Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Una vaca y el Popol Vuh


La vaca chiraca está enamorada
Lucy Amado, Diana Rodríguez (ilus.)
Editora Medio Ambiente, Santafé de Bogotá, 1996, 33 págs.

Los hijos de los astros
Jaime Restrepo Ch., ilustraciones de Silvia M. Duque H.
Jaime Restrepo Ch., Silvia M. Duque H., editores, Manizales, 1996, 51 págs.


La vaca Chiraca, juiciosa y alegre, es alcanzada un día por una flecha de Cupido. El privilegiado, un enigmático toro, que nunca da la cara, la seduce durante un atardecer y, en una noche de arrebatada pasión, la cornuda huye con el desconocido. Al amanecer, regresa a casa como si nada, en medio de la algarabía de los demás animales de la granja y de la rabia de Talbot, un perro guardián y extranjero, de elevado pedigrí, al que las gallinas y los gansos detestan por su arrogancia. Pasan los días y se comienzan a notar las consecuencias de aquella noche de juerga. Las vacas del vecindario murmuran acerca de la súbita gordura de Chiraca, al mismo tiempo que Talbot la mira con recelo y resentimiento por los privilegios que los dueños le conceden. Hasta que un día, Chiraca da a luz un ternerito, y todos contentos en la granja.

Este argumento, tratado con sencillez e ilustrado con tierna gracia, se desenvuelve a lo largo de las 33 páginas que conforman la obra, concebida por su lenguaje, formato y fácil comprensión para un público en ciernes, tanto en lo que respecta las letras como al desarrollo psicológico.

Sin embargo, el lector adulto, el "hypocrite lecteur", puede hallar en esta historia, como en los cuentos infantiles tradicionales, una "ideología subyacente". "Ideología" que, por una parte, sirviéndose de los animales, educa en algunos valores reconocidos universalmente (el cuestionamiento de las murmuraciones, la protección de los más débiles, por ejemplo), más, por otro lado, también afirma otra clase de valores, que cuestionan a la parte más conservadora de la sociedad, lo cual se halla latente en la manera como Chiraca desafía el poder de Talbot, uniéndose con un toro del que inmediatamente prescinde, en un acto que, en vez de amor, podría entenderse como una manifestación de autonomía feminista.

Dejando de lado estas consideraciones, dignas, como se ha advertido, de un lector malicioso, La vaca Chiraca está enamorada, es una fábula ilustrada con buen gusto y escrita sin mayores pretensiones literarias desde el punto de vista formal, lo cual es un mérito entre tanto abuso de imágenes literarias que uno encuentra en la literatura infantil colombiana.

En Los hijos de los astros los textos e ilustraciones de este libro, que narra la creación del hombre, se basan en el Popol Vuh. El autor ha vertido a un lenguaje más sencillo, pero también menos poético, el origen de los quichés u hombres de maíz. Leemos así, en un orden menos imbrincado que en el texto original, los afanes de Gucumatz (la serpiente emplumada) y de su compañero ante la empresa de crear a los seres humanos. En esta labor, los creadores ensayan vanos materiales (barro, madera), antes de dar con el maíz, en el que moldearían la figura humana.

Las ilustraciones, inspiradas de algún modo en los códices náhuatl, poseen un colorido y un primitivismo llamativo. Además, el formato del libro, realizado en tamaño carta, se presta para el manejo de niños que se hallan en etapa escolar.

En cuanto al texto en sí, como aclara su autor en un extenso y deshilvanado escrito que aparece al final de la narración propiamente dicha, ha sido el resultado de una labor investigativa en la que se trataron de tomar en cuenta las semejanzas de la narración quiché con otros mitos del mundo. Se pierden, no obstante, en la recreación, importantes detalles literarios. Despacha, por ejemplo, el autor, en dos párrafos, más bien fríos, la rebelión de los animales, con palos, piedras y enseres de la cocina en contra de los hombres de madera. Siendo, precisamente, a mi entender, este episodio uno de los textos fundacionales que le dan rostro propio a la literatura latinoamericana. Se pierde esencialmente, así, la magia, la imaginación y el humor del texto original para dar paso a la solemnidad propia del mito de las edades de Hesíodo o del Génesis.

Porque, sin duda, puede verse en el Popol Vuh una veta de juego y hasta de humor e ironía, en relación con el mito bíblico de la creación, en la manera como se describe, por ejemplo, la blandura y el desmoronamiento final de los hombres de barro:

Entonces fue la creación y la formación. De tierra, de lodo hicieron la carne [del hombre]. Pero vieron que no estaba bien, porque se deshacía, estaba blando, no tenía movimiento, no tenía fuerza, se caía, estaba aguado, no movía la cabeza, la cara se le iba para un lado, tenía velada la vista, no podía ver hacia atrás. Al principio hablaba, pero no tenía entendimiento. Rápidamente se humedeció dentro del agua y no se pudo sostener... (Popol Vuh, México, Fondo de Cultura Económica, Colección Popular, págs. 27-28).

Al descartarse el barro, demasiado blando para cimentar un cuerpo humano, y la madera, demasiado dura, y que explica la ausencia de sentimientos en los hombres de palo, sólo el maíz, que da sustento a los hombres de la América precolombina, posee la adecuada firmeza y maleabilidad para forjar a los seres humanos. Y sólo cuando se forjan los primeros cuatro hombres con este material, se halla en el Popol Vuh una solemnidad a tono con los mitos occidentales de la creación humana.

Todo esto es importante tomarlo en cuenta porque el Popol Vuh, a pesar de haber sido concebido en lengua quiché, ya es un documento de la América mestiza y, por lo tanto, refuta y refunde al mismo tiempo la versión extranjera de la creación con la propia de este pueblo.

Como uno de los primeros documentos de la literatura latinoamericana, el Popol Vuh ya lleva en sí una problemática característica de ésta: su necesidad de controvertir a otros textos y de aceptarlos al mismo tiempo. Eso que puede explicar, ya en nuestro siglo, la ironía presente en la literatura borgiana.

No se pretende, con todo lo dicho, descalificar el trabajo de los autores de Los hijos de los astros, que en sí tiene sus propios méritos, sino tan sólo hacer caer en cuenta que las variaciones en torno a una obra literaria suelen desviarse de sus fuentes.

ANTONIO SILVERA ARENAS