximativo a este fenómeno de
disipación de fronteras entre el espectáculo y la vida
cotidiana, entre la telenovela y las sensaciones de
seguridad psicológica dentro y fuera de la familia,
entre el ídolo de la pantalla o de los discos y el santoral
laico. Cabrera Infante es el más diestro intérprete
de una sensación difusa: en la era de la tecnología,
los santos, las vírgenes y las apariciones milagrosas
dependerán de pantallas grandes y chicas, de casetes,
de discos, de conciertos en escenarios debidamente iluminados
y sonorizados, de posters y miniposters en revistas
que ciertamente circulan más que las literarias, de
autógrafos exigidos con el premio de los alaridos, de
giras relámpago en auditorios pletóricos de jovencitas
que lloran en, antes y después de cada canción. En el
santoral laico, donde dice María Goretti, o María Egipciaca,
debería decir secularización, destacando la enorme causa
de los sufrimientos teatralizados, de las ilusiones
a veces ni siquiera verbalizadas, de las catarsis a
domicilio, de los actos sexuales cumplidos en un grito
o una lágrima. Santoral alimentado por escuelas de manejo
corporal y de cuidado del aspecto físico. De modo experimental,
en medio de la complacencia en la tradición barroca
de Cuba, Cabrera Infante inaugura esta etapa de nuevas
creencias religiosas, seculares, que no tan de tarde
en tarde alcanzaran el nivel místico. Un ama de casa
que ve todos los capítulos del Derecho de nacer, o de
Simplemente María, en esta perspectiva valdría tanto
como santa Teresa de Jesús.
APARECEN
LOS IDOLOS POPULARES
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| Alejo
Carpentier |
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En Tres tristes tigres Cabrera
Infante hace ese infaltable capítulo de la educación
sentimental de América Latina: la canción romántica.
En la secuencia intitulada "Ella cantaba boleros",
la fuerza de convicción del bolero, su modo de enterarnos
de lo que pensamos y de proporcionarnos las palabras
exactas en el momento de expresar lo que sentimos, accede
a otro nivel, y la cantante, en la novela estrella,
especie de deidad furiosamente obesa y desbordada, es
el símbolo no sólo de Freddy, el personaje real en el
que se fundamenta el Freddy literario, sino de todas
las mujeres que filtran emociones, legalizan desenfrenos,
conducen la pasión por las vías institucionales del
disco, la rockola, la radio.
Descubierto este nuevo terreno de lo
popular, muchos se dedican a canonizarlo a su manera.
Pero ni la crítica ni la academia ceden y por lo pronto
todavía faltará, para que se vea la imposibilidad de
separar, en América Latina, la alta cultura de la cultura
popular, para que se vea el modo en que se ha inventado
a cada una de estas entidades. Lo que sigue es una serie
de intentos, de muy variado orden y de muy distinta
calidad, pero todos ellos unificados por el deseo de
darle cabida a lo que siempre se ha vivido y lo que
siempre ha estado presente como influencia directa en
la conducta personal. De ellos destaco algunos: Severo
Sarduy, por ejemplo, parodia, en el libro De dónde son
los cantantes, el ámbito, estrictamente musicalizado,
de los travestis habaneros, y Carlos Fuentes en Zona
sagrada intenta apresar el fluir divinizado de María
Félix, la estrella cuyo mito es la precisa conjunción
de un rostro excepcional y una voluntad de escándalo
cuyo centro es el escándalo mayor de todos: la resistencia
al tiempo. María Félix es hermosa, ha sido hermosa y
morirá hermosa. (Desde mi punto de vista, Fuentes no
acierta ni en Zona sagrada ni en Orquídeas a la luz
de la luna, la obra de teatro donde dialogan viejas
que creen ser María Félix y Dolores del Río sin darse
cuenta de que son María y Dolores, sin percatarse de
que jamás nadie, ni ellas mismas, podrán ser Dolores
y María... Hay demasiada premeditación en ese relato
del mito perfectamente consciente de que cada uno de
sus movimientos merece la atención de Robert Graves
o Mircea Eliade; falla la dialéctica del diálogo agresivo
y cruel de dos mujeres para quienes todo, excepto la
perdurabilidad, les ha sido negado.
