Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1 Volumen XXI,   1984


 

El clic-clic: observador nada imaginario

Historia de la fotografía en Colombia
Eduardo Serrano
Museo de Arte Moderno y 0p Gráficas. Bogotá, 1983

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Luego de una investigación que se prolongó durante tres años, el Museo de Arte Moderno de Bogotá entrega esta paquidérmica edición ampliamente ilustrada, que acompaña a la exposición del mismo nombre.

Merece reconocimiento la iniciativa de recuperación, conservación y difusión de los registros fotográficos que remiten a la apariencia del pasado colombiano y acercan al conocimiento e interpretación de su evolución, cuyos alcances y limitaciones intentaré señalar después del siguiente recuento somero de los ocho capítulos que conforman su cuerpo principal.

Primeros experimentos

La noticia del surgimiento del daguerrotipo —procedimiento primitivo para fijar imágenes sobre chapas metálicas acondicionadas para activarse por efectos del sol— llega temprano a Colombia.

Fue el barón Jean-Louis de Gros, diplomático francés, quien se instauró como precursor de esta otra manera de capturar la realidad, poco después que el mundo europeo se asombrara ante la innovadora técnica. Uno de los pocos daguerrotipos que se conservan de este explorador de paisajes, investigador y coleccionista, conocido sobre todo como pintor, es una bella imagen de la calle del Observatorio, que data de 1842.

Luis García Hevia, 1816-1887, también se escapa de la pintura para sumergirse en la práctica de la daguerrotipia, continuando como fotógrafo activo después de la partida del barón Gros hacia su Francia natal.

La posibilidad de perdurar en un retrato conduce a la élite provinciana a los patios del artesano, que les plasmaba sus propios rostros con la magia del sol y unos cuantos líquidos misteriosos. Así, mientras permanecían —aun para nuestras miradas actuales— las aspiraciones de belleza, espiritualidad e inteligencia de aquellos habitantes de la sabana, reflejados sobre papeles amarillentos, el retratista importaba técnicas para mejorar su alquimia, entre las cuales los efectos decorativos que realzaban a sus clientes.

El daguerrotipo en la Nueva Granada

La fotografía empieza a generalizarse en Europa dando lugar al género de los daguerrotipistas viajeros, artistas ambulantes que recorrieron el mundo seducidos por su gusto aventurero o contratados por casas editoras para ilustrar los libros de viajes. Colombia cautivó la atención de varios de estos pescadores de imágenes que recorrieron con sus cámaras y aparejos las principales ciudades del país, trayendo consigo elementos para diferenciarse de los demás que empezaban a constituirse en competidores.

Así, F. Goñi, primero en enfocar nítidamente el campo comercial, introduce las cajas de tafilete, urnas de madera y cuero repujado donde se preservaban y resaltaban los daguerrotipos; E. Sage ya utiliza en 1847 colores tenues sobre sus copias para añadirles una mayor dosis de realismo; Federico Martiner promueve las reproducciones de imágenes sin la ayuda del sol; Alejandro Lacointe ofrece tomar sus fotografías a domicilio; Emilio Herbruguer retrata grupos hasta de ocho personas y promete efectuar su trabajo en diferentes tamaños; G. Frendentheil entrega sus copias sobre placas metálicas, vidrio, papel, lienzo y madera.

John Armstrong Bennet, ciudadano estadounidense, es el fundador de la primera Galería de la Daguerrotipia. La concepción de su oficio como empresa comercial lo lleva a idear efectivas tretas publicitarias persistiendo en la práctica de retratar difuntos —iniciada por A. Lacointe—, con la cual se consigna una curiosa actitud frente a la muerte, un vano intento de retener la imposible presencia vital de los cadáveres.

George Crowther se especializa en la confección de dioramas, que eran pinturas de paisajes con efectos lumínicos especiales; Fermín Isaza se convierte en el primer daguerrotipista de la Nueva Granada.

Otros cultores anónimos de esta extinta vocación contribuyeron a conformar la colección que sobrevive para narrar desde sus tiempos los ideales de vida y muerte de la sociedad neogranadina.

