Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1Volumen XXI,   1984


 

Ciudad en salsa de crónicas

Crónicas
Sofía Ospina de Navarro
Susaeta, Medellín, 1984

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Ingredientes

— Trescientos sesenta y cinco días al año de continua y minuciosa observación.
— Toda la cantidad disponible de sarcasmo y buen humor.
— Una pizca de sentimiento conservador, dejado por tíos abuelos y hermanos (cuando esos tíos abuelos y hermanos han sido presidentes de la república).
— Cualquier cantidad de abolengo, nobleza y "buenas costumbres".
— Una moral infranqueable, vaciada en el molde tradicional.
— Vivir en la ciudad, después de nacer en el campo. En la trama de las relaciones sociales, pero añorando siempre el terruño.
— Cierta desfachatez y desparpajo, para retratar lo nimio y prosaico de la vida en la ciudad.
— Otro poquito de buen humor.
— Papeles llenos de crónicas, al gusto.

Preparación

Empiece por poner todo en duda, y a esto vaya agregando, uno a uno, los ingredientes, con la mesura de una dama y las ocurrencias de una buena cronista. Vacíe toda la mezcla, que hasta ahora puede parecerle viscosa, en el molde de la literatura sencilla, o en su defecto en el del periodismo intuitivo, de la prosa descriptiva y recurrente, de la anécdota oportuna, con sabor a tertulia familiar.

A la mesa se llevará, adornado con honores y exhalando olor a cocina, el libro de doña Sofía Ospina de Navarro, Crónicas.

Observaciones de un catador

Cuando uno termina de saborear el libro, sabe a ciencia cierta que nadie ha tenido más razón que aquel a quien se le ocurrió darle a doña Sofía Ospina, para celebrar su sesquicentenario, el título de "Matrona Emblemática de Antioquia". Porque eso era ella, ni más ni menos: una matrona y una mujer paisa de pura cepa.

Su libro Crónicas es una recopilación de lo escrito durante muchos años en sus columnas de algunos diarios del país, y cuyo objetivo primordial parecía ser dar cuenta de todo lo que sus ojos veían, y ofrecer de paso una "receta" para la solución de innumerables problemas con un revisionismo moral que pretendía ir en contra de lo que afectara o deslustrara las actitudes de la "gente bien" de Medellín.

Y cuando se dice dar cuenta de todo, se está siendo absolutamente consecuente con el término. Porque doña Sofía habla de todo. Aconseja a las madres sobre la educación de sus hijos; reprende a los hijos por el trato dado a los padres; pone en cuestión los bailes sociales, los reinados de belleza, la liberación femenina, la minifalda, los mendigos, la vuelta a Colombia, la realidad nacional, la pintura, el teatro; alaba las navidades de antaño, los escritores costumbristas, los pintores naturalistas, las mujeres que no ceden a los escotes, ni a los hombres de bien, que todavía creen en el trabajo y en las obras de caridad.

Pero ningún tema le queda chiquito, y en algunos se luce especialmente. Nadie podía retratar la situación de una mujer burguesa, como ella, que dispone de todo pero que a la par soporta un marido y un medio absolutamente machista, donde a la mujer se le pide devoción y entrega. Lo refleja con anécdotas como ésta:

"¿Qué hiciste ayer?, preguntó una señora a su amiga, y ésta todavía malhumorada contestó: ¿Qué hice?, pues voliar incensario, querida, porque estaba el santísimo expuesto".

O este otro, donde le responde a un sacerdote las críticas que éste le hacía por su afición al juego:

"Bueno, padre, convengamos en que el juego tiene sus inconvenientes... ¿pero qué nos ponemos a hacer las mujeres ya jubiladas entre la maternidad y el cáncer?".

Doña Sofía por dentro

A primera vista, era una mujer que se recogía el pelo en una moña sin mirarse al espejo, y que no abandonaba su cartera y su rosario bendito por el papa.

Por dentro era una mujer que no soportaba que nadie la mandara, aunque les recomendaba a sus lectoras la entrega al hogar, la buena comida para retener al marido, el orden en casa, cumplir primero con las llamadas "obligaciones de la mujer" antes que cualquier otro compromiso. Sin embargo ridiculizaba esa sórdida dependencia matrimonial. En alguna de sus crónicas habla sobre la libertad mal asumida, así: "La única libertad inofensiva es aquella a la que aspiran las señoras mayores, de edad y de criterio; dejarían de ser humanas si no quisieran tomar parte en la emancipación general [...]. Esto y descansar siquiera a ratos de aquella cariñosa tutela conyugal, que exige indagatoria sobre los paseos dados y por dar, constituye la libertad soñada".

Era ante todo una mujer nacida en 1893, en una familia tradicional con la importancia social que podían tener los nietos de Mariano Ospina Rodríguez, sobrinos del general Pedro Nel Ospina y hermanos del doctor Mariano Ospina Pérez. Educada, como se educaba a las futuras madres, en el buen comer, el buen vestir y el buen vivir. Después de casarse, empieza a ver cambios. Cuando las mujeres reciben el derecho al voto, comienzan a pertenecer a la Academia de la Lengua, a tener automóvil propio y a ocupar puestos diplomáticos, o en ocasiones a sortear vicisitudes económicas.

Sus conflictos con la mujer

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Podría ponérsele fácilmente el rótulo de feminista, pero en realidad su posición responde a la de una mujer inteligente que en su época ejerció muchas libertades, temiendo que pudieran terminar con tesoros tan preciados para ella, como el hogar tradicional, la mesa concurrida con exquisitos platos, que aseguraban la unión y reafirmaban su papel de matrona.

A veces aboga doña Sofía por las libertades de la mujer, a veces las ataca con cierta saña, al cuestionar sobre todo las capacidades femeninas: "Siempre he creído que cuando una mujer transita por el camino literario, debe hacerlo con el ánimo de satisfacer su afición natural. Y en algunos casos por luchar en favor de sus ideas, ya sean de carácter social, artístico, religioso o político. Pero no con la ambición de llegar a ser contada entre los literatos de renombre, porque tal propósito le creará desengaños. Es cosa ya probada que la brillante erudición y la técnica idiomática, que en el hombre causa admiración, en la mujer no luce". Su propia obra desmiente esto.

Periodismo y humor

Aparte de todas estas consideraciones, hay una cosa cierta: pocas personas como ella gozan de tan buen sentido del humor para observar la vida. Es este ingrediente lo que le permite en último término ser una escritora costumbrista urbana, que es algo desconocido en su época, en la que Tomás Carrasquilla es el prototipo de escritor costumbrista del campo, y es precisamente él quien detecta las facultades de doña Sofía.

Utiliza siempre el estilo narrativo en primera persona, con buen humor, para la crónica ligera. Doña Sofía deja testimonio de lo que fue su época, una sociedad en tránsito que ha visto transformar este siglo.

Una cucharadita más, entre este caudal de ideas, para que el sabor de la matrona y el aroma suculento y el desparpajo de su descripción, logre quedarse otro buen rato en la boca.

"No quisiera llegar a ser la viejita aquella, a que la hija fiel y abnegada sentó una tarde en el corredor del jardín, en cómoda poltrona y con su manta sobre las rodillas, queriendo dejarla entretenida mirando las plantas, mientras ella asistía a una conferencia. Y al salir, dijo a las muchachas del servicio: bueno, tengo que irme, pero si llueve no vayan a olvidarse de tapar al canario y de entrar a mi mamá".

ÁNGELA PÉREZ