|
Una
vaca y el Popol Vuh
La vaca chiraca está enamorada
Lucy Amado, Diana Rodríguez (ilus.)
Editora Medio Ambiente, Santafé de Bogotá, 1996, 33 págs.
Los hijos de los astros
Jaime Restrepo Ch., ilustraciones de Silvia M. Duque H.
Jaime Restrepo Ch., Silvia M. Duque H., editores, Manizales, 1996, 51 págs.
La vaca Chiraca, juiciosa y alegre, es
alcanzada un día por una flecha de Cupido. El privilegiado, un enigmático toro, que
nunca da la cara, la seduce durante un atardecer y, en una noche de arrebatada pasión, la
cornuda huye con el desconocido. Al amanecer, regresa a casa como si nada, en medio de la
algarabía de los demás animales de la granja y de la rabia de Talbot, un perro guardián
y extranjero, de elevado pedigrí, al que las gallinas y los gansos detestan por su
arrogancia. Pasan los días y se comienzan a notar las consecuencias de aquella noche de
juerga. Las vacas del vecindario murmuran acerca de la súbita gordura de Chiraca, al
mismo tiempo que Talbot la mira con recelo y resentimiento por los privilegios que los
dueños le conceden. Hasta que un día, Chiraca da a luz un ternerito, y todos contentos
en la granja.
Este argumento, tratado con sencillez e
ilustrado con tierna gracia, se desenvuelve a lo largo de las 33 páginas que conforman la
obra, concebida por su lenguaje, formato y fácil comprensión para un público en
ciernes, tanto en lo que respecta las letras como al desarrollo psicológico.
Sin embargo, el lector adulto, el
"hypocrite lecteur", puede hallar en esta historia, como en los cuentos
infantiles tradicionales, una "ideología subyacente". "Ideología"
que, por una parte, sirviéndose de los animales, educa en algunos valores reconocidos
universalmente (el cuestionamiento de las murmuraciones, la protección de los más
débiles, por ejemplo), más, por otro lado, también afirma otra clase de valores, que
cuestionan a la parte más conservadora de la sociedad, lo cual se halla latente en la
manera como Chiraca desafía el poder de Talbot, uniéndose con un toro del que
inmediatamente prescinde, en un acto que, en vez de amor, podría entenderse como una
manifestación de autonomía feminista.
Dejando de lado estas consideraciones,
dignas, como se ha advertido, de un lector malicioso, La vaca Chiraca está enamorada,
es una fábula ilustrada con buen gusto y escrita sin mayores pretensiones literarias
desde el punto de vista formal, lo cual es un mérito entre tanto abuso de imágenes
literarias que uno encuentra en la literatura infantil colombiana.
En Los hijos de los astros los
textos e ilustraciones de este libro, que narra la creación del hombre, se basan en el Popol
Vuh. El autor ha vertido a un lenguaje más sencillo, pero también menos poético, el
origen de los quichés u hombres de maíz. Leemos así, en un orden menos imbrincado que
en el texto original, los afanes de Gucumatz (la serpiente emplumada) y de su compañero
ante la empresa de crear a los seres humanos. En esta labor, los creadores ensayan vanos
materiales (barro, madera), antes de dar con el maíz, en el que moldearían la figura
humana.
Las ilustraciones, inspiradas de algún
modo en los códices náhuatl, poseen un colorido y un primitivismo llamativo. Además, el
formato del libro, realizado en tamaño carta, se presta para el manejo de niños que se
hallan en etapa escolar.
En cuanto al texto en sí, como aclara su
autor en un extenso y deshilvanado escrito que aparece al final de la narración
propiamente dicha, ha sido el resultado de una labor investigativa en la que se trataron
de tomar en cuenta las semejanzas de la narración quiché con otros mitos del mundo. Se
pierden, no obstante, en la recreación, importantes detalles literarios. Despacha, por
ejemplo, el autor, en dos párrafos, más bien fríos, la rebelión de los animales, con
palos, piedras y enseres de la cocina en contra de los hombres de madera. Siendo,
precisamente, a mi entender, este episodio uno de los textos fundacionales que le dan
rostro propio a la literatura latinoamericana. Se pierde esencialmente, así, la magia, la
imaginación y el humor del texto original para dar paso a la solemnidad propia del mito
de las edades de Hesíodo o del Génesis.
Porque, sin duda, puede verse en el Popol
Vuh una veta de juego y hasta de humor e ironía, en relación con el mito bíblico de
la creación, en la manera como se describe, por ejemplo, la blandura y el desmoronamiento
final de los hombres de barro:
Entonces fue la creación y la
formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero vieron que no estaba
bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se
caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada
la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento.
Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener... (Popol Vuh,
México, Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, págs. 27-28).
Al descartarse el barro, demasiado blando
para cimentar un cuerpo humano, y la madera, demasiado dura, y que explica la ausencia de
sentimientos en los hombres de palo, sólo el maíz, que da sustento a los hombres de la
América precolombina, posee la adecuada firmeza y maleabilidad para forjar a los seres
humanos. Y sólo cuando se forjan los primeros cuatro hombres con este material, se halla
en el Popol Vuh una solemnidad a tono con los mitos occidentales de la creación
humana.
Todo esto es importante tomarlo en cuenta
porque el Popol Vuh, a pesar de haber sido concebido en lengua quiché, ya es un
documento de la América mestiza y, por lo tanto, refuta y refunde al mismo tiempo la
versión extranjera de la creación con la propia de este pueblo.
Como uno de los primeros documentos de la
literatura latinoamericana, el Popol Vuh ya lleva en sí una problemática
característica de ésta: su necesidad de controvertir a otros textos y de aceptarlos al
mismo tiempo. Eso que puede explicar, ya en nuestro siglo, la ironía presente en la
literatura borgiana.
No se pretende, con todo lo dicho,
descalificar el trabajo de los autores de Los
hijos de los astros, que en
sí tiene sus propios méritos, sino tan sólo hacer caer en cuenta que las variaciones en
torno a una obra literaria suelen desviarse de sus fuentes.
ANTONIO SILVERA ARENAS
|