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Manuel
Puig |
Es el argentino Manuel Puig quien acierta
con la fórmula tanto literaria como de atracción de
lectores, y vincula una experiencia de todos con el
prestigio cultural que se le negaba a esa vivencia unánime.
Las dos primeras novelas de Puig, Boquitas pintadas
y La traicion de Rita Hayworth, también de los años
sesenta, se apxoximan con malicia cinegética al lenguaje
de la simplicidad y la debilidad amorosas, a las frases
hechas de las canciones y los diálogos de cine y radionovelas,
a la indudable cursilería que, de tan acumulada, quiere
decir otra cosa. Puig representa también la universalidad
de esa cultura cinematográfica y las interminables maneras
de nacionalizar ídolos y lecciones de Hollywood, esa
patria feliz de todos los solitarios reales e ideales..
En Salta o en Boyacá, o en Ivapueto o en León, el rostro
femenino se agiganta en la pantalla, se vuelve algo
más que un rostro, algo más que un sueño, y Rita Hayworth,
Ginger Rogers, Bette Davis. Marlene Dietrich, Greta
Garbo son las figuras incesantes que le dan vida a la
nueva imagen de la femineidad como utopía social, las
figuras devastadoras que unen los delirios plácidos
de una generación con el proceso forzado de modernización
de pueblos y ciudades.
Ah, la Rita; Ah, la Greta; Ah, la Joan
Crawford; Puig en estas dos novelas reitera la moraleja
indiscutible que en las décadas siguientes se volverá
lugar común: Nosotros, espectadores y lectores, ya no
venimos de la selva o de la sabana, ya no venimos de
la jungla de asfalto, ya no venimos de las tradiciones
quebrantadas por el capitalismo. Venimos de películas
pesimas y gloriosas, de contrarrestar la irrealidad
de nuestras vidas con la severa realidad de estos galerones
oscuros, de afianzar nuestra visión del mundo sobre
imágenes, y la respuesta de los lectores ante Tres tristes
tigres o La traición de Rita Hayworth, prueba no únicamente
la universalidad del cine, sino la conversión de la
tecnología en algo a la vez sagrado y profano.
No hay distancias entre lo que se ve
y lo que se vive. En 1916, los revolucionarios mexicanos
les disparaban a los noticieros donde salían sus adversarios,
con la ambición de liquidarlos físicamente, y las empresas
de películas de acción debían asegurarles a los espectadores
que no corrían riesgos físicos. En 1936 la multitud
enfurecida intenta linchar a una actriz que interpreta
a una villana, al terminar la premiére. En 1983 las
mujeres se dirigen a actores y actrices de telenovela
como si fuesen estrictamente los personajes que interpretan.
Ruedan al mismo tiempo otros procesos
paralelos: el auge de las clases medias, el crecimiento
general del nivel de instrucción y las diversas convicciornes
de autonomía política y cultural que se resumen tan
mal en mitos cultuales como el de la búsqueda de la
identidad, ayudaron notablemente a la expansión del
mercado de lectores, el llamado boom: cientos de cientos
de miles de ejemplares vendidos de Cien años de soledad,
Rayuela, La guerra del tiempo, La muerte de Artemio
Cruz, Boquitas pintadas, Pedro Páramo, Ficciones, El
Aleph, La ciudad y los perros, Conversación en la catedral,
El astillero, Juntacadáveres... La lista es larga, culminando
actualmente en el millón de ejemplares de Crónica de
una muerte anunciada.
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| Los Beatles |
ROCK,
SALSA Y LA BÚSQUEDA DE UN NUEVO PASADO CULTURAL
Por otro lado, la transculturación, que
es más y es menos, reclama sus derechos y el rock es
parte de una demanda generacional que incluye liberación
sexual, drogas, hartazgo de la tradición pomposa y vacua,
apropiación de la literatura norteamericana. Aparece
una literatura que en México lleva el buen y el mal
nombre de "la onda", y que de un modo u otro
se dará en distintos países. Son los seguidores fanáticos
de Bob Dylan, los Rolling Stones, los Beatles, The Who,
Janis Joplin, Jimy Hendrix, los Doors, James Brown,
Chuck Berry, The Band, los ídolos complementarios de
Hollywood. Las visiones alteradas y convulsas y extraordinarias
que rompen con rapidez esquemas mentales que habían
sobrevivido a todo y muestran la unidad y la diversidad
de las culturas latinoamericanas en relación con su
metrópoli, impuestas gracias a dictadores y transnacionales...
y estímulos culturales sin los cuales en América Latina
o en casi todas partes del mundo se consiguen las sensaciones
de internacionalismo.
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| Jimmy
Hendrix |
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Las novelas donde el rock es atmósfera
y destino son también exhibiciones de la vitalidad del
ídolo como elemento de aglutinación y definición existencial,
del ídolo como paradigma sin el cual se puede entender
la realidad, pero no se la puede vivir de modo enriquecido.
José Agustín en México, o Andrés Caicedo, de modo breve,
en Colombia son autores que a diferencia de la generación
anterior, centrada en la identificación cultural de
literatura y cine, quieren darle a su prosa las cualidades
rapsódicas de Dylan en Brown in the Wind o Lay, Lay
Lay, el acento crispado y semibílico de los Stones en
Sympathy for the Devil o Street Fighting Man;el mensaje
de profecía críptica o de poesía anterior o posterior
a su tiempo de los Beatles en Abbey Road o Sargeant
Pepper. Ante la audacia de este asalto al cielo del
tradicionalismo, efectuado por decenas de miles en toda
América Latina, los consenvadores protestan, la izquierda
regaña... y luego) todo se equilibra y combina.
"Con el tumbao que tienen Ios guapos
al caminar", para qué insistir en las diferencias
entre alta cultura y cultura popular, todas desintegradoras,
igualmente fantásticas y opresivas. Por más que la moda
de la cultura popular sacuda a los medios académicos,
en el terreno de los hechos se debilitan considerablemente
el terrorismo que calificaba una producción por su tema,
y el terrorismo que creía ser el único autorizado para
interpretar y representar al pueblo. En la década de
los ochentas, luego de fracasos sangrientos, de tímidas
y esperanzadoras recomposiciones, en algunos países
en medio de una crisis económica absolutamente unánime,
América Latina es un ámbito sorprendente unificado gracias
a lo vivido en los últimos veinte años. Gracias a los
desastres históricos, la ofensiva de los medios masivos,
la intercomunicación creciente y las experiencias culturales
compartidas. Y gracias a la interrelación de la industria
cultural y la creación literaria: de la vida de los
ídolos como temática cultural.
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José
Alfredo Jiménez |
Dentro de este proyecto de unificación
que rechaza el terrorismo de uno y otro lado, tiene
mucha importancia la recuperación y la invención del
sonido popular cubano, tal como lo expresan el
cubano Cabrera Infante, los mexicanos Ricardo Garibay,
en Las glorias del gran Púas, y Elena Poniatowska en
Hasta no verte Jesús mío, la crónica de una mujer que
vive la revolución para terminar aislada por la miseria
y la ignorancia; o el argentino Ricardo Piglia. También
interesa la destrucción del lenguaje-cárcel, de la oratoria
forense patriótica y cívica que lleva a cabo, entre
otros, Jorge Ibargüengoitia en Los relámpagos de agosto,
en donde gran parte del chiste de la novela consiste
en que está escrita como si fuera un orador típico de
la revolución, y es el lector el que tiene que poner
la soma, la sátira, el enfado que deposita clandestinamente
Ibargüengoitia para que el lector lo recupere y lo atribuya.
Y para la captación del sonido, nada
mejor que el ritmo sinuoso de los ídolos de la canción.
Así el puertorriqueño Luis Rafael Sánchez en la La guaracha
del macho Camacho se propone una visión del habla de
su país, a través de la combinación de la retórica neoclásica
y la rumba, del exhorto a los patricios beneméritos
y las recurrencias "chéveres" cuando ejemplos
como el de Un hombre llamado Daniel Santos, de Luis
Rafael Sánchez, logran ser más explícitos. La experiencia
de un hombre como todos, igualmente adultero e irresponsable,
al que la calidad de su voz transfigura y convierte
en emisor y creador de modos de vida y presentimientos
eróticos, es una experiencia absolutamente definitiva.
Casi simultáneamente publican Umberto Valverde su libro
sobre Celia Cruz (Reina Rumba) y Héctor Mujica, en Venezuela,
Las confesiones del Anacobero Daniel Santos.
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| Daniel
Santos |
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Esto no sólo tiene que ver con el éxito
de la salsa, que Pedro Navaja lleva a su triunfal desmesura,
sino con la necesidad de establecer un pasado, un nuevo
pasado de la cultura latinoamericana, equidistante de
la alta cultura y la cultura popular original, que sea
al mismo tiempo evocación textual y fantasía, realismo
capitalista y utopía comunitaria.
En México en el siglo XX nada ni nadie
desplaza a Agustín Lara ni a José Alfredo Jiménez, como
en Argentina nada desplaza a Gardel. Han sido respuestas
únicas al tema y al problema de la expresividad popular;
Lara, por ejemplo, conjunta la poesía modernista y la
Injuria vencida de las amas de casa, el afán de espiritualidad
y la obsesión de la carne, la ambición de poseer una
elegancia verbal y el arrojo para desempeñarse en la
más atroz cursilería. José Alfredo es la versión de
la poesía de quienes no han leído poesía pero aman las
imágenes retenidas en el inconsciente colectivo, es
el desafío desde la derrota y es la autodestrucción
asumida como la única hazaña al alcance de la mano de
estos marginados. Por esas y otras razones perduran,
y por eso son ídolos examinados, desmitificados, sacralizados,
vueltos y revueltos por una abundante literatura. (Un
ejemplo de este impulso de reelaboración cultural de
la nueva visión de los vencidos en José Alfredo: la
novela Pero sigo siendo el rey del colombiano David
Sánchez Juliao).
LA
OTRA CARA DE LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN
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Rubén
Blades |
Lo que fue industria del espectáculo,
simple y llanamente, hoy es un sedimento que liga inexplicahlemente
varias instancias: en la época del videocasete, los
satélites, el disco y la video music, los walk-man,
los supershows, se produce una reconciliación subterránea
entre formas literarias, experimentales o no, e ídolos
de la vida popular. Esto, sin duda, es una moda y como
tal se extinguirá entre oportunismos, imitaciones, declamaciones
populistas, reducción de letras de boleros a tratados
filosóficos, poesía prefabricada, nueva concepción mecánica
del pueblo. Pero también, insisto, ha demostrado la
falacia de insistir en una órbita literaria y cultural
totalmente escindida y "pura". Eso es imposihle
al aguardar la telenovela de moda y la seguridad del
desempleo. Los ídolos (quienes verdaderamente lo han
sido), más allá de las promociones eje la industria
provienen de un sólido contrato social mediante el cual
una de las partes accede a interpretar y dotar de moldes
clásicos a deseos y obsesiones. y la otra parte se compromete
a reproducir y desvirtuar creativamente, en su esfera
de mínimo dominio, los modelos que se le ofrecen. Eso
ha sido manipulación y enajenación; también ha sido
experiencia infalsificable y recuperadora de millones
de latinoamericanos que en años recientes la literatura
ha querido reinterpretar y fijar.
No hay conclusiones a la vista. Quizás
sólo que los mitos y leyendas populares han terminado
eludiendo la vigilancia inquisitorial de los prejuicios
culturales. "La vida nos da sorpresas, sorpresas
nos da la vida".
* Carlos Monsiváis
presentó este trabajo en Medellín durante el pasado
ENCUENTRO HISPANOAMERICANO DE LA CULTURA La memoria
de esta reunión sera publicada proximamente por el Banco
de la República. (regresar) |