Entre el azul y el gris
Los poemas del invierno
Mario Rivero
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 82 págs.
El poeta Mario Rivero (Medellín, 1938)
hubo de retornar varias veces el camino de su estilo, hasta dar con la poesía personal y
convincente de Del amor y su huella (libro publicado en 1992) o de éste que nos
ocupa, Los poemas del invierno (publicado en 1996). Si bien sus textos anteriores (Poemas
urbanos, 1963; Noticiero 67, 1967; Vuelvo a las calles, 1968; Y vivo
todavía, 1972; Baladas sobre ciertas cosas que no se deben nombrar, premio
nacional Eduardo Cote Lamus, 1972; y Baladas,
1980) manifestaban ya una
singularidad, la que justamente ha hecho del poeta Mario Rivero un eslabón imprescindible
en el desarrollo de la poesía colombiana actual no en vano, en la Historia de la
poesía colombiana (Ediciones Casa Silva, 1991), se le asigna un capítulo especial a
su obra, igual que a los poetas Aurelio Arturo y José Asunción Silva, quedaba en
ellos, en los textos anteriores a Del amor y su huella,
o queda, aparte esa
"singularidad", la sensación, producida más bien por sus contemporáneos
nadaístas, de que quizá hubiera algo de postura, y en la más riesgosa de todas, como lo
es la del desenfado. Actitud que conduce precisamente al desenvolvimiento formal, a la
despreocupación verbal, al lenguaje movido por la euforia de tener un cómo, una manera
osada de decir el mundo y con ella la certeza de que lo que se tiene que expresar en los
versos está ahí, mostrándosenos a cada paso. Hay en esa poesía de entonces (la de los
años 60 y 70) un lenguaje voraz que registró, o más bien capturó, cuanta incidencia,
anecdótica o trascendente, se atrevió a cruzar siquiera de soslayo ante el poeta. En
efecto, la poesía de los primeros libros de Mario Rivero nombra el mundo sin echar mano
del característico tono elegiaco, y lo hace desde una lírica poco sustancial, ajena al
lenguaje entusiasta o de inspiración, quizá consecuente con los temas y personajes que
trata, los anónimos habitantes del mundo, los de oficios ruines o menores, el obrero, la
ramera o el truhán, unos y otros temas recurrentes en la poesía de siempre, pero
inexcusablemente excluidos por buena parte de los que hacen poesía lírica, seguro desde
el prejuicio desatinado de que esta franja de conciudadanos no es susceptible de
vanagloración. Por el contrario, en Mario Rivero (y, por intermedio suyo, en un buen
número de jóvenes poetas), distanciada la palabra de esa inspirada como desgastada
postura, dichos personajes aparecen dispuestos en un cordial humanismo, sin restar
emotividad a los versos, pues su poesía que no hace crónica social cubre de
sensatez y de exaltación, con precisión estética, pero sobre todo con la verdad,
aquello que a muchos resulta de imposible apasionamiento: el paisaje cotidiano de la
urbe y, por supuesto, sus naturales habitantes.
Pero, bueno, volviendo al comienzo,
Rivero hubo de retornar varias veces el camino de su estilo, hasta dar con la poesía
personal y convincente de Los poemas del invierno, donde nos comunica, con sutil
agudeza, lo que pasa en esos años, en los que el hombre, ya tarde, como el viejo lobo
que regresa,
asume su condición, y consigue transmitirlo por medio de una
contundente metáfora, donde la comparación mental, la conforman el invierno con toda su
carga de lluvia, de granizo, de tempestad, de nieve, de vientos, de hojas, y la soledad
del hombre en su alta madurez también cargada de nubes y tormentas. Por ello no se hallan
en este libro sus acostumbrados sucesos juveniles, la ironía chispeante, alegre, la
visión volcada al exterior: "Pasó el tiempo de la ebriedad, la furia" (pág.
42). Ahora es la introspección su punto de partida, y desde ella, a veces con tristeza, a
veces con melancolía, irradian los matices del tiempo frío: el paso de lo azul a lo
gris. Un ciclo quizá doloroso que el poeta atenúa con desafiante tranquilidad:
Ven pues invierno,
blanco y helado invierno.
No hay nadie. Ya no hay nada ni
/
nadie que
consuele.
No entra nadie que se esfuerce
/
por ello.
Tan solo una pequeña mariposa,
que aletea, desvalida, soplada por
/
el viento,
de sitio en sitio vuela.
Hace frío en el cuarto.
Oigo hilar a la lluvia, la brillante
/
hilandera
con sus más finos dedos...
Respiro tedio,
ya no respiro anhelo.
¡Ven y tómame invierno!
ésta no puede ser tu mano, y sin
/
embargo, lo es.
Tu blanco pecho... y yo estoy tan
/
cerca.
[Véanse págs. 33 y 34]
De igual forma, está la contemplación.
En Los poemas del invierno, Mario Rivero se abstrae observando, escuchando, y así
transforma sus experiencias o, mejor, sus percepciones humanas en conceptos estéticos. De
ahí que el paisaje que Los poemas
del invierno describe, no es el
inmediatamente real de sus textos anteriores. Es el de hoy un paisaje alegórico, donde el
objeto plástico, palpable, lo constituye el invierno. El invierno erigido a partir de las
formas del pensamiento de un hombre, si no abatido, "como uno de esos grandes
pájaros de los mares,/ que regresan de donde acaba el mundo,/ cojeando y dando graznidos,
para morir,/ sobre su roca amiga, cuando el ala se rompe..." (pág. 53), sí
acongojado, de saber que no es "aquel que rondaba con gula/ en pos de un fruto
bello,! iluminado por la luna de su esperanza, y el deseo" y si, de respirar tedio,
mirando "a la neblina que baja,/ a posarse sobre las pilastras como una corona;/ o
acecha cada friso, ese sello,/ esa pátina, que se cierne sobre la vida" (págs. 77 y
78).
Y, desde luego, está la reflexión. En Los
poemas del invierno se advierten como constantes la tribulación por lo provisorio del
tiempo; la separación, y con ella la doctrina del descreimiento que deviene en sombrío
patetismo; las expresiones de insatisfacción y la aflicción que es ya territorio de la
muerte.
Una intención lírica acompaña al
libro, nostálgica, atemperada de lo triste por la esperanza de que "un designio escondido
consuele" y surja de la noche "como una claridad/ el jazmín". O
quizá
permanezca la duda y haya que repetir por siempre:
Pedíamos la lluvia y no la hubo,
ni relámpagos ni truenos.
Pedíamos el sol y llegaron los
/
hielos.
Cuando basta para nosotros el
/
cabeceo del sueño,
dormir llenos de nada, sea el
/
sueño que sea
sin distinguir de veranos ni
/
inviernos
seguimos dando vueltas en vano
sobre la tierra.
[pág. 81]
GUILLERMO LINERO
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