Inicios de la fotografía

El invento de Daguerre pronto encontró sustitutos más rápidos y eficientes, como el calotipo o talbotipo, de escasa utilización en vista de la traba impuesta por su patente, sucedido por el ambrotipo, procedimiento para reproducir negativos sobre vidrio humedecido con colodión, y el ferrotipo que utiliza el mismo principio reemplazando el vidrio por laminillas metálicas.

La reducción en los costos de obtener fotografías resultante de estos inventos, permitió a un público menos pudiente reconocerse frente a las copias sacadas ya no sólo para conmemorar ocasiones relevantes sino también para satisfacer el gusto enorme de saberse detenido en un lugar donde el tiempo no transcurre mas.

Más adelante las copias sobre papel iniciaron el desplazamiento ya definitivo del ambrotipo y el ferrotipo. La empresa periodística creada por los hermanos Jerónimo y Celestino Martínez en Bogotá, es la pionera de esta técnica.

La Comisión Corográfica, en su intento de registrar las variadas regiones colombianas, contrata a destacados dibujantes. Uno de ellos, Manuel María Paz, empieza a valerse de la fotografía como medio para dibujar sus versiones de los sitios recorridos.

La tarjeta de visita

Documento elocuente para describir la sociedad de la última mitad del siglo pasado, es la tarjeta de visita, cuya popularización se vio favorecida tanto por las facilidades de la época para las importaciones, como por el encuentro con un método que reducía la inversión en tiempo y materiales mediante el fraccionamiento del negativo en diez partes.

Este especimen de retrato encuadrado en un formato de 10 x 6 cms. lo utilizaron personajes influyentes en los destinos del país y ciudadanos comunes interesados en figurar en los álbumes familiares, en los cuales se acostumbraba a adherir las cartulinas impresas, al lado de las tarjetas de personajes, que entonces se editaban para el público.

Las primeras tarjetas se limitan al registro escueto de la figura humana. Más adelante los estudios se van poblando de mobiliario y accesorios. El cliente representa un papel ante la cámara predeterminado por él mismo o sugerido por el fotógrafo, acorde con el impacto buscado.
Otros temas aluden a oficios comunes para la época, a paisajes o plantas ornamentales.

Un revelador registro del país

Paralelo al desarrollo de la tarjeta de visita se da el de la fotografía estereoscópica, basada en el fenómeno del binocular, mediante el cual dos imágenes vistas separadamente por cada ojo se fusionan en una sola, ofreciendo el efecto de unidad.

La encendida conciencia patriótica, nutrida en el pasado siglo por la presencia continua de enfrentamientos políticos, se reflejó en la fotografía, que entonces empezó a interesarse por los acontecimientos y lugares que hablaron de "la Patria". Con esta mira, los fotógrafos trasladan sus aparatosos equipos a las plazas, a los sitios de las catástrofes, a las nuevas obras de infraestructura y los paisajes regionales.

La alegoría fue otra simpática expresión que conquistó los corazones nacionalistas de la época. En un ambiente de ensoñación, la fantasía del operador de la cámara divagaba alrededor de mantos, insignias y guirnaldas que aderezaban a damiselas con la mirada perdida, rindiendo así homenaje a lo que simbolizara la "gloria" de la patria.

El tema del progreso inundó al país de imágenes como vapores sobre el río Magdalena, puentes, plazas y edificios públicos, que luego empezarían a aparecer en publicaciones como el Papel Periódico Ilustrado, engendro del adinerado artista bogotano Alberto Urdaneta, y El Gráfico.

Los fotógrafos de provincia persiguen con sus cámaras apreciables estampas comarcanas, destacándose Luciano Rivera, de Buga; Luis Felipe y Jeneroso Jaspe, que cuentan con el escenario privilegiado de la Cartagena decimonónica; Quintilio Gavossa, quien captura el tono de la arquitectura bumanguesa, poblada de bestias y gentes recorriendo sus calles pedregosas; Melitón Rodríguez, de Medellín, sin duda uno de los artistas más destacados por su calidad técnica y composición, ya como reportero, cronista, retratista y recopilador de paisajes y oficios rurales y urbanos, y Henry Duperly entre cuyos trabajos resaltamos el de Henry Warner atravesando el salto de Tequendama, y el incendio de las galerías de Bogotá.

