"Unidad,
intensidad, significación"
Sin puntos sobre las íes
Carlos Flaminio Rivera
Cooperativa Editorial Magisterio, Colección Piedra de Sol, Santafé de Bogotá, 1996, 46
págs.
Sin puntos sobre las íes es el
primer libro publicado por el escritor tolimense Carlos Flaminio Rivera (Líbano, 1960).
De profesión veterinario y filósofo privilegiada mezcla para hacer
literatura, el autor logra con esta serie de breves relatos atrapar al lector, quien
se ve sumergido en una atmósfera fantástico-poética, producto de un lenguaje que se
mueve entre la expresión y la contención. Cada cuento de Rivera exige una segunda
lectura. Un lenguaje de imágenes nutrido en un "pasado activo" es el que nos
enseña el cuentista. La brevedad y densidad de estos relatos obliga forzosamente al autor
(tour de force) a seguir una serie de exigencias ya clásicas en el género:
unidad, intensidad y, por supuesto, significación.
Cuentos como Enroscado, Mantis
religiosa, Oficio de reyes, son buenos modelos de "relatos breves" en
los que Rivera muestra una disposición mental y lingüística capaz de un esfuerzo tan
preciso como intenso. En estos cuentos se suman el humor, la ironía y finalmente el
elemento sorpresa. Ninguno de estos relatos es predecible, pudiéndose afirmar que acaban
justo en el clímax de la historia. Sus espacios y temporalidades discontinuas confirman
al final el virtuosismo de Rivera. En el desenlace asombroso de estas historias se
condensan la exposición y el nudo antes narrados. Así ratificamos en su "relectura
obligada" que nada sobraba ni faltaba, que el mecanismo narrativo era perfecto.
Carlos Flaminio Rivera no niega sus lazos
de parentesco con Cortázar; es más: elabora un homenaje a su maestro. Sin puntos
sobre las íes es el nombre del cuento que le da título al libro. Allí aparece como
personaje central el mismísimo narrador argentino, el día de una de sus múltiples
muertes en París. Las hormigas se encargan de desarmar letra a letra sus libros. En una
especie de parricidio, las hormigas "deshilachan la divisa de los Cortázar"
(pág. 16).
En los cuentos de Rivera la esfera de lo
real es inabarcable. Lo extraordinario entra a tomar parte en sus
relatos como
"otro orden de lo habitual", donde caben las dimensiones oníricas,
extralógicas, sobrenaturales, en síntesis, "fantásticas". Espacios míticos,
ficcionales o utópicos son los ingredientes. La connotación alegórica aparece en estos
relatos como intencionalidad semántica: "Los niños rodearon a la efigie de piedra y
se tomaron de las manos para iniciar la ceremonia [...] El Tótem miraba con recelo
aquella gritería. Acababa de ser sacado de un antiguo sueño pero aún conservaba un
pedazo de memoria que le hacía ver algo raro en aquel ritual [...] El Tótem, con su
orgullo restablecido, suavizó su cara mueluda y sonrió" (Un suave ardor en el
roce, pág. 41).
En estos relatos, una fauna
hiperbólico-fantástica (recordemos nuevamente las profesiones del autor: veterinario y
filósofo) entraña un sentido metafórico en la estructura profunda de lo narrado: la
satírica y cómica metáfora de un mundo caduco por convencional, plagado de lugares
comunes, decrépito de conservatismo y provincianismo. Se encarna esta sátira en
personajes como un ciempiés (Enroscado), un viejo gallinazo (Oficio de reyes),
una mosca (Moscamuertos) y la Mantis religiosa. Este singular bestiario a la
manera de un Arreola o un Monterroso puede simbolizar esa coparticipación del destino de
los otros a través de las leyes inéditas de la poesía.
Cuentos portadores de un sentido cuyo
contenido excede tanto lo autobiográfico como lo social y sólo tiene asidero en un orden
secreto, insólito o absurdo. Es el rechazo tácito del autor a un mundo ordenado por una
lógica, unas convenciones y una moral anacrónicas. La sexualidad (Enroscado), la
religiosidad (Mantis
religiosa), la política (Oficio de reyes), la
locura (Patio clausurado) en un mundo intolerable para el poeta, se
soluciona en el absurdo o en el encubrimiento semántico profundo de la "fábula
fantástica" y aun la subyacencia mítica.
Sin puntos sobre las íes delata
la excepcional vitalidad de un cuentista conocedor de su oficio, en cuya escritura
depurada ya preexiste una voz hecha: esperanza hacia lo inesperado. En Carlos Flaminio
Rivera el lenguaje de la poesía, que es el lenguaje de sus cuentos, enaltece el discurso
narrativo y nos reafirma su misión de transgredir y reorientar la miseria cotidiana hacia
una nueva aventura, su aventura primordial: armar sueños.
PATRICIA VALENZUELA R.
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