Cuando Colombia se desangró
Un estudio de la violencia en
metrópoli y provincia
James Henderson
El Ancora Editores, Bogotá, 1984
Varios acontecimientos y
publicaciones recientes evidencian el interés de los investigadores por el tema de la
Violencia, esa conmoción que transformó la vida colombiana al iniciarse la segunda mitad
del siglo XX. La aproximación a ese fenómeno ha comprendido la narrativa y la novela, el
teatro y el cine y la producción histórico-sociológica de autores nacionales y
extranjeros, entre los últimos de los cuales se encuentra James Henderson.
Se inicia con una revisión de las
publicaciones sobre el tema, entre las cuales se destacan algunas obras que parecen haber
ejercido influencia particular en el autor, como son las de Richard S. Weinert, Steffen W.
Schmidt y Paul Oquist, que apuntalaron el propósito de un estudio regional como la
alternativa más adecuada para la comprensión de la Violencia, perspectiva estilizada por
Henderson, privilegiando el tratamiento del plano político. Su marco geográfico en
conflicto, el Tolima y su zona noroccidental con epicentro en el municipio de Líbano.
Destaca en el período colonial algunos
de los elementos de la configuración político-regional en torno a determinados
caudillos, que fueron definiendo el ordenamiento de las lealtades partidistas que más
tarde alimentarían los sangrientos episodios de la Violencia.
En su exposición de los primeros
decenios del siglo XX, enfatiza los enfrentamientos bipartidistas, particularmente en sus
aspectos anecdóticos. El autor procede luego a un prolijo relato de los acontecimientos
que expresaron el tumultuoso transcurrir de la política nacional y regional desde el año
46, para llegar a los hechos de sangre que hasta principios de los sesentas hicieron la
Violencia en el Tolima. La exposición concluye con algunas referencias a las
intervenciones del Estado dirigidas hacia el control de la situación y de sus efectos
(reforma agraria, acción comunal, acción cívico-militar) y conclusiones sobre el
proceso estudiado, referidas a sus connotaciones puramente políticas. El trabajo se
complementa con información estadística (criminalidad, participación electoral) y una
amplia bibliografía.
Este detallado recorrido por la Violencia
en el Tolima deja en el lector un balance poco satisfactorio. A pesar de los
delineamientos proporcionados previamente por Schmidt en torno a la temática
"región-gamonalismo" (ampliamente trabajada por Fernando Guillén en su libro El
poder político en Colombia), Henderson no trasciende la acumulación de referencias
sobre las confrontaciones políticas bipartidistas, en el nivel nacional, regional y
subregional. Al pasar por encima de hechos que él mismo menciona, el problema de la
tierra, por ejemplo, frente al cual el Estado trató de actuar, por medio de la reforma
agraria con soluciones pioneras para el país aplicadas en el Tolima, o la crisis de las
economías campesinas señalada por Jaime Arocha, o el problema de los enfrentamientos
políticos no bipartidistas, etc., se llega a presentar nuevamente la Violencia como el
resultado de la lucha sectaria entre liberales y conservadores, retomando elementos de las
tesis de Oquist sobre el "derrumbre del Estado". Nada diferenciaría entonces al
norte del Tolima de otras zonas afectadas por el conflicto, perdiéndose así el sentido
del análisis regional.
Por otro lado y a pesar de que el autor
reitera la necesidad de descartar las grandes generalizaciones, su apego a los modelos del
"determinismo de las ideologías" no le permite avanzar en la explicación de
los hechos narrados en una aparente exposición positivista.
Este propósito, ciertamente difícil de
lograr, se frustra debido a las sensibles influencias político-ideológicas que padece el
autor, expresadas, por ejemplo, en su fácil aceptación de las explicaciones que sobre
los enfrentamientos entre "limpios"y" comunes" ofrece un escritor tan
característicamente matriculado en las interpretaciones de la derecha recalcitrante sobre
la Violencia, como Alonso Moncada.
Un detalle poco favorable de esta lectura
lo constituyen las reiteradas referencias a los "colombianos" o a "los
tolimenses", como universos homogéneos o especie de "grupos étnicos"
monolíticos, al pretender generalizar algunos comportamientos políticos. Este tipo de
agrupamientos, comprensibles en la visión inicial de un autor extranjero, no resultan
aceptables para una historia social en donde actúan personajes tan disímiles como el
dirigente empresarial cafetero Rafael Parga Cortés y el líder campesino Jacobo Prías,
"Charro Negro", solamente ligados por el hecho de ser tolimenses.
El esfuerzo de Henderson queda hoy muy
atrás en la interpretación de la Violencia, cuando ya se cuenta con trabajos como los de
Gonzalo Sánchez (Bandoleros, gamonales y campesinos) y Urbano Campo (Urbanización
y violencia en el Valle del Cauca), sin citar los estudios en proceso
discutidos en recientes seminarios y simposios, en muchos de los cuales, además de
trabajar la "perspectiva regional", se intenta, con logros estimulantes, aportar
matices del análisis económico, histórico y sociológico, reconociendo efectivamente la
apreciación que Henderson formula al final de su libro: "La Violencia no puede ser
descartada con ligereza como algo exótico y de poca utilidad para entender al pueblo y al
país que la experimentaron".
DARlO FAJARDO |