Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1Volumen XXI,   1984

Cavafis par tout

Recuerda cuerpo
Hárold Alvarado Tenorio
El Papagayo de Cristal. Bogotá, 1983

"Hárold Alvarado Tenorio nació en Buga, Colombia, en 1945. Es Licenciado en Letras por la Universidad del Valle y Título de Doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Complutense de Madrid. Ha publicado cuatro colecciones de poemas: Pensamientos de hombre llegado el invierno (1972); Poemas (1973); En el valle del mundo (1977) y Cinco Poemas (1979); tres volúmenes de ensayos: Etcétera (1979); La poesía española contemporánea (1980) y Silva (1982); uno de crónicas, Diario 1975-1980 (1983). El libro que da título a esta antología, Recuerda cuerpo, se publica por primera vez. Alvarado Tenorio vive en Nueva York".

Así reza literalmente la noticia que se incluye en esta edición de los poemas completos de Alvarado. En este generacional sino de sumas poéticas, mientras de Cobo se publican sus obras completas reducidas y de Roca ve la luz una muy amplia antología, Hárold Alvarado hace un volumen de 110 páginas de poemas complementado con otras veinte páginas con textos sobre su poesía escritos por Fernando Cruz Kronfly, Jorge Rodríguez Padrón, Helena Araújo y Hernán Toro.

Tras más de diez años de publicar libros, después de tantos resúmenes, acaso ya puedan verse, a posteriori, algunos rasgos comunes en la heterogénea e irregular obra de los poetas colombianos posteriores al nadaísmo. La nota más fácil de detectar es la abundancia de poesía sobre poetas, sobre escritores, sobre artistas, sobre libros, sobre citas. El último libro de Elkin Restrepo se llama Retrato de artistas y está íntegramente dedicado a mitos de cinematógrafo; en Tengo miedo de María Mercedes Carranza figuran, citando de memoria, poemas sobre Artaud, Cavafis, Piero della Francesca y Antonioni; una lista ya elaborada de pre-textos de Cobo omitió los nombres, por ejemplo, de Lezama Lima, Pessoa, Henry James y Carlos Martínez Rivas. El desfile de nombres en la poesía de Roca es también largo. Sin embargo, estos ejemplos que podrían multiplicarse hasta llegar a la primera persona del singular, alcanzan su más acabada expresión en dos poetas, ambos graduados en letras, ambos profesores: Jaime Alberto Vélez, quien, en un libro premiado, expresa la intención de sus poemas: Reflejos, que valiéndose de ciertos tonos, pensando a la manera de, a su manera sintiendo, escribe un Palimpsesto de Marcial y una serie de poemas apócrifos de Catulo a Juvenal. El otro ejemplo de esta constante es Hárol Alvarado.

Como rasgo —ciertamente externo— de la poesía de una generación, este regusto libresco tiene aspectos múltiples, que no es el caso señalar aquí, sobre todo porque Alvarado Tenorio va más allá de los simples títulos o epígrafes. Alvarado —como Vélez lo ha hecho con Ovidio o con Lucrecio— adopta la voz de otros poetas para decirse y culmina impostándose en Cavafis en su último poemario que da el cavafiano título de este volumen: Recuerda cuerpo. El rigor técnico de este poemario consiste en el intento de dar fluidez a la voz personal en el tono de otro poeta: "La mirada del poeta en esta segunda parte de Recuerda cuerpo, que además da título a su antología —ha escrito Juan Manuel Roca— es angustiosa, es una mirada que trascurre por bares y calles de las ciudades modernas, por esta nueva temporada en el infierno que son estos paisajes fabriles, urbanos. La ruina de los cuerpos más que el goce. La ironía que recuerda las aguas de la senectud bajo rostros aún jóvenes, acechando". Cavafiana visión retrospectiva, cavafiana desolación, el poeta adopta la segunda persona, parece dirigirse a sí mismo, cavafianamente, prematuramente cavafiano, como en Alguien recuerda cómo fuiste:

En un viejo bar
Alguien recuerda cómo fuiste.
No aparece el ayer tan claro
para ti

Como el brillo
Que el hombre tiene en sus
ojos.

Turbio rostro —el tuyo—
Incapaz de rehacer las noches
De felicidad que has deparado.
Apareces vivido por otro.
Voraz rumia de días y días de
alcohol

Sexo y cefaleas
Que poco regalan a un olvido
De treinta y cuatro años.

Para llegar a esta desencantada erosión cavafiana, Hárold Alvarado ha recorrido un largo camino que Helena Araújo apunta certeramente: "Se diría que el credo pagano de los poemas iniciales cede lugar poco a poco a una ‘mala vida’ cuya irreverencia, por reiterativa, sabe a escrúpulo y remordimiento. Agotado ‘lo infinito, la aventura y la solidaridad’ de la juventud, las experiencias se van vaciando de contenido. En la obsesiva desacralización, en el desorden y el desarreglo de los sentidos, está la paradoja de un absurdo positivo que reivindica el placer y un absurdo negativo que señala su fatuidad". El contraste señalado por Helena Araújo bien puede establecerse con este otro poema, anterior a su poesía cavafiana, y cuya cronología aparece por sí misma; su título es El que llegado a los treinta, y dice:

La delicia de las cosas
Reposa en el paladar.
Desgraciado,
El que llegado a los treinta,
No ha probado sino un lado
del placer
Y gustado sólo una caricia.

Poesía de la experiencia, como ha dicho Fernando Cruz, la de Hárold Alvarado es también poesía exploratoria de voces que le den el mismo tono que le dictan sus entrañas.

D.J.A.