Boletín Cultural y Bibliográfico.  Número 1 Volumen XXI,   1984


 

Fiel a su fe

Antología poética
Juan Manuel Roca
Félix Burgos Editor. Bogotá, 1983

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Juan Manuel Roca nació en Medellín en 1945 y hasta el presente ha escrito: Memoria del agua (1972), Luna de ciegos (1974), Los ladrones nocturnos (1976), Señal de cuervos (1979), Fabulario real (1980), Cantos del ocio (1982) y Umbrales (1982). Y de estos ocho libros salen 133 poemas en esta antología que cambia de criterio según cada libro, pues si apenas incluye cinco de su primer folleto, considera antológicos la integridad de los poemas de otros libros.

Para algo que se llame antología, en Colombia, sigue pareciendo excesivo que un solo poeta haya escrito 133 poemas antológicos. La cifra es exagerada, inclusive, si se piensa en una antología de toda la poesía colombiana. Así que, en este caso, el título del libro es apenas un indicativo de que contiene un resumen muy amplio de los diez años y ocho libros de Roca. Un resumen necesario, que la intrincada e ineficaz distribución de los libros de poemas pedía, para hacer presente en las vitrinas a este poeta que es, a no dudarlo, el más conocido y el más prolífico de los poetas de su generación. Y que, de ellos, es el que más ha influido en la siguiente generación de poetas.

Antes que Roca escribiera el primero de sus versos, ya toda su visión poética estaba inventada. Roca es un poeta surrealista y repetidamente se ha reconocido como tal y ha adoptado, consecuentemente, la tradición poética surrealista, incluyendo explícitamente el romanticismo alemán. Si de esto se hace una interpretación desde la mera historia literaria, el asunto parece como un eco retardado de las vanguardias francesas de los veintes o como un eco algo menos retrasado de los surrealismos latinoamericanos. Hay mucho de esto, que presta la "visión" poética, pero nada es gratuito y la obra de Juan Manuel Roca es, en el orden de la poesía, el reflejo de una realidad caótica, que sólo puede horadarse con el atrevimiento de la poesía:

LA POESIA

Algo así como entrar
En la zona de peligro
Con una vieja Colt inservible,
Algo así como abrir un paraguas
Para protegerse
En medio de espesos abaleos,
La poesía,
Riesgosa y vagamunda,
Territorio libre del sueño,
Cultiva las flores prohibidas.

La coyuntura (esa palabra que los economistas encontraron cuando buscaban la palabra circunstancia) permite los paralelos: si a la hora de mirar el mundo que los circunda, Cobo es el poeta de las horas diurnas, el testigo literal, Roca es el poeta nocturno, el brillante viajero de las pesadillas. Acaso no tan opuesto como ellos mismos puedan pensarlo —recuérdese el poema de Cobo a Breton, recuérdese el Bogotá de Roca en, por ejemplo, Escenarios— la diferencia radica en que Roca toma partido; para él la poesía no es sino una cosa: "Porque la poesía será la imagen que enriquece los hechos cotidianos, o no será", ha escrito tajantemente en una nota sobre Hárold Alvarado.

Así, iluminado por la sola visión surrealista, amparado en su verdad, el culto a la imagen, Roca ha construido una obra absolutamente fiel a sus fe, con una sostenida calidad que uniforma todo el conjunto, el cual no puede verse como una gradual maduración, con sus evoluciones y cambios, sino como una obra fiel a sí misma, a sus obsesiones, a sus paraísos y pesadillas, a su imaginería brillante y a su siempre constante retórica.

Juan Manuel Roca es un poeta bien dotado para su propio propósito; imaginativo y brillante para las imágenes, la lectura de su antología permite percibir su brillantez, su ingenio, su originalidad. Tenaz en su empeño, inevitablemente, en ocasiones, cae víctima de su propio invento, la desbordada pirotecnia. Pero sobre todo en sus poemas cortos, y más cuando aborda el erotismo, logra excelentes ejecuciones, como Mujer invadida por fantasmas:

Los corsarios que asediaban tus playas
Con galeones dorados a estribor de tu pellejo,
Los perros adiestrados
Que buscaban tu olor entre la hierba,
La noche tocando tambores con un fémur
Entre la algarabía de los bailes estivales
Donde tus piernas desgarradas
Hacían la delicia de los hace mucho tiempo muertos, 
Aquellos que escarban como mineros
En tu cueva de oro
Mientras la caja de caudales de tus muslos
Se abre al galope entre el pasto enrojecido
Y los fantasmas te gritan al oído
Que eres presa y perseguida
Para invadir tus cámaras secretas
Entre el bosque que boga tu agua nocturna.
[...]

Poesía para ser leída en voz alta, poesía rutilante; lo declamatorio parece venirle de Zalamea y, más precisamente, de las traducciones de Saint-John Perse realizadas por Zalamea: el secreto de taller del poeta ha consistido en moderar el efecto, en acumular, por oposiciones, brillantes imágenes, sonoros sustantivos del trópico. Acaso este principal mérito de Roca, su imaginería, se concentre más en los poemas cortos; los más largos y las prosas se vuelven pesados con su bisutería de imágenes, pesados de leer, pero acaso de un efecto muy distinto declamados en voz alta.

Si en la obra de Roca hay temas que otros poetas colombianos han abordado antes —León de Greiff, Luis Carlos López y Eduardo Escobar han hecho antes el elogio del ocio; Álvaro Mutis y Jaime Jaramillo Escobar han escrito memorables textos sobre el miedo—, la unidad interna de la poesía de Roca está señalada por temas e imágenes obsesivas: el agua —el tema inaugural de su primer libro, las reiteraciones de "hidrólatra"—, los caballos —que cabalgan resonantemente en sus 190 páginas de versos—, los ciegos —obsesión repetida, angustiante y, por paradoja, iluminadora—, el miedo, la noche, el cuerpo.

Cita necesaria; la poética de Roca, hermosa síntesis de su aspiración: ".. .En algún lugar de su obra El origen de la locura en Asia, Frazer cuenta cómo una tribu que invadía a los malayos entró en contacto con una desconocida flor roja. Se reunieron, dice Frazer, en círculo alrededor de ella y extendieron sus brazos para calentarse. Tal vez el misterio de la poesía consista en convertir flores en fuego, fundar el mito, atrapar lo imposible".

D.J.A.