Las técnicas modernas

La limitación de las primeras cámaras para captar el movimiento, explica la ausencia de fotógrafos de acciones de guerra (estado casi permanente en la época). Sin embargo, abundan los retratos de los grupos armados antes y después de las batallas, las tropas en formación, las trincheras y los fusilamientos.

El perfeccionamiento tecnológico traducido en cámaras más simples y livianas, películas de celulosa y papel de gelatina, fue paulatinamente asimilado por los fotógrafos criollos, algunos de los cuales habían puesto en práctica innovaciones técnicas para su consumo personal.

Arte y fotografía.
La tradición del retrato

La enfurecida discusión que intenta definir si la fotografía desplaza y refuta a la obsoleta e imprecisa pintura o si por el contrario debe entenderse como una industria más, sobre la cual recuestan su ineptitud los talentos escasos, pues su valor radicaría en el servicio que presta a la exactitud, tarda en resolverse a favor de la sensibilidad y capacidad expresiva del usuario de la técnica.

Esta polémica no interrumpe la producción de fotógrafos en Colombia, y es el retrato una modalidad a la cual los colombianos hacen uno de los mayores aportes artísticos, como lo muestran las fotos de Duperly, Rodríguez, Benjamín de la Calle, Aristides Oriza y Demetrio Paredes, entre otros.

Especializaciones y nuevas actitudes

Ya en el siglo XX se presenta una proliferación en el número de fotógrafos aficionados y profesionales, en el uso de las técnicas y en los objetivos artísticos e informativos de la fotografía.

Surge la modalidad de la tarjeta postal con figuras alegóricas, personajes y paisajes; el reporterismo gráfico se estabiliza como profesión al servicio de las nuevas ediciones de periódicos y revistas y se oficializa la utilización de la fotografía como apoyo para actividades profesionales y científicas.

Finalizado este recuento general, el libro presenta, como anexo, detalles de los procesos técnicos relativos a la fotografía y una lista de fotógrafos colombianos.

Esta sucesión cronológica de datos acerca de los exponentes y las tendencias de la fotografía en Colombia constituye una buena aproximación histórica. No obstante, las pretensiones de abarcar de un solo fogonazo un siglo entero del quehacer fotográfico en este variado país, logra el efecto aplanador del flash sobre una multitud desprevenida: se pierde la profundidad, desaparecen los matices y sutilezas, se iluminan en exceso los primeros objetos que reciben el resplandor de la lámpara, quedando opacos aquellos que se ubican unos pasos atrás; no hay claridad sobre lo particular y por tanto la totalidad se distorsiona.

Aun así, el texto sugiere infinidad de posibilidades, con lo cual se resalta su importancia como punto de pártida para futuros avances. Una historia de la fotografía es la versión de la mirada que ha tenido la sociedad sobre sí misma, narrada desde la sensibilidad de aquellos que tuvieron en su poder los elementos para registrar la apariencia del entorno. Es por tanto la historia de sus gustos, de sus temores, de lo que se cree que merece recordarse y también de lo que se omitió, con deliberación o sin ella.

Otra publicación complementaria podría ocuparse en conceder la importancia merecida a la evolución de la fotografía en cada región colombiana, dándole una representación a la fotografía doméstica: la de los álbumes familiares, aquella que poco sabe de arte pero que también forma parte de la historia; realizar una verdadera interpretación histórica aprovechando la calidad de los ingredientes, tratando de desentrañar el carácter de cada época, el porqué de los temas que se tratan; profundizar en las distintas modalidades y, en fin, asumir la tarea de acuerdo con las exigencias de su magnitud.

En todo caso, el texto es de gran interés tanto para el investigador como para el espectador desprevenido, pues ofrece materiales para la consulta y el goce.

CRISTINA